II
Podía haber eliminado la vaga sensación de pesar de su adiestrado sistema nervioso, pero no quiso hacerlo. Esta era la última vez que unos ojos humanos contemplarían la Tierra, y Jorun tenía la impresión de que el viaje sería para él algo más que la simple realización de otra tarea psicotécnica.
—Hola, buen señor.
Se volvió al oír la voz, y obligó a sus cansados labios a una sonrisa amistosa.
—Hola, Julith —dijo.
Era una política prudente aprender los nombres de los habitantes del pueblo, y la muchacha era una tataranieta del Portavoz.
Tenía trece o catorce años, un pecoso rostro infantil con una tímida sonrisa, y unos grandes ojos verdes, había cierta gracia en ella, y parecía más imaginativa que la mayoría de los de su estólida raza.
—¿Estás ocupado, buen señor? —preguntó la muchacha.
—Bueno, no mucho —dijo Jorun. Se alegraba de tener una oportunidad de hablar con alguien; esto acallaba sus pensamientos—. ¿Qué puedo hacer por ti?
—Me preguntaba... —La muchacha vaciló, y luego, apresuradamente—: Me preguntaba si podrías llevarme en un vuelo hasta la playa. Sólo para un par de horas. Está demasiado lejos para ir andando. Si no fuera mucha molestia para ti...
—¡Hum! ¿No tendrías que estar en casa a estas horas? ¿No tienes que ordeñar, o hacer algo por el estilo?
—¡Oh! No vivo en una granja, buen señor. Mi padre es panadero.
—Sí, lo sé. Lo habla olvidado. —Jorun meditó unos instantes. En el pueblo quedaba mucho trabajo por hacer, y no estaría bien que se marchara, dejando a Zarek solo— ¿Por qué quieres ir a la playa, Julith?
—Hemos estado muy ocupados empaquetando las cosas —dijo la muchacha—. Creo que nos marchamos mañana. Esta es mi última oportunidad para verla.
Jorun se mordió el labio inferior.
—De acuerdo —dijo—. Te llevaré.
—Eres muy amable, buen señor —dijo la muchacha en tono grave.
Jorun no respondió; se limitó a extender un brazo, y la muchacha se agarró a él con una mano, en tanto que con la otra se aferraba a su cintura. El generador instalado en el interior del cráneo de Jorun respondió a su voluntad, elevándose del suelo y haciéndole avanzar a través del espacio físico. Volaban con tanta lentitud, que Jorun no tuvo que levantar una pantalla contra el viento.
—¿Podremos volar nosotros así cuando lleguemos a las estrellas? —preguntó la muchacha.
—Temo que no, Julith —dijo Jorun—. Verás, la gente de mi pueblo nace con esta facultad. Hace miles de años, los hombres aprendieron a controlar las grandes fuerzas básicas del cosmos con una pequeña cantidad de energía. Finalmente, utilizaron la mutación artificial, es decir, se transformaron a sí mismos, lentamente, a través de muchas generaciones, hasta que sus cerebros desarrollaron un nuevo miembro capaz de generar la energía necesaria para controlar aquellas fuerzas. Ahora, gracias a esa energía, podemos volar incluso entre las estrellas. Pero tu pueblo no posee ese cerebro, de modo que tuvimos que construir naves espaciales para sacaros de aquí.
—Ya entiendo —dijo la muchacha.
—Tus tataranietos pueden ser como nosotros, si tu pueblo desea someterse a la transformación —dijo Jorun.
—Hasta ahora no quisieron cambiar —respondió Julith—. Y no creo que quieran hacerlo—, ni siquiera en su nuevo hogar.
En su voz no había amargura; era una aceptación de los hechos.
En su interior, Jorun puso en duda la afirmación de la muchacha. La impresión física de su trasplante a otro mundo contribuiría a destruir las antiguas tradiciones de los terráqueos; no transcurrirían muchos siglos sin que quedaran culturalmente asimilados por la civilización galáctica.
Asimilados: un bonito eufemismo. ¿Por qué no decir simplemente tragados?
