Capítulo 30

Estábamos frente a las columnas del templo. Mirábamos hacia abajo, a la avenida de esfinges con cabeza de carnero expuestas al brillo del atardecer. Eran recordatorios de lo que había construido Amenhotep el Magnífico, lo que su hijo había querido destruir. Los sacerdotes calvos de Amón y la nobleza estaban allí. El sumo sacerdote de Amón levantó una copa en el aire. Contuve la respiración hasta que cayó el agua, que borró el nombre del faraón que casi había destruido Egipto.

—Tutankatón: en el nombre de Amón, dios de Tebas y padre de todos nosotros, ahora eres Tutankamón ante los ojos de Osiris.

Nakhtmin sostuvo la pequeña cabeza de Tut cuando el agua se derramó sobre ella. Era demasiado pequeño para comprender el significado de su nombre. Nefertiti estaba de pie junto a sus hijas.

Ankhesenpaatón se arrodilló en el suelo, ofreciendo el cuello al agua sagrada para convertirse en Ankhesenamón. El sumo sacerdote llamó a Meritatón, pero Nefertiti dio un paso adelante y dijo, enérgica:

—No.

Se produjo una breve conmoción. Los presentes se dieron cuenta de lo que hacía.

—A Meritatón no. Ella reinará conmigo. Será mi consorte y me recordará nuestro pasado. Que la unjan como Meritatón, reina de Egipto, para que los sacerdotes de Atón sepan que no han sido abandonados.

Puede que Nefertiti estuviera haciendo una maniobra inteligente —y con eso tranquilizaba a los sacerdotes abandonados de Atón— o que no quisiera borrar al marido que la había coronado faraona de Egipto.

Mi padre respiró hondo y el sumo sacerdote esbozó una sonrisa forzada. Tomó una segunda copa, llena de aceite, y la levantó por encima de la cabeza de Meritatón. La pequeña princesa dio un paso adelante, con una gracia impropia de sus diez años de edad, y bajó la cabeza para aceptar la corona.

El sumo sacerdote dudó.

—¿Y cómo tengo que ungir a la faraona de Egipto? —le preguntó a Nefertiti.

La gente miró a mi hermana y ella me miró a mí.

—Smenkhare —anunció.

Fuerte en el alma de Ra.

Nefertiti había tomado un nombre oficial que no hacía referencia a Atón, para que a la gente le quedara claro que comenzaba un reinado distinto, un regreso a la época en que nuestro imperio se expandía desde el Eufrates a Sudán. En ese momento sólo nos quedaban Nubia y el propio Egipto. Akenatón lo había entregado todo: Cnossos, Rodas, el valle de Jordania, Micenas. Me di la vuelta para ver cómo saludaba Horemheb a la faraona y pensé: «Quizá no será así para siempre; Egipto será grande de nuevo».

Miré a Nakhtmin.

—¿No marcharás con Horemheb a luchar contra los hititas? —le pregunté.

Sonrió a nuestros hijos, que estaban en brazos de las nodrizas.

—No, miw-sher. Aquí habrá mucho trabajo. Los soldados, que no aprendieron nada durante el reinado de Akenatón, necesitan entrenamiento. Puedo dedicarme a eso. Horemheb tendrá que buscar a otro.

—Pero ¿a quién? —me preocupé.

—Puede ser Ramsés.

Mi marido señaló a un soldado condecorado, con el pelo rojo como el sol flameante.

—Fue comandante de la fortaleza de Filé y un día será visir. Luché con él en Nubia. Es un escriba inteligente y un soldado valioso. Nadie puede superarlo con el arco y la flecha.

—Excepto tú.

Nakhtmin sonrió y no me contradijo.

Esa tarde, la faraona Nefertiti le prometió al pueblo grandes victorias. Llevaba el deslumbrante tocado de Nekhbet, la gran diosa de la guerra, la de cabeza de buitre. Juró que Egipto iba a recuperar la tierra que el Hereje había perdido con sus descuidos.

—¡Recuperaremos Rodas, Micenas y Cnossos! Marcharemos por el desierto de Palestina y reclamaremos el territorio que Amenhotep el Magnífico había convertido en vasallo de Egipto. No nos detendremos hasta que los hititas huyan de Mitanni a las colinas de donde vinieron.

El ejército la aclamó con tanta fuerza que ensordeció a los dioses. Sólo yo me daba cuenta de lo que le había costado convertirse en faraona. Alrededor de sus ojos había arrugas que antes no estaban y su semblante tenía la misma dureza que el de Tiy. Mi hermana alzó el puño.

