7
Un pájaro amarillo picoteaba en la humedad del patio.
Escribía con sus patas un lenguaje de insectos.
Renata le reservó montoncitos de comida.
El pájaro tomó confianza. Picoteó los montoncitos cada vez más cercanos a la cocina, hasta que entró a la casa.
—¿Eres uno de mis pensamientos?
Renata y el pájaro se contemplaron con asombro, cautelosos.
—¿Eres el alma de quién?
Renata soñó que perseguía al pájaro entre la niebla, entre los fantasmas de los árboles, hasta un río que le impidió el paso.
El pájaro no regresó.
—Cabrita, ven acá.
—Sí, papá.
—Deja de desperdiciar la comida en el patio.
—Sí, papá.
—Y deja de treparte a los árboles.
Víctor Manuel apareció con unas plumas de pavo real pero no quiso compartirlas.
Buscándolas, Renata encontró debajo de la cama de su hermano un montón de revistas de mujeres desnudas. Nunca imaginó que hubiese tetas tan grandes, tanto pelo entre las piernas, y confundió con el dolor los gestos de placer. Renata tuvo miedo.
Su hermano fue una ausencia. Desde niño, Víctor Manuel Morantes pasó más tiempo en la calle que en la casa. No venía a dormir, andaba en malos pasos. «Ay, hermanita, tengo el diablo por dentro», aseguraba. Alguna vez llegó golpeado, amoratado, y cayó dormido de inmediato. Su padre apartó las cobijas y contempló en silencio el rostro maltratado. Nunca renegó de su hijo. Nunca maldijo su propia sangre. No pudo gobernarlo y lo dejó a su antojo, como un caballo descarriado. Su propio galope terminaría destruyéndolo. Aunque sin oficio conocido, no tenía tiempo para nada. De muchacho, Víctor Manuel encontró refugio en las mujeres y ya casi nunca se le vio en casa. Tocaba la guitarra para endulzarles el oído, pero nunca conservó una propia. Prestaba, empeñaba, vendía, obsequiaba guitarras como loco. Tocaba y perdía guitarras y mujeres como loco. Borracho, parrandero, fumador, entre otras cosas. Ladrón. Renata le guardó un revólver por tres días. De cuando en cuando venían a preguntarlo: un muchacho trabado y andrajoso, una mujer desesperada, un hombre con sombrero verde y anillos de oro. Renata no sabía dar razón. Víctor Manuel andaba por ahí, como siempre, sin domicilio fijo. Lo acusaron de un crimen pero no pudieron probar nada. «Dime si fuiste tú», dijo Renata. «Ay, hermanita, si te contara», dijo Víctor Manuel, y nunca tuvo tiempo de contarle. Cayó en una redada del ejército, y pronto su rebeldía se estrelló contra las botas. Entonces su ausencia fue definitiva. El hombre del sombrero verde vino a traer una colección de monedas de países extraños, todo lo que quedaba del paso de Víctor Manuel por esta tierra de nadie.