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El río estaba cerca. Se oía claramente su precipitada conversación con los helechos de las orillas y con los juncos. Eroriak Zatopek gateaba muy despacio, limpiando el terreno que iba a pisar, para evitar quebrar alguna rama seca cuyo estallido provocaría la desbandada de los siempre recelosos. El cazador apartó unas grandes hojas que le impedían ver. Abajo, a cuarenta metros, la cinta viva, sonora y trémula, se deslizaba con suavidad. Media docena de caribús olfateaban el aire en la plácida ribera. Con las orejas atentas como radares se aseguraban del no peligro. Zatopek casi no respiraba. Ni se movía. Miró hacia arriba, donde las ramas decían que era favorable la dirección del viento. Esperó a que los animales, seguros ya de la total tranquilidad en torno, metieran el hocico en el agua; sería el momento.
El hombre apuntó al caribú más joven y cercano. Disparó. El pobre animal quedó flotando en el agua, muerto.