—Con la protección de Amón, Egipto no puede fallar. ¡El reinado del Faraón Hereje ha llegado a su fin!

Los hombres la vitorearon como si ya les anunciara el triunfo.

Los escudos que portaban eran nuevos. Estaban hechos con las vasijas fundidas del templo de Atón. Sus lanzas con punta de piedra procedían de los centenares de esculturas que alguna vez habían ornado las salas del Palacio de la Ribera. Nefertiti, triunfal, levantaba la mano, pero yo no me engañaba. Imaginé sus hermosas villas llenas de arena y el palacio vacío, con las cortinas barridas por el viento. Me imaginé lo pesados que serían su cayado y su mayal. Pero no lo había perdido todo. Podían destruir Amarna, su ciudad resplandeciente a orillas del Nilo, podían usar sus estatuas como material de construcción, pero no podían borrarla. Aún podía grabar su nombre en los monumentos de Tebas.

—¡No habrá más herejías! —gritó—. ¡Ha vuelto Amón, el gran dios de Egipto!

Mi padre, que estaba detrás de las torres, asintió. Le había escrito al rey de Asiria y le había mandado un regalo —siete tronos de oro— para compensar el envío del brazo deformado por la plaga. Sólo el tiempo diría si los siete tronos eran suficientes o si también habría guerra con Asiria.

Mi madre estaba a mis espaldas.

—Todo lo que queda es Meritatón —susurró—. Nunca habrá un príncipe.

—Está Ankhesenamón —le dije.

Miramos a la princesa de cinco años, que daba vueltas cerca de la Ventana Pública. Tenía toda la belleza de Nefertiti, pero nada de la seriedad de Meritatón. Cuando creciera, sería muy traviesa.

El ejército se retiró. Diez mil hombres fuertes partían hacia el reino de Mitanni. Nakhtmin me dio con el codo. Desde el extremo opuesto de la Sala de Audiencias, Nefertiti dijo:

—¿No te irás, no?

Miré a mi hermana, con el cayado y el mayal de Egipto en la mano. Aún le preocupaba quedarse sola.

—Tengo dos hijos que me esperan al otro lado del río.

—Pero volverás todas las tardes, ¿verdad? ¿Vendrás todos los días?

—Vendremos todas las tardes —le prometí—. Traeré a Baraka y a Tut para que crezcan junto a sus primas. —Frunció el ceño y le dije—: Es mi hijo, Nefertiti. Ahora no es más príncipe de Egipto que Baraka o Nakhtmin.

Nefertiti se contuvo y no dijo lo que iba a decir.

—Pero vendrás —repitió.

—Sí —respondí y añadí para mí: «Como hice siempre».

Heqet cantaba suavemente a Baraka y al pequeño Tutankamón y su canto flotaba en la ventana abierta que daba a los extensos jardines. Levantó la vista cuando oyó nuestras pisadas por el pasaje y luego se apresuró a salir de la estancia para acudir a nuestro encuentro.

—Ha venido a verte una mujer llamada Ipu, señora. Ha dejado esto. —Heqet señaló una caja pequeña, que estaba sobre la mesa—. Dice que es algo nuevo que encontró. Pensó que podías quererlo para tu jardín.

Abrí la tapa de madera. Dentro había una flor rosa y pequeña, aún era un capullo. Pasé los dedos por sus delicados pétalos. Eran largos y suaves, tenían la textura del lino bien hilado. Observé su color perfecto, como la sombra del sol poniente. Me extasié con la idea de tener mi jardín, mi hogar y mi familia, poder salir al sol y sentir la tierra cálida entre las manos, la vida creciendo a mis pies…

Heqet dejó lo que estaba haciendo.

—¿Estás bien, señora?

—Sí. Muy contenta de estar en casa.

Heqet se enderezó. Miró las paredes pintadas y las cestas con telas.

—¿Y qué harás lejos de la corte? —me preguntó.

—Cumpliré con mi destino —dije—. La custodia de mis hijos y de mi jardín.

Llamé a la puerta que tenía tallado un barco navegando en el mar.

—¡Señora! —El chillido jubiloso de Ipu resonó en la calle.

Tenía las mejillas más redondas y el pelo más largo, hasta el punto de que le caía por los hombros. Se oyó una vocecita a sus espaldas, donde Kamoses esperaba en brazos de su padre. Me impresionó ver cuánto había crecido.

—¡Mira qué grande!

