EVASIÓN DE LA ÓRBITA
El repiqueteo del timbre cortaba como una sierra circular. Durante unos instantes, Wister lo ignoró. Estaba cabalgando un caballo blanco cuya crin y cuya cola eran llamas, los grandes músculos apretados entre sus piernas, el viento rugiendo a su alrededor, oliendo a prados veraniegos. ¡Brrrrng! Las abejas zumbaban incansablemente. El viento tenía el matiz del pelo de Julie y olía a sol, pero los humos del combustible del cohete que avanzaba hacia él lo estropeó todo. El caballo dio un enorme salto y abandonó la Tierra. Los prados disminuyeron de tamaño, el cielo se oscureció hasta adquirir un tono infinitamente azul, y las estrellas del espacio parpadearon delante de él. ¡Brrrrng! El caballo dijo, con la voz del padre de Wister: «Esa es la Osa Mayor, a la cual solían llamar el Carro del Rey Carlos, pero hace mucho tiempo fue Odin. ¡Brrrng! y por la noche ¡Brrrng! Júpiter frío y misterioso ¡Brrrng! Saturno Plutón Andrómeda ¡Brrrng! adelante adelante adelante ¡Brrrrn! arriba arriba ARRIBA TE GUSTE O NO BRRRNG BRRRNG BRRRNG.
La oscuridad le confundió. En aquella época del año, el sol salía antes de que sonara su despertador. Wister agitó sus brazos ciegamente, rechazando los diabólicos fragmentos en que se había convertido su sueño. A su lado, Florence se removió, murmurando algo sin despertarse, y se hundió de nuevo en el sueño mientras Wister se iba despejando. Florence roncaba un poco.
La esfera del reloj brillaba con una hora temprana. Maldición, el timbre no era el del despertador, era el del teléfono. ¡Brrrng! Wister saltó de la cama. El suelo estaba frío bajo sus pies descalzos. Aquello alivió un poco la pegajosidad de su piel. Estaba sudando como un cerdo, a pesar de que la noche de principios de verano no era cálida.
—Está bien, está bien —gruñó maquinalmente, mientras se dirigía al vestíbulo y encendía la luz. Le golpeó en los ojos, del mismo modo que el teléfono había golpeado sus oídos. Descolgó el receptor. Sólo parcialmente activo, su cerebro anticipó terribles motivos para una llamada nocturna, y su pulso latió aceleradamente.
—¿Diga?
—¿Dick? —La voz de Charlie Huang le alivió de las muertes en la familia de su hermana y de un inminente ataque nuclear—. Lo siento, pero tienes que venir lo antes posible. Todo nuestro grupo, en realidad. El Yankee ha naufragado.
—¿Eh?
—Ha chocado contra un meteoro.
—¡Imposible! No había...
—Tenía que ocurrir alguna vez. Y ha ocurrido precisamente ahora, en vez de dentro de cien años. Te daré más detalles cuando llegues. Los muchachos han escapado en su cápsula de emergencia. Y se encuentra en órbita alrededor de la Luna.
Wister sacudió violentamente la cabeza, tratando de despejarla. Todo aquello no tenía sentido. Aunque una nave chocara contra un meteorito, o contra una docena de meteoritos, no se abandonaba. Se tapaban los agujeros con parches, y se iniciaban los trabajos de reparación de los mecanismos dañados por el encontronazo. ¿No es cierto?
Tal vez no. Éste era el primer accidente de aquella clase que se había producido.
Wister oyó un click en el receptor. Su jefe había colgado, indudablemente para hacer otras llamadas. Wister se dirigió a la cocina. «Date prisa lentamente», se dijo a sí mismo. No podía hacerse nada hasta que estuviera reunido todo el grupo, lo cual requeriría más de una hora. Entretanto, lo mejor que podía hacer era aclarar su cerebro a base de café. Cuando era joven, siempre se había despertado fresco como una rosa, dispuesto a entrar en acción, pero en los últimos años se levantaba con la mente embotada y los ojos hinchados.
Déjate de tonterías -se reprochó a sí mismo—. A los treinta y cuatro años no se es viejo.
La cocina tenía un aspecto más desolado que de costumbre. Habitualmente, Jim se levantaba cuando lo hacía su padre, parloteando como una cotorra mientras Wister preparaba el desayuno; y la luz del sol bañaba los arriates de flores, inmediatamente detrás de la ventana de la cocina. Wister lavó la cafetera con alguna dificultad —la fregadera estaba llena de platos sucios— y la puso al fuego mientras se dirigía al cuarto de baño.
Se miró al espejo con una expresión de desagrado. Estaba aún bastante delgado, pero sus esfuerzos por mantenerse en forma no encajaban del todo con los efectos de un trabajo de oficina. Estaba acumulando grasas, lenta pero inexorablemente. Por enésima vez, decidió acudir una hora diaria al gimnasio local, sabiendo que no lo haría.
Cuando la ducha le golpeó con sus agujas calientes, su corriente sanguínea empezó a moverse a un paso normal. Los restos de niebla en su cerebro se desvanecieron. En resumen, se estaba preocupando por su cintura, mientras Cy Enwright y Phil Cohn y Bruno Fellini giraban a través de las sombras detrás de la Luna.
¡Dios mío! ¿Qué voy a decirle a su gente?
Cerró el grifo, salió de la bañera y se secó el cuerpo con rápidos movimientos.
No les diré nada. Estaré demasiado ocupado haciéndoles regresar vivos.
¿Cómo?
