12
Aunque supo que Celeste no regresaría, no intentó detenerla. Desde la cama y con las manos apretadas entre las rodillas, la vio acomodando sus cosas en la vieja maleta. La vio decirles adiós a los niños. La vio salir y cerrar la puerta. Tal vez regresaría si corriera hasta la esquina a mendigar su amor, pero por cuánto tiempo. Los niños se durmieron y el hombre siguió sentado a la orilla de la cama. Amaneció y el hombre seguía en la misma orilla.
Que duela ahora todo cuanto sea necesario, se dijo, con el crucifijo de plata en sus manos, pero que deje de doler. Y cerraba los ojos para lamer el sudor de los pechos tan amados.
La esperó sin esperarla.
De la casa al taller, del taller a la casa, eso era todo.
Engatusó a Víctor Manuel con cualquier cuento. Renata, muy niña aún, no preguntaba nada. Jugaba con hormigas y muñecos de barro en el patio. Mataba una hormiga y les decía a las otras que regresaran por la pobrecita. Y las otras arrastraban el cadáver.
—Cabrita, ven acá.
Los niños, hilos de luz para coser los días y las noches. Como si Celeste hubiese dicho:
—Ahí te los dejo para que no te mates.
La esperó en el cuerpo de otras mujeres.
A todas les habló de su pasión, a todas aburrió con la misma historia.
Alguien que venía de Venezuela le detalló los pasos de Celeste Olivo en San Cristóbal. Le contó su muerte y aseguró que como prueba tenía un periódico en el hotel. Bebieron y fueron a buscar el periódico. El viajero desdobló la hoja y se la dio a leer. Bajo otro nombre, Víctor la reconoció en una foto horrible. Nada de la trágica historia era posible.
—No es Celeste Olivo.
—Vicky del Valle era su nombre de combate —dijo el viajero—. Pero tenía otros. ¿Nunca le habló de su afición al juego? ¿De sus deudas? ¿De Ambrosio?
—Entonces la conocía.
—Me habló de usted y de los niños. Pero no éramos amantes. Nunca me quiso. Sólo fue de Ambrosio.
—Nunca nos quiso entonces. ¿Y Ambrosio?
—La sedujo, la hizo a su antojo, la pervirtió, la compartió, la explotó el muy puto. Vicky desaparecía por un tiempo y siempre volvía a sus pies, siempre se sometía a sus asquerosas condiciones.
El viajero bebió un largo sorbo de aguardiente.
—Jimena Valverde se quedó con sus cosas, que no eran muchas. La encuentras en El Gato Tuerto.
—No me interesan.
—No era tan mala —dijo el viajero—. Lloraba a escondidas por los niños. Me hizo prometer que lo buscaría a usted si algo le pasaba.
—¿Lo sabe su madre?
—De allá vengo —dijo el viajero—. Como tenía asuntos urgentes en Málaga, hablé primero con ella. Doña Jerónima es un roble.
—Sabía que había algo terrible pero no imaginé que fuese tanto. ¿Por qué? ¿Por qué conmigo?
—Necesitaba un hombre bueno, pero no pudo con él cuando lo encontró.
—¿Fui ese hombre bueno?
—De eso no hay duda.
Víctor Morantes viajó a San Cristóbal. Primero fue en tren a San José y luego atravesó a pie la frontera, por el monte, esquivando policías y contrabandistas. Dejó un ramo de astromelias en una tumba sin adornos y preguntó por El Gato Tuerto. Se hizo cliente. Se acostó más de una vez con Jimena hasta que tuvo la confianza para hacerle preguntas. Corroboró la historia del viajero.
—Vicky tenía marido —dijo Jimena—. Tenía marido y críos en Pamplona. ¿A qué viene tanta curiosidad? ¿No serás el marido? Tenía marido, señor, pero Ambrosio no lo supo nunca. Le juré que no se lo diría a nadie. Ahora ya no importa, ¿verdad?
Una noche un cliente borracho la golpeó.
Vicky del Valle rodó por las escaleras y se quebró el cuello.
—¿Y sus cosas?
—Su madre ya pasó por ellas —dijo Jimena—. Sólo me quedé con una docena de calzones. ¿Los quieres?
—Y sostenes, supongo.
—Acá no se usan, como puedes ver. La próxima vez búscame en La Casa de las Bellas Durmientes, mi amor. Aquí la cosa se puso fea.
El hombre volvió a casa y les dijo a los niños:
—Su mamá se fue al cielo.
Nada más.
Víctor Manuel pateó sillas y se revolcó en el piso.
Renata siguió matando hormigas.