II
Varios años después, sonó el teléfono de la oficina del doctor Jones. Respondió como de costumbre:
—Por favor, dama o caballero, si desea hablar conmigo deposite veinte dólares.
Al otro extremo del hilo, una voz masculina dijo:
—Escuche, ésta es la Oficina Jurídica de las Naciones Unidas y no depositamos veinte dólares para hablar con nadie. De modo que suelte ese mecanismo que lleva dentro, Jones.
—Sí, señor —dijo el doctor Jones, y con su mano derecha empujó hacia abajo la pequeña palanca situada detrás de su oreja.
—Ahora, escuche, dijo el abogado de las Naciones Unidas—. En el año 2037 aconsejó usted el matrimonio a una pareja formada por un tal George Munster y una tal Vivian Arrasmith, ¿no es cierto?
—Sí —respondió el doctor Jones, después de consultar sus archivos electrónicos.
—¿Ha investigado usted las consecuencias jurídicas de ese matrimonio?
—No, desde luego que no —dijo el doctor Jones—. Lo jurídico no es mi especialidad.
—Puede usted ser procesado por aconsejar un acto contrario a las leyes de las Naciones Unidas.
—No existe ninguna ley que prohíba el matrimonio de un terrestre y una Blobel.
El abogado de las Naciones Unidas dijo:
—De acuerdo, doctor, iré a echarles una ojeada a las historias clínicas de sus pacientes.
—¡Imposible! —exclamó el doctor Jones—. Sería una transgresión a la ética profesional.
—Entonces, obtendremos una orden de secuestro.
—Como quiera.
El doctor Jones acercó la mano a su oreja para desconectar su mecanismo auditivo.
—¡Espere! Tal vez le interese saber que los Munster tienen ahora cuatro hijos. Y, de acuerdo con la ley Mendeliana Revisada, su venida al mundo se produjo por este orden: una niña Blobel, un niño híbrido, una niña híbrida y una niña terrestre. El problema jurídico estriba en que el Consejo Supremo Blobel reclama a la niña Blobel como ciudadana de Titán, y sugiere también que uno de los dos híbridos sea entregado a la jurisdicción del Consejo. —El abogado de las Naciones Unidas explicó—: Verá, el matrimonio de los Munster ha fracasado. Han pedido el divorcio, y es un verdadero problema saber las leyes que deben aplicárseles, a ellos y a su prole.
—Sí, dijo el doctor Jones—, lo comprendo. ¿Y cuál ha sido la causa del fracaso de su matrimonio?
—No lo sé, ni me importa. Posiblemente, el hecho de que ninguno de los dos era completamente terrestre ni completamente Blobel. ¿Por qué no habla directamente con ellos, si quiere saberlo?
El abogado de las Naciones Unidas colgó.
—¿Acaso cometí un error, aconsejándoles que se casaran? —se preguntó el doctor Jones—. Tengo que hablar con ellos. Abriendo el listín telefónico de Los Ángeles, su dedo índice comenzó a recorrer los nombres que empezaban con la letra M.
Habían sido seis años difíciles para los Munster.
Después de su boda, George se había trasladado desde San Francisco a Los Angeles. Vivian y él se habían instalado en un apartamiento que tenía tres habitaciones en vez de dos. Vivian, gracias a que tenía forma terrestre durante dieciocho horas del día, pudo obtener un empleo en la oficina de Información del Aeropuerto de los Ángeles. George, en cambio...
Su pensión ascendía a la cuarta parte del sueldo de su esposa, y el hecho lastimaba su amor propio. Para aumentar sus ingresos, buscó algún medio de ganar dinero en casa. Finalmente, en una revista encontró este prometedor anuncio:
¡OBTENGA SANEADOS BENEFICIOS EN SU
De modo que en 2028 había comprado su primera pareja de ranas importadas de Júpiter y había empezado un negocio que había de producirle saneados beneficios en su propio hogar. Mejor dicho, en un rincón del sótano que Leopold, el portero parcialmente homostático, le permitía utilizar gratuitamente.
Pero en la relativamente débil gravedad de la tierra, las ranas de Júpiter daban unos saltos enormes, y el sótano resultó ser demasiado pequeño para ellas; rebotaban de pared en pared como verdes pelotas de ping-pong, y no tardaron en morir. Evidentemente, se necesitaba algo más que un rincón del sótano del edificio QEJ-604 para albergar a aquellos condenados bichos.
