Capítulo 25

Mi marido no volvió a mencionar la promesa que le hice junto al río. Antes de que me diera cuenta, las estaciones de Peret y Shemu habían pasado y comenzaron a decir que el barco de Djedi estaba en el puerto. Me puse la peluca y mi cinto de tela brillante.

Nakhtmin levantó las cejas.

—Creíste que la que llegaba era la reina.

Fuimos hacia el puerto, donde comprobamos que el barco era tan grande e impresionante como yo lo recordaba. El aroma del comino asado flotaba, denso, en el aire. Empujamos a la gente, apiñada como los peces recién descargados en el muelle, para abrirnos paso. Muchos habían ido a recibir a sus seres queridos. Aquel día de Thot, Djedi se había ido con más de cincuenta marineros. Ahora sus esposas estaban allí, apretujadas, con flores y capullos de loto en el pelo. Cuando vi a Ipu en el muelle, ahogué un grito. ¡Estaba embarazada, con la barriga bien redonda!

—¡Señora! —Ipu se abrió paso entre el tropel de gente—. ¡Señora! —Me echó los brazos al cuello. Los míos apenas alcanzaban a rodearla—. Mira. —Rió y se señaló el vientre abultado.

—¿De cuántos meses? —le pregunté, entusiasmada.

—Casi nueve.

—Nueve. —Era increíble. Ipu, mi Ipu, embarazada.

Miró a Nakhtmin.

—He pensado en ti —admitió—. En las cercanías de Punt los soldados llevaban armas que nunca he visto en Egipto. Mi marido te ha traído ejemplares de sus armas. De todo tipo, de ébano y de cedro, hasta una de un metal que llaman hierro. —Se llevó la mano al estómago redondeado. Tenía un aspecto más saludable que nunca.

Nakhtmin, amable, dijo:

—¿Por qué no vais a casa? Yo me quedaré a ayudar a Djedi y vosotras podéis conversar. Este no es lugar adecuado para una mujer embarazada de nueve meses.

Me llevé a Ipu de regreso a la casa que ella no veía desde hacía casi un año. En el camino me habló de una tierra donde la gente era más oscura que los egipcios y más blanca que los nubios.

—Y llevan extraños adornos en la cabeza, de bronce y de marfil. Cuanto más rica es la mujer, más adornos lleva en el pelo.

—¿Y las hierbas? —pregunté.

—Ah, señora, hay hierbas que no había visto nunca. Djedi tiene un cofre lleno de ellas para ti.

Aplaudí, feliz.

—¿Le has preguntado a las lugareñas para qué las utilizan?

—Sí, y lo he apuntado casi todo —respondió, pero ya habíamos llegado a su casa y sus pasos se hicieron más lentos. Alzó la vista para mirar el edificio de dos pisos, blanco, con ribetes marrones alrededor de las ventanas y las puertas—. Me había olvidado de lo agradable que es regresar a casa —dijo, con la mano en el vientre, y me sentí invadida por un extraño sentimiento de envidia.

Cuando abrimos la puerta, había un profundo silencio, de quietud, un silencio que me recordó al de las tumbas de Tebas. Ipu miró las estatuas de Amón, que estaban donde las había dejado. Bajo una fina capa de polvo, todo permanecía igual. Menos ella. Fui la primera en hablar.

—Tendríamos que levantar las persianas para que entre un poco de luz. —Alcé las persianas de juncos mientras Ipu me miraba. Después, notando sus ojos clavados en mí, me di la vuelta—. ¿Qué sucede?

Se dejó caer sobre un banco, con las manos en el estómago.

—Me duele que sea yo quien está a punto de dar a luz. Deseo tanto que tú tengas un hijo.

—Ah, Ipu —respondí, con ternura, mientras la hacía a un lado para sentarme junto a ella y abrazarla—, los dioses deciden, siempre hay una razón para todo.

—¿Pero cuál? —preguntó, llena de amargura—. ¿Cuál puede ser? Cuando estaba allí, rezaba por mi señora —confesó—. A una diosa local.

Contuve la respiración.

—¡Ipu!

—Eso no hace daño a nadie —explicó, segura, y en su tono de voz había una seriedad que no le había conocido antes.

Nos miramos en la luz suave que se filtraba entre las persianas cerradas y dije:

—Eres una buena amiga, Ipu.

—Como tú, señora.

