Capítulo 15
Amenhotep iba de un lado a otro.
—Mi madre está en la Sala de Audiencias. Lleva la corona de la reina de Egipto. ¿Debo quitársela para ti?
Mi madre, mi padre, Ipu y yo estábamos sentados, en círculo, en la sala más lujosa de Malkata. Habíamos navegado hasta Tebas para el funeral del faraón y desde ese momento la habitación del Grande era propiedad de Amenhotep IV. Merit maquillaba los ojos de Nefertiti y nosotros la mirábamos. Estaba a nuestras espaldas. Era más poderosa que Tiy. Era más poderosa que nuestro padre. Cuando el Grande estaba vivo, siempre había cabido la posibilidad de acudir a él si había problemas. Ahora sólo quedaba Nefertiti.
—Que se quede con la corona —dictaminó mi hermana—. Tendré una corona que ninguna reina de Egipto haya llevado jamás. Una corona creada por mí. —Miró a Tutmose, que iba con nosotros a todos lados.
Pero Amenhotep no estaba satisfecho.
—Le quitaremos la corona —insistió, con crueldad—, puede ser peligrosa para nosotros.
La mirada de mi padre se encontró con la de Nefertiti, que se puso de pie de inmediato.
—No es necesario —respondió.
—¡Era la esposa de mi padre! —Amenhotep hablaba con voz amenazante mientras se acercaba.
—Y es la hermana de mi padre. Él la vigilará en tu nombre y en defensa de tus intereses.
Amenhotep observó a mi padre, después se encogió de hombros, como si su madre fuese un asunto menor con el que deseaba terminar.
—Quiero irme de esta ciudad en cuanto encontremos un lugar para construir la nueva capital.
—Lo haremos —prometió Nefertiti, acercándose a él para acariciarle la mejilla—, pero tenemos que poner orden.
—Sí —convino el faraón—, tenemos que librarnos de los sacerdotes de Amón antes de que intenten cometer un asesinato…
—Alteza… —lo interrumpió mi padre.
—¡No permitiré que perturben mi sueño! —siguió, enojado—. Cada noche sueño con ellos. Están en mis sueños. Pero enviaré a los sacerdotes a las canteras.
Ahogué un grito y Nefertiti también se quedó helada ante la ocurrencia. Aquellos hombres no habían hecho ningún trabajo duro en toda la vida, eran representantes de Amón que se pasaban el día rezando.
—A lo mejor podemos echarlos y nada más —sugirió ella.
—¿Para que puedan conspirar en otro lado? —preguntó Amenhotep—. No. Los enviaré a las canteras.
—Pero allí morirán —solté, antes de que nadie pudiera detenerme.
Amenhotep me miró con sus ojos oscuros.
—Muy bien.
—¿Y qué pasará con los que se inclinen ante Atón? Pueden salvarse —imploró Nefertiti.
Amenhotep dudó.
—Les daremos una oportunidad, pero los que se nieguen serán atados con grilletes y sentenciados.
Salió de la habitación gritando a los guardias para que marcharan siete pasos detrás de él.
—¿Planeas la destrucción de Tebas cuando no hace ni siete días que el Grande está en la tumba? —preguntó mi padre, furioso—. La gente se dará cuenta de que eso va en contra de la ley de Ma’at. El pueblo nunca lo olvidará.
—Entonces les daremos algo más que puedan recordar —juró Nefertiti. Tenía los ojos pintados y llevaba, alrededor del cuello, el símbolo de oro de la vida—. Que traigan la corona.
Tutmose se fue. Entonces Nefertiti se quitó la peluca y los que estábamos en la habitación soltamos un grito.
—¿Qué has hecho? —exclamó mi madre.
Nefertiti se había afeitado la cabeza. Las hermosas trenzas negras que enmarcaban su rostro habían desaparecido.
—Tuve que afeitarme por la corona.
Mi madre se llevó una mano al corazón.
—¿Qué tipo de corona es?
—La corona que será asociada con Egipto —dijo ella.
Cuando lo dijo, me di cuenta de que Nefertiti era hermosa incluso calva. Era intimidante, poderosa y llamativa. Se miró en el espejo, con Tutmose, que había regresado, de pie a sus espaldas. Tutmose levantó la nueva corona, plana en lo alto, para que todos pudiésemos verla, y luego la ajustó a la cabeza de Nefertiti. Sólo ella podía usar una corona como aquella. Había sido diseñada para ella: alta y fina, con un áspid listo para escupir veneno a los ojos del enemigo. Nefertiti giró sobre sus talones. Si yo hubiese sido un granjero de los campos, hubiese creído que miraba el rostro de una diosa.