Volvió al dormitorio, encendió la luz y se vistió. Florence no se movió. En sueños, su rostro, lo mismo que cuando estaba despierta, tenía un color muy poco saludable. Seguía roncando. El pensar en los tres hombres, amigos suyos, enjaulados entre las frías estrellas, levantó en Wister una oleada de ternura. No era culpa de Pío haber dejado de ser la maravillosa muchacha con la cual se había casado, después del nacimiento de Jim. Algún condenado cambio glandular que los médicos no habían podido combatir... Se inclinó y rozó los labios de Florence con los suyos. El aliento de Florence era agrio.
Florence tendría que acompañar a Jim a la escuela, hoy. Wister garabateó una nota y la colocó debajo del despertador antes de dirigirse de nuevo a la cocina. El café y un par de buñuelos terminaron de despejarle, pero no pensó en el trabajo que le esperaba. Sería inútil, hasta saber lo que había sucedido. En vez de ello, visualizó y recordó a los muchachos del Yankee.
Cy Enwright, alto y de hablar arrastrado, como buen tejano, era coronel de la reserva de la USAF. Si se le conocía junto a su esposa, ésta le eclipsaba por completo; Cy parecía un fondo a su belleza y vivacidad. Cuando se les conocía más a fondo, se descubría que casi todo lo que ella poseía se lo debía a él: su agudeza, su tranquila filosofía y el temple de acero que le permitía reír con sus amigas mientras Cy estaba en el espacio. Los otros dos se describían a sí mismos como técnicos civiles, aunque Phil Cohn había servido en las guerrillas del Sudoeste de Asia hacía algunos años. Era bajito, moreno y de movimientos vivaces, aficionado a la lectura y a la música de Mozart, pero al mismo tiempo entusiasta del fútbol y del póquer. Aquel verano iba a casarse y a obsequiar a su madre con los nietos que continuamente le estaba reclamando. Bruno Fellini, el más joven y el más guapo de los miembros de la plantilla de la NASA, no estaba interesado en el matrimonio: únicamente en las mujeres. En un par de ocasiones, los muchachos de Relaciones Públicas se las vieron y desearon para evitar un escándalo de grandes proporciones. Bruno no se había inmutado. Sabía que era un piloto demasiado bueno para que se decidieran a despedirle. Pero, a pesar de sus camisas chillonas, de su paso galleante y de sus calaveradas, era de los que no se olvidan de comprar flores cuando les invitan a cenar, y de los que renuncian a su último dólar en favor de cualquiera que lo necesite.
Y, luego, estoy yo -pensó Wister—. Nos entendíamos perfectamente, los cuatro. Siempre juntos, prestándonos herramientas, libros, incluso cinco dólares hasta el día de paga..., emborrachándonos de cuando en cuando... Sí, hablábamos de comprar un crucero de cincuenta pies uno de estos años, y dedicarnos a recorrer el Caribe, o el Mediterráneo... Resulta curioso comprobar lo unidas que se sienten las personas después de haber compartido esas trivialidades durante mucho tiempo.
Estos tres hombres no han dicho, ni sugerido, ni pensado nunca que yo era menos que ellos, porque me habían destinado a trabajos terrestres mientras ellos efectuaban el viaje de ida y vuelta a Marte. Nunca.
Se levantó de la mesa. Impulsivamente, se dirigió a la habitación de Jim. El niño dormía aún con «Boo», a pesar de que el oso había perdido su piel hacía mucho tiempo. Jim había dejado de ser una preocupación para su padre. Las pesadillas casi habían desaparecido, y a sus ocho años estaba creciendo a un ritmo bastante satisfactorio. Wister se inclinó sobre la rizada cabeza.
Resulta curioso -pensó— el cálido olor a limpio de los chiquillos. En la adolescencia, lo pierden. ¿Por qué será?
Por algún motivo, recordó a Julie Quist. Estuvo a punto de casarse con ella, hacía una docena de años en Michigan. Pero otro hombre, con más años y mejor técnica, se había interpuesto entre ellos. Más tarde, Wister adquirió el convencimiento de que Julie hubiera sido para él, a pesar de todo, de habérselo propuesto. Pero en aquella época era joven, y estaba amargado, y... ¡Oh, bueno!
Encima de la cama de Jim había una fotografía de una nave espacial en pleno vuelo. Wister confiaba en que su hijo se decidiría a ingresar en la NASA. «Mi hijo el astronauta». Sonaba bien. «Mi hijo, el primer ser humano que ha puesto pie en Titán, debajo del anillado Saturno».
Al pensar en el Yankee, Wister no se sintió tan seguro. Desde luego, en el espacio se habían producido accidentes mortales, algunos horribles. Pero Cy y Phil y Bruno eran los hombres con los cuales pensaba navegar algún día a lo largo de las rutas odiseas.
Giró rápidamente sobre sus talones, se dirigió al vestíbulo y abrió la puerta principal: El cielo había palidecido por oriente y la calle del suburbio estaba despejada y tranquila. El único ruido que se oía era el rumor de la brisa deslizándose a través de las frondosas palmeras. Hacia occidente había aún un poco de oscuridad y algunas estrellas dispersas. La Luna había desaparecido. Wister se alegró: no hubiera podido mirarla sin estremecerse.
Subió a su automóvil, puso el motor en marcha mientras encendía su primer cigarrillo y partió. Resultaba agradable conducir a aquella hora temprana, sin tránsito de ninguna clase. Aunque le gustaba el barrio en que vivía, Wister se preguntaba a veces si había valido la pena el traslado. Noventa minutos al día hacían siete horas y media a la semana. Quince días completos al año, que desaparecían de su vida sin dejar a su paso más que una úlcera de estómago...