Aterrizaron en la playa. Era ancha y blanca, extendiéndose en dunas desde los campos de hierba rala hasta las rocas contra las cuales se estrellaban mansamente las olas. El sol estaba muy bajo en el horizonte, llenando de reflejos dorados el húmedo aire. Jorun podía mirar casi directamente su enorme disco.
Se sentó, la arena crujió levemente debajo de él, y el viento alborotó sus cabellos y llenó sus fosas nasales con su punzante olor. Jorun recogió un caracol y le dio vueltas entre sus dedos, maravillándose ante su complicada arquitectura.
—Si lo aplicas a tu oído —dijo Julith— podrás oír al mar.
Su voz infantil tenía una extraña ternura al pronunciar las ásperas sílabas del lenguaje terrestre.
Jorun asintió y atendió su sugerencia. Era sólo el pequeño latido de la sangre en su interior: lo mismo que se oía en el gran silencio hueco del espacio. Pero el caracol resonaba con el canto de las inmensidades en eterno movimiento, del viento y de la espuma, de las olas avanzando bajo la luna...
—Yo tengo dos —dijo Julith—. Me los llevaré, a fin de poder recordar siempre esta playa. Y mis hijos y sus hijos los tendrán, también, y oirán hablar a nuestro mar. —Dobló los dedos de Jorun alrededor del caracol—. Toma, guárdate éste para ti.
—Gracias —dijo Jorun—. Lo haré.
—¿Hay océanos en nuestro nuevo planeta? —preguntó Julith.
—Sí —respondió Jorun—. Es el mundo más parecido a la Tierra que pudimos encontrar y que no estuviera ya habitado. Allí serás feliz.
Pero los árboles y la hierba, el suelo y sus frutos, los animales del campo y las aves del aire y los peces del agua, forma y color, olor y sonido, sabor y contextura, todo es distinto. La diferencia es pequeña, sutil, pero representa un abismo de dos mil millones de años de evolución independiente, y ningún otro mundo puede ser completamente igual a la Tierra.
Julith le miró fijamente con ojos solemnes.
—¿Teme tu gente a los Hulduvianos? —preguntó.
—No —respondió Jorun—. Desde luego que no.
—Entonces, ¿por qué vais a entregarles la Tierra?
Era una simple pregunta, pero la voz de la muchacha temblaba un poco.
—Creí que todo tu pueblo comprendía ya el motivo —dijo Jorun—. La civilización —la civilización del hombre y de sus aliados no-humanos— ha avanzado hacia adentro, hacia los grandes racimos de estrellas del centro galáctico. Esta parte del espacio no significa ya nada para nosotros; es casi un desierto. Los hulduvianos no son como nosotros; constituyen otra civilización; viven en grandes mundos ponzoñosos, como Júpiter y Saturno. Creo que parecerían unos monstruos encantadores, si no fuera porque son tan distintos a nosotros que ninguna de las partes puede comprender realmente a la otra. Utilizan también las energías cósmicas, pero de un modo distinto... y su conducta se opone a la nuestra, del mismo modo que la nuestra se opone a la suya. Cerebros diferentes, ¿comprendes?
»En consecuencia, se llegó a la conclusión de que las dos civilizaciones marcharían mejor permaneciendo separada una de otra. Si se repartían la Galaxia, no se producirían interferencias entre ellas; habría demasiada distancia entre ambas civilizaciones. Los hulduvianos, en realidad, se mostraron muy complacientes. Accedieron a ocupar el borde exterior, a pesar de que en él hay pocas estrellas, dejándonos el centro.
»El acuerdo nos obliga a evacuar a todos los hombres y seres humanoides de su territorio antes de que ellos vengan a ocuparlos, del mismo modo que ellos han evacuado los nuestros. Sus colonizadores no llegarán de Júpiter y de Saturno hasta dentro de unos siglos; pero incluso así hemos tenido que limpiar ahora el Sector Sirio, ya que queda mucho trabajo a realizar en otras partes. Afortunadamente, en esta zona del espacio vive muy poca gente. El Sector Sirio ha sido una región aislada y primi... ejem... tranquila desde que cayó el Primer Imperio, hace cincuenta mil años.