Había tanta gente que parecía que la Sala de Audiencias iba a estallar. Los escribas, mercaderes, cortesanos, diplomáticos, visires y sacerdotes estaban de pie, codo con codo, en el magnífico salón de innumerables mosaicos y ventanas imponentes. La Sala de Audiencias de Tebas dejaba en la sombra a la de Menfis. Cuando entramos en ella, se oyó una exclamación ahogada. Nefertiti subió los escalones para llegar a su trono. La reina Tiy, de pie en el segundo escalón del estrado, ya no era la reina soberana de Egipto. Ahora sería una reina viuda. Oí rumores cuando me ubiqué en el tercer escalón con mi padre, porque nadie conocía el significado de la corona de mi hermana. ¿Nefertiti era reina? ¿Era una reina-rey? ¿Una corregente? ¿A quién debían dirigir sus peticiones las personas? Los visires miraban a Amenhotep, a Nefertiti y a mi padre. Eramos la familia más poderosa de Egipto. Del mundo.
El general Nakhtmin, en uniforme de gala, estaba al lado de Horemheb. Miraban, con ojo crítico, a los guardias nubios que estaban apostados detrás de los tronos. Sabía lo que pensaban: Amenhotep desconfiaba tanto de su ejército que había contratado a extranjeros para que lo protegieran. Y yo sabía más que ellos. Sabía que Amenhotep iba a anunciar la construcción de una nueva capital, llamada Amarna. No habría guerra contra los hititas, a pesar de que invadían nuestras tierras. El ejército construiría, en vez de luchar, ciudades para Atón.
Panahesi se puso de pie y anunció:
—El faraón de Egipto ha declarado que Atón será venerado por encima de todos los otros dioses de Egipto.
Entre los sacerdotes se desató un rumor de indignación.
Panahesi levantó la voz para hacerse oír entre tanto ruido:
—Atón tendrá templos en todas las ciudades. Los sacerdotes de Amón se inclinarán ante él o serán expulsados de Tebas y serán enviados a las canteras.
Hubo un grito de furia.
—A las canteras —prosiguió Panahesi— de Wadi Hammamat.
El murmullo creció y Amenhotep se incorporó en el trono y se puso de pie.
—De hoy en adelante —su voz retumbaba en la sala—, seré conocido como el faraón Akenatón. El bienamado de Atón. Tebas no es lugar apropiado para que reine el faraón de Atón. Construiré, para Atón, una ciudad más grande, una ciudad más importante, y la llamaré Amarna.
El caos estalló en la Sala de Audiencias: tal era el impacto del anuncio de que Amenhotep cambiaba su nombre y construiría una nueva capital para reemplazar a la más grande de todas las ciudades del este. Akenatón miró a Panahesi, que pedía silencio, pero la multitud se había vuelto ingobernable, violenta. Los sacerdotes gritaban, los visires intentaban calmar a los sacerdotes y los mercaderes, que habían abastecido los templos de Amón con costosas hierbas y oro, hacían apresurados tratos con los nuevos sacerdotes de Atón. Miré a mi madre, cuyo rostro se había puesto blanco debajo de la peluca.
—¡Guardias! —gritó el recién proclamado Akenatón—. ¡Guardias!
Dos docenas de nubios armados se metieron entre la gente. Akenatón, de pie, tomó la mano de Nefertiti. Se dirigió a los generales del ejército, alzando la voz por encima del ruido:
—Hay que vaciar todos los templos y convertir en oro todas las estatuas de Amón, Isis y Hathor. Daremos una oportunidad a los sacerdotes y sacerdotisas para que se conviertan al culto a Atón. —Akenatón miró a Nefertiti y ella asintió—. Si se niegan, los cargarán de cadenas y los enviarán a Hammamat.
Ante la palabra cadenas la sala quedó sumida en el silencio. Los guardias ocupaban posiciones en todas las ventanas y entradas, por si surgían problemas. En ese momento, la gente que estaba en la sala comprendió lo que ocurría. Akenatón no quería elevar a Atón por encima de Amón. Quería más, pretendía destruir todas las estatuas de los dioses y diosas que habían protegido a Egipto durante dos mil años.
Un viejo visir dejó su asiento bajo el trono de Horus.
—¡Los sacerdotes de Amón pertenecen a la nobleza! ¡Son el pilar sobre el que descansa Egipto! —gritó.
Hubo un rumor de asentimiento en toda la sala.
—Los sacerdotes de Amón —dijo Akenatón, lentamente— tendrán una oportunidad. Pueden convertirse en sacerdotes de Atón o pueden sacrificar sus vidas por un dios que ya no gobierna Egipto. ¿No es el faraón el portavoz de los dioses?
El anciano lo miró. Se había quedado sin palabras.