Wister enfiló la carretera de la costa y pisó el acelerador a fondo.
Su cerebro empezó a darle vueltas al problema de lo que había sucedido allí, en el espacio. El Yankee había salido en una misión casi rutinaria, como parte de una serie de vuelos de prueba antes de partir hacia Venus. Mientras daba la vuelta a la Luna se recogían algunos datos para alimentar el hambre de los diferentes grupos de científicos. Pero nada demasiado nuevo. De acuerdo, el Yankee había chocado contra un meteorito, por improbable que resultara en la inmensidad espacial. Pero, ¿por qué había sido abandonado? ¡Y especialmente en una época de fulgor solar!
Wister trató de eliminar sus estériles especulaciones. Cuando empezara a trabajar, necesitaría una mente descansada. Se obligó a contemplar el disco del sol, surgiendo plateado y enorme a través del océano, y a recordar los días en que había paseado por aquellas playas, cogido de la mano con Florence y contándole todo lo que iba a hacer en el espacio. Creía que existían muchas posibilidades de que le escogieran para la expedición a Marte... Y en realidad habían existido: hubiera ido a Marte, de no haberle trasladado desde el cuerpo astronáutico a las oficinas de tierra, a petición de alguien que no había sido él. Se dio cuenta de que había cogido el volante con tanta fuerza que los dedos le dolían, y que había pisado el acelerador con toda su alma.
«¡Cuidado, imbécil! —ladró en voz alta—. ¿Qué bien podrás hacerle a nadie estrellándote?»
Se tranquilizó casi inmediatamente.
Al cabo de un rato, divisó a lo lejos los edificios de la Base. Un Eolo de tres pisos se erguía sobre un caballete, rígido contra el cielo. Estaba destinado a una misión complementaria lunar, la semana próxima. Wister había descartado ya una idea fugaz: la de que podía ser utilizado para salvar a los tripulantes del Yankee. El despegue no podía ser adelantado más de cuarenta y ocho horas, de modo que no había tiempo suficiente.
El centinela le dejó pasar sin ninguna formalidad. Su rostro tenía una expresión preocupada.
Lo sabe -pensó Wister—. Toda la Base lo sabrá en cuanto llegue la gente para ponerse al trabajo. Y luego todo el planeta. Si podemos llevar a cabo un rescate, con los ojos del mundo sobre nosotros, obtendremos por lo menos un ascenso... ¡Pero los que están allí son mis amigos!
La zona de aparcamiento estaba casi desierta. Wister descendió de su automóvil y se dirigió apresuradamente hacia la puerta principal del Thimk Hall, como todo el mundo llamaba al edificio lleno de cerebros electrónicos que albergaba al Mando Orbital. En el interior, el abovedado pasillo se extendía fantasmagóricamente, resonando debajo de sus zapatos. Wister jadeaba ligeramente cuando llegó a la oficina de Charlie Huang.
Estaba llena de humo azulado. El jefe se encontraba allí, desde luego, paseando como un tigre enjaulado, Harry Mowitz, el jefe de los servicios de cálculo, sentado en una butaca, se frotaba nerviosamente las manos. Bill Delarue, jefe de comunicaciones, estaba sentado sobre la mesa-escritorio. Media docena de subordinados permanecían pegados a una de las paredes, con expresión preocupada.
Huang dio un respingo al ver entrar a Wister.
—¡Ah! —exclamó—. ¡Por fin ha llegado usted! ¿Cómo diablos ha tardado tanto?
—¿Están vivos aún? —replicó Wister.
—Eso espero. Pero han pasado a la cara posterior de la Luna, fuera del alcance de la radio. Campo Apolo tratará de establecer contacto con ellos cuando regresen, dentro de media hora, aproximadamente. Hawaii también está a la escucha.
—¡Oh! De modo que han obtenido su órbita...
—Bueno, no. Exactamente, no. Pero su último mensaje normal decía lo suficiente para calcularla, y, desde luego, sabemos cómo planeaban aparcar en relación al Gal. Eso fue una hora antes del choque.
Wister estudió la situación. El Galilea, un satélite explorador sin tripulación, perteneciente a la Euratom, daba vueltas alrededor de la Luna en una órbita de cuatro horas, y sus instrumentos transmitían algunas observaciones astrofísicas y coleccionaban otras para ser analizadas a su regreso a Campo Apolo. Se suponía que el Yankee seguiría una órbita ligeramente menos radial en el mismo plano. Las ondas de radar, yendo y viniendo entre la nave y el satélite, proporcionarían datos por medio de los cuales podría calcularse la forma de la Luna de un modo más exacto que hasta entonces. Existía una íntima colaboración entre los programas espaciales de Norteamérica y los de la Europa Occidental... Sí, los muchachos de Enwright debían de hallarse ocupados en las maniobras finales, embromándose mutuamente acerca de la posición correcta, cuando se produjo el choque.
—Tengo una idea acerca de cómo se produjo el accidente —dijo Mowitz—. Es posible que el espacio no sea tan cóncavo como creíamos. Sabíamos que ninguna de las tormentas de rocas localizadas estaría cerca de ellos. Pero, ¿qué sabemos de los meteoritos que viajan por el exterior del plano elíptico? Pasan junto a la Tierra con demasiada rapidez para poder ser observados, a no ser que haya alguien que se dedique a ellos de un modo especial.
—Pero, ¿qué sucedió? —preguntó Wister. Su boca estaba seca. Se acercó al enfriador de agua y se bebió un vaso lleno hasta los bordes—, ¿Por qué abandonaron la nave?
