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En aquel proceso de reflexión, el Padre de los Reacios acabó preguntándose a quién podía beneficiar el proceso, más allá de una élite a la que pertenecían los políticos y las empresas nacionales y multinacionales que llevaban tantos años sacándole al negocio una rentabilidad notable en la Historia, y llegó a una conclusión que, al principio, le hizo pensar que se estaba volviendo loco; una conclusión que solo tras muchas objeciones, vacilaciones y dudas se atrevió a racionalizar: la incesante actividad de los móviles generaba infinidad de flujos electrónicos de muy distinto signo, una potente y continua forma de energía ajustada a procesos desarrollados con exactitud, y tal energía acaso estaba engendrando algún tipo de conciencia.

Era una idea absurda, tal vez patológica, pero recordó su sueño del avión, aquella gigantesca forma divina a la que los pasajeros alimentaban, y sintió mucho miedo porque su soledad de indefenso soñador era el reflejo exacto de la soledad de la propia especie humana, inerme ante una fuerza que ella misma había generado y que cada día se iba alimentando con mayor voracidad de su multiplicada e inagotable dependencia.

Así, de su entusiasta dedicación a los semiconductores, Bruno Ibáñez había pasado a una ferviente repugnancia por todo lo que estaba al servicio de los móviles. Abandonó la empresa en la que trabajaba y transformó su vida en la de una especie de iluminado que predicaba sin cansancio su terrible intuición: el uso masivo y cada vez más exagerado de aquellos aparatos era un peligro para el Homo sapiens.

Para empezar, su conversión en apóstol extravagante le costó su matrimonio, pues su mujer entendió que su actitud estaba cargada de caprichosa demencia y lo abandonó, como hicieron muchos amigos, considerando también lo que él denominaba su Revelación como una chifladura, tal vez fruto del estrés.

Bruno Ibáñez había replanteado su vida, se unió a su secretaria Lisi —que siempre lo había admirado como a un ser superior— y ambos se dedicaron a recorrer el mundo buscando prosélitos para su causa: en unos años, el grupo de seguidores entusiastas, incondicionales, llegó a doce, entre mujeres y hombres, y Bruno les propuso comprar un valle en las montañas del norte ibérico —las megalópolis habían concentrado la población de tal forma que ya apenas existían pequeños núcleos urbanos, las antiguas aldeas estaban del todo abandonadas y en ruinas, y adquirir un territorio en tales parajes resultaba baratísimo— para constituir allí una comunidad, autodenominada de los Reacios, que sobreviviría al margen de todo por medio de la agricultura y la ganadería.

Así había nacido Última Comarca, un territorio agrícola y ganadero entre las enormes montañas calizas del noroeste. Renunciaron a los móviles y a los motores de explosión, pero como en el grupo había expertos en muchas materias —gente que, como Bruno, se había decepcionado del rumbo que llevaban las cosas— fabricaron sistemas para generar energía eléctrica aprovechando el viento, las corrientes acuáticas y el sol, y consiguieron reunir una riquísima biblioteca de libros y tebeos que serviría de base para la formación de sus descendientes, comprometiéndose a que cada nueva generación mantuviese similar número de habitantes que la anterior y los mismos principios. Para tener prevista cualquier contingencia especialmente urgente, conservaron abierta una cuenta bancaria en la ciudad más cercana, de la que sin embargo los separaban muchos kilómetros, que nunca llegaron a utilizar.

De tal modo habían transcurrido casi cien años para la comunidad de los Reacios, olvidada del mundo, sin que ningún suceso extraño la turbase. Los vástagos eran educados en la riqueza de las ficciones y de las sabidurías clásicas, y la vida se desarrollaba con placidez y la modesta comodidad de tener asegurada la subsistencia, aunque con fuertes restricciones en algunos aspectos, como el de los recursos sanitarios, que acabaron asumiendo como parte de su personalidad colectiva.

Hasta aquel día. Móviles. La comunidad de Última Comarca no podía enfrentarse a nada más repugnante, según su tradición.