12
Fui a regar el jardín de la casa de mi cabo Ardilla, porque órdenes son órdenes, y doña Maritza me estuvo haciendo ojitos desde la ventana. Apenas acabé, dijo que le comprara la última edición de Cosmopolitan y, aunque me dio suficiente dinero, preferí echar pata hasta al centro y quemar tiempo soñando que era hombre libre. La gente corría como loca entre la niebla. Una docena de toros andaba suelta por las calles. No vi ninguno pero sí a una de las víctimas, un comerciante de sesenta años. El toro le había rasgado el vientre en el ascensor del edificio Bellalú. Vi el reguero de tripas. Oí que había más muertos. Unas mujeres. Días después supe que se trataba de una sola mujer, una vieja, que venía del mercado con su nieta de siete años. La niña, al parecer, se salvaría. Vi una muchacha, muerta del susto, entre la niebla: saquito blanco, de lana, falda negra, cola de caballo, preciosas piernas. Provocativa y bonita ni se diga, como desamparada en la mitad del mundo. Estaba a punto de preguntarle si necesitaba ayuda cuando un muchacho la tomó de la mano y la condujo casi a rastras hasta la puerta del Hotel Victoria.
Las mujeres barrían los destrozos de la estampida.
Una de ellas habló de veinte toros. Los había visto con sus propios ojos. Podía jurarlo. Y se echaba cruces.
Me acordé del encargo. De paso, compré una revista de humor. Oviedo la leería y luego nos contaría los chistes con su gracia, como si acabara de inventarlos. Volví a la casa de mi cabo Ardilla sin tropezarme con ninguno de los toros.
Maritza López señaló la tapa de la revista, donde, en letras rojas y grandes, decía: Setenta y siete maneras de hacer feliz a un hombre.
—Sólo conozco una —dijo.
Me ofreció café y me invitó a la cocina sin esperar una respuesta.
—Pensé que los toros no te dejarían regresar.
Le pregunté cómo sabía de la estampida.
—Las noticias vuelan. ¿Verdad que parece una revolución? Treinta toros sueltos deben armar un desorden de padre y señor mío.
—No creo que sean tantos.
—¿Cuántos viste?
—Ninguno, doña Maritza.
—Ahórrate el doña, Cáceres. Tenemos casi los mismos años.
No se había vestido. La bata entreabierta dejaba ver un seno. Había olvidado las pantuflas en la alcoba. Bonitos pies, uñas recién pintadas. El café, regular. Se quejó de la llave del lavamanos y subí detrás de ella hasta el dormitorio. Lo que quiere es que le riegue el jardín de las piernas, pensé. Porque la llave funcionaba, abría y cerraba, ni siquiera goteaba. Estábamos los dos en el baño, casi nos rozábamos. Ahora se sienta en la taza y me lo agarra, pensé, temí. No quise, no quise tocar ese seno ofrecido, no quise morder ese pezón, no quise regarme entre sus piernas, por mi cabo.
—Ay, tengo un dolor de espalda —dijo la mujer—. ¿Qué tal eres para los masajes?
No quise tirarme a mi cabo. Alegué que tenía afán, doña Maritza, que me esperaban para no recuerdo qué.
—¿Te han dicho cosas malas de Maritza López? —preguntó, estirando la trompa como una niña regañada—. Se nota que eres un torito.
Dije que otro día.
—Otro día será lo que tú quieras, precioso.
Salí corriendo como un marica. Pobre mi cabo con semejante loca. Con el susto, olvidé la revista de chistes. No me devolví, por supuesto.