15
El viejo bajó la cabeza y se cubrió con los brazos, en el extremo de una banca de iglesia del cuarto de las visitas, nombre de burlas para un estrecho calabozo con una miserable ventana con barrotes cerca del río y las oficinas principales. Me quedé dormido. Lucy me decía «venga» y se puyaba la entrepierna con los índices. Fui. Entonces apareció Santuario y nos gritó que pagáramos la pieza, queriditos, y desperté cuando le alargaba el billete, qué cosa con los sueños.
Apagué la luz.
Me pregunté si mi cabo Ardilla ya estaría durmiendo o seguiría bebiendo sus penas en el casino, todo acoquinado. ¿Aullaría a la orilla del río hasta sacarse el miedo? Animal de monte. ¿O haría un hoyo en la tierra húmeda y metería la cabeza para enterrar los gritos? O tal vez no. Tal vez ya estaría de cabeza en otro agujero, reyecito del reino de la malparidez. ¿Ya estaría mi cornudo cabo entre las piernas calientes de Maritza López, después de perdonarle todos los deslices? Reyecito de cartón bajo la lluvia. ¿Olería, embriagado, el aroma de los otros hombres? Reyecito desleído.
De acuerdo, mi cabo, lo del hijo del viejo es harina de otro costal. Ni siquiera debió mencionarlo. Anda flojo de la cabeza el pobre viejo. El reyecito de putas se tragó los insultos. La cuestión es la pelea en La Malquerida y no otra cosa. El viejo se pasó el tiempo hablando de la tal Renata y para colmo terminó metiéndose con el hijo. «A Vítor me lo mataron a patadas», algo así dijo. Harina de otro costal, por supuesto. El mes pasado murieron de insolación dos soldados. Al teniente Aguaclara se le fue la mano con el castigo. Los soldados cayeron al piso como muñecos y luego se murieron. A mi teniente le hicieron un llamado de atención.
—Le dejaron las piernecitas moradas de tanta pata que le dieron —dijo el viejo.
Volví a dormir. A medio dormir. Luego me espantó el sueño la imagen de los insectos desesperados por escapar de la boca de Teresa. La luz débil de la garita, donde cabeceaba el centinela, recortaba fantasmas en los árboles y se colaba a gatas por entre los barrotes de la ventana. Parecíamos velar un muerto que no estaba, un muerto de mañana. Ahora el viejo miraba hacia la ventana y despegaba los labios, como rezando. Su manzana de Adán subía y bajaba mientras Teresa me daba a besar sus lunares.
—Ay, Toñito, tengo lunares regados por todo el cuerpo.
Y me extravié en el estrellado cielo de la espalda de Teresa Barajas de la Perdición.
Me hubiera gustado hablar, se aburría uno con tanta pensadera, se ponía uno a pensar en novias que comen insectos de menta. Hablar de la tal Renata, que ahora sería para todos, esa cuquita. El viejo hizo una seña y salió a orinar. La luna nos sorprendió. Se les escapó a las negras nubes, toda mordisqueada, y salió corriendo como una loca.
—Mamacita —dijo Oviedo.
Porque había luna cuando llegamos a la estación, antes de que detuviéramos al viejo en La Malquerida. Luego la taparon las nubes.
Ya no supe si dormía o soñaba. Renata Morantes, mamita, cosita rica. Perdí la cuenta de las horas. Creo que estuve elevando cometa con Teresa. Volví a verla salir del río y exprimir sus cabellos.
—¿Eres Antonio? —dijo—. ¿Eres el muchacho de las cabras?
Ah, tenía nostalgia hasta de las benditas cabras. Cuando volviera a Málaga, madre mía, las olería como muchachas perfumadas. Ah, su leche tibia. Pensar en las cabras y en novias que comen insectos en los sueños, cuidar viejos a la luz de la luna, no era mi idea de servir a la patria. La gloria de servir a la patria. «La única Gloria que me interesa vende obleas y arequipe en Málaga», dijo Oviedo. Decía. Cuando ignoraba que su Gloria Sábila extendía el arequipe sobre la Pirañita. Gloria, Teresa, Renata, cuquitas de la patria. El viejo salió a orinar. ¿Otra vez? El tiempo giraba en redondo, como un perro que se persigue la cola. El viejo se quedó dormido contra el árbol, de pie, con el pajarito arrugado en la mano. Toqué su hombro para despertarlo y lo acompañé a sentarse en la banca. Entonces ya no apartó los ojos de la ventana.
—Hijo —dijo en algún momento, y entendí que hablaba con los recuerdos.
En la madrugada, seguía embebido en las miserables rayas de luz de la ventana, sin despegarse de la banca. Había ido a sentarme un rato a su lado. Sólo se levantó cuando me ordenaron que lo entregara a la policía. Le decomisaron el cuchillo. Olvidó el crucifijo y las fotos. Mi cabo Ardilla se quedó con el crucifijo, qué perro, y las fotos, sin romper, terminaron en la cesta de la basura. El viejo no se daba cuenta de nada. Ya salíamos cuando mi cabo Ardilla, que apenas llegaba, pero ya bañado y peinado, pulcro y con los aullidos enterrados, como si fuese otro y no el miserable de todos los días, dijo que, de paso, le trajera el último número de Vanidades, para su mujer, claro. Me dio el dinero y añadió al pedido la cancelación de una cuenta pendiente en el bar de Osiris.