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Renata vino a buscarme a casa.
—Le dije que no, Antonio. No tengo la culpa de que Juanita Uslar le haya salido faltona. No tengo ni quiero nada con Daniel Montes. Ya ni siquiera es un fantasma. No es nadie.
La abracé porque estaba llorando.
—No lo hice a propósito, Antonio. Había llovido y resbalé. Antonio, resbalé en la calle y me golpeé la cabeza. Ya sabes las calles que tenemos los pobres, si no bajas de barriga, bajas de culo. Lo siguiente que recuerdo es que estaba en el hospital y había perdido al niño. No lo hice a propósito. Tintorredondo no es más que un raspaculos. No soy la coneja que mata sus crías. Pero nadie me creyó. Ni siquiera papá. Por eso se partió la madre. No soportaba la idea de haber engendrado semejante hija. Sobrevivió a todas las vergüenzas de Víctor Manuel pero no pudo conmigo. Mi preñez le dio duro pero luego se hizo a la idea y hasta se entusiasmó. No asimiló la noticia de la pérdida. Apenas esperó a que saliera del hospital. Lo vi bajar la calle, lo vi voltear a mirarme antes de doblar la esquina y pensé que algo malo iba a pasar. No vino a comer. No vino en toda la noche. Madrugué a buscarlo en la estación de policía y el hospital. Nada. Luego fui al taller, donde debí buscarlo primero, pero ya era tarde. Se desangró como un toro en el matadero: puyándose el cuello con un cuchillo. No dejó ninguna nota, no le dijo nada a nadie, no me dijo nada, pero sé por qué lo hizo. Sobre el cajón de trabajo encontré el último par de zapatos que reparó, en una caja de cartón, con el nombre del dueño. Tuvo esa delicadeza con un extraño, pero para mí ni una sola línea. No quiso despedirse del monstruo. ¿Puedes perdonarme?
—No entiendo —dijo—. No tengo nada que perdonarte.
—Soy mala, Antonio, soy mala.
—No, no, no.
—La muerte me ronda: mi hermano, mis padres, mi hijo, los conejos.
—Ya no más, ya pasó, ahora estamos juntos.
—Sácame los tormentos, Antonio. Sácame esta niebla. Sólo tú puedes hacerlo.
—Renata.
—Sácame a manotadas toda esta materia y verás que no soy una mujer de niebla.
—No lo eres. Un poco enredada, pero nada más.
—Dime que no más muertes, dímelo.
—No más muertes. Vamos a vivir.
—Prométemelo, júramelo.
—Vamos a vivir.
—Mi vida es contigo, Antonio. Vivamos juntos. No me dejes morir.