V

No sintieron en ningún momento la humedad de la tormenta. Una pasarela cubierta se extendió desde la estación de término hasta el casco de la nave. A través de ella, los pasajeros llegaron al edificio de la estación. John no pudo ver a Lora; su grupo se había marchado rápidamente bajo la inspección de Bronson.

Al otro lado del edificio les esperaba un autobús que les llevó velozmente a lo largo de una carretera asfaltada que hendía la selva. John sintió aumentar su sensación de irrealidad a medida que el vehículo avanzaba a través de las cortinas de lluvia. Era como hundirse cada vez más profundamente en un sueño..., tan profundamente, que nunca podría despertar.

Sus compañeros no hablaban. Estaban sentados con la rigidez de los autómatas, como si hubieran renunciado ya a toda voluntad e iniciativa. Pero John intuía que estaban tan aturdidos como él por el impacto de haber llegado a su destino final. Cuando estamparon sus nombres en el contrato que les ataba para siempre al Planeta 7, habían experimentado la emoción de la aventura. Ahora, en cambio...

A John y a Doris les fueron asignados dos apartamientos contiguos. John se sentó en la lujosa cama.

—Bueno, ahora somos superhombres —dijo. La amargura de su tono cortó cualquier respuesta que Doris hubiera podido dar. La joven se acercó a una de las ventanas y apartó a un lado las cortinas. Al mirar a través de los cristales, profirió una ahogada exclamación.

—¿Qué sucede? —inquirió John.

Entonces, John vio también lo que había más allá de la ventana. Vio el paisaje, cuyo impacto fue como el sonido de un dulce acorde emitido suavemente por un gran teclado.

John se puso en pie y se acercó a la ventana. Era la antigua Grecia; era una campiña inglesa, los grandes bosques de la antigua Alemania.

—Vale la pena —dijo Doris—. Vale la pena, John. En este mundo nunca tendremos que luchar.

No había calles, únicamente senderos abiertos entre el césped. Ningún vehículo mecánico afeaba el paisaje. Los edificios, las casas... todo encajaba perfectamente. Si hubieran quitado uno solo de ellos, todo el escenario habría quedado imperfecto.

Estatuas tan gloriosas como la Vejez de Pericles aparecían esparcidas por los amplios céspedes. Al lado de aquello, las ciudades de la Tierra, tal como John las recordaba, no eran más que infectos suburbios.

—Este es nuestro hogar —murmuró Doris, con voz apenas audible—. Nunca lo abandonaremos; nunca volveremos a estar cansados.

Había algo extraño en ella, algo que John no había visto nunca y que no comprendía. Tenía la impresión de contemplar a su hermana desprendiéndose de un fardo con el cual no la había visto nunca cargada.

Pero su propio fardo no podía ser descargado. En alguna parte de la selva que se extendía más allá de la cúpula transparente que albergaba a la Colonia Alpha se encontraba Lora, indefensa y en un medio salvaje.

A la mañana siguiente, John fue convocado para la esperada entrevista con el doctor Warnock, director de la Colonia Alpha. Quedó levemente sorprendido por el aspecto del director; Warnock no parecía, en modo alguno, el jefe de semejante grupo.

Era inmenso, y sus ojos estaban casi ocultos en la gran redondez de su rostro. Sostenía entre sus dedos un cigarro apagado. Su despacho podía haber sido el despacho de cualquier hombre de negocios, y contrastaba extrañamente con el esplendor visible desde las ventanas del apartamiento.

—Siéntese, John —dijo el doctor Warnock.

Su voz, suave y amable, fue una segunda sorpresa para John, el cual se encontró modificando apresuradamente sus anteriores cálculos.

—¿Ha hecho usted algo útil durante su vida? —preguntó repentinamente el doctor Warnock.

John vaciló, enrojeciendo.

—No... no lo sé.