—Ya tiene más de un año. Y me hace tan feliz que estoy lista para hacerlo de nuevo. —Se tocó el vientre y sonrió—. En Mesore.

Exclamé:

—Ah, Ipu…

—¡Mira quién habla! —gritó—. Tú ya eres madre de dos hijos. —Dio un paso atrás, me miró y sonrió abiertamente—. Ah, señora, cuántas cosas han pasado.

Me abrazó y me hizo pasar.

—Bienvenida a casa —dijo Djedi.

Tenía un aspecto sano y contento. Finalmente, la plaga sólo había caído sobre Amarna y traté de no pensar en lo que significaba eso.

—Así que este es Kamoses —dije, tratando de imaginar que era el mismo bebé del que me había despedido hacía un año en el puerto—. Es guapo. Tiene tu nariz —le dije a Ipu.

—Y los ojos de Djedi. La comadrona dice que será rico.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque lo primero que gritó fue nub.

Me reí fuerte.

—¿Oro? Te echaba de menos, Ipu.

—Ipu también te ha extrañado a ti —rió Djedi—. Sólo hablaba de la señora.

—Todos hablaban sobre Amarna —admitió ella—. Nadie sabía qué pensar. Primero, un Durbar. Luego una corregente. Después la plaga. ¿Es cierto que el faraón le envió un brazo al rey de Asiria? —Bajó la voz. Asentí. Ipu movió con pesar la cabeza—. Cuéntamelo todo. Quiero saberlo todo.

Entonces le hablé del Durbar y de la coronación de mi hermana. Después le conté la llegada de la Muerte Negra y la ofrenda de Akenatón. Le describí las muertes de las hijas menores de Nefertiti, la de Nebnefer y, por último, la de Tiy. Cuando le hablé de la incursión de Akenatón en la ciudad, Djedi dejó a Kamoses en su cuna. No podía creer que hubiese ido sin escolta para destruir las imágenes de Amón.

—El faraón estaba furioso. —Era imposible explicar la amargura de los ojos de Akenatón al ver cómo ardían sus hijos en la ciudad que había construido para Atón.

—Cuando prohibieron que las barcas dejaran Amarna, pensamos que todos los que estaban dentro iban a morir —admitió Ipu, y sus ojos se humedecieron—. Incluso tú y Nakhtmin.

La abracé.

—No teníamos forma de conocer el alcance de la plaga. Yo también temía por nosotros.

Algo me tocó la pierna y un cuerpo grande y pesado se posó sobre mi falda.

—¡Bastet! —exclamé.

Miré a Ipu.

—Me siguió una tarde y nunca me dejó. Ahora puedes llevártelo —agregó, pero advertí la vacilación en sus ojos.

—Claro que no. Debes quedarte con él —le dije, con tono serio—. Hubiera muerto con los gatos del palacio si no le hubieses salvado.

—¿Mataron a los miws?

—Mataron a todos los animales del palacio.

—¿Dónde enterraron los cuerpos? —preguntó Djedi.

—Se los llevaban en carretas.

—¿Sin amuletos? —susurró Djedi.

—¿Y sin tumbas? —gritó Ipu.

—Fosas comunes. Pozos cavados en el suelo, cubiertos con arena.

Los dos guardaron silencio.

Caminamos hasta mi casa en el cálido atardecer. Ipu quería escuchar, por segunda vez, el relato del momento en que Kiya me hizo prometer, en su lecho de muerte, que cuidaría a su hijo. Se lo conté de nuevo. Hasta el inquieto Kamoses se quedó callado, como si él también hubiese caído bajo el hechizo de la historia.

—Nada fue como lo imaginaba —dijo Ipu—. Egipto es como el mundo al revés. Estás criando a un príncipe de Egipto —se maravilló.

—No. No es un príncipe de Egipto —dije, con firmeza—. Sólo es un niño.

En Tebas vivíamos en una calmada rutina. Nuestra vida tenía un ritmo apacible. Los hombres notables de la ciudad visitaban a Nakhtmin y le contaban lo que sucedía en Tebas mientras Amarna era devastada por la plaga. Quisieron tentarlo para que fuese a la guerra. Le decían que era una pérdida de tiempo que entrenara soldados cuando podía llevarlos a la victoria en Rodas. Los militares se quedaban fuera de nuestra casa, movían con pesar la cabeza y me miraban, echándome la culpa de su inactividad.

—Es el mejor general del ejército de la faraona —dijo Djedefhor—. Los hombres no entienden por qué se niega a volver a las filas. Me han rogado que venga y se lo pida. Horemheb es duro. No es alegre y los hombres no lo quieren como a Nakhtmin.