—Porque se incendió —dijo Delarue.
—¿Qué? —Wister creyó que había entendido mal—. ¿En el espacio?
—Sí —dijo Huang—. Su último mensaje —lo admitieron en onda corta en la única radio que funcionaba, pero Campo Apolo lo captó— decía... Aquí hay una copia: «Chocado con grandes meteoritos. Fuego a bordo... Obligados a escapar en cápsula de emergencia. Yankee. Corto». —Huang alzó sus almendrados ojos cargados de pesar—. No tuvieron demasiado tiempo, al parecer. Imagino que les salvó el hecho de llevar puestos los trajes espaciales. Mientras yo me dirigía hacia— aquí, Apolo nos envió otro informe. Alguien captó a la nave a través de un telescopio en los últimos segundos. Dijo que el Yankee estaba envuelto en llamas. Luego estalló.
—¡Oh! —Wister encendió otro cigarrillo. Mirando ciegamente ante él, llenó la pared de ecuaciones diferenciales. Apareció la respuesta—. Ya veo lo que debió de ocurrir. El choque afectó a la cámara de combustión y a los tanques. El combustible y el oxígeno líquido se mezclaron y ardieron...
—Imposible —dijo Delarue—. En el momento en que hubiese sucedido algo de eso, la marcha del cohete se hubiera interrumpido. ¡Evidentemente! Entonces se hubiera producido una caída libre, y todo el mundo sabe que en tales condiciones no puede producirse un incendio.
—Puede producirse, amigo —dijo Wister—, si quedan esparcidas gotas coloidales de combustible por todo el casco. Si quiere, llámelo explosión retardada en vez de incendio. Estoy de acuerdo en que el efecto de la caída libre frenaría la velocidad de la reacción; pero, a mayor abundamiento, la nave quedaría envuelta en llamas durante unos cuantos minutos. Luego, uno de los tanques de combustible que no resultó dañado estallaría, y eso sería todo.
—Pero, en primer lugar, ¿cómo se esparciría a través de la nave el combustible? ¿Qué formaría los coloides?
—La energía supersónica... Un meteorito de unas cuantas libras de masa, silbando a través de un casco lleno de aire, produciría el más espantoso de los estallidos sónicos. Utilizan ustedes supersónicos para homogeneizar la leche, ¿no es cierto? —Wister se encogió de hombros—. Si conocen ustedes una explicación mejor, adelante. Pero creo que un minucioso análisis matemático me dará la razón.
Wister tenía conciencia de la respetuosa mirada que le dirigieron mientras encendía su cigarrillo. El Mando Orbital se alegraba sobre manera de tener en su plantilla a un ex piloto espacial, con todo lo que ello significaba en el terreno de la experiencia práctica y en el de captar los extraños caprichos de las leyes naturales más allá de la atmósfera terrestre. Wister quedó convencido de que había dado en el clavo cuando Charlie Huang hizo un gesto de asentimiento. La sugerencia que acababa de hacer influiría en el diseño del sucesor del Yankee.
¡Al diablo con eso! ¡Tenía que existir un medio para bajarlos de allí!
—¿Cuál es el pronóstico del fulgor solar? —preguntó Wister.
—Inseguro, como de costumbre —respondió Huang—. La meteorología solar tiene un largo camino que recorrer antes de convertirse en una ciencia exacta. Sin embargo, todos sabemos que nos encontramos en una mala época, y el último informe predecía considerables perturbaciones en las próximas sesenta horas. Es decir, en las próximas cuarenta y ocho horas, contadas a partir de este momento.
En la estancia se produjo un profundo silencio. No había necesidad de revisar los hechos, pero seguían fluyendo obstinadamente a través de la conciencia de Wister. Una llamarada solar emitía una corriente de protones. Dado que el Yankee había sido equipado para una expedición a Venus, estaba provisto de pantallas generatrices Swanberg, cuyos impulsos magnetohidrodinámicos eran apropiados para desviar un bombardeo de aquella clase. Pero una cápsula de emergencia no era más que una delgada concha de metal incrustada en la parte delantera de la nave. El interior estaba fuertemente almohadillado, había asientos, y una radio, y herramientas, y cables y otros utensilios. Si una nave que viajaba a través de la atmósfera caía —como le ocurrió en cierta ocasión a una nave rusa—, se suponía que el piloto utilizaría el mar como campo de aterrizaje. Una pequeña carga explosiva separaba a la cápsula de la nave, y la cápsula flotaría con su tripulación hasta que llegara alguien a recogerlos.
Pero aquello no tenía aplicación respecto al espacio. En condiciones ideales, la cápsula conservaría vivos a los tres hombres en el vacío mientras dispusieran de aire: cuatro días, calculó Wister, sabiendo la cantidad de aire almacenado en la cápsula. La protección intrínseca era deficiente, pero serviría para aquel tiempo..., a menos que las radiaciones fueran muy intensas. Un elemento determinado por el fulgor del sol.
Cuatro días, como máximo, para rescatarles. Pero más probablemente dos días, a causa del tiempo solar. En tan corto espacio de tiempo, no podía prepararse ninguna nave norteamericana. Pero...
—Euratom —dijo Wister.
—¿Quiere usted decir que tienen algo que puede subir hasta ahí en un santiamén? —preguntó Huang—. He llamado a Ginebra, y la respuesta ha sido negativa.
—¡Entonces, los rusos!
—Gail ha informado ya a Washington en ese sentido. Están tratando de hablar con el propio Karpovitch —dijo Huang rápidamente.
