14

Alguien gritó en la calle que no le pegaran al perro.

—¿Oíste, Candela? Por ahí anda uno de mataperros.

—¿Entonces vas a dejarte el bigote? —dijo Candelaria—. Te queda bien.

Pero mi hermanita del alma no había venido a hablar de mi reciente bigote. Tampoco de perros o mataperros.

—¿Por qué no le dijiste nada a Renata? —dijo—. ¿Por qué no le dijiste en el hospital que volviera contigo?

Impulsé la hamaca con el pie.

Redondeaba una respuesta cuando Candela lanzó una pregunta fácil:

—¿Oviedo bien?

—Oviedo bien.

—Y del agente Escorbuto qué.

—Ni más.

—¿No quieres conversar, hermanito? Te veo de muerte lenta.

—Estoy como alguien que contempla el abismo. ¿Saltar o empezar de nuevo?

—Tú no te matarías.

—No soy de los que se matan, hermanita. No me tienta el abismo, pero me fascina contemplarlo.

—¿Por qué coños no le dijiste que volviera?

—¿Con esa boquita le das besos al bobo?

—¿Por qué no le dijiste?

—Pensé que me diría que no.

—Lo mismo pensó Renata. ¿Sabes qué le dijo al tal Daniel para que se fuera? Que estaba esperando un hijo tuyo. Si una mujer inventa tal cosa es porque se está muriendo de amor. Esa muchacha te adora, maldita sea. Vi cómo te abrazaba en el hospital. Como si te buscara las heridas.

—Las tengo por dentro.

—Pensó que estabas muerto. Nos cruzamos cuando iba a buscarla y me clavó las uñas de la angustia. Ese día, hermanito, a cualquier cosa te hubiera dicho que sí.

—Ese día.

—Todos los días, menso. ¿Por qué los hombres son tan imbéciles? Renata no va a negarte nada. ¿Estás enfadado por las cartas?

—No.

—¿Qué pretendía ese imbécil con las cartas?

—Un golpe de suerte.

—Se necesita más que un golpe de suerte para recuperar a una mujer. Ese tipo la llevó hasta el límite y se sobrepasó.

—¿Podrías cambiar de tema?

—Ah, se me olvidaba, te escribieron de Ocaña.

Candela sacó de uno de sus bolsillos una carta doblada y me la entregó.

—El flaco no me olvida.

—¿Es el mismo Abelardo Ramírez de quien tanto hablas?

—El mismo.

Rompí el sobre y leí.

—El hombre está bien, con novia y trabajo. Con ganas de casarse. Te manda saludos.

—Gracias, pero no me conoce.

—Le hablaba de ti. Me decía «cuñado».

—Pero se va a casar.

—Tú también.

—Yo no. ¿Estás loco?

—¿Cómo que no?

—No tengo vocación de sirvienta.

—Mamá hasta le amarra los cordones al viejo. Es una esclava feliz.

—Con un hombre así, con un amor así, quién no es feliz, Antonio. Pero don José y doña Ceci son la excepción en un mundo lleno de hombres y mujeres solos. Se van de luna de miel en noviembre.

—¿Cartagena?

—Cartagena de Indias. Doña Ceci no conoce la ciudad amurallada y, según dijo, no quiere estirar la pata sin mojarse el culo en el mar. Papá ya se dejó convencer y anda como marrano estrenando lazo.

—Van a volver negros de la dicha.

—¿Te imaginas a mamá con trencitas y un vaso de ron en la playa?

—¿Entonces qué haces con ese bobo?

—¿Qué? Estaba tirada en la playa y me despiertas con semejante pregunta. Ay, Antonio, ojalá mamá no se nos muera antes porque papá no sería capaz de vivir sin ella un solo día.

—Los hombres nos morimos primero.

—La naturaleza es sabia.

—Aléjate, animal, que me salpica tu veneno. En serio, dime. ¿Qué haces con ese bobo?

—Pero qué preguntadera.

—Contesta.