—¿No es el faraón la voz de los dioses? —insistió Akenatón.
El anciano se hincó sobre una rodilla.
—Por supuesto, alteza.
—Entonces, ¿quién conoce mejor la voluntad de los dioses, esos sacerdotes o yo? Debemos construirle una ciudad que sea más grande que cualquier otra ciudad que haya existido.
La reina Tiy cerró los ojos y el general Horemheb dio un paso adelante.
—Los hititas controlan Qatna y el gobernador de Kadesh ha solicitado ayuda tres veces. El único que ha respondido a sus cartas es el visir Ay, que no puede hacer nada sin el consentimiento del faraón. —Miró, enojado, a Akenatón—. Si no enviamos hombres en esta oportunidad, alteza, perderemos el territorio que ganó el Grande al precio de la vida de tres mil soldados egipcios.
La sangre coloreó el rostro de Akenatón. Él y Nefertiti escrutaron la sala para ver quiénes estaban de acuerdo.
—¿Dices que quieres luchar contra los hititas?
El general Horemheb captó la amenaza implícita en la voz del faraón.
—Mi deseo es proteger a Egipto de la invasión y salvar los territorios por los que tanto luchó mi padre.
—¿Quién está de acuerdo con el general? —gritó Akenatón.
En la Sala de Audiencias nadie se movió.
—¿Quién? —bramó de nuevo.
Cinco jefes de conductores de carros emergieron de entre las filas y miraron a su alrededor. Akenatón sonrió aún más.
—Muy bien, aquí tienes tu ejército, general.
La Sala de Audiencias vaciló, sin saber a qué jugaba Akenatón. El faraón se dirigió a mi padre:
—Envíalos al frente en Kadesh, porque este es el ejército que salvará a Egipto de los hititas. ¿Quién más quiere ir a la guerra?
Contuve la respiración. Me preguntaba si Nakhtmin iba a ofrecerse. Pero no hubo más.
Akenatón sonrió.
—Entonces, en total son cinco guerreros. Pongámonos de pie en honor a los héroes que defenderán Kadesh de la invasión de los hititas.
Comenzó a aplaudir para burlarse. Como nadie aplaudía, aplaudió más fuerte. La Sala de Audiencias estalló en un aplauso nervioso, servil.
—¡Tus héroes! —dijo Akenatón a sus guardias nubios—. Lleváoslos. Que marchen al frente, en Kadesh.
Los cortesanos que llenaban la sala miraron, en silencio, asombrados, cómo se llevaban a Horemheb y sus cinco hombres. Nadie se movía. Creo que nadie se atrevía a respirar.
Panahesi se alisó la capa.
—¡Ahora el faraón atenderá las peticiones!
Panahesi se convirtió en un elemento clave del reino, junto al ejército de nubios. Los grandes templos de Tebas fueron despojados de sus estatuas. Destruyeron o quemaron las imágenes de Isis. Sacaron a Hathor de su sitio sobre el río y desfiguraron a Amón. La gente se ocultaba en su casa y las sacerdotisas de Isis lloraban por la calle. Los soldados del nuevo ejército de guardias nubios de Akenatón desgarraban por el pecho las túnicas de los sacerdotes de Amón y les daban unas vestiduras nuevas, adornadas con el sol. Los que se negaban a tal cambio eran enviados a una muerte segura.
Antes de que el Grande se enfriara en la tumba, Akenatón y Nefertiti se arrodillaron ante el altar que había sido de Amón, y Panahesi los ungió como faraón y reina de todo Egipto. Me senté en la primera fila. Todo era lapislázuli y oro. Los coros de niños elevaban sus dulces voces al sol, mientras que en todo Tebas el ejército del faraón desfiguraba las imágenes de nuestros más grandes dioses.
Esa noche Nefertiti convocó una reunión. Nos sentamos en círculo alrededor de mi cama y hablamos en voz baja. Yo tenía una nueva habitación en Tebas. La princesa Meritatón ocupaba mi vieja estancia, cerca del faraón. Dejé entrar a mi padre en la alcoba. Pensé que estaría furioso, pero aparentaba calma, aunque una calma mortal.
—Habla —ordenó Nefertiti.
—¿Qué quieres que diga? —preguntó mi padre, con tranquilidad—. La que ha convocado esta reunión has sido tú.
—Porque quería tu consejo.
—¿Para qué necesitas mi consejo? No lo escuchas.
—¿Qué se supone que debo hacer? —preguntó ella, sin hacer caso a los reproches de nuestro padre.
—¡Salva a Amón! —Sus palabras restallaron en el cuarto. Sus ojos brillaban a la luz del fuego—. Salva algo de nuestra antigua vida. ¿Qué quedará de Egipto cuando él haya acabado con todo?
