13
Papá ya estaba listo, bebiendo su primer café. El médico le había recomendado reposo absoluto por otro mes, pero papá se volvía loco sin trabajar. No le bastaban los libros gordos. Ni la poesía.
—Se le pegaron las cobijas al muchachito.
—Todavía es de noche, papá.
Bebí el café de afán, mamá nos bendijo y nos fuimos a la plaza de mercado.
—¿Qué pasa con mamá? Ni se rio del chiste del murciélago.
—Se nos va Candelaria. Anoche nos dijo que quiere estudiar medicina. Le vamos a dar el gusto, pero será duro para tu mamá. ¿Tú crees que vuelva? Se casa con otro médico y ni más.
—¿No dicen que los hijos son prestados?
—Una cosa es decirlo y otra padecerlo. Viví cagado del susto esos dos putos años que pasaste en el ejército. Por culpa tuya, Antonio, me volví rezandero y tengo pendiente un par de promesas.
Papá encendió el primer tabaco del día.
—No deberías fumar.
—Es el último.
—Me parece que es el primero.
—No es tan malo: espanta los zancudos.
Hombres de ruana y sombrero habían llegado con sus animales y sus cosechas. Papá y yo nos separamos para comprar cabras. De vez en cuando comprábamos un cerdo entre ambos. Los cerdos no eran mal negocio, pero mamá se fastidiaba y teníamos que venderlo lo más pronto posible. Mandamos a casa el primer lote de cabras con un muchacho de confianza, desayunamos en la misma plaza y volvimos al negocio.
—Espero que no sean problemas —dijo papá.
Busqué el objeto de su mirada: Teresa Barajas, más barrigona que nunca, del brazo de Agustín Santos, el chofer cornudo.
Ya no sentí nada. Sólo alivio. El dolor había pasado.
Papá se levantó el sombrero a manera de saludo y se mantuvo a prudente distancia, con la oreja parada, conversando de todo con una vendedora de huevos.
—Antonio, te presento a mi esposo.
—Ya conozco al caballero —dijo Agustín Santos.
—Ah, no sabía.
Nos dimos la mano.
Teresa Barajas me ofreció su mejilla.
Después del tibio beso, se me ocurrió decir:
—Felicidades.
—Aún no nos casamos pero ya es mi marido.
Se veían felices.
—Estás invitado —dijo el hombre, y se diría que los cachos no se le notaban.
Me correspondía dar las gracias.
—Gracias —dije.
¿No van a quererme de padrino?
—Nos estamos viendo —dijo Teresa, y se fueron.
—Dime una cosita —dijo papá—. ¿Tuviste algo que ver con esa barriga?
—Ni ella misma lo sabe, papá.
—Pobre hombre. Ya lo veo borracho y vomitado en una esquina.
—¿Compraste huevos?
—Estaba pendiente de los tuyos.