Julith alzó ligeramente la voz.
—Pero, aquella gente somos nosotros...
—Y la gente de Alfa Centauro, y de Proción, y de Sirio, y... ¡Oh! De otros centenares de estrellas. Sin embargo, todos juntos no sois más que una diminuta gota en medio de los cuatrillones de la Galaxia. ¿Comprendes, Julith, la necesidad del traslado para bien de todos?
—Si —respondió la muchacha—. Sí, lo sé.
Se puso en pie.
—Vamos a nadar un poco —dijo.
Jorun sonrió y sacudió la cabeza.
—No, te esperaré aquí para llevarte al pueblo, si quieres.
Julith asintió y corrió a ocultarse detrás de una duna para ponerse el traje de baño. Los terráqueos hablan declarado tabú a la desnudez, a pesar del suave clima interglacial; típica irracionalidad primitiva. Jorun se tumbó en la arena, doblando los brazos detrás de su cabeza, y contempló el cielo que empezaba a oscurecerse con las primeras sombras del crepúsculo. La estrella vespertina parpadeaba a lo lejos, blanca en el borroso horizonte azul. ¿Era Venus... o Mercurio? No estaba seguro. Le hubiera gustado saber algo más acerca de la historia del Sistema Solar, de los primeros hombres que pilotaron sus estruendosos cohetes para ir a morir en mundos desconocidos, de las primeras etapas en la ruta hacia las estrellas. Podía encontrarlo en los archivos de Corozano, pero sabía que nunca lo haría. Demasiadas cosas que hacer, demasiadas cosas que recordar... Probablemente, menos del uno por ciento del género humano sabía dónde se encontraba la Tierra... aunque hubo una época en que fue un centro turístico muy importante. Pero de eso hacía ya treinta mil años.
Debido a que este mundo, entre tantos millones, tenía determinadas características físicas, pensé, mi raza ha conseguido imponer unas normas generales. Nuestras unidades básicas de longitud, tiempo y aceleración, las comparaciones mediante las cuales clasificamos los innumerables planetas de la Galaxia, tuvieron su origen en la Tierra. Llevamos el callado recuerdo de nuestro lugar de nacimiento en toda nuestra civilización, y lo llevaremos siempre. Pero, ¿nos ha dado la Tierra algo más que eso? Nuestros cuerpos, nuestras mentes y nuestros sueños, ¿son también hijos de la Tierra?
Ahora estaba pensando cómo Kormt, el testarudo anciano que se aferraba tan ciegamente a esta tierra, simplemente porque era la suya. Cuando se pensaba en todas las razas que andaban sobre los pies... ¡Cuán numerosas eran, cuántas clases de hombres había entre las estrellas! Y, sin embargo, todos ellos andaban erguidos; todos tenían dos ojos, y una nariz entre los ojos, y una boca debajo; todos ellos eran células de aquella grandiosa y antigua cultura que había empezado aquí, con el primer hombre velludo que encendió un fuego para protegerse del frío y de los peligros nocturnos. Si la Tierra no hubiera tenido oscuridad y frío y animales de presa, oxígeno, celulosa y pedernal, aquella cultura no hubiera llegado a desarrollarse, probablemente.
Estoy razonando de un modo ilógico. El cansancio y los nervios... el control psicomático que empieza a fallar. Ahora, la Tierra se está convirtiendo para mí en algún oscuro símbolo materno.
¿O lo ha sido siempre, para toda nuestra raza?
Una gaviota graznó por encima de su cabeza y se perdió de vista.
El sol empezaba a hundirse en el horizonte. Julith se acercó corriendo, su rostro casi invisible en la semioscuridad. Respiraba agitadaimente, y Jorun no pudo decir si el estremecimiento de su voz era risa o llanto.
—Será mejor que regresemos a casa —dijo la muchacha.