14
Daniel unta el dedo en el pozo de cerveza y dibuja sobre la mesa una serpiente inacabable, hasta que Carmen del Bosque se acerca y le susurra al oído:
—Es él, el más alto.
Daniel levanta la mirada hacia la puerta.
Antonio entra con Oviedo.
Pálido y flaco, las solapas del saco levantadas para cubrir las orejas, y las manos en los bolsillos, señala con los labios una mesa vacía.
Oviedo el Oscuro, corte de cepillo y ojos saltones, devora una bolsa de papas.
Amor perdido, si como dicen es cierto
que vives dichoso sin mí,
vive dichoso.
Quizás otros besos te den la fortuna
que yo no te di.
—¿Vas a lavar la afrenta con sangre? —dice Carmen.
—Sólo quiero conversar —dice Daniel.
—Santo Cristo del Humilladero —dice Carmen con lástima—. ¿Todavía quieres recuperar a esa gata? ¿Es que no les tienes cariño a tus pelotas?
—Amor perdido.
—¿Otra vez?
—Toda la noche.
Daniel termina la cerveza, pide otra y se acerca con la botella en la mano a la mesa que Antonio comparte con Oviedo.
—Quiero hablar con usted —dice—. A solas, si es posible.
Fue un juego y yo perdí.
Esa es mi suerte.
Y pago porque soy buen jugador.
—Claro que es posible —dice Oviedo, levantándose—. Al rato vuelvo. Entonces qué, Carmencita.
—Qué de qué —dice Carmen, llevándose a Oviedo a un rincón.
—No te hagas, mi amor. ¿Marido nuevo?
—Qué va, soltera y sin compromiso —aclara Carmen—. Daniel vino por la Renata de Antonio.
—Pero lo tienes metido en tu casa.
—No demora en largarse. Y no lo tengo metido. Alquiló un cuarto en El Paraíso. Y tú qué. Como que le estás buscando males al cuerpo. Te vieron rondando la casa de Escorbuto.
—Chismes.
—¿Donde pones el ojo pones la bala?
—No.
—Pues Agapito Escorbuto sí.
—¿Qué dices?
—La mujer de Escorbuto está buenísima pero te puede costar el pellejo.
—Una cerveza.
—Lo que tú quieras.
—Ay, si supieras lo que quiero.
—Lo sé —dice Carmen—. Ya vengo y te lo digo.