Wister se mordió el labio inferior, preocupado, y aplastó su cigarrillo contra un cenicero.
Un joven subalterno se aclaró la garganta antes de preguntar:
—¿No podría recogerlos el Galilea? Está dirigido a distancia, dispone de combustible para un aterrizaje lunar y pasa muy cerca de la cápsula.
—Y tiene una masa neta de casi dos toneladas —explicó Wister—, que tres hombres embutidos en trajes espaciales aumentarían en un 30 por ciento. Eso, sin mencionar la desigual distribución de su masa en la cápsula, que exige continuas explosiones rectificadoras. El motor del cohete no posee tantas reservas. En realidad, el Galilea apenas transporta combustible suplementario.
—¿Por qué no? —inquirió el joven, en tono indignado.
—Porque aterriza y despega en la Luna. ¿Sabe usted lo que cuesta cada galón de combustible, después de haberlo transportado desde la Tierra a Campo Apolo? A la Euratom le resulta mucho más barato perder una nave sin tripulación por falta de tanques de repuesto, que cargar con esa masa adicional y cambiar el líquido cada dos o tres semanas a causa de la ebullición.
—Dick está enterado del asunto —dijo Huang—. Es nuestro experto local en la materia. Formó parte del equipo que inspeccionó el Galilea el año pasado, después de que la G.E. lo construyó para la Euratom. Y antes había trabajado en un proyecto similar nuestro.
—Comprendo —dijo el joven.
Wister sonrió al recuerdo. Había pasado dos estupendas semanas en Europa. Y se proponía darse una vuelta por el Continente, una vez terminado su trabajo. El permiso hubiera sido fácil de conseguir. Pero Florence volvió a caer enferma por aquellos días. Nada grave. Nunca lo era. Sin embargo, sus quebrantados nervios se desquiciaban por completo cuando estaba enferma, y, no estando su padre allí, Jim tenía que cargar con las consecuencias..., precisamente cuando empezaba a superar sus micciones nocturnas, y todas sus pesadillas y...
Y aquello no tenía nada que ver con los tres hombres que se encontraban encerrados en una cápsula, girando alrededor de la Luna.
Llegaron otros dos subordinados. Huang asintió.
—Creo que tenemos el personal suficiente —dijo—. Vamos, Harry. Prepare a su equipo para calcular lo que tenga que ser calculado. En primer lugar la órbita, supongo, en cuanto tengamos un punto de referencia.
—En marcha —ordenó Mowitz, dirigiéndose a sus subordinados.
Salieron de la estancia en apretado y silencioso rebaño.
Delarue se puso en pie.
—Será mejor que me marche a mi sección —dijo.
—Se están ocupando ya de ella —dijo Huang—. No le necesitan a usted.
—Sí, pero yo les necesito a ellos —murmuró Delarue entre dientes—. ¡No puedo quedarme aquí sentado sin hacer nada!
Se marchó, andando rápidamente.
Solos en la oficina, Huang y su ayudante se miraron el uno al otro. El humo del tabaco irritaba sus ojos. En el exterior, la luz del sol matinal que inundaba la zona de aparcamiento era indecorosamente brillante.
—¿Cree usted que los rusos ayudarán? —preguntó Wister al cabo de un rato, sólo para romper el silencio.
—¡Oh, sí! Si pueden, lo harán —dijo Huang—. Una excelente propaganda, si consiguen sacar de un apuro a los norteamericanos. Además, son también humanos, al margen de la opinión que nos merezca su forma de gobierno.
—Pero, ¿podrán hacerlo? ¿Tienen algo que sirva para la empresa a realizar?
—¿Quién puede saberlo?
La habitación volvió a quedar en silencio; al recordar sus propias misiones en el pasado, Wister pensó que también en la cápsula debía de reinar un gran silencio. Encerrados en sus trajes espaciales, disponiendo de un espacio tan reducido que apenas les permitía moverse, los tres hombres oirían poca cosa aparte de su respiración y del latir de sus corazones, y no verían más que unos diminutos puntos de luz a través de la única mirilla de la cápsula. Podían hablarse el uno al otro por el micrófono instalado en el interior del casco, desde luego; pero, ¿qué podían decirse mientras caían indefensos sobre el lado oscuro de la Luna? ¿Lo que se hubieran dicho en la Tierra?
Sonó un timbre. Huang se puso en pie tan bruscamente, que hizo caer un cenicero de su escritorio. Las colillas se desparramaron por el suelo. Huang pulsó el botón del teléfono interior.
—¿Qué sucede? —inquirió.
Wister se dio cuenta de la ansiedad con que los dos estaban inclinados sobre la caja negra.
Una voz de mujer, desde la sección de Delarue, dijo, en tono inseguro:
—Ha sido establecido contacto con la cápsula, vía Campo Apolo y Hawaii. Podemos pasar la comunicación directamente, si lo desea.
—Sí, sí. ¡Claro está que lo deseo! —aulló Huang.
El teléfono interior zumbó unos instantes, durante los cuales Wister se sintió anonadado por el pensamiento de que no tenía nada que decirles a los hombres del espacio. Absolutamente nada.
El altavoz se llenó de extraños sonidos. Parásitos, desde luego. Débil y retorcida, oscilando a lo largo del borde de la audibilidad, una voz, dijo:
—Enwright al habla. Enwright al habla. ¿Está ahí, Charlie?
—Sí... —Huang miró a Wister a través de la caja—. Hable usted con él, Dick —murmuró.
—¿Estáis todos bien? —oyó Wister que alguien preguntaba con su garganta.