Luego nació su primer hijo. Un Blobel de pura sangre. Durante las veinticuatro horas del día era una masa gelatinosa, y George esperó en vano que adquiriera forma humana, aunque sólo fuera por un momento.
Habló desabridamente con Vivian del asunto, durante uno de los períodos en que ambos tenían forma humana.
—¿Cómo puedo considerarle hijo mío? —inquirió George—. Es una forma de vida extraña para mí. —Estaba desatentado e incluso horrorizado—. El doctor Jones debió prever esto. Desde luego, no puede negarse que es hijo tupo... Es igual que tú.
Los ojos de Vivian se llenaron de lágrimas.
—Lo dices de un modo insultante.
—¡Desde luego! —se puso el abrigo—. Me voy al cuartel general de los Veteranos de Guerras Artificiales —informó a su esposa—. Me tomaré una cerveza con los muchachos.
Poco después entraba en el cuartel general de los VGA, un antiguo edificio del siglo XX necesitado de una capa de pintura. Los VGA tenían pocos fondos, ya que la mayor parte de sus miembros eran, como George Munster, pensionistas de las Naciones Unidas. Sin embargo, disponían de una mesa de billar, de un aparato de televisión 3D, muy antiguo, de unas cuantas docenas de discos de música popular y de un tablero de ajedrez. George solía beberse una cerveza y jugar al ajedrez con sus compañeros, en forma humana o en forma Blobel; aquél era el único lugar donde se admitía a las dos formas.
Aquella noche se sentó con Pete Ruggles, un veterano que también estaba casado con una mujer Blobel que reasumía, al igual que Vivian, la forma humana.
—No puedo soportarlo por más tiempo, Pete. He tenido un hijo que es una masa gelatinosa. Toda mi vida he deseado tener un hijo, y ahora... ¡No puedo más!
Sorbiendo su cerveza, Pete —que en aquel momento tenía también forma humana— respondió:
—Es lamentable, George, lo admito. Pero debiste pensar en ello antes de casarte. Y, de acuerdo con la ley Mendeliana Revisada, el próximo niño...
George le interrumpió.
—La raíz del problema es que no respeto a mi propia esposa, eso es todo. Pienso en ella como si fuera una cosa. Y también en mí mismo. Los dos somos cosas.
Se bebió su cerveza de un trago. Pete dijo, pensativamente:
—Pero, desde el punto de vista Blobel...
—Escucha, ¿de qué lado estás tú? —preguntó George.
—¡No me grites! —aulló Pete.
Un momento después estaban enzarzados en una violenta discusión y a punto de llegar a las manos. Afortunadamente, Pete asumió la forma Blobel en aquel preciso instante y la cosa no pasó a mayores. Ahora, George estaba sentado solo, en forma humana, mientras Pete se arrastraba por alguna parte, probablemente para unirse a otros veteranos que habían asumido también la forma Blobel.
«Tal vez podamos encontrar una nueva sociedad en alguna luna remota —pensó George—. Ni terrestre ni Blobel.»
Decidió que tenía que regresar al lado de Vivian. ¿Qué otra cosa podía hacer? Había estado de suerte al encontrarla. Al fin y al cabo, no era más que un veterano de guerra sin porvenir, sin esperanza, sin una vida real...
Tenía un nuevo plan en marcha para hacer dinero. Había insertado un anuncio en el Saturday Evening Post:
¡ATRAIGA LA BUENA SUERTE ADQUIRIENDO UNA CALAMITA MÁGICA! ¡IMPORTADAS DIRECTAMENTE DE OTRO PLANETA! Las piedras habían llegado de Próxima y procedían de Titán; Vivian había establecido los necesarios contactos comerciales con su pueblo. Pero, hasta ahora, casi nadie había enviado los dos dólares.
«Soy un fracasado», se dijo George a sí mismo.
Afortunadamente, el siguiente hijo, nacido en el invierno de 2039, fue un híbrido. Asumía forma humana durante la mitad del tiempo, de modo que finalmente George tuvo un niño que era —ocasionalmente, al menos— un miembro de su propia especie.
Unos días después del nacimiento de Maurice, una comisión de vecinos del edificio QEJ-604 se presentó en su apartamiento.
