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Volví a ver a Renata Morantes, con la abuela, en la plaza de mercado. Era sábado y acompañé a mi madre después de muchos ruegos. Soy buen hijo, me dije al ver a Renata, y merezco la recompensa. Pasado el entusiasmo, pensé que no se acordaría de mí. Supuse que la anciana era su abuela: alta, delgada, un moño gris, diminuto. Me sorprendió mirándola. Le dijo algo a Renata, que de inmediato giró el rostro hacia mí y sonrió.
—Cáceres Oreja.
Trajo a su abuela hasta nosotros.
—Mira —dijo.
Y me enseñó un canasto: acababan de comprar un par de conejos.
—En Pamplona tenía una coneja que odiaba las crías.
Nos presentamos.
—El terror de los borrachos —dijo la abuela—. Su hijo salvó a mi muchacha en Chitagá, doña Cecilia.
—Se hace lo que se puede —dije por decir algo.
—Gracias por el taxi —dijo Renata.
—Mamá, ¿le pagaste a Perico?
—Hace rato, mijo.
—La proeza merece al menos una taza de chocolate —dijo la abuela—. ¿Cuándo pasan a visitarnos? En Piedra Blanca, todo mundo sabe dónde vivo. No más pregunten por Jerónima Toledo.