—¿Crees que disfruto con lo que ocurre? —Su voz se quebró un poco—. Está proyectando una ciudad y la quiere ¡en el desierto!
—¿En el desierto?
—Entre Menfis y Tebas.
—Nadie puede construir allí, es un terreno desolado…
—¡Es lo que le he dicho! Pero Panahesi lo convenció de que esa es la voluntad de Atón. —Alzó la voz, ahora casi histérica—. Lo convertiste en sumo sacerdote de Atón y ahora Akenatón cree que Panahesi es la voz del dios.
—Es preferible que sea la voz del dios y no el tesorero de Egipto. Al final, el que decida quién será el próximo faraón de Egipto no será Akenatón. Si la muerte le llega a tu esposo, los electores serán el pueblo y los consejeros. Panahesi puede controlar el templo, pero yo controlo su oro y el oro ganará más corazones que un dios que nadie puede ver.
—Pero Akenatón desea elegir el lugar de la ciudad para finales de Athyr. ¡Y quiere llevar a Kiya!
Mi padre la miró. De manera que había una verdadera crisis. Lo importante no era que la ciudad fuera a levantarse en medio del desierto, sino que Akenatón llevaría a Kiya para que lo ayudase a elegir el emplazamiento.
Nefertiti sintió pánico.
—¿Qué voy a hacer?
—Déjalo estar.
—¿Dejar que Akenatón lleve a Kiya para elegir nuestro lugar sagrado?
—No puedes hacer nada.
—Soy la reina de Egipto —le recordó.
—Sí, y una de las doscientas mujeres que Akenatón heredó del harén de su padre.
—Akenatón no tiene ni tendrá nada que ver con ellas. Eran las mujeres de su padre.
—¿De manera que todo lo que su padre tocó alguna vez ahora está contaminado? ¿Su ciudad también?
Nefertiti se quedó sentada, en silencio.
—¿Dónde encontrará albañiles para construir Amarna? —le preguntó él al cabo de unos instantes.
—En el ejército.
—¿Y cómo defenderemos nuestras posesiones extranjeras cuando sean invadidas por los hititas?
—¡Los hititas! ¡Los hititas! ¿A quién le importan los hititas? Que se queden con Rodas, con Lakisa y con Babilonia. ¿Qué tenemos que ver con ellos?
—Los bienes —la interrumpí, y todos me miraron—. Recibimos cerámicas de Rodas, caravanas de oro de Nubia, y todos los años llegan las cestas llenas de vidrio de Babilonia, por barco.
Nefertiti entornó los ojos.
—¿Cómo lo sabes?
—Escucho y aprendo.
Se puso de pie y dirigió sus palabras a mi padre.
—Envía mensajes en nombre de Akenatón y amenaza a los hititas con la guerra.
—¿Y si, aun así, invaden nuestras tierras? —preguntó él.
—Entonces gravaremos los templos y usaremos el oro para formar un ejército mercenario —replicó ella—. Akenatón ya ha jurado que nuestro ejército construirá la ciudad de Amarna. Cree que eso inscribirá nuestro nombre en la eternidad. No puedo hacer nada para detenerlo.
—¿Y tú? —preguntó mi padre, con malicia—. ¿Crees que eso inscribirá tu nombre en la eternidad?
Ella se detuvo cerca del brasero. Ya no había furia en su rostro.
—Podría ser.
—¿Se ha reunido Akenatón con Maya? —preguntó mi padre.
—Maya dice que la construcción llevará seis años. Primero harán el camino principal y el palacio. Akenatón quiere mudarse en el mes de Tybi.
—¿Dentro de un mes?
—Sí. Levantaremos tiendas para observar los progresos y estar allí presentes en todas las fases de la construcción.
La miramos.
—¿Tú? —pregunté, con sinceridad brutal—. ¿Tú, a quien le gustan todas las comodidades del palacio, vivirás en una tienda en medio del desierto?
—¿Y los ancianos? —le preguntó mi padre—. ¿Qué harán cuando comience el frío durante la inundación?
—Pueden quedarse en Tebas e ir cuando el palacio esté terminado.
—Bien, eso es lo que haré, como anciano que soy.
Nefertiti lo miró.
—Tú tienes que venir. Eres el tesorero.
—¿Y allí habrá un tesoro? ¿Se construirá enseguida un almacén lo suficientemente seguro como para mantener todo ese oro a salvo?
Nefertiti se sintió molesta.
—A Akenatón no va a gustarle que te quedes en el tesoro —le advirtió—. Y no sólo te quedarás tú, sino también su madre.
Mi padre se puso de pie.
—Pues tendrá que aceptarlo —dijo, tajante, y salió como una tromba de la habitación.