—Un entretenimiento. ¿Y quién te contó? La chismosa de Oviedo.

—Filosorráptor, señorita.

—De alcantarilla, caballero.

—Filósofo de la oscuridad.

—Pero cómo lo defiendes. Antes ni siquiera eran amigos.

—Antes me caía mal. Pero sigue con el cuento, señorita.

—Recién empezamos y ya le dije que no le convengo. No hay mucho que contar. La otra noche me trajo serenata, pero no me asomé a la ventana. Le aconsejé que se fuera buscando otra.

—Pero qué amor —dije.

—Le gusta Renata. Le advertí que ya tenía dueño. Fui al cine con tu mujercita.

Una araña se descolgaba desde el techo.

—¿Desde cuándo se hicieron tan comadres?

—Todo el mundo se muere por Renata. Papá, mamá, doña Jerónima. Mamá y doña Jerónima también andan de comadres, van a misa de seis juntas. ¿Me estás oyendo, inútil?

—Te estoy oyendo.

—La dulce Renata está leyendo biografías y papá anda todo feliz porque al fin tiene con quien hablar de Carlomagno, Julio César, Cristóbal Colón y otros.

—Todos difuntos.

—En vez de rajar del prójimo. ¿No es una maravilla? Y tu mujercita tiene a don José del Carmen leyendo poesía.

—Ya me di cuenta. Y ahora tú tienes una hermanita.

—Te voy a contar una cosa. Renata se fue descalza a ver a la Virgen para que te ayude a olvidar a esa mujer. Hasta San José de Miranda, ¿te imaginas? Ojalá le hubieras visto los pies cuando volvió. ¿ Sabes qué dijo mamá?

—Qué —dije—. Adivino no soy.

—«Este hijo mío no merece tanto».

—No me digas.

—Eso dijo doña Cecilia Oreja.

¿Qué haría con la araña? Su destino dependía de mi decisión.

—Conque eso dijo. ¿Y tú qué dices?

—Gracias a Dios no eres mi hijo.

—El Club de las Santas Mujeres.

—Me voy, Antonio.

—¿Tan pronto? Espera y hacemos café.

—Voy a ingresar a la universidad el año entrante.

—Ya lo sabía. Bogotá, ¿cierto?

—Bogotá. O Medellín. No, Bogotá. Mamá está hecha una lágrima, pero ya se le pasará.

—Otra que coge para Bogotá.

—Pero no a coger.

—No como Teresa Barajas. Ella haciendo y deshaciendo y nunca me escribiste ni nada, y cuando volví de Pamplona ni siquiera me dijiste que se había ido con un chofer.

—Ya te lo dirían.

—Hice el ridículo mientras tanto.

—¿No te lo dijo su madre?

—Esa pobre ciega vive en otro mundo.

—¿Quién te lo dijo al fin?

—Le pregunté a medio mundo hasta que Oviedo tuvo los pantalones de contarme la verdad.

—¿Teresa todavía te duele?

—Hay días en que no, pero me va a doler toda la vida, hermanita.

—Que eso no me pase a mí, y menos con alguien así, mierda.

—Esas palabras no son dignas de una dama. Y a propósito, si te vas, ¿qué vas a hacer con el noviecito?

—Qué otra cosa: olvidarlo. ¿Qué otra cosa se hace con los entretenimientos? ¿No me estás escuchando? Nunca le prometí nada.

Me acordé de la línea de una canción: Nunca te prometí un jardín de rosas. Traté de cantarla. No me salió la música.

—¿Supiste que el chofer habló conmigo?

—Lo supe. Qué descaro. ¿Qué quería Agustín Santos?

—Que intercediera por él ante Teresa.

—Y tuviste éxito: van a casarse. ¿Cómo te parece, hermanito? La señorita Teresa entra a la familia de los Santos. Como quien dice, ya llegó al cielo.

—No intercedí.

—Van a armar tremenda fiesta. ¿Me llevas?

—Uno no va a la boda cuando la novia se casa con otro.

—¿No te pidieron que fueras el padrino?