Pensé, de nuevo, en las palabras de mi padre: «¿Confías en él?». Miré hacia fuera, donde Nakhtmin instruía a los soldados de mi hermana. Los músculos se marcaban debajo de su falda. Tenía la frente bañada de sudor. Sonreí.

—Pues tendrán que conformarse con saber que convierte a sus niños en hombres.

—¿Y qué harás tú, fuera de la corte, y con él sin ir a la guerra?

Me reí por el interés que demostraba Djedefhor.

—Disfrutar una vida tranquila —dije—. Y un día, Nakhtmin también enseñará a nuestros hijos a ser soldados o escribas.

Djedefhor me miró, extrañado.

—¿Hijos?

—Tenemos a Tut —le recordé, muy seria.

Los dos miramos al otro lado del jardín, donde los niños gateaban bajo la sombra de una vieja acacia. Heqet estaba con ellos, cuidándolos.

—El hijo de Kiya —dijo él, y agregó—: un posible príncipe de Egipto.

—Nunca —respondí—. Lo criaremos aquí, lejos de la corte. La próxima faraona será Meritatón. Y luego vendrá Ankhesenamón.

Yo entendía lo que él había querido decir. Que tenía que haber un príncipe para Egipto. Que siempre lo había habido y siempre lo habría. Pero, en cambio, se limitó a decir:

—Me imagino que ya te has enterado del pacto que han hecho con los sacerdotes de Atón.

—¿Que les dieron un plazo de quince días para que cambien sus trajes por la vestimenta de Amón?

—Sí. Algunos se negaron.

Lo miré, sorprendida.

—Pero no pueden negarse. No tendrán lugar al que ir.

—Tendrán las casas de los seguidores de Atón. Hay muchas, señora. Hay niños que nunca conocieron a Amón y creyentes que sólo se fueron de Amarna porque incendiaban sus casas. Podrían causar problemas.

Esa tarde entré en la Sala de los Libros del palacio. Un joven escriba me llevó ante mi padre. Estaba de espaldas. En la mano sostenía un montón de papiros, atado con cuero.

—Padre.

Se dio la vuelta.

—Mut-Najmat, me pareció oírte.

—¿Qué haces?

Dejó el montón de hojas sobre la mesa y suspiró.

—Miro los mapas de Asiria.

—¿Los siete tronos no fueron suficientes?

—No. Se han aliado con los hititas —respondió.

—Akenatón hizo un gran daño. ¿Por qué lo permitió Nefertiti?

—Tu hermana hizo más de lo que crees. Lo mantuvo ocupado mientras tu tía y yo nos encargábamos de los asuntos de Egipto. Tomó oro del templo de Atón para alimentar al ejército y pagar a los reyes extranjeros para que siguiesen siendo nuestros aliados. La lealtad no es barata.

—¿Akenatón nunca pagó al ejército?

—No. —Mi padre me dirigió una mirada llena de intención—. La que lo hizo fue Nefertiti.

Me quedé callada.

—¿Cómo logró esconder el oro? —le pregunté.

—Lo hacía pasar como fondos para proyectos para Atón. Y no se trataba de un manojo de deben de cobre. Eran cofres llenos de oro.

—¿Y qué sucederá ahora con los sacerdotes de Atón? Un soldado me ha dicho que podrían causarle problemas a Nefertiti.

—Si ella sigue reuniéndose con ellos.

—¿Sola? —Levanté demasiado la voz. Resonó en el Per Medjat.

—Y contra mi consejo.

Pero mi padre no me pidió que intentara hacerle cambiar de idea. Ella tenía veintisiete años. Era una mujer y era una reina.

—Pero ¿por qué se reúne con ellos?

—¿Por qué? —Soltó un gran suspiro—. ¿Por qué? No sé. Quizá siente que les debe algo.

—¿Pero qué puede deberles? Están matando a los sacerdotes de Amón. Quizá tenga la esperanza de que eso se termine —sugerí.

—¿La lucha? Eso nunca terminará. Ellos creen que Atón es el dios de Egipto y la mayoría del pueblo cree en el poder de Amón.

Me apoyé en la pared.

—Así que siempre habrá guerra.

—Siempre. Pero tú tienes tu jardín y nosotros tenemos nuestro palacio. Quizá tu madre y yo nos refugiemos allí cuando los asuntos de Tebas se vuelvan demasiado pesados.

—¿Como ahora?

Sonrió, irónico.

—Como ahora.