Hablamos y limpiamos la casa al mismo tiempo. Aireamos los tapices y fregamos los azulejos. Me contó todas sus aventuras en el Nilo. Primero habían zarpado, río arriba, hasta Coptos. Luego, tras dejar el barco al cuidado de un navegante, viajaron hacia el este en una caravana que cruzó Wadi Hammamat. Cuando llegaron a la costa marítima, Djedi compró tres barcos para cargar todos los bienes que quería traer de regreso, y contrataron más marineros para embarcarse rumbo al sur. Recordó que a uno de los hombres casi lo mató un cocodrilo cuando fue a nadar y que los rugidos de los hipopótamos no la dejaban dormir de noche.

—¿Nunca tuviste miedo?

—Djedi estaba allí, y había cincuenta marineros armados. De no ser por los animales, en el agua no había nada que temer. Cuando nos dirigimos hacia el sur, vi animales que nunca había visto.

La miré con renovado interés.

—¿Como cuáles?

—Como serpientes del tamaño de esta habitación y gatos grandes como, como… —Ipu miró su salón—. Grandes como aquella mesa.

Abrí mucho los ojos.

—¿Más grandes que nuestras estatuas del templo de Amón?

—Mucho más grandes.

Entonces comenzó a describir las hierbas magníficas que había encontrado y traído en el cofre.

—Caminamos constantemente, por todos lados, señora. No había literas para las mujeres, sólo burros. Cuando empecé a engordar, caminar me era más fácil que montar.

Djedi la había dejado entrar en los mercados extranjeros, donde las mujeres vendían vainas de color oscuro con una esencia de jengibre y limón que utilizaban para darle sabor a las tortas de miel y al pan. Ipu había visto hombres adultos del tamaño de niños, y bestias grandes y muy altas y llenas de motas que comían hojas de las copas de los árboles. Las mujeres vendían especias desecadas y té de distintos sabores. Los colores predominantes del mercado eran el amarillo azafranado brillante, el terroso albahaca y el colorado flamígero: «Como sus vestidos».

—¿Todos visten de rojo?

—Sólo los ricos. —En Egipto todas las clases vestían de blanco.

Djedi volvió del muelle con Nakhtmin. Los marineros llegaron detrás de él con cofres llenos de bienes. El olor del cedro llenó la casa y nos sentamos en la sala para mirar los hallazgos exóticos y escuchar las historias de cada uno. Algunos cofres eran regalos para nosotros. Había una caja de marfil con las hierbas que Ipu había buscado personalmente y una caja de madera con las armas para Nakhtmin. Ipu también me trajo un vestido de color índigo brillante, y había un cinturón con incrustaciones de marfil para Nakhtmin. El resto eran cosas para la casa y joyas para el niño que estaba por nacer. Sería su herencia: marfil y oro de la tierra de Punt.

Esa noche cenamos bien. Nos quedamos hasta la mañana, oyendo la risa franca de Djedi al contar de nuevo la historia del marinero que comió un plato local y no pudo abandonar el agujero que hacía de letrina durante un día entero, ya que en Punt, a diferencia de Egipto, no había baños. La única risa que podía igualar a la de Ipu era la de Djedi. Cuando nos fuimos, con mi cofre lleno de hierbas y la caja con armas de Nakhtmin, teníamos la impresión de que nunca se habían ido.

En Egipto hay un dicho: cuando la buena fortuna nos mira, lo hace tres veces: una por cada una de las partes del ojo de Horus. Su párpado superior, su párpado inferior y el ojo en sí. La mañana que siguió al día en que Ipu regresó embarazada de nueve meses terminó la sequía. La lluvia caía a cántaros, salpicando el Nilo y formando charcos de barro en nuestros campos. Al atardecer, Nakhtmin llevó la cena junto al brasero. Yo conversaba con Ipu. Llegó un mensajero de Amarna, que empuñaba un rollo con el sello de la familia. Djedi había abierto la puerta de la casa y me lo dio con ojos intrigados. Debía de ser la primera vez que veía el sello del visir, hecho de cera dorada sobre un papiro buenísimo, crecido en el delta. Lo abrí de inmediato y lo leí en voz alta.

Se acerca un nuevo parto para tu hermana. Las sacerdotisas de Atón creen que por el peso debe tratarse de mellizos, aunque puede ser también una señal que anuncia a un príncipe. Pero ella se descompone con frecuencia y te manda llamar. Nakhtmin es bienvenido.

Ipu ahogó un grito.

—¿Un quinto hijo?