—Eso está bien. Yo tampoco sé si lo he hecho. Algunas personas tienen los más fantásticos puntos de vista acerca de sus propias realizaciones. Me preguntaba si usted sería una de ellas.

»Todos nosotros nos alegramos mucho al enterarnos de que iba usted a venir. Especialmente Papá Sosnic. Desea oírle a usted; se ha pasado la tarde rondando por estos alrededores.

—¿Papá Sosnic?

—Es el decano del grupo; dice que es el primer miembro. Tiene casi noventa años. Afirma que no quiere morirse sin haber encontrado al Gran Músico y a la Gran Música. Asegura que las colonias son estériles y que nunca han producido nada. Pero ya lo oirá usted de sus propios labios. Hábleme de su música.

John se encogió de hombros.

—Ha sido un medio de vida.

—¿Eso es todo? ¿No le gusta su música?

John sonrió y habló a Warnock de su infancia con Doris, que tenía una ambición para los dos. Le contó cómo le había golpeado para someterle, y le había obligado a practicar interminablemente desde que era un niño.

—Y por eso odia usted su música —dijo Warnock.

—No. —John sacudió la cabeza—. Eso es lo extraño del caso. Tendría que odiarla, pero no la odio.

—¿Por qué?

—Resulta difícil de explicar. Nunca he tratado de contárselo a nadie, y mucho menos a Doris; nunca comprendería por qué he seguido tocando.

—¿Puede contármelo a mí? —inquirió Warnock.

John se encontró a sí mismo haciéndolo, sin comprender por qué. Warnock le parecía tan amplio en comprensión como en tamaño físico, y los sentimientos de John se derramaron.

—Los escritores, los artistas y los poetas han sido todos hombres —dijo—. Me refiero a los grandes. Una mujer no puede ser una gran artista. Pero nunca he podido decirle eso a Doris. Es el medio que tiene el hombre para llorar y para reír, para decir que el mundo es un lugar maravilloso; por eso compone música, y escribe libros, y pinta cuadros.

»Una mujer no tiene que hacer eso; no puede. Dispone de otros medios. Pero un hombre se supone que es un animal mudo y obtuso, que nunca piensa en esas cosas. Algunos de nosotros vacilamos acerca del modo aceptable de decir lo que llevamos dentro.

—¿Por qué supone que toca su hermana? —preguntó Warnock.

John sacudió la cabeza y sonrió.

—Ella no siente la música. Toca con la cabeza..., no con el corazón.

—Ha sido la conductora en toda su obra. ¿Por qué se lo ha permitido usted?

—No lo sé. Doris no me comprendería si le dijera cómo deseo tocar; y mucho me temo que nadie lo comprendería.

—Creo que Papá Sosnic lo comprenderá —dijo Warnock. Se puso repentinamente en pie y extendió una mano—. No tardará en ir a visitarle. Estamos completando su instalación. Cuando esté terminada ya le avisaremos.

John regresó a su apartamiento con una sensación de culpabilidad. Había dicho cosas que no tenía que haber dicho; no tenía derecho a hablar de Doris de aquel modo. Pero su pesar se desvaneció al pensar de nuevo en Lora.

Había estado a punto de exponerle su problema a Warnock, tan intensa era la sensación de confianza que le inspiraba el director. Pero ahora se alegraba de no haberlo hecho. Warnock había recibido el informe de Bronson acerca del incidente, desde luego; pero si él había preferido ignorarlo, no iba a ser John quien le enmendara la plana.

Pero esto le dejaba sin nadie con quien hablar de Lora, y la idea resultaba espantosa. Desde la ventana del apartamiento, comparó la idílica paz del paisaje con la odiosa selva que se extendía más allá de la cúpula. Tenía que sacar a Lora de allí, y no tenía la menor idea de cómo podría conseguirlo.

Doris había salido. Papá Sosnic se presentó por la tarde. Llamó una sola vez, y entró sin esperar a que John abriera la puerta.

