11
La casa era vieja y descuidada.
La madre de Oviedo, flaca y temblorosa, me invitó a seguir con venias profundas y brazos abiertos, atajando pollos, como si Oviedo me debiera la vida. Me precedió hasta la puerta del convaleciente, caminando hacia atrás. Sólo faltó que regara flores en el piso. ¿Estaría loca?
En el patio, un anciano tomaba el sol. Le pregunté a Oviedo si era su padre.
—Mi abuelo —precisó, más negro que nunca, ojos saltones y corte militar—. Papá salió por cigarrillos hace veinte años.
Acostado e inmóvil, parecía feliz.
—Al abuelo lo atropelló un Renault 18 el año pasado. Desde entonces no se ha movido de esa silla. La pierna y dos costillas rotas. En una semana comienzo a dar guerra.
No le creí.
No podía creer que no tuviera el pecho agujereado.
Oviedo conservaba los tres casquillos en la mesita de noche. ¿No los necesitaban como pruebas? Oviedo el Oscuro y sus influencias: se daba mañas para todo.
Le pregunté por el cuento de que las balas le tenían miedo.
—Las putas, hermano, las putas —dijo—. Me fregaron la inmunidad. Dos años en el ejército, cuidándole el rabo al general Loniega, y ni un rasguño.
—Todo el mundo dice que tuviste suerte.
—Es cierto. La suerte del triple bruto.
Le pregunté por la mujer del policía.
—Marisol viene pero mamá no la deja entrar. ¿Sabes qué le dijo? «Le voy a echar la policía, señora».
Nos reímos.
—Sólo puedo reírme una vez al día —dijo Oviedo el Iluminado—. Me puedo descoser. ¿Sabes qué le respondió la condenada a mi mamá? «A la policía me la echo yo, señora».
Tosió. Me pidió que le alcanzara un vaso de agua.
Espanté un mal pensamiento: Oviedo en casa ajena y un marido celoso apuntando a la tos en la oscuridad.
—Como esa hembra, ninguna —dijo Oviedo—. La otra noche que se fue la luz estaba en casa de Marisol y tocaron a la puerta. Me tocó vestirme a toda y escapé por el solar. No te rías, marica. Llegué a casa vestido de policía.
¿Hablaba en serio? Me reí, en todo caso. Que la historia fuese cierta o no, carecía de importancia.
—Entre más putas, más las quiere uno —dijo Oviedo el Oscuro, fiel devoto de su perverso catecismo.
—Será en tu caso.
—En el tuyo también, Antonio Cáceres.
—Ya no sueño con Teresa.
—Pero la traes pintada en la cara.
—Ya se me borrará.
—Cuando te mueras.
—Entonces tendré algún alivio.
—Tal vez. Tal vez tus huesos todavía la recuerden. Tal vez te revuelques cuando vaya a llevarte flores. Las astromelias más baratas.
—Me levanta el ánimo conversar contigo.
—Para eso son los amigos —dijo el filosorráptor—. ¿Te comiste a Teresa?
—Una sola vez.
—¿Ahora?
—Una vez ahora y una vez antes.
—¿En su casa? ¿Qué dice la ciega?
—Nada. Teje hasta la madrugada. Me levanté a orinar y la vi tejiendo un suéter en la oscuridad. Casi me mata del susto. Sabía que la estaba viendo, pero no dijo nada. Sé que sabía que estaba desnudo.
—¿Cómo la viste en la oscuridad?
—Cuando encendí la luz del baño.
—Entonces la ciega hace suéteres. ¿Qué tal le quedan?
—No sé. No era hora de ver la mercancía.
—Serafina vino un par de veces. Mamá la mira feo, como si tuviera la culpa de los tiros.
—Alberta fue a despedirse anoche.
—¿Quién?
—Alberta Prado, la coja —dije—. Anoche me cogí a la coja.
—¿Te la habías cogido antes?
—No. Primera y última porque se va.
—Con razón parece que vienes del Triángulo de las Bermúdez. ¿La coja no va a dejar los malos pasos entonces?
—Dijo que sí.
—La dignidad cojea pero llega —sentenció el filosorráptor de alcantarilla—. ¿Para dónde se tira?
—No le pregunté para dónde piensa tirar. Tiene un hijo en Carcasí.
—Tierra de niñas bonitas.
—Nunca he ido. ¿De qué te ríes, oscurísimo desventurado?
—Tienes el síndrome de Bellalú: coges una vez y ya.
—No me jodas.
—La que viene seguido es Gloria Sábila.
—Gloria la Dulce. ¿Te sigue trayendo arequipe? ¿No era la única «gloria» que querías?
—Me tiene empalagado.
—¿Y la Pirañita?
—La mandó de paseo, al menos por un tiempo. No me dice nada pero sigue con los remordimientos, Antonio. Esa mujer nació con el corazón repartido. Las malas lenguas dicen que la Pirañita ya tenía sus ahorritos.
—¿Para llevársela a vivir? Imagínate el escándalo.
—En otras partes ni se nota. La Pirañita sueña con Cartagena de Indias, territorio de perdición.
—Entonces te quedas con Gloria Sábila.
—No lo sé. Y mientras lo averiguo, que padezca.
—Ni las balas te quitan lo miserable.
—Miserable no, aplomado.
Más risas y toses, más agua.
—Ya sabes el método para que una mujer se decida —dijo Oviedo, medio oscuro, medio iluminado—. Que te peguen tres tiros.
—Bonito método —dije, levantándome—. Me voy.
—Siéntate, Antonio, porque te vas a caer de culo con la noticia que te tengo.
Bebió dos sorbos largos, disfrutando el suspenso.
—El cabo Ardilla se envenenó.
Me senté, derribado por la noticia.
—Otra Gloria Sábila. Ay, perdón. ¿Cómo te enteras de todo?
—Tengo mis corresponsales —dijo Oviedo—. Te dije que el reyecito echó a la mujer y que luego fue a buscarla a La Guajira, ¿no? La mujer prefirió quedarse con el negro Fernández y mi cabo Ardilla volvió a Pamplona con el rabo entre las piernas. No pudo soportarlo. Cuando lo llevaron a la enfermería, ya estaba más muerto que vivo. Murió como una rata. ¿Te acuerdas que les temía como si fuera una niña?
—¿Por qué no se pegó un tiro?
—Eso mismo me pregunto. El veneno es para las mujeres.
—Qué muerte tan marica.
Un olor delicioso entró al cuarto.
—¿Qué es?
—Conejo —dijo Oviedo, y olisqueó con ansia—. Están asando conejo. ¿Te quedas a comer?
—Dime una cosita, sin ánimo de ofender. ¿Tu mamá está loca?
—Desde chiquita —dijo Oviedo—. Pero cocina bien.