Recordó que tenía que esperar: dos segundos y medio mientras las ondas cruzaban la nada y regresaban. Casi medio millón de millas, con las perturbaciones atmosféricas y el efecto de Doppler y el seco siseo de las estrellas a lo largo del trayecto. La voz, débil, irreal, dijo:
—Sí, creo que sí, aunque Phil tiene una lesión en los tímpanos, al parecer. Fue una explosión espantosa. Apenas tuvimos tiempo de meternos en la cápsula y soltarla. Pero todo ha funcionado perfectamente. —Una vacilación—. Hasta ahora.
—¿Qué me dices del aire? ¿Y de la temperatura? ¿Y del control CO,?
—Todavía estamos vivos —dijo Enwright secamente.
—Y nosotros... nosotros estamos ideando algo para bajaros de ahí. —Wister tuvo que tragar saliva un par de veces antes de continuar—: Estamos buscando un vehículo.
Silencio, de nuevo, hasta que otra voz dijo:
—Bruno al habla. No trates de consolarnos, Dick. Sabes perfectamente que no hay solución. Tú también eres un hombre del espacio.
Lo fui, pensó Wister.
—Lo mejor que puedes hacer es conseguir que la esposa de Cy y la novia de Phil se pongan al aparato —dijo Fellini—. Yo soy más afortunado que ellos. No tengo a nadie que vaya a sentirlo mucho.
Y yo tenía a alguien que iba a sentirlo demasiado -pensó Wister—. De modo que tuve que abandonar el espacio, y ahora el sol calienta mi piel mientras te mata a ti. Yo he sido aún más afortunado. ¡Oh, sí!
—Deja de dramatizar, Bruno —dijo Enwright, que, aquejado de sordera, no podía enterarse de nada—. En la base están haciendo todo lo que pueden. Son los gajes del oficio. Dick, ¿qué podemos hacer nosotros? Sé que estáis calculando nuestra órbita, pero, ¿hay algún dato más que pueda seros útil?
—No... no se me ocurre nada... ¿Qué es lo que veis a través de la mirilla? —preguntó Wister, como si las palabras pudieran alejar a la muerte.
—M-m-m... Estamos dando tumbos, de modo que las estrellas giran locamente. He cronometrado nuestra velocidad de rotación como de 2.3 r.p.m., aunque la precisión no permite obtener datos exactos. Mira, acabo de divisar la silueta de la Luna. Montañas como dientes, sombras que cruzan una llanura gris... ¡Santo cielo! ¡Qué desolación! Veo restos del naufragio casi en la misma órbita que nosotros. Un tanque doble..., sí, de aire comprimido, a juzgar por su color, que no puedo distinguir demasiado bien. El principal tanque de aire. Parece intacto. Pensándolo bien, tiene que estarlo, ya que la presión del gas al salir le hubiera empujado hacia una órbita radicalmente distinta. El resto de la nave está esparcido por toda la inmensidad del espacio.
—¡Un momento! —dijo Wister—. Tenéis cable flexible, ¿no es cierto? De unas dos millas de longitud. ¿Por qué no sales al exterior y tratas de atar el cable a ese tanque, uniéndolo así a la cápsula?
—Supongo que podemos hacerlo. Aunque tendremos que esperar a encontrarnos en la otra cara de la Luna. Aquí hay una atmósfera muy cálida. Y no es que no podamos soportar el calor. Podríamos incluso aguantar unas cuantas horas la radiación en el exterior de esta cápsula, de acuerdo con lo que señala mi medidor. Pero, francamente, resultaría muy incómodo.
—Desde luego. Espera, pues, hasta que lleguéis a la otra cara.
—De todos modos, creo que sería un trabajo inútil. ¡No podemos aterrizar sobre un chorro de aire comprimido!
—¡Oh, no, no! Pero alargaríais vuestras posibilidades de respirar...
Se oyó la risa de Fellini.
—Tenemos aire suficiente para respirar hasta que el sol empiece a calentar de veras —dijo.
Las uñas de Wister se hundieron en las palmas de sus manos.
—Cualquier cosa puede ayudar —dijo—. No puedo imaginar cómo, en este caso. Probablemente será inútil. Pero no podéis permitiros el lujo de renunciar a una posibilidad, por remota que parezca. —Salvajemente—: Estáis muertos, a menos que una de esas remotas posibilidades dé resultado.
—¡Dick! —exclamó Huang—. ¿Cómo se atreve...?
La voz fantasmal de Enwright dijo:
—Tiene razón, Charlie. Ataremos ese tanque en cuanto volvamos a estar en la otra cara de la Luna. Dentro de un par de horas lo llevaremos pegado a nosotros.
—El tanque modificará su órbita ligeramente. La masa total aumentará. En el momento del cambio... —Huang se encogió de hombros—. No importa. Podemos rehacer los cálculos. De acuerdo.
El altavoz zumbó y chisporroteó.
—¿Qué más desean saber? —preguntó Enwright.
—No se me ocurre nada —suspiró Huang.
—Entonces, cortaremos la comunicación..., es decir, hasta que podamos hablar con nuestras mujeres.
—Desde luego. Tan pronto como sea posible. Entretanto... ejem... ¿Les gustaría oír algo de música?
—No, gracias. No con esta recepción, ¿eh, Bruno?
—Yo la escucharía con gusto, si tuvieran algo de jazz clásico —dijo Fellini—. Nada de esas porquerías que tocan ahora, por supuesto.
—Bueno, creo que podré soportarla —dijo Enwright—, Gracias por todo, Tierra y Apolo. Au revoire. Corto.
