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Esperamos a que mi cabo Ardilla comiera. Nosotros lo habíamos hecho a las seis: sopa de lentejas, arroz blanco y papas saladas, carne, café y pan, el menú de los viernes. Nadie engorda en el ejército. Llegó mi cabo Ardilla y salimos en uno de los camiones un poco antes de las siete a recorrer las heladas calles de Pamplona. Tres horas después volvimos con el viejo. Mi cabo Ardilla dijo que le chillaban las tripas y lo vimos alejarse hacia el casino. La pena le abría el apetito.
—Tiene la solitaria —dijo Ramírez.
—La malparidez —precisó Oviedo.
Era pequeño y mandón, flaco y nervioso, el reyecito de putas. «Todo chiquito es malcriado», dijo Oviedo. Fumaba como puta en estación de policía, mi cabo Ardilla. Su mujer se la jugaba casi con todos. ¿Quién no se había comido a Maritza López? En los baños se leían sus especialidades y hasta quienes no la conocían daban garantías.
Al rato, cuando mi cabo Ardilla entró al despacho acomodándose el uniforme, sentimos su aliento: bebía como esponja en los últimos meses. Los cuernos dolían más que una patada en las pelotas.
—Es un hijueputa —dijo el viejo.
Entonces tenía la cara levantada y las manos huesudas sobre las rodillas. Las mejillas hundidas. La manzana de Adán, voluminosa, como un animal que no encuentra la salida.
—Pero usted le partió el pote —dijo mi cabo Ardilla.
Acostumbrado a todo, el viejo ni siquiera parpadeó. Le faltaba una buena rasurada, colgarse un saco decente, planchado y con los botones completos, otra camisa, desempolvar los zapatos, y le sobraban años. Sus ojos saltones hacían pensar en los animales sacrificados. No se defendió cuando mi cabo, molesto, le preguntó la razón del escándalo.
—El joven no lo golpeó a usted ni le dijo nada, según entiendo. ¿Qué le ofendió? Dígame. Me pareció un muchacho decente. Todo lo hizo usted, según los testigos. Llegó, lo vio y se puso a darle hasta que se cansó, ¿sí o no?
Se necesitó un largo rato para que el viejo repitiera:
—Es un hijo de puta.
—Razón suficiente para matarlo —se burló mi cabo Ardilla.
—Sólo le di un botellazo.
—¿De cuándo acá tanta amabilidad?
—Jodió a Renata.
—Ajá. ¿Qué le hizo?
¿Se está haciendo el pendejo mi cabo? Por pendejo le pasa lo que le pasa. Cualquiera entiende que el tipo se la comió, mi rey de putas. ¿O tampoco sabe lo que los otros le hacen a doña Maritza, mi reyecito? Pero qué imbécil.
—La jodió, se la tiró —dijo el viejo.
Le costaba decir lo que decía. Uno no sabía si iba a llorar o maldecir. ¿Quiénes éramos para que nos contara sus cosas? Tuve ganas de salir corriendo, pero no era una opción. Debía esperar hasta que mi cabo me ordenara retirarme.
—Así no puedo anotarlo, ¿entiende?
Mierda. ¿Para qué joderse en un viejo así?
—La dejó barrigona —dijo el viejo, cansado.
Había buscado al joven muchas noches, desde que supo de la preñez de Renata, y hasta ahora lo encontraba. Había descargado con el botellazo toda la ira acumulada en tanta búsqueda y dolor. En La Malquerida le encontré encaletado el cuchillito de zapatería que ahora reposaba en el escritorio, entre un crucifijo valioso y dos fotografías borrosas, tomadas en la calle, en blanco y negro. En la primera, una mujer asustada sostenía un niño en sus brazos. En la otra, la misma mujer con dos niños: tal vez el mismo niño, con expresión furiosa, y una niña asombrada. En el fondo de ambas fotos, la gente que pasa y que nunca advierte que hace parte de fotos ajenas: un pie que entra o que sale del marco, un cuerpo distraído, un fugaz brazo estirado hacia la eternidad. La mujer no se veía cómoda ni feliz en ninguna de las fotos.
Mi cabo tomó el cuchillito y le pasó la yema del pulgar. Estaba luminoso de filo.
—¿Y quién es Renata? —dijo—. Si puede saberse.
El viejo contó:
—Mi hija.
Y luego:
—La muy mensa se dejó joder.