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Me pareció bonita cuando subió al bus, bonita pero nada más. Me pareció que ya la conocía. ¿Pero de dónde? Tomó asiento adelante y tuve oportunidad de verla muchas veces. Graciosa la nariz, rica la boca. Los cabellos cortos, a la altura de los hombros, suaves orejas para morder, rosaditas. Pensé en conejos. El viaje, lento y con numerosas paradas, nos dio oportunidad de acercarnos. En Chitagá, donde nos detuvimos a tomar café, un borracho quiso propasarse y salí en su defensa.
—¿Y usted quién es?
La pregunta me la hacía el borracho, y ella tuvo la osadía de responderla:
—Mi esposo.
El borracho se disculpó y salió a buscar otra tienda.
—Gracias —dijo la muchacha, que me llegaba hasta el hombro, dulce paloma—. Disculpe por casarlo conmigo.
—Es un honor —dije—. Y ya que estamos casados, me presento. Cáceres Oreja. Digo, Antonio.
Soltó una risita y se le asomaron los colores a la cara.
—Cómo se nota que viene del batallón —dijo.
Nos dimos la mano. Tibieza. Sin anillos.
—Renata Morantes —añadió.
Me pregunté si sería la misma. La hija del zapatero remendón, el viejo que le partió la cabeza de un botellazo a ese muchacho en La Malquerida. Un tal Daniel, tahúr preñador.
¿Dónde la había visto?
Volvimos al bus y nos sentamos juntos. Unos se quedaban por el camino, otros apenas abordaban con canastos y bultos que trataban de acomodar en el pasillo, convertido en charco. Llovía desde que salimos de Pamplona.
—Voy a ver a la abuela —dijo Renata—. ¿Conoce a doña Jerónima Toledo?
—No. ¿Cuándo regresa?
—Me quedo —dijo Renata—. Voy a quedarme.
Hablamos de Málaga, destino mutuo.
—Nací allí pero me llevaron a Pamplona de siete meses —dijo.
Se mordió el labio. Imaginé que se veía a sí misma en una cuna, vestida de rosa. Esperé que me preguntara si también era de Málaga, pero no lo hizo. Dejamos atrás el territorio de la lluvia. Quise saber del viejo del crucifijo de plata.
—¿Y su padre?
—Murió. Mamá también. Casi no la conocí.
—Lo siento.
—¿Y su novio?
—Tuve un novio, pero de eso mejor no hablemos.
Si me pregunta por la novia, le voy a decir que no tengo, pensé. Pero no preguntó nada. Se quedó embobada con el paisaje. Los árboles, recién lavados, más verdes que nunca. Las vacas, inmóviles, nos veían pasar en silencio.
—Se ve triste —dijo Renata.
—Las vacas son tristes.
—No hablo de las vacas —dijo Renata—. Digo que usted se ve triste.
—Acabo de despedirme de un amigo que tal vez no vuelva a ver.
—Es la vida.
—Dos años de servicio a la patria. A los dos nos robaron los zapatos la primera noche que pasamos en el batallón de Pamplona. Nos mantuvimos con cebollitas y queso. Viajó a Ocaña esta mañana.
—Cebollitas ocañeras, qué delicia —dijo Renata—. Y queso malagueño, por supuesto.
—El flaco Ramírez. Compartíamos el mecato y nos gustaba la misma mujer.
Pensé que preguntaría por la mujer. No lo hizo. No tuve que inventar nada. El bus, cansado, subía hacia los dominios de la niebla. Curvas y curvas. Abajo, la carretera se veía como una serpiente. Que nos perseguía, que nos rebasaba. De pronto me sentí mejor.
—Se casará y tendrá hijos pero no olvidará que fueron amigos.
¿Dónde, dónde, dónde?
Entramos a la niebla del páramo. Niebla y frailejones. Ni un solo pájaro. Ni una sola miserable casa. Entonces me acordé dónde la había visto. En una esquina de Pamplona, mientras los toros espantados rasgaban la niebla en las calles.
Contemplé su bellísimo perfil.
«La muy mensa se dejó joder», dijo el viejo, muerto de frío.
Era Renata Morantes, sin cola de caballo.
El viejo había muerto, pero cómo, y el muchacho herido se salió con la suya. Tuve ganas de preguntarle por su hijo, pero me mordí la lengua.
—Entonces vienes de la niebla —dijo Renata.
Pero no supe si hablaba conmigo o expresaba en voz alta sus pensamientos.
En todo caso, íbamos con la niebla. Nos seguía, agazapada, disimulando sus intenciones. O de pronto nos adelantaba para esperarnos en la próxima curva. No nos masticaba pero tampoco nos perdía el rastro.