13
Se acerca a Piedra Blanca, el barrio a orillas de La Magnolia, en la salida a San José de Miranda. Una casa antigua de gruesas paredes de adobe, con zaguán, patio y solar.
¿Quién cosió tantas estrellas al manto de la noche?
La abuela abre la puerta. Daniel se presenta y expresa su pedido. Y se queda esperando una eternidad, en la calle.
—Querida, un bigote con señor.
Un puente de faroles comunica las mitades de Piedra Blanca.
Un niño aprende a montar en bicicleta.
Como un borracho, va y viene. Podría caerse al río y desordenar las estrellas.
Por fin aparece Renata, algo despeinada, en pantuflas.
El hombre olvida las frases ensayadas.
—Ya andas con otro.
—¿A eso viniste? —dice Renata, repuesta de la sorpresa, acomodándose los cabellos para ganar tiempo—. No tienes derecho a reprocharme.
—Vine a llevarte.
La abuela tiene razón: Daniel parece un hombre pegado a un bigote. Renata lo ve muerto. Lo ve en el cajón, atormentado, hasta que una mano caritativa le arranca el bigote. Un caballo sin jinete galopa por la lejana montaña.
Por la lejana montaña
va cabalgando un jinete.
Vaga solito en el mundo
y va deseando la muerte.
El viento arrastra una lata de cerveza vacía.
—¿Qué dice Juanita al respecto?
—No importa lo que diga.
—Algo importa: te casaste con ella.
—Me equivoqué —dice Daniel.
—Quieres tenerlas a todas y hacer lo que se te dé la gana.
No tienes la más remota posibilidad de recuperarme, Daniel Montes, y menos con ese bigote.
—Sigue.
Al final del zaguán, después del patio, entran a una sala nada ostentosa, pequeña y limpia.
Ni lo sueñes, Daniel Montes.
—Siéntate.
—Me equivoqué.
—Te salió faltona la mujer de tus sueños.
—Puta, digamos. Juanita se fue a Caracas con otro hombre.
—¿No te fuiste con ella de luna de miel?
—Luna de hiel.
—Vuelve con Mónica Durazno.
—Es peor.
—Le sienta el apellido. ¿No dijiste que todos la muerden?
—Arrojó a la basura los libros que le di. ¿Puedes creerlo?
—Mónica Durazno no abre los libros, abre las piernas.
—Encontré algunos en las ventas de la orilla del río.
—Pero siempre la tuviste —precisa Renata—. ¿Qué te hacía?
—No preguntes.
—Ya no importa. Pero muchas veces me quise morir.
Daniel intenta un avance.
—Hasta que ya no más —dice Renata, esquiva—. Toda pendeja se cansa algún día.
—Vine por ti.
—Entonces soy tu última opción —dice Renata—. Cuando no hay más, con mi mujer me acuesto.
—¿Todavía eres mi mujer?
—¿Alguna vez lo fui?
—Mi flor de albahaca.
—Nunca fui tu reina blanca. Sólo fui María Renata, tu esclava pobre. Una mensa, una idiota enamorada.
Como el jugador que recurre al as escondido bajo la manga, Daniel saca del bolsillo el paquete de cartas.
—Tu última jugada, ajedrecista —sentencia Renata—. Pero ya no. Ya no. Nunca más.
—«Ya no» es un poema de Idea Vilariño, Coneja, el mejor de todos.
—Tú sabrás, eres el maestro.
Daniel despliega las cartas como una baraja.
—¿Te acuerdas de las cosas que me decías?
—Ya no soy la mujer que escribió esas cartas. Aunque me duele decirlo, no quiero nada contigo. Ya no puedo tener nada contigo. Me mataste el amor, Dino.
—Al fin me nombras.
Ya ni siquiera entiendo por qué te quise.
—Ni siquiera fuiste al entierro de papá. Me tocó sola como una burra. Ese día tú también te moriste.
Tuvo ganas de decirle: «Nos llovió todo el entierro. Nos acosó un caballo blanco hasta que lo ahuyentamos a piedra. No asistió casi nadie». Pero para qué.
—No me enteré.
—Estabas de luna de hiel en Cartagena, Dino. ¿O eso fue después? En alguna mujer estabas.
—Perdóname.
Un solecito tibio los esperaba a la salida del cementerio. Renata entendió que la vida continuaba. Entonces no supo cómo ni con quién, pero continuaba. Quiso tragarse el arcoíris, que comenzaba en Los Garabatos y concluía más allá del seminario, en el bosque de eucaliptos, donde algunas veces Dino le hizo el amor, donde nunca más, donde corrían desnudos los seminaristas, perseguidos por la luna.
Daniel contempla los pies de Renata. Quiere tocarlos, besarlos, abrigarlos. Renata siente pasos en el zaguán y al instante ve a Antonio en el patio. No sabe qué hacer. Pasa un ángel y deja su reguero de plumas. Renata, muda, disimula el espanto. Antonio, prudente, se retira. Daniel, con el paquete de cartas en la mano, aún contempla los pies de Renata.
—Ya no siento nada, Dino, ni amor ni odio. Nada.
—¿Qué vas a hacer?
—No es asunto tuyo.
—Te vas con el tal Antonio.
—No es asunto tuyo.
—No puedo permitirlo.
—No tienes derecho. ¿Qué piensas hacer?
—Ya veré.
—Ni te atrevas. Vamos a tener un hijo.
—Mientes.
Renata quiere salir corriendo. Quiere alcanzar a Antonio y explicarle las cosas. Quiere gritar su nombre. Quiere proponerle que tengan un hijo.
—Qué importa —dice. Casi lo ha dicho a gritos. Qué importa que sea cierto o no. Importan las consecuencias. Baja la voz—: Ya no tengo más nada que hablar contigo, Dino. Déjame en paz.
Entonces Daniel comete su peor error:
—¿Este no lo vas a botar?
Renata lo mira a los ojos, peleando por dentro para atajar las lágrimas.
—Vete, Saltamontes.
—El viejo no soportó la noticia —dice Daniel—. Lo mataste.
Las palabras desgarran el cuerpo de Renata, que se abalanza sobre Daniel como una pantera.
—No te veré morir. Porque ya te vi. Ya estás muerto.
Quiere herirlo. Quiere hundir las uñas en su carne. Cobrar tanto dolor.
—Vete, miserable, puto, malparido.
Daniel retrocede, protegiéndose la cara lastimada.
Renata lo empuja hasta echarlo a la calle.