3

Esperamos a que mi cabo Ardilla comiera. Nosotros lo habíamos hecho a las seis: sopa de lentejas, arroz blanco y papas saladas, carne, café y pan, el menú de los viernes. Nadie engorda en el ejército. Llegó mi cabo Ardilla y salimos en uno de los camiones un poco antes de las siete a recorrer las heladas calles de Pamplona. Tres horas después volvimos con el viejo. Mi cabo Ardilla dijo que le chillaban las tripas y lo vimos alejarse hacia el casino. La pena le abría el apetito.

—Tiene la solitaria —dijo Ramírez.

—La malparidez —precisó Oviedo.

Era pequeño y mandón, flaco y nervioso, el reyecito de putas. «Todo chiquito es malcriado», dijo Oviedo. Fumaba como puta en estación de policía, mi cabo Ardilla. Su mujer se la jugaba casi con todos. ¿Quién no se había comido a Maritza López? En los baños se leían sus especialidades y hasta quienes no la conocían daban garantías.

Al rato, cuando mi cabo Ardilla entró al despacho acomodándose el uniforme, sentimos su aliento: bebía como esponja en los últimos meses. Los cuernos dolían más que una patada en las pelotas.

—Es un hijueputa —dijo el viejo.

Entonces tenía la cara levantada y las manos huesudas sobre las rodillas. Las mejillas hundidas. La manzana de Adán, voluminosa, como un animal que no encuentra la salida.

—Pero usted le partió el pote —dijo mi cabo Ardilla.

Acostumbrado a todo, el viejo ni siquiera parpadeó. Le faltaba una buena rasurada, colgarse un saco decente, planchado y con los botones completos, otra camisa, desempolvar los zapatos, y le sobraban años. Sus ojos saltones hacían pensar en los animales sacrificados. No se defendió cuando mi cabo, molesto, le preguntó la razón del escándalo.

—El joven no lo golpeó a usted ni le dijo nada, según entiendo. ¿Qué le ofendió? Dígame. Me pareció un muchacho decente. Todo lo hizo usted, según los testigos. Llegó, lo vio y se puso a darle hasta que se cansó, ¿sí o no?

Se necesitó un largo rato para que el viejo repitiera:

—Es un hijo de puta.

—Razón suficiente para matarlo —se burló mi cabo Ardilla.

—Sólo le di un botellazo.

—¿De cuándo acá tanta amabilidad?

—Jodió a Renata.

—Ajá. ¿Qué le hizo?

¿Se está haciendo el pendejo mi cabo? Por pendejo le pasa lo que le pasa. Cualquiera entiende que el tipo se la comió, mi rey de putas. ¿O tampoco sabe lo que los otros le hacen a doña Maritza, mi reyecito? Pero qué imbécil.

—La jodió, se la tiró —dijo el viejo.

Le costaba decir lo que decía. Uno no sabía si iba a llorar o maldecir. ¿Quiénes éramos para que nos contara sus cosas? Tuve ganas de salir corriendo, pero no era una opción. Debía esperar hasta que mi cabo me ordenara retirarme.

—Así no puedo anotarlo, ¿entiende?

Mierda. ¿Para qué joderse en un viejo así?

—La dejó barrigona —dijo el viejo, cansado.

Había buscado al joven muchas noches, desde que supo de la preñez de Renata, y hasta ahora lo encontraba. Había descargado con el botellazo toda la ira acumulada en tanta búsqueda y dolor. En La Malquerida le encontré encaletado el cuchillito de zapatería que ahora reposaba en el escritorio, entre un crucifijo valioso y dos fotografías borrosas, tomadas en la calle, en blanco y negro. En la primera, una mujer asustada sostenía un niño en sus brazos. En la otra, la misma mujer con dos niños: tal vez el mismo niño, con expresión furiosa, y una niña asombrada. En el fondo de ambas fotos, la gente que pasa y que nunca advierte que hace parte de fotos ajenas: un pie que entra o que sale del marco, un cuerpo distraído, un fugaz brazo estirado hacia la eternidad. La mujer no se veía cómoda ni feliz en ninguna de las fotos.

Mi cabo tomó el cuchillito y le pasó la yema del pulgar. Estaba luminoso de filo.

—¿Y quién es Renata? —dijo—. Si puede saberse.

El viejo contó:

—Mi hija.

Y luego:

—La muy mensa se dejó joder.

Dulce animal de compañia
cubierta.xhtml
sinopsis.xhtml
titulo.xhtml
info.xhtml
dedicatoria5.xhtml
epigrafe.xhtml
Primera-parte.xhtml
Section0006.xhtml
Uno.xhtml
Section0008.xhtml
Section0009.xhtml
Section0010.xhtml
Section0011.xhtml
Section0012.xhtml
Section0013.xhtml
Section0014.xhtml
Section0015.xhtml
Section0016.xhtml
Section0017.xhtml
Section0018.xhtml
Section0019.xhtml
Section0020.xhtml
Section0021.xhtml
Section0022.xhtml
Dos.xhtml
Section0024.xhtml
Section0025.xhtml
Section0026.xhtml
Section0027.xhtml
Section0028.xhtml
Section0029.xhtml
Section0030.xhtml
Section0031.xhtml
Section0032.xhtml
Section0033.xhtml
Section0034.xhtml
Section0035.xhtml
Section0036.xhtml
Section0037.xhtml
Section0038.xhtml
Tres.xhtml
Section0040.xhtml
Section0041.xhtml
Section0042.xhtml
Section0043.xhtml
Section0044.xhtml
Section0045.xhtml
Section0046.xhtml
Section0047.xhtml
Section0048.xhtml
Section0049.xhtml
Section0050.xhtml
Section0051.xhtml
Section0052.xhtml
Section0053.xhtml
Section0054.xhtml
Segunda-parte.xhtml
Section0056.xhtml
Cuatro.xhtml
Section0058.xhtml
Section0059.xhtml
Section0060.xhtml
Section0061.xhtml
Section0062.xhtml
Section0063.xhtml
Section0064.xhtml
Section0065.xhtml
Section0066.xhtml
Section0067.xhtml
Section0068.xhtml
Section0069.xhtml
Section0070.xhtml
Section0071.xhtml
Section0072.xhtml
Cinco.xhtml
Section0074.xhtml
Section0075.xhtml
Section0076.xhtml
Section0077.xhtml
Section0078.xhtml
Section0079.xhtml
Section0080.xhtml
Section0081.xhtml
Section0082.xhtml
Section0083.xhtml
Section0084.xhtml
Section0085.xhtml
Section0086.xhtml
Section0087.xhtml
Section0088.xhtml
Seis.xhtml
Section0090.xhtml
Section0091.xhtml
Section0092.xhtml
Section0093.xhtml
Section0094.xhtml
Section0095.xhtml
Section0096.xhtml
Section0097.xhtml
Section0098.xhtml
Section0099.xhtml
Section0100.xhtml
Section0101.xhtml
Section0102.xhtml
Section0103.xhtml
Section0104.xhtml