II

Finalmente desayunó en el comedor del hotel y regresó a su habitación para dormir unas cuantas horas. Al medio día despertó, no sintiéndose del todo descansado, pero incapaz de dormir más tiempo.

Llamó a la base y encontró que George no había llegado todavía. Decidió irse de inmediato. Probablemente a George no le gustaría, pero quería estar en la zona un rato sin tener constantemente al general a su lado. Sentía una agradable anticipación de unirse con los otros científicos del proyecto, renovar amistades y establecer otras nuevas con los hombres muy famosos que según George participaban en la operación.

Llamó a una agencia de alquiler de coches para conseguir un automóvil para su propio uso. Tampoco probablemente le gustaría eso a George, pero sería contratado el coche a su cargo puesto que no tenía intención de depender de los constructores del ejército durante su estancia entera.

La conducción a la base le ocupó menos tiempo que el de la tarde lluviosa anterior. El cielo era claro y soplaba una brisa fresca, que seguía al paso del frente frío durante la noche, proveniente del mar. A una milla de la base, Clark vio la bandera de las Naciones Unidas en lo alto del hangar. En cierto modo se sentía abrumado por este detalle; si los ideales de la organización alguna vez llegaran a realizarse, sería esa bandera la que los hombres planteasen en la superficie de la luna.

Después de ser admitido en la puerta de ingreso en la base, miró hacia atrás y sonrió para sí. Cuando él y sus amigos científicos hubiesen hecho su trabajo en este proyecto, todas esas cercas deberían ser derribadas.

La oficina parecía casi desierta. Un coronel americano alzó la vista al entrar Clark. Frunció el ceño un momento y luego se adelantó.

—El doctor Jackson, ¿verdad? —dijo—. Soy el coronel Allison. Hace un momento hablé con usted por teléfono. El general Demars todavía no ha venido, pero estoy seguro de que estará pronto aquí, así que si quiere ponerse cómodo... Perdonará que haya cierta tosquedad en nuestro acomodamiento en la cuestión del tiempo y las facilidades. Las cosas han sido bastante difíciles aquí.

Miró a la habitación más allá, y Clark vio que allí estaba la mayor parte del personal cuya ausencia le había extrañado.

La sala era como un despacho y sala de conferencias, provisto de largas mesas tipo biblioteca y de sillones, con estanterías también parcialmente llenas. Con una mirada advirtió que habían hombres de por lo menos media docena de nacionalidades.

—Las cosas irían mejor —dijo Clark—. Uno ha de intentar organizarlo sobre bases político militares. Creo que encontrará a los científicos del grupo capaces de cruzar las barreras internacionales con mayor facilidad que a los otros miembros.

—No tengo la menor duda —dijo el coronel Allison placenteramente—, pero hay una cosa que es demasiada facilidad en nuestros asuntos. Un punto óptimo cierto se necesita, y algunas veces resulta muy difícil definir cuál es ese punto.

Clark miró con fijeza al soldado, pero el rostro de Allison permaneció placentero, como si acabase de hacerle una observación casual, sin intención alguna de reprimenda o consejo.

—Confío en que ese punto óptimo se encontrará —dijo Clark—, y que consistirá en la máxima libertad y comunicación entre todos los partidos y todos los sujetos.

El coronel sonrió, pero no se opuso en absoluto.

—Quizás desee usted visitar la otra habitación hasta que el general llegue. Tenemos allí los principios de una extensa biblioteca, aunque es demasiado pequeña.