La voz se apagó. De repente, el altavoz dejó de chisporrotear.
Delarue entró en la oficina.
—Les hemos adaptado un monitor. ¿Quiere que me ocupe de esa música? En casa tengo un montón de discos de jazz clásico, Jelly Roll Morton, etcétera.
—De acuerdo —dijo Huang—. Hágalo. —Llamó a la sección de Mowitz—: ¿Harry? ¿Cómo va lo de la órbita?
—Estamos poniendo los datos en orden. Dentro de un cuarto de hora podré entregarle los primeros resultados.
—No corre prisa. Temo que tendrá usted que rehacer los cálculos. Van a atar una masa externa a la cápsula. Pero, continúe. —Huang desconectó el teléfono interior y se puso en pie—, ¿Puede usted manejar el fuerte unas horas? —preguntó.
—¿Yo? —inquirió Wister, desconcertado—. Supongo que sí. Pero. ¿Qué...?
—Alguien tiene que informar a esas mujeres y preparar una conexión en cadena.
Porque sabía que Huang estaba enterado de ello, Wister tuvo que decir:
—Soy amigo personal de todos esos hombres, Charlie. Puedo ocuparme de eso.
Su alivio fue evidente cuando Huang dijo:
—No. No tengo derecho a encargar a otros las misiones más difíciles. Y, de todos modos, a mí, que soy casi un extraño para ellas, me resultará más fácil decirlo. Y... —Huang hizo una pausa—, Usted está más calificado que yo para dirigir esta oficina en esta clase de situación. Yo no soy más que un hombre de órbitas.
Cuando se quedó solo, Wister se sentó y se quedó mirando a través de la ventana.
De acuerdo -se dijo a sí mismo—. Y ahora, ¿qué?
Ahora, la muerte acecha, eso es todo -se respondió—. Será mejor que busque algún medio de transporte para que Florence pueda ir de compras. Tendré que quedarme aquí hasta que todo termine (¿Por qué no ha aprendido a conducir? No es muy fuerte, pero no está paralítica. ¿Será culpa mía? Tal vez debí mostrarme más duro con ella cuando... O tal vez no. ¿Cómo puedo saberlo? Ahora es demasiado tarde). Al diablo con los gastos. Estoy harto de mendigar favores a toda la vecindad. Dejaré que tome taxis. (Con mi sueldo, no tendría que preocuparme por los gastos, incluso sin cobrar el sobresueldo de vuelo. Pero las facturas del médico, y una mujer de faenas tres veces a la semana, y...) Déjate de lamentaciones. ¡Estás vivo al menos!
En aquel momento zumbó el teléfono interior. La voz de Gail Jackman dijo:
—Mr. Garth llama desde Washington. ¿Puede usted tomar el mensaje?
—¡Desde luego! —dijo Wister—. ¿Oiga? Richard Wister al aparato. Mr. Huang ha salido y me ha dejado al frente de su oficina.
—Soy Tom Garth —dijo el enlace de la NASA con el Departamento de Estado—. Recibimos ya la respuesta de Moscú.
—¿Sí? ¿Pueden...?
—No. Lo siento. He hablado con el propio Karpovitch. Dice que pueden preparar una nave tipo Gagarin en el plazo de una semana, pero le contesté que para entonces ya no nos sería útil. ¿Hice bien?
—Uh-huh. Nosotros podríamos solucionarlo antes.
—Entonces, ¿no hay ninguna esperanza?
—Estamos tratando de encontrar alguna solución.
—Sería mejor convocar una conferencia. Aquí hemos tenido una reunión muy tempestuosa, y, desde luego, este asunto no va a favorecernos nada, desde el punto de vista de la propaganda.
Wister se sintió incapaz de seguirle en aquel terreno empedrado de tópicos.
—Voy a colgar —dijo—. Tenemos muchísimo trabajo aquí, ¿sabe? Gracias por llamar. Hasta la vista.
Soltó el receptor de golpe.
Su úlcera empezó a fastidiarle. Pulsó el botón del teléfono interior.
—Gail, ¿puede encargar unas galletas y un poco de leche para mí?
—Sí, con mucho gusto —dijo la secretaria de Huang.
—Uh... encargue también algo para usted, si quiere. Me atrevería a afirmar que no ha tenido usted tiempo de desayunarse, tampoco. Sinceramente, me gustaría poder hablar con alguien. Me ayudaría a olvidar por unos instantes lo inútil que soy.
—Comprendo —dio Gail amablemente—. Enviaré en seguida a uno de los muchachos. La cafetería de Tam debe de estar abierta ya.
Wister esperó, rumiando su vacío interior y exterior, hasta que entró Gail con una bandeja. Entonces, su corazón se animó un poco. Gail era bonita: no espectacular, pero sí agradable a la vista, inteligente, alegre y soltera. A veces, Wister había deseado insinuarse con ella. Pero, puesto que Gail sabía que estaba casado, nunca había sabido cómo iniciar el ataque. Mientras ella colocaba el desayuno sobre el escritorio, con la luz del sol dorando sus sedosos cabellos, Wister se preguntó si la intimidad de este momento, quizás... No, tenía que pensar únicamente en Cy, en Phil y en Bruno. No obstante, la invitó a sentarse con la más galante de sus sonrisas, y Gail se la devolvió.
—Gracias, Sir Walter —dijo.
—Raleigh, es un gran placer para mí. —La amargura surgió en él—. Perdóneme. Sé que me estoy portando como un estudiante. Pero, ¿qué podemos hacer?
Gail le miró con el rostro muy serio.