—Se vería raro, ¿no?

—Dime que no lo pensaste.

—Lo pensé.

—Te digo, hermanito, Agustín Santos va a echar la casa por la ventana. Va a contratar una orquesta de Bogotá y se habla de quinientos invitados. Se amarran por la iglesia, ¿no? Lástima. Ese matrimonio va a durar menos que un merengue en la puerta de una escuela.

—¿Por qué lo dices?

—¿Tú crees que Teresa lo quiere? Cualquier día vas a verlo dormido en la mesa de un bar. Esa mujer no quiere a nadie. Ni al Juan. Ni a ti. Ni al chofer. Ni a los otros.

—Pero la quieren todos.

—No siempre va a estar así de buena.

—Ojalá le dure.

—Mierda, hermanito, cómo te duele decirlo.

—Hasta las pelotas.

—No tienes que ser tan explícito.

—Discúlpame. Su fantasma va y vuelve.

—Esa herida se enconó.

—Según Oviedo, tengo a esa mujer hasta en los huesos.

—Hizo metástasis.

—Hasta el polvo de mis huesos recordará su perfume. No sentí nada el otro día que la vi en el mercado con el chofer, pero esa noche no pude dormir. Amanecí dándole puñetazos a la puta almohada.

—La puta no es la almohada.

—Animal rastrero.

—Mierda, mierda, mierda. ¿No vas a terminar en La Cosa de Juan?

—No.

—El Juan de Jesús me gustaba.

—No me di cuenta.

—Nadie se dio cuenta. Ni el mismo Juan de Jesús de los Palotes.

—Canta tan mal el Juan de Jesús de las Pelotas. Una noche nos entramos al cementerio y despertó a los difuntos con la primera canción.

—No lo quería precisamente para que me diera serenatas.

—El Juan de Jesús no toca la guitarra, hermanita, la aporrea.

—Imagino que sabes que se juntó con el Duende y está aporreando cristianos en el páramo. Me gustaba ese idiota, pero tenía malas mañas. Botó la baba por Teresa y luego se encaprichó con la menor de las Bermúdez, la Pirañita, y no siempre tenía para pagarle los servicios. No me iba a conformar con las sobras. El Juan de Jesús se encerró a fumar marihuana en La Cosa de Juan hasta que le dio la ventolera de irse al monte a buscar lo que no se le había perdido. Doña Pilar anda como loca.

—Va a terminar apedreando las ventanas.

—La pobre se pone peor con la luna llena.

—¿Sabes quién se conforma con sobras de Pirañita?

—Oviedo.

—¿Cómo sabes?

—Todo el mundo lo sabe. La Gloria Sábila se envenenó el otro día por la Pirañita.

—Lo sé, pero ahora Oviedo la tiene juiciosa.

—Ahora la Pirañita está que se envenena. ¿Y el café?

—Sí, gracias, hermanita, con azúcar.

Candela sonrió y fue a la cocina. La araña y yo nos quedamos solos. Pude releer la carta o averiguar algo más de la vida de Pedro el Grande, pero elegí no perturbar la perfección del momento.

—¿Y Renata al fin qué? —gritó Candela.

—Qué de qué.

—No te hagas, hermanito. No puedes dejar esperando toda la vida a una mujer.

—Lo sé.

—A doña Cecilia Oreja ya le están haciendo falta los nietos.

—Otra vez la burra al trigo.

—Y mucho más ahora que la niña de la casa se larga para otras tierras.

Candela volvió con los pocillos humeantes. Bella mi hermana. Nos íbamos a querer toda la vida. Además, hacía el café casi tan bien como mamá.

—Te ves tan horrible de perdonavidas.

Qué delicia. Café, mujeres y cabras.

—¿Cómo así, hermanita?

—¿Te vas a pasar toda la vida en esa hamaca?

—No, haré excursiones para mear.

