Epílogo
Detuve el coche en una estación de servicio, a un día del túnel que cruzaba los Pirineos. El lugar parecía vacío, pero les dije a mi mujer y a mis hijos que esperasen a que diese un vistazo antes de bajar para estirar las piernas. Me puse la mascarilla y los guantes de látex y abandoné el vehículo. No había usado aún las cápsulas de Benazir, tenía sobrados motivos para no confiar en ella hasta el punto de inyectarle a mi familia el desconocido medicamento que me había dado, pero como médico sabía cómo ser cuidadoso y protegerles del contagio.
En una cosa dijo la verdad Benazir y es que apenas encontramos a nadie durante el viaje. La gente vivía encerrada en las ciudades amuralladas, como si Europa hubiera regresado a la Edad Media. Encontramos muchos pequeños pueblos abandonados, con supermercados repletos de comida envasada. Había cambiado de coche en tres ocasiones; el que ahora conducía era un antiguo Opel Zafira que funcionaba perfectamente. Pero tenía que repostar ya.
Pasé junto a los depósitos de gasolina y me metí en la tienda. Sonó la campanilla de la puerta pero el mostrador estaba vacío tal y como era habitual. A veces los depósitos de gasolina tenían un conmutador detrás del mostrador y lo normal era que lo hubieran desconectado antes de abandonar el lugar. Me acerqué a comprobarlo. Estaba en off, lo activé y me dispuse a salir para llenar el depósito. Entonces escuché un murmullo en la sala contigua, aparté una cortina de canutillos y vi que era un televisor encendido. «Qué raro», pensé, pero me acerqué a ver.
Estaban dando la noticia del atentado al Mahdi de Valencia. Yo lo sabía porque había encontrado a algunas personas en el anterior pueblo que me habían hablado de ello, pero no había visto imágenes. Tampoco las vería ahora pues habían sido censuradas. Al parecer alguien se había acercado al mahdi cuando estaba estrechando manos en medio de la ciudad, en uno de sus habituales baños de multitudes, y le había disparado a la cabeza. El agresor había desaparecido sin dejar rastro, pero tenían un sospechoso. Una sospechosa, más bien, pues iba cubierta con un burka. En la pantalla apareció la imagen fija y medio desenfocada tomada por una cámara de seguridad: una figura completamente cubierta de tela negra, indistinguible de otras siluetas semejantes que la rodeaban. Sonreí; ciertamente lo tenían muy difícil para identificarla.
Con lágrimas en los ojos, el presentador dijo que el Mahdi estaba en muerte cerebral, más allá de cualquier recuperación posible para la ciencia médica, pero que aún nos quedaba la esperanza de un milagro de Dios. Y si alguien lo merecía era el Mahdi, afirmó con vehemencia. Terminó su intervención pidiendo que todos en la ciudad rezasen ahora por él.
El clic de un arma al amartillarse me hizo girar la cabeza a toda velocidad. Un hombre de unos sesenta años me estaba apuntando con una escopeta de dos cañones.
—¿Quién eres? ¿Qué buscas aquí? —me preguntó.
Levanté las manos enguantadas en látex para demostrarle que no estaba armado.
—Solo estoy de paso —le dije—, necesito gasolina pero si mi presencia le molesta de alguna forma, me marcharé sin crear ningún problema.
—¿Pensabas robarme la gasolina?
La verdad es que tenía esa intención, era la primera vez que me encontraba a alguien en una estación de servicio, pero le mostré que llevaba dinero para pagarle y se tranquilizó.
—De acuerdo —dijo mientras contaba los billetes, pero con la escopeta aún entre sus brazos—, con esto puedes llenar el depósito. Te conectaré el tanque tres.
—Gracias —le dije aliviado—. ¿Sabe si hay algún problema para cruzar el túnel de Somport?
—Ninguno, que yo sepa. Hace unos días pasó por aquí un tipo que venía de Francia. Me dijo que había muchos coches tirados allí dentro, pero que era posible pasar sorteándolos.
Dejó la escopeta sobre el mostrador y me activó el surtidor de gasolina. Le di las gracias y regresé al exterior. Mientras llenaba el depósito, le dije a mi familia que no bajase del coche, que por allí había gente no muy amigable y que era mejor hacerlo un poco más adelante.
Mi mujer me miró y asintió en silencio, aún tenía los ojos rojos de tanto haber llorado los primeros días de viaje. No entendía mi decisión y yo no era capaz de explicársela de una forma convincente. La estaba arrastrando lejos de su vida y de su familia, pero como mujer no podía hacer nada para oponerse a mi dictamen. Creo que me odiaba en su silencio y me pregunté qué pasaría entre nosotros cuando llegásemos a un lugar en el que la opinión de las mujeres contase. Es posible que entonces la perdiese para siempre, pero no me quedaba otra opción. Lo hacía por ella y por mí, pero también por nuestros hijos.
Puse en marcha el coche y regresamos a la carretera. Aún teníamos mucho camino por delante.