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Frente a la casa, supo que había llorado. Esta puerta necesita una mano de pintura, también las ventanas. Por un momento quiso aplazar su destino para remediar el descalabro de la madera. No se atrevió a entrar a su propia casa. Temió ofenderla con su sangre derramada. Los hombres abandonaban la casa para lavar el honor con sangre y se descosían a cuchillo en la calle hasta la muerte. «Cabrita», dijo el viejo, y siguió de largo hacia el taller. Abrió el candado y entró. Se acomodó frente al cajón de trabajo como si fuese a emprender la jornada. El día, animal hambriento, arañaba con sus filosas garras por debajo de la puerta. Entonces hundió la mano en el bolsillo hasta encontrar el desgastado cuchillo del oficio y esa misma mano fue al cuello y siguió siendo un buey manso, que se retorcía mansamente, mientras el galope de su corazón encontraba el sosiego.