—Ya no te ves como un soldado y hasta me gusta que no vayas al peluquero. Te luce el bigote, en serio. Ya no piensas como el pinche soldado Cáceres Oreja. Qué pena decírtelo, Antonio, te habías vuelto un pendejo con el puto cuento de servirle a la patria. ¿Cuándo le sirven a la patria los hijos de los doctores? Te morirías de la vergüenza si leyeras las cartas que me escribías. Me hablaste sin ningún pesar de un viejo y de su pobre hijo muerto.

—En el ejército no te dejan pensar, hermanita, te ordenan qué pensar.

—Ya pasó y nunca más. El aire malagueño te hizo provecho. No puede decirse lo mismo del filosorráptor.

—Ya se le quitará la pendejada.

—Lo que ahora te digo es que no eres el rey del mundo.

¿No era otra canción?

—¿Entiendes lo que quiero decirte, Antonio?

—No tengo nada que perdonar. Pero tampoco sé si al contrario.

—¿Vas a dejar pasar a la mujer de tu vida?

Una mujer gritó en la calle: «Efraín, ven acá».

—Estoy pensando en irme.

—En vez de Pedro el Grande, deberías estar leyendo Antonio el Miserable. ¿Para dónde piensas largarte?

Decidí que la araña siguiera con vida.

Volví a empujar la hamaca con la punta del pie.

—Todavía no lo sé.

—Piénsalo bien entonces.

Dulce animal de compañia
cubierta.xhtml
sinopsis.xhtml
titulo.xhtml
info.xhtml
dedicatoria5.xhtml
epigrafe.xhtml
Primera-parte.xhtml
Section0006.xhtml
Uno.xhtml
Section0008.xhtml
Section0009.xhtml
Section0010.xhtml
Section0011.xhtml
Section0012.xhtml
Section0013.xhtml
Section0014.xhtml
Section0015.xhtml
Section0016.xhtml
Section0017.xhtml
Section0018.xhtml
Section0019.xhtml
Section0020.xhtml
Section0021.xhtml
Section0022.xhtml
Dos.xhtml
Section0024.xhtml
Section0025.xhtml
Section0026.xhtml
Section0027.xhtml
Section0028.xhtml
Section0029.xhtml
Section0030.xhtml
Section0031.xhtml
Section0032.xhtml
Section0033.xhtml
Section0034.xhtml
Section0035.xhtml
Section0036.xhtml
Section0037.xhtml
Section0038.xhtml
Tres.xhtml
Section0040.xhtml
Section0041.xhtml
Section0042.xhtml
Section0043.xhtml
Section0044.xhtml
Section0045.xhtml
Section0046.xhtml
Section0047.xhtml
Section0048.xhtml
Section0049.xhtml
Section0050.xhtml
Section0051.xhtml
Section0052.xhtml
Section0053.xhtml
Section0054.xhtml
Segunda-parte.xhtml
Section0056.xhtml
Cuatro.xhtml
Section0058.xhtml
Section0059.xhtml
Section0060.xhtml
Section0061.xhtml
Section0062.xhtml
Section0063.xhtml
Section0064.xhtml
Section0065.xhtml
Section0066.xhtml
Section0067.xhtml
Section0068.xhtml
Section0069.xhtml
Section0070.xhtml
Section0071.xhtml
Section0072.xhtml
Cinco.xhtml
Section0074.xhtml
Section0075.xhtml
Section0076.xhtml
Section0077.xhtml
Section0078.xhtml
Section0079.xhtml
Section0080.xhtml
Section0081.xhtml
Section0082.xhtml
Section0083.xhtml
Section0084.xhtml
Section0085.xhtml
Section0086.xhtml
Section0087.xhtml
Section0088.xhtml
Seis.xhtml
Section0090.xhtml
Section0091.xhtml
Section0092.xhtml
Section0093.xhtml
Section0094.xhtml
Section0095.xhtml
Section0096.xhtml
Section0097.xhtml
Section0098.xhtml
Section0099.xhtml
Section0100.xhtml
Section0101.xhtml
Section0102.xhtml
Section0103.xhtml
Section0104.xhtml