Con sus blancos cabellos y su barba blanca, era un hombre bajito y tan viejo como un duende. La piel de sus manos era como una membrana. Tenía una voz cascada, pero en ella había aún una patriarcal autoridad.

Se presentó a sí mismo.

—Deseo oírle tocar. Quiero saber si es usted un músico, u otro charlatán.

John sonrió amistosamente.

—Ha oído usted mis discos —dijo—. Y sabe cómo toco.

—No sé nada —dijo Sosnic—. El alma de un hombre no puede encerrarse en un trozo de plástico. Además, todo lo que he escuchado de usted ha sido con su hermana como primera figura. Un tímido muchacho paseando en la sombra, donde el sol no quema y la lluvia no moja. Siéntese y permítame escuchar cómo toca.

Súbitamente, John se encontró temblando, como si acabara de descubrir un gran secreto y no tuviera ningún lugar donde ocultarse.

Luego se sentó ante el teclado y sus temores desaparecieron. Se sentía en presencia de un amigo con el cual podía hablar como nunca había hablado hasta entonces. Empezó a tocar suavemente una sonata de Beethoven. Pero al cabo de una docena de compases, Papá Sosnic alzó sus manos.

Casi aulló:

—¡Toque! Ahora no está aquí Doris. ¡Toque la música!

John empezó de nuevo. No tocó como si Doris estuviera junto a él con su cronometraje frío, intelectual, analizando cada una de sus pulsaciones. Alteró el compás, y moduló su pulsación de modo que la música no dibujara un diagrama con matemática precisión.

Ahora pintaba un cuadro y contaba una historia. En un momento determinado se convirtió en la historia de Lora. Bosquejó las suaves líneas del perfil de la muchacha, tal como la había visto en la semioscuridad del paso entre máquinas.

Se lo contó todo a Papá Sosnic con su música. Le contó lo que significaba estar solo, y lo que significaba encontrar un término a la soledad, aunque únicamente fuera por un breve instante.

Cuando el piano enmudeció, los ojos del anciano estaban llenos de lágrimas. Palmeó los hombros de John y le besó en la mejilla.

—Usted puede tocar, John —dijo—. Usted puede tocar.

Permanecieron sentados ante el piano hasta que oscureció. Y entonces, sin poderla mantener dentro de él por más tiempo, John le contó a Papá Sosnic la verdadera historia de Lora, cómo se habían conocido a bordo de la nave para separarse de nuevo sin la menor esperanza de volver a verse.

El anciano gruñó:

—¿Y permitió usted que se marchara? ¿No hizo absolutamente nada?

—¿Qué podía hacer? Esperaba encontrar un medio para que nos devolvieran a la Tierra. Pero ahora me parece completamente imposible.

—¿Por qué permitió que se marchara? Podía haber ido usted con ella. ¿No lo sabía? Podía usted haber cambiado su condición de miembro de la colonia experimental por la de miembro de la colonia de Control. Es una posibilidad abierta a los que se cansan de las condiciones en que han de vivir aquí. ¿No se lo dijeron?

John asintió.

—Creo que sí —dijo lentamente—. Creo que en el contrato decía algo de eso. Pero, no puede usted pretender que debía condenar a Lora y condenarme a mí mismo a vivir en estado salvaje durante el resto de nuestras vidas. ¡Eso es ridículo!

—¡Ah! —exclamó Papá Sosnic—. ¿Es ridículo el amor? ¿Y hay alguna otra cosa que importe? Ni siquiera su música... porque estaría siempre dentro de su corazón.

—No —susurró John—. No saldría bien. Nos destrozaría a los dos.

—Tiene usted que andar mucho todavía —murmuró Papá Sosnic tristemente—. Tiene usted que andar mucho, Johnny, antes de que consiga salir de la sombra. Toque para mí otra vez, hijo mío: déjeme escucharle de nuevo...