Me di cuenta de que quería decir algo más. Que sólo una reina bendecida por los dioses podía ser tan fértil. Todos los años, Nefertiti se quedaba embarazada, con lluvia o sequía. De pronto, sin previo aviso, mis ojos se llenaron de lágrimas.

Nakhtmin dejó su copa.

—Ah, miw-sher —dijo, con ternura.

Me sequé las lágrimas, avergonzada.

—Debes venir conmigo —le dije—. Mi padre no hubiera dejado que mi madre enviara esa carta si creyera que corres peligro. ¿Vendrás? —le pregunté con ansia difícil de disimular.

Dudó, pero cuando vio la esperanza dibujada en mi rostro, respondió:

—Claro que iré. Zarparemos en cuanto Ipu salga de la sala de partos.

Respondí a la carta de inmediato, diciéndole a mi madre que zarparíamos en cuanto Ipu diera a luz. «No será antes de quince días», escribí, y la respuesta llegó rápidamente, con letra de Nefertiti.

Sé que nunca me abandonarías, sobre todo con Anubis a mi puerta, así que te he enviado un barco. Cuando llegue, te traerá a toda a velocidad a Amarna. Como sé que no vendrás sin Nakhtmin, él también es bienvenido. Podéis quedaros en las habitaciones de huéspedes que están cerca de la Sala de Audiencias.

Estrujé el papiro.

—Ya empieza de nuevo. Pero no me iré hasta que dé a luz Ipu —decidí—. No me marcharé hasta ver a mi ahijado bendecido.

Ipu negó con la cabeza.

—Esta vez tu hermana tiene razón, señora. Debes ir cuando llegue el barco. Si está embarazada de dos criaturas… —Abrió las manos, subrayando la dificultad de semejante parto.

Nakhtmin asintió.

—No hace falta que te diga cómo murió mi madre —dijo, suavemente—. Y ninguno de mis hermanos gemelos sobrevivió.

No me quedaba más remedio, tenía que ir a Amarna, regresar a la ciudad de la que me habían hecho desaparecer.

—¿Y qué sucederá si el parto de Ipu termina mal? —susurré.

Nakhtmin se dio la vuelta en la oscuridad. Las imágenes de Tawaret que habíamos hecho tallar en los pilares de la cama nos miraban, benevolentes, a la luz de la luna.

—Ya sabes lo que dicen los médicos, Mut-Najmat. —Apoyó el pulgar sobre mi frente para conjurar la preocupación.

—Dicen que Ipu dará a luz dentro de los próximos siete días, pero pueden estar equivocados. —Me mordí el labio, pensando en el barco de Nefertiti, que se acercaba a Tebas—. ¿Qué pasará si el barco llega antes de que Ipu esté lista?

Me quedé despierta pensando en formas de retrasar al barco. A Nefertiti aún le quedaban varios meses. Podía esperar. Si el parto de Ipu se demoraba unos días…

Pero no tendría que haberme preocupado. A la mañana siguiente Ipu fue a la sala de partos que Djedi había construido como anexo de la casa. Empujó y gritó toda la mañana. Al otro lado de la puerta, Nakhtmin tranquilizaba a Djedi. Ipu se aferraba a mi mano y me hacía prometerle que cuidaría del niño o la niña, fuera lo que fuera, si no sobrevivía.

—No seas tonta —le dije, mientras le echaba hacia atrás el pelo que le caía sobre la cara, pero ella me hizo jurarlo.

Se lo prometí, pero no hacía falta. Al atardecer su calvario había terminado. Djedi era el padre de un hijo robusto.

—¡Mira qué pesado es! —dije, mientras le daba al niño envuelto. Sus gritos potentes resonaban por toda la sala—. ¿Cómo se llamará?

Ipu miró los lienzos llenos de sangre. Podíamos oír a Djedi y Nakhtmin que lo celebraban fuera.

—Kamoses —dijo.

Pasé los días con Ipu, esperando el barco de Nefertiti. La veía con Kamoses y la envidiaba cuando lo bañaba, lo acunaba y miraba su pecho que subía y bajaba cuando dormía. Aunque el niño era quisquilloso, sentía una especie de nostalgia cuando lo veía alimentarse del pecho de Ipu, con su pequeño rostro lleno de satisfacción.

Todas las tardes volvía a casa, junto a Nakhtmin, y nos metíamos juntos en la cama. Pasábamos las noches en busca de nuestro propio hijo. En la última noche en Tebas, Nakhtmin me apartó el pelo del rostