Capítulo 7

—¿Qué sucederá si en seis meses no espero un hijo y Kiya da a luz a un varón? —Nefertiti iba de un lado a otro de la antecámara. El sol se había puesto, pero Amenhotep no estaba con Nefertiti. Había ido a visitar a Kiya—. ¿Y cuánto tiempo pasará en su habitación esta noche? ¿Qué sucederá si se queda hasta la mañana? —preguntó, presa del pánico.

Traté de calmarla.

—No seas boba, los faraones no duermen en la cama con sus esposas.

—¡Duerme en mi cama! —Tembló y dejó de pasearse—. Pero esta noche no se irá a la cama conmigo. ¿Cree que puede ir de una esposa a otra? ¿Es que no soy distinta del resto de sus esclavas? —Alzó la voz—. ¿Eso cree? —Se sentó frente al espejo—. Kiya no es más bella que yo. —Parecía una afirmación, pero en el fondo era una pregunta.

—Claro que no.

—¿Es más astuta?

—No lo sé.

Nefertiti se dio la vuelta. La luz de una nueva idea brillaba en sus ojos.

—Debes ir a ver qué hacen —decidió.

—¿Qué? ¿Quieres que espíe a tu marido? —Negué, vehementemente, con la cabeza—. Los guardias me llevarán ante el faraón si me descubren espiando.

—Tengo que saber qué hacen juntos, Mut-Najmat.

—¿Por qué? ¿Qué importa?

—¡Porque yo tengo que ser mejor que ella! —Levantó la barbilla—. Todos tenemos que serlo. No es sólo por mí. Es por nuestra familia. Por nuestro futuro. —Se acercó y me agarró por los hombros—. Por favor, hazlo, ve y descubre qué le dice a ella.

—¡Es demasiado peligroso!

—Puedo decirte cómo llegar a su ventana.

—¿Qué? ¿Afuera? ¿Quieres que me arrastre por la tierra? ¿Y si me capturan?

—No hay centinelas bajo la ventana de las habitaciones de las segundas esposas —dijo, despectivamente—. Por favor, bastará con que te pongas una capa para que nadie sospeche —me alentó.

Tenía un mal presentimiento, pero transigí. Me puse una túnica gruesa y me senté frente al espejo para recogerme el pelo. Nefertiti, a mis espaldas, me observaba.

—Es bueno que seas tan morena —señaló—. Te camuflarás como nadie en la noche.

La miré, pero ella ya no me miraba a mí. Todos sus pensamientos estaban concentrados en Kiya, y miraba el pasillo como si pudiese saber lo que hacía su esposo. Cuando estuve lista, fui junto a la puerta.

Lo haría. Era lo que mi padre hubiese querido que hiciera. Era por el bien de la familia. Y el espionaje no iba contra las leyes de Ma’at. No se trataba de robar. Sólo iba a escuchar.

—Necesito saber todo lo que le dice a ella. —Se cerró la túnica y tembló—. Esperaré aquí. Y una cosa, Mutni…

Fruncí el entrecejo.

—Ten cuidado.

Sentí el corazón en la garganta cuando entré en el patio. El aire de la noche era cálido. Las esteras de juncos golpeaban, con suavidad, en las ventanas del palacio, movidas por la brisa. No había nadie fuera. La luna era una brillante rebanada en el cielo. A menos que alguien buscara intrusos, no había razón para aventurarse más allá de las puertas del palacio en medio de la noche. Traté de tranquilizarme con esa idea. Pasé por una sucesión de patios. Los conté. Me mantuve pegada a los muros, cerca de los arbustos y la hiedra. Llegué al patio de Kiya. Me detuve para escuchar, pero no había sonido alguno. Anduve a gatas hasta que llegué a la tercera ventana. Miré el patio: no había nadie. Me agaché para escuchar. Entonces oí voces. Me aplasté contra la pared, en el intento de escuchar lo que decía el faraón.

—Cuando desciendes al mundo de la luz, la tierra queda a oscuras, como en la muerte. Todos los leones salen de sus cuevas. Todas las serpientes muerden. La oscuridad sobrevuela. La tierra está en silencio, porque su hacedor descansa en el mundo de la luz.

Recitaba poesía.

—La tierra se ilumina cuando amaneces en el mundo de la luz. Cuando brillas como Atón, el diurno, cuando lanzas tus rayos, las Dos Tierras están de fiesta. Se ponen de pie, despiertas. ¡Las has levantado!

—Déjame leer el resto. —Era la voz de Kiya. Oí que crujía el papiro. Ella comenzó a leer—. Los caminos se abren cuando amaneces. Los peces saltan en el río ante ti. Tus rayos se hallan en medio del mar. Eres aquel que hace crecer la semilla, el que alimenta al hijo en el vientre de su madre, que lo aquieta para robarle las lágrimas. Oh, Guardián del Seno Materno. Oh, Dador de Aliento. Alimentas todo lo que haces.

De manera que —aparte de sus esbeltas piernas— ese era el método de hechizo de Kiya sobre Amenhotep. La quietud mágica de su santuario. Alejados de los planes y la política constante y práctica de Nefertiti, Amenhotep y Kiya leían poemas. Debajo de la ventana, yo podía oler el perfume del incienso. Aguardé a ver de qué más hablaban. El le contaba historias sobre la vida que quería llevar en Menfis, donde había crecido de niño.

—Mis habitaciones estarán en el centro del palacio —dijo—. A mi derecha te pondré a ti y te daré lo mejor de todo.

La oí reírse como una niña. Nefertiti nunca reía así. Nefertiti reía de manera aspirada y profunda, como una mujer.

—¡Ven! —Debió de abrazarla por sorpresa, porque los oí caer, pesados, sobre la cama. Me tapé, horrorizada, la boca. ¿Cómo podía tomar a una mujer embarazada? ¡Iba a lastimar al niño!

—Espera. —Ella hablaba susurrando. Su voz se volvió seca y dura—. ¿Y mi padre?

—¿El visir Panahesi? Vendrá con nosotros a Menfis, por supuesto —dijo él, como si no hubiese otro remedio—, y le daré la posición más alta en la corte.

—¿Como cuál?

—Como la que quiera —prometió él—. No debes preocuparte. Tu padre es leal a mí y a mi causa, no hay ningún visir en Egipto en el que confíe tanto como en Panahesi.

Miré al otro lado del patio. Me quedé de piedra. Allí, a la luz plateada, estaba el visir, oyendo todo lo que yo acababa de oír. De pie, inmóvil. En ese momento creí que el corazón se detenía en mi pecho. Cuando se dio cuenta de que lo había reconocido, sonrió.

Corrí enloquecidamente. Corría de regreso a la habitación de Nefertiti. Olvidé la poesía de Amenhotep y las preguntas de Kiya. Nefertiti fue a mi encuentro.

—¿Qué sucedió? —exclamó, al ver mi rostro—. Mutni, ¿qué ha pasado? ¿Te descubrieron?

Yo respiraba con mucha dificultad. Las ideas se agolpaban en mi cabeza y me preguntaba si debía hablarle de Panahesi. Los dos éramos, a fin de cuentas, conspiradores sorprendidos en medio de la noche. Yo no había dicho nada, y él tampoco.

Me sacudió por los hombros.

—¿Te vieron?

—No. —Respiré—. Leían poesía.

—Entonces, ¿por qué corrías? ¿Qué sucedió?

—Dijo que confiaba más en Panahesi que en cualquier otro visir de Egipto. Le dijo a Kiya que le daría a su padre la posición más alta en la corte.

Nefertiti fue, de inmediato, hacia la puerta. Ordenó a uno de los guardias que fuese en busca del visir Ay. Nuestro padre apareció enseguida. Nos sentamos los tres en círculo, alrededor del brasero privado del rey. Si regresaba, iba a sorprendernos hablando de él.

Mi hermana se irguió.

—Voy a decirle a Amenhotep que no se puede confiar en Panahesi —decidió.

—¿Y arriesgarte a que vuelque sobre ti su ira? —Mi padre negó con la cabeza—. No. El peligro está en Kiya —respondió—, la peor amenaza crece en el vientre de Kiya.

—Entonces, quizá tendríamos que matarla —dijo mi hermana.

—¡Nefertiti! —Ella y mi padre me miraron.

—Con la mezcla apropiada en su vino… abortará —dijo mi padre.

No quería oír aquello. No quería participar en tal monstruosidad.

—Pero quedará embarazada de nuevo —concluyó mi padre.

—Y el visir sospecharía —añadió Nefertiti—. Se lo diría a Amenhotep y sería nuestro fin. Tendré que ser más astuta que ella.

—Sigue haciendo lo que haces —recomendó mi padre—. Está encantado contigo.

Ella arrugó la frente.

—¿Te refieres a que siga alabando a Atón?

Mi padre estaba muy serio.

—Es la única manera de retenerlo —se apresuró a remarcar Nefertiti.

—Y es lo que hace Kiya —señalé.

—Kiya no hace nada —respondió Nefertiti, acalorada.

—Escucha su poesía. ¡Y él no te la lee a ti!

—Cuando estemos en Menfis, tendrá que ser cuidadoso con los sacerdotes de Amón —interrumpió mi padre—. No puede meterse en su terreno. Nefertiti, tienes que asegurarte de eso.

Creí que mi hermana hablaría del trato que Amenhotep había sellado con Horemheb en los jardines, pero no dijo nada.

—Si obtiene mucho poder, puede volverse contra nosotros. El Grande tiene otros hijos que podrían reemplazarlo si muere de repente.

Se me cortó la respiración.

—¿Los sacerdotes de Amón serían capaces de matar a un rey?

Mi hermana y mi padre me miraron de nuevo, y después ignoraron mi exabrupto.

Nefertiti preguntó:

—¿Pero qué sucedería si él pudiese quitarle el poder a los sacerdotes?

—Ni lo pienses.

—¿Por qué no? —preguntó ella.

—Porque en ese caso el faraón tendría el control absoluto en Menfis, y tu esposo no es tan sabio como para ejercer un poder semejante.

—Entonces podrías ejercerlo tú. Podrías ser el poder real, oculto detrás del trono. Serías intocable.

Estaba tentando a nuestro padre. Eso era algo nuevo. Un visir del rey podía ejercer más influencia si sólo debía responder ante el faraón y no ante los sacerdotes y los nobles. Noté que mi padre reflexionaba. Mi hermana prosiguió:

—En realidad, eso es lo que él quiere. Estará muy ocupado construyendo templos para Atón. ¿Y quién gobernaría mejor: tú o el sumo sacerdote de Tebas?

Me di cuenta de que mi padre pensaba que ella tenía razón. Si se iba a desequilibrar la balanza, ¿por qué no ponerse en su lado bueno? El conocía los enredos extranjeros y domésticos mejor que un sacerdote encerrado entre las paredes del templo de Amón.

—Es una apuesta —dijo—. Un apuesta puede salir mal.

—¿De qué otra manera puedo seguir siendo la favorita? —argumentó Nefertiti, afectada. Se puso de pie—. ¿He de decirle que fracasará? Seguirá adelante con esos planes. Con o sin mi apoyo.

—¿No puedes apartar su mente de Atón?

—Es en lo único que piensa.

Mi padre se puso de pie y fue hacia la puerta.

—Avanzaremos lentamente —decidió—. En esta corte hay ciertos hombres que ni tú ni tu marido querríais tener como enemigos.

Oímos el golpeteo de sus pisadas contra los azulejos, camino a su habitación.

Nefertiti se desplomó en la silla.

—Así que mientras Amenhotep le recita poesías a esa perra, la reina de Egipto pasa la noche con su hermana.

—No te enojes, porque si no te controlas, él se enojará contigo —dije.

Me lanzó una mirada casi desdeñosa. Pero no se burló de mi sugerencia.

—Esta noche dormiré contigo —decidió.

En el fondo la entendía. No me hubiera gustado que mi esposo se metiera en mi cama después de pasar la noche con otra mujer.

Al otro día, me desperté al amanecer. Me vestí deprisa, para rendir obediencia ante el altar de Amón. Me moví intentando hacer el menor ruido posible, pero aun así Nefertiti se dio la vuelta para quejarse.

—No pensarás ir al altar —me dijo, incrédula—. No tienes que rendir obediencia todos los días.

—Disfruto al hablar con Amón —respondí, a la defensiva, y ella emitió un gruñido lleno de incredulidad—. ¿Cuándo fuiste por última vez? —le pregunté, con tono de reproche. Cerró los ojos, haciéndose la dormida—. ¿Sabes, siquiera, dónde está el altar de Amón? —la desafié.

—Claro que sí. En el jardín.

—Bien, pues no te haría daño visitarlo conmigo. Eres la reina de Egipto.

—Tú vas todos los días. Haces las ofrendas por mí y por medio Egipto. Estoy demasiado cansada.

—¿No tienes fuerzas para dar gracias a Amón?

—Él sabe que le estoy agradecida. Ahora déjame en paz.

Fui sola a los jardines, tal como hacía todas las mañanas desde que habíamos llegado a Tebas. Reuní un ramo de flores para dejarlo a los pies de Amón. Elegí las mejores: lirios de ese morado tan profundo como una noche de verano, hibiscos con pétalos que parecían estrellas de color tan rojo como la sangre. Todavía era temprano cuando terminé de rezar en el altar. Las únicas personas que había en los jardines eran los sirvientes. Regaban con sus pesadas tinajas de barro. Era seguro que Nefertiti aún dormía, así que caminé hasta el patio de mis padres. Mi madre debía de estar despierta, dejando ofrendas a los pies de Hathor.

Caminé por el palacio. Disfrutaba del silencio. Los gatos recorrían los pasillos. Eran de un negro brillante, con ojos de bronce. No advertían mi presencia. Estaban al acecho de las sobras de la cena de la noche anterior, medio higo con miel que se le había caído a un sirviente o un delicioso bocado de gacela asada que alguien había despreciado. Llegué al patio de mi madre y la hallé sentada en el jardín, leyendo un rollo que tenía el sello familiar de cera.

—¡Novedades de Akhmim! —me anunció, radiante, al verme.

El sol de la mañana brillaba en el nuevo collar de lapislázuli que llevaba alrededor del cuello.

Caminé, decidida, hacia su banco y tomé asiento.

—¿Y qué dice el supervisor? —le pregunté.

—Tu jardín está bien.

Pensé en mi huerto, con sus frutos del color del jengibre, y en los hermosos hibiscos que había plantado la primavera anterior. No estaría allí para verlos brotar.

—¿Y qué más?

—Las uvas crecen con rapidez. El supervisor dice que en Shemu la cosecha puede llegar a dar como sesenta barriles.

—¡Sesenta! ¿Los enviarán a Menfis?

—Por supuesto. Y pedí que me traigan mis sábanas de lino. Las olvidé con las prisas de la mudanza.

Nos sonreímos mutuamente bajo la cálida luz del patio. Las dos pensábamos en Akhmim. Su sonrisa era más amplia e inocente que la mía, porque mi padre la mantenía alejada de algunas cosas que no podía ocultarme a mí, y así no se daba cuenta de que habíamos cambiado la seguridad de antes por la incertidumbre y enormes preocupaciones.

—Háblame de Nefertiti —dijo—. ¿Está contenta? —Enrolló el papiro y lo guardó en su manga.

—Todo lo contenta que es posible. Anoche él estuvo con Kiya. —Me recliné en el cálido banco de piedra y suspiré. Luego cambié de tema—. Así que nos vamos a Menfis.

Mi madre asintió.

—Aquí Amenhotep no tendría descanso, a la espera de que muera el Grande. Quizá ni siquiera fuese capaz de esperar —agregó, de forma ominosa.

La miré intensamente.

—¿Crees que sería capaz de acelerar la muerte del Grande?

Mi madre miró a ambos lados del patio. Estábamos solas.

—Corre la voz de que envió a Tutmosis a la tumba. Pero sólo son rumores, chismes de la servidumbre.

—Lo malo es que, por lo general, la servidumbre tiene razón —susurré.

Perdió un poco de color.

—Sí.

Esa noche cenamos en el Gran Salón; pero gran parte de la corte estaba ausente porque debía asistir al funeral del embajador de Rodas. La reina Tiy y mi padre habían ido a la ceremonia. El Grande se había quedado en el palacio, con sus mujeres y su vino. Esa noche, el Grande estaba especialmente vulgar. Cantaba y eructaba con displicencia. Lo vi tocar el pecho de una de las criadas, que se había acercado para servirle más vino. Cuando Nefertiti se sentó a la izquierda de su esposo, el viejo faraón sugirió que quizá a ella le gustaría sentarse, mejor, al lado de él. Mi hermana declinó la oferta sin decir palabra. Yo me ruboricé por ella. Entonces el Grande se dirigió a mí.

—En ese caso, puede que esta noche cuente con la compañía de la hermana de ojos verdes.

—¡Ya basta! —Amenhotep descargó su puño contra la mesa. Los cortesanos se quedaron en silencio, mirando—. La hermana de la esposa principal está muy bien donde está.

El Grande bajó su copa de vino, con gesto amenazante. Se puso de pie y su silla se estrelló contra el suelo.

—Ningún hijo mío, flojo de carácter, me da órdenes. —Mientras gritaba, echó mano de su espada, pero cuando dio un paso adelante sus pies cedieron. Cayó sobre los azulejos del suelo. Una docena de sirvientes corrió para ayudarlo.

—¡Ninguno de mis hijos me enseña modales! —rugió.

Amenhotep se puso de pie de un salto. Ordenó a sus sirvientes:

—¡Lleváoslo de aquí! Está borracho.

Los sirvientes miraban a padre e hijo. Pero el Grande se liberó de quienes le sostenían y corrió, violentamente, hacia el estrado.

Amenhotep buscó su espada corta. El corazón se aceleró en mi pecho.

—¡Nefertiti! —grité.

Los guardias se apresuraron a detener al rey. El Grande gritó:

—¡Ningún príncipe que escribe poemas en vez de pelear en el campo de batalla podrá controlar mi reino! ¿Entiendes? ¡El príncipe de Egipto elegido era Tutmosis! —Los guardias se lo llevaban hacia la puerta y él gritaba, con furia—: ¡El príncipe elegido!

Las puertas se cerraron y de pronto se hizo un tremendo silencio. Los comensales del Gran Salón miraban a Amenhotep, que enfundó la espada y arrojó su copa contra los azulejos. Cuando la copa se hizo añicos, Amenhotep le dio la mano a Nefertiti.

—Ven.

La cena en el Gran Salón había concluido.

Llegados a la antecámara que daba a nuestras habitaciones, el humor de Amenhotep era sombrío.

—Es un cerdo, se llena de comida y de mujeres. ¡Nunca seré como él! —gritó—. Estaba más interesado en la joven que servía que en mí. Si Tutmosis estuviese vivo, él le hubiera rogado que contara sus historias. ¿A qué fiera venciste hoy? —imitó a su odiado padre, parodiándolo—. ¿A un jabalí? ¡No! ¿Luchaste con un cocodrilo? —Amenhotep se paseaba, febril. Entre él y Nefertiti podían labrar un surco en las baldosas del suelo—. ¿Por qué el elegido era Tutmosis? —bramó—. ¿Porque yo no ando por todos lados lanzando dardos, como hacía él?

—A nadie le importa si cazas o no —dijo Nefertiti. Le acarició la mejilla. Deslizó la mano entre sus copiosos rizos—. Olvídalo. Mañana comenzaremos a prepararnos para nuestra partida. Serás un verdadero faraón y no estarás sujeto a nadie. La gloria se acerca.