10
Una noche tocaron a mi puerta. Se me hizo raro porque no esperaba a nadie. Oviedo seguía en cama y Candela sólo pasaba en las mañanas.
—Alberta Prado.
—¿Quién?
—La coja, Antonio.
Abrí.
—Te traje un pastel de pollo.
Le ofrecí una silla.
—No tengo ni una cerveza.
—Dejé de beber, Antonio, dejé la mala vida. No vuelvo a ser un pelo de nadie en la puta vida.
—Grave decisión.
—O me toman en serio o nada.
—Mis respetos.
—No te burles. ¿Has visto a Oviedo?
—Voy a visitarlo mañana.
—Le das mis saludos. Vine a despedirme. ¿Sabes que tengo un hijo en Carcasí, en casa de unos tíos? El año entrante lo mando a la escuela. Voy a tenerlo conmigo.
Vi una mosca en la pared y le arrojé un zapato.
—¿Quieres pastel? —dije.
—¿Tienes café? —dijo.
Fuimos a la cocina. Puse el agua a calentar.
—¿Tú crees que estoy loca?
—Al contrario —dije—. Entraste en razón.
—A veces sueño que los tiros que le dieron a Oviedo eran para mí.
—No digas bobadas, no te acostaste con Marisol. ¿Qué hay de Serafina?
—Sigue en las mismas. El susto sólo le duró tres días. Quemó el vestido de esa noche y se pegó una borrachera.
Nos quedamos mirando el agua hasta que hirvió.
—Me da lástima no verla más.
—¿Qué dices?
—Que me da lástima no ver más a Serafina —dijo Alberta.
Abrí el recipiente del café y vertí tres cucharadas en la bolsa. Luego derramé el agua caliente. El polvo hizo burbujas y el olor inundó la casa. Serví el café en los pocillos y revolví el azúcar. Alberta se rascó una pierna con la otra. Volvimos a la sala saboreando con precaución el café caliente y nos sentamos. Compartimos el pastel. Terminamos de beber el café sin mirarnos.
—Le habíamos dicho a Oviedo que la cosa iba por mal camino. Sabíamos que Escorbuto lo estaba buscando. No era la primera vez que Marisol Puertas se la hacía. Marisol Puertas Abiertas, así le dicen. La fulana se enredó con Elías Avendaño, el que encontraron muerto a la orilla de la carretera que va a San José de Miranda, donde llaman La Cueva del Dragón. No se probó nada pero todo el mundo pensó que Escorbuto había tenido que ver con esa muerte. Además, la fulanita tuvo amores con el hijo del doctor Abella hasta que empezaron a amenazarlo por teléfono. El doctor prefirió enviarlo a estudiar a Bogotá. Se casó el año pasado con una buena muchacha. El doctor le prohibió que volviera a Málaga. Preferible lejos que muerto, ¿no?
—La muerte no es más que una lejanía sin remedio.
Alberta llevó los pocillos a la cocina y los lavó. Volvió a la sala sacudiendo las manos para secárselas.
—¿Qué hay de tus alas? —dije.
—No sé dónde las dejé el otro día —dijo Alberta.
No nos reímos. No era una broma.
—Tú eres bonita.
—¿De qué me sirve? —dijo Alberta—. La cojera sólo atrae pervertidos.
Pasó un ángel.
Arrastró el reguero de plumas por la sala.
Se fue.
—Esta noche estoy sin el vampiro, por si quieres.
—No —dije.
—Entiendo —dijo Alberta.
Nos miramos y soltamos la risa.
—¿Qué entiendes?
—Nada —dijo Alberta—. ¿Te has cogido a una coja?
—¿No que ya no serás más un pelo de nadie?
—Desde mañana. Hoy sigo en promoción. Dos por uno. ¿No tienes curiosidad?
—¿No es lo mismo? ¿No tienen lo mismo que las otras?
—Es lo mismo pero distinto. ¿Una manca?
—No.
—¿Una tuerta?
—Nunca.
—¿Una paralítica?
—No.
—¿Una mosquita muerta?
Me hizo reír el interrogatorio.
—¿A quién te has cogido entonces?
Se levantó y me dio un beso en la boca.
La acompañé hasta la puerta.
—No creo que vuelva —dijo.
La vi alejarse, como un muñeco cuando está a punto de acabársele la cuerda, hasta que volteó la esquina. Ya la había olvidado cuando volvió a tocar.
—¿De verdad no quieres nada? —dijo.
—Sigue.
—Pervertido —dijo Alberta.