—En nombre de todos los vecinos dijo el portavoz de la comisión—, venimos a pedirles que abandonen este edificio.
—¿Por qué? —preguntó Munster, asombrado—. Nadie puede tener queja de nosotros como vecinos...
—Nos hemos enterado de que han tenido ustedes un hijo híbrido. Cuando sea mayor querrá jugar con nuestros hijos y... compréndanlo...
George les cerró la puerta en las narices.
Pero a partir de entonces empezó a rodearles la hostilidad de la gente.
—¡Y pensar que luché en la guerra para salvar a esos tipos! —se dijo amargamente George—. No lo merecían, desde luego...
Una hora más tarde se encontraba en el cuartel general de los VGA, bebiendo cerveza y hablando con su compañero Sherman Downs, casado también con una Blobel.
—No nos quieren, Sherman. Tendremos que emigrar. Tal vez nos convenga marcharnos a Titán, el mundo de Vivian.
—¡Tonterías! —dijo Sherman—. Te desanimas en seguida. ¿Acaso no está empezando a venderse bien vuestro cinturón adelgazante electromagnético?
Durante los últimos meses, George había estado fabricando y vendiendo un complicado artilugio electrónico reductor de cintura que Vivian le habla ayudado a diseñar; estaba basado en un aparato muy popular entre los Blobels, pero desconocido en la Tierra. Y la cosa había salido bien: George tenía más pedidos de los que podía servir.
—He pasado por una terrible experiencia —explicó George—. El otro día entré en una tienda a ofrecer el cinturón. Me hicieron un pedido tan importante, que me excité y... —se encogió de hombros—. Ya puedes imaginar lo que sucedió. Me transformé en Blobel, a la vista de un centenar de clientes. Y cuando el dueño vio aquello, canceló su pedido. Si hubiera visto cómo cambió su actitud hacia...
Sherman dijo:
—Emplea a alguien que te los venda. Un terrestre. —Frunciendo el ceño, George replicó:
—Yo soy un terrestre, no lo olvides.
—Lo único que trataba de decir...
—Sé lo que tratabas de decir —le interrumpió George, lanzando un puñetazo hacia Sherman.
Afortunadamente, faltó el golpe, y en su excitación, Sherman y él asumieron la forma Blobel. Se arrastraron furiosamente uno contra otro, pero unos veteranos consiguieron separarles.
—Soy tan terrestre como el primero —le dijo George a Sherman irradiando su pensamiento al estilo Blobel—. Y le romperé las narices al que se atreva a sostener lo contrario.
En su forma Blobel era incapaz de regresar a su casa; tuvo que llamar por teléfono a Vivian para que pasara a recogerle. Otra humillación.
Sólo quedaba una solución: el suicidio.
¿Cuál sería el mejor sistema? En forma Blobel era incapaz de sentir dolor; por lo tanto, tendría que aprovechar una de sus transformaciones. Había varias sustancias que podían desintegrarle... por ejemplo, el agua cloratada de la piscina del edificio QEJ-604.
Vivian, en forma humana, le encontró mientras se disponía a entrar en la piscina, a ultima hora de la noche.
—¡Por favor, George! vamos a ver al doctor Jones.
—No —replicó hoscamente George, formando un aparato casi vocal con una parte de su cuerpo—. Sería inútil, Viv. No quiero continuar.
Incluso los cinturones; habían sido idea de Vivian, más que suya. Iba a remolque de ella en todo. Vivian dijo:
—Piensa en tus hijos...
George Munster pensó en sus hijos.
—Tal vez me deje caer en el Departamento de Guerra de las Naciones Unidas. Hablaré con ellos, por si la ciencia médica ha efectuado algún nuevo descubrimiento que pueda estabilizarme.
—Pero, si te estabilizas como terrestre —dijo Vivian—, ¿qué será de mí?
—Seremos iguales durante dieciocho horas al día. Las horas que tú tengas forma humana.
—Entonces no querrás seguir casado conmigo, George, porque podrás hacerlo con una mujer terrestre.
No podía hacerle eso a Vivian, pensó George. Y abandonó la idea.
En la primavera de 2041 nació su tercer hijo; fue una niña y fue híbrida, como Maurice. Era Blobel durante la noche y terrestre durante el día.
Entretanto, George había encontrado una solución a algunos de sus problemas.
Se buscó una amante.