—Esto le ha afectado mucho, ¿verdad?
—Sí —respondió Wister, con absoluta sinceridad, pero dándose cuenta de las posibilidades dramáticas de su papel—. ¿Acaso no sentimos todos lo mismo?
Gail sacudió la cabeza.
—Usted es un hombre. Pero una mujer piensa de un modo distinto. ¡Oh! Desde luego que les compadezco, pero en el fondo de mi corazón doy gracias a Dios porque ninguno de esos hombres es el mío.
Wister se bebió la leche de un trago.
—No me juzgue equivocadamente —dijo—. No soy un héroe ni nada por el estilo. Pero, daría... daría un ojo o una mano a cambio de una posibilidad de salvarles.
—Creo que lo dice usted en sentido literal —murmuró Gail.
—En efecto. —No pudo permanecer en su silla, se puso en pie, se acercó a la ventana y alzó la mirada hacia las inmensidades celestes—. Lo que hace que la cosa resulte especialmente dura para mí es el hecho de haber sido piloto espacial. Sé lo que esto significa para ellos. Un calor sofocante, cada vez que el sol choca contra la cápsula. Las ropas pegadas al cuerpo a causa del sudor, que se introduce en los ojos y escuece, sin que exista de posibilidad de frotárselos. El cuerpo se llena de picores, y uno no puede rascarse. El incesante traqueteo de la cápsula produce mareos y náuseas. Y todo esto va quebrantando las defensas mentales. Los instintos de un animal cogido en una trampa se hacen cada vez más imperiosos. Sentado allí, esperando que el sol le achicharre a uno... —Se dio cuenta de lo que estaba diciendo—. Perdóneme.
—Continúe —dijo Gail. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Por otra parte —dijo Wister—, puedo imaginarme a mí mismo acudiendo en su rescate. Pilotar es una cosa más cerebral, desde luego. Pulsar un botón, apretar una palanca, fijar un volante; un problema de matemáticas, en realidad, que nos mantiene demasiado ocupados para sentirnos asustados o incómodos. Haciendo algo, en vez de...
Se interrumpió. Durante un largo espacio de tiempo permaneció completamente inmóvil y en silencio.
—¿Qué sucede? —preguntó finalmente Gail, desconcertada.
Wister se volvió en redondo. Sus ojos la miraron sin verla. Habló como si se dirigiera a una persona desconocida.
—Póngame en comunicación con Ginebra.
—Pero...
—Con Mr. Jansen, en Ginebra. Es el jefe de los programas espaciales de la Euratom. Quiero hablar con él.
Wister abrió un cajón del escritorio y sacó unos manuales y la regla de cálculo de Huang. Se sentó. Había olvidado que Gail existía.
Wister soltó los controles. Había llegado al límite de sus fuerzas. Echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el respaldo de la silla, sin darse cuenta de que la oficina se había llenado de gente que gritaba, muy excitada.
Gail Jackman dejó caer la toalla con la cual había secado el rostro de Wister mientras trabajaba. Estaba empapada. Gail se sentó en el suelo, cogiéndose las rodillas con las manos, y estalló en sollozos.
Huang se abrió paso entre la multitud con una botella de whisky en la mano. Wister bebió ávidamente. Se sintió algo reanimado. Se puso rápidamente en pie, se inclinó sobre Gail y palmeó su hombro.
—Vamos, vamos, ya está todo solucionado —susurró.
—Lo siento —murmuró Gail—. Todo ha sido tan... ¿Cómo lo consiguió? Oí que no había suficiente combustible para hacerlo. No pude comprender lo que estaba intentando, pero no había tiempo para preguntar... Estaba usted sentado de un modo..., alguien tenía que...
Wister parpadeó.
—¡Oh! —Había demasiada gente a su alrededor—. Pura suerte. El enorme tanque de aire comprimido. Masa casi igual a los hombres más la cápsula. Aquel gas muy expansivo, calentado por el sol, tenía que ser capaz de matar la mayor parte de la velocidad orbital del satélite. En una vuelta de cuatro horas alrededor de la Luna, representaba unos... alrededor de ocho décimas de milla por segundo. Lo cual es más del 50 por ciento de la velocidad de escape, o el 35 por ciento de la velocidad a desarrollar para un aterrizaje seguro. Eliminando ese 35 por ciento de esfuerzo, tenía que haber combustible suficiente para manejar una masa complementaria igual al 20 por ciento de la masa inicial, teniendo en cuenta las necesarias maniobras adicionales. ¿No es cierto? Lo dicho: pura suerte.
Wister se incorporó y salió de la oficina. Huang iba delante de él, abriéndole paso.
—¿Puedo solicitar unos días de descanso? —inquirió Wister, cuando estuvieron solos en el vestíbulo.
—Tómese un mes, si quiere. Buscaré a alguien que le lleve a su casa. —Huang se estremeció—. Estoy demasiado impresionado para hacerlo yo mismo.
Alguien había colgado la americana de Wister en su oficina. Cuando entraba a recogerla, sonó el teléfono. Wister descolgó el receptor. La voz de Florence dijo:
—¿Dick? He estado tratando y tratando de ponerme en comunicación contigo. ¿Marcha todo bien?
—Sí —dijo Wister.
—Estupendo —dijo Florence cortésmente—. Querido, lo siento mucho, pero no he oído el despertador. ¿Recuerdas que dejaste una nota diciéndome que acompañara a Jim a la escuela? Bueno, me quedé dormida, y al despertarme me sentía tan...
—No importa —dijo Wister—. Dentro de unos momentos estaré en casa.