8
Me quedé solo en Agua de Dios.
Mamá dijo que volviera a casa pero no quise.
Veía a mi padre todos los días por el asunto de las cabras, comía en casa con la familia y dormía solo en la casita de Agua de Dios. Compré una hamaca y me llevé la vida de Pedro el Grande. Me quedé dormido en la página quince.
De vez en cuando pasaba Candela y arañaba el piso con la escoba.
—Pareces viudo —dijo.
De vez en cuando pasaba Oviedo con dos o tres amigas y nos emborrachábamos.
—Teresa Barajas anda diciéndole a todo el mundo que el hijo que espera es tuyo, Antonio, pero eso ni ella misma lo sabe.
Oviedo el Oscuro, más oscuro que nunca, había venido con dos muchachas bonitas. Una de ellas cojeaba. Bailaba en la sala, descalza. Parecía una marioneta. Oviedo reía con ganas. Tuve lástima. Bebí para olvidarme de la lástima.
—Apuesto que te daría pena salir conmigo —dijo la mujer, abrazándome—. Soy una coja miserable. Para todos soy la coja Alberta. Soy como una referencia geográfica. Enfrente de la coja venden carbón. Dos cuadras más allá de la casa de la coja hirieron al loco Alcídes. Serafina, la amiga de la coja, así te dicen, ¿cierto, Serafina?
—Tengo una curiosidad —dijo Serafina—. ¿Verdad que los fantasmas son muertos sin descanso?
—Los fantasmas son amores que no han sabido matarse —dijo Oviedo—. O no se han dejado matar. ¿O me equivoco, Antonio Cáceres?
—Hablo en serio —dijo Serafina—. De niña me perseguía un fantasma.
—Y ahora te persiguen los hombres de carne y hueso —dijo Oviedo.
—Me trepaba a una silla y lo veía en el solar por la ventanita de la cocina. Nadie más lo veía. Una noche chancleteó hasta mi cama y desperté a todo el mundo con mis gritos. No encontraron a nadie en toda la casa. Luego fui a la ventanita y allí estaba, con su tabaco encendido, debajo del brevo.
—¿Y al fin qué? —dijo la coja Alberta—. ¿En qué terminó la cosa?
—Nos fuimos de la casa porque era vieja y los dueños la iban a tumbar.
—La tumbaron y qué —dijo la coja Alberta.
—Arrancaron el brevo y ahí estaba el tesoro —dijo Serafina—. Sería una mujer rica con todas esas monedas de oro.
Y ahora no eres más que una putita barata, pensé que diría el venenoso Oviedo, filosorráptor de alcantarilla.
—Mamita, eres riquísima —dijo Oviedo—. Tienes un tesoro entre las piernas.
Conversaciones de borrachos, al fin y al cabo.
La coja Alberta me mordió una oreja.
—Te la dejo —dijo Oviedo—. Estoy borrachísimo.
—Más rascado que cabeza con piojos.
—Más rascado que oreja de perro.
Salió con Serafina.
—Vamos a la cama —dijo Alberta—. No me hagas nada. Déjame dormir. Tengo el vampiro, cariño, y las alas lastimadas.
Se estaba desvistiendo cuando oímos los tiros.
—Un borracho —dijo Alberta.
Al rato golpearon a la puerta.
Salí en calzoncillos.
—Le dispararon a Oviedo —dijo Serafina.
Se me espantó la borrachera.
—Se está desangrando.
Me vestí como un relámpago y corrí, perseguido por la coja, descalza y a medio vestir, hasta el pozo de sangre donde Oviedo se quejaba.
—Ay, Toñito. El desgraciado me partió la madre.
Lo subimos al platón de una camioneta y corrimos al hospital. Las mujeres lloraban abrazadas. Descalzas ambas, con los tacones en la mano, como niñas después de una fiesta de disfraces. El maquillaje se les había corrido y los peinados se habían deshecho. Acostado, delirando, Oviedo trataba de cubrirse con las manos las heridas del pecho y el estómago.
—Que me tapen los agujeros, Toñito, que se me está saliendo la vida —dijo, y se desmayó.
Una camilla nos esperaba en la puerta del hospital: habían llamado para avisar que llevábamos un herido grave.
Nos sentamos a esperar en una banca del pasillo.
Las mujeres se durmieron sentadas. Me enternecieron los empolvados pies de Alberta y el esmalte descascarado. A Serafina, cuya cabeza descansaba en el hombro de la otra, se le escurría un hilo de saliva. La blancura de un seno me entretuvo.
El médico al fin vino a decirnos que Oviedo se salvaría.
—Por un pelo.
—¿Cómo dice, señor?
—Nada, doctor.
—Un milagro, si es lo que quiere decir. Se demoran cinco minutos más en traerlo y el hombre ya no cuenta el cuento.
Ya casi era de madrugada. Les dije a las mujeres que se fueran a dormir. Me quedaría otro rato.
—Estos pelos se van —dijo Alberta.
Nos dimos un beso y nos apretamos, hermanados por el peligro. Se alejaron abrazadas. Alberta cojeó como si todavía llevara en la mano uno de los tacones. Pelos, mujeres fáciles. Dormí a ratos. Soñé con pelos: Lucy, Teresa, Alberta. Todas en una piscina. Como Dios las trajo al mundo. Luego con cabras y conejos. Con un caballo que cojeaba. Que dejaba un reguero de sangre. Estuve a punto de caerme de la banca. Entonces vi a mamá y me pareció que seguía soñando.
—Tu padre tuvo un infarto —dijo—. Candela fue a avisarte.
—Llevo varias horas aquí. Hirieron a Oviedo.
—Me dijeron que lo baleó un policía celoso.
—¿Y qué hay de papá?
—Tendremos que esperar.
Una mujer de blanco trapeaba.
Recogimos los pies.
Contemplamos callados el amanecer. Se veía el jardín desde la sala de espera. En el centro, sobre un pedestal, un hombre blanco nos daba la espalda y extendía sus brazos a los pájaros por toda la eternidad. Quise saber a quién correspondía la estatua. A qué santo. Tal vez mamá lo supiera. La noté tan tensa que desistí del propósito.
—San Francisco de Asís —dijo sin mirarme, adivinando mis pensamientos—. Pero no estoy segura.
Candela llegó con Renata, que se arrojó a mis brazos.
—Lo siento, lo siento tanto —dijo, y no sabía si estaba hablando de mi padre o del abandono.