3

Como escapada del sombrero de un mago, Teresa apareció detrás de un árbol: tenis blancos, vaqueros desteñidos y una elemental camisa blanca con algunos botones sueltos, sin maquillaje y como recién bañada. Teresa, una y otra vez, surgía del río.

—Hola, precioso —dijo—. ¿Ya no te acuerdas de mí?

—Ya no —dije, y me tembló todo el cuerpo.

Todavía la soñaba.

Todavía comía insectos en mis sueños.

El lunar junto a la boca.

Tibio.

—Pero te pones pálido.

En el seno izquierdo, el lunar tibio. Maldije el ansia. Ver, tocar y lamer. Hundir la lengua en el ombligo al aire.

—¿Tienes prisa, señorito?

—Voy por unas puntillas.

—Te acompaño.

Se burló de mi cojera. Descalzo, me había golpeado contra la pata de una silla. Teresa jugueteó alrededor como si no hubiera corrido tanta agua bajo el puente, payaseó con un paraguas desbaratado que recogió del piso y luego arrojó a una caneca, se acercó a mi cara y me azotó con el manojo de sus cabellos.

—Me olvidaste sin ninguna misericordia.

Me sentí ridículo. Las palabras no demostraban el dolor padecido. Aunque consideré justo el reclamo, de pronto pensé que Teresa me veía como un niño a punto de hacer una pataleta.

—No creas, Toñito. Siempre me acuerdo de ti, hasta en las situaciones más deliciosas.

—Eres un descaro.

—Así me quieren.

—Te quieren muchos.

—Pero no quiero a todos, no creas.

Se detuvo un momento, pensativa, y luego corrió para alcanzarme.

—¿Te digo una cosa? Me toco pensando en ti. Me preocupé cuando se descarriaron esos toros en Pamplona.

—¿Quién te lo contó?

—Leí la noticia en Bogotá. El Norteño estaba en todos los kioscos destilando sangre. Los toros destriparon a un hombre en un ascensor, ¿verdad?

—Lo vi con estos ojos.

—Entonces fue cierto. ¿Y la niña?

—¿Cuál niña?

—La niña que iba con su abuela.

—No sé.

Un ciclista observó con descaro las piernas de Teresa, que no se dio cuenta de nada, y estuvo a punto de estrellarse contra un taxi.

—Recogieron dinero para la cirugía plástica —dijo—. Supongo que ya no será un pequeño monstruo.

El recuerdo me cayó como un rayo.

—La abuela murió —dije.

—Murió en la calle —precisó Teresa—. No sé cómo me acuerdo de todo si esa misma semana un hombre borracho degolló a sus tres hijas en Meissen, un barrio del sur. Entonces ya no se habló más de los toros de Pamplona. Primero pensé que se referían a las fiestas de San Fermín de la Pamplona que hay en España. Después supe que no y leí el periódico entero. No mencionaban ningún soldado muerto. ¿Ves que sí me preocupo por ti?

Paseó la punta de la lengua por los labios, dejando un brillo perturbador.

Habíamos llegado a la ferretería.

—Pablito clavó un clavito —dijo Teresa—. Las puntillas no se van a acabar si me invitas a un helado.

El dolor del pie se agudizó. Necesitaba una hamaca.

—En fin, ya ocuparé la lengua en otra cosa. Imagínate de qué tengo ganas. Ay, Toñito, no seas rogado. Pasa por mí esta noche.

—No veo la necesidad.

—Pasa la noche conmigo y luego decides. Qué cosas digo. Pasa por mí, maldita sea. ¿No quieres volver a ver mi ombligo?

—No.

—O el estrellado cielo de mi espalda, maldita sea.

—No.

—¿No extrañas el lunar de Antonio?

—No.

—Más de uno se muere por saborear lo que rechazas, pendejo.

Y susurró en mi oreja, casi empapándome con su saliva:

—¿No extrañas mi culo?

Fui a su casa y la encontré más bonita que nunca, más provocativa, el mismo ombligo al aire. La quijada amplia y los labios gruesos, los ojos soñadores, los cabellos rubios y rizados, las piernas de fantasía y el trasero perfecto. Los senos medio expuestos, como frutos que requieren con urgencia la mano del hombre. A Teresa Barajas los años le hacían provecho.

—Ya sé que no te esperé —dijo—. Ya sé lo que dicen de mí. ¿Qué dices tú?

—Casi lo mismo.

—¿Me olvidaste?

—No.

—Pero estás con Renata Morantes.

—Es buena mujer.

—No digo lo contrario. ¿Pero la quieres? ¿Ya no tienes ganas de llenarme?

Me lo decía con su boca muy cerca de la mía. Me hizo sentir su respiración. No pude más y la besé.

—La quiero —dije.

Y seguí besándola.

Teresa se abrió la blusa y los lunares saltaron a mi cara como perros hambrientos.

—¿Qué tanto la quieres?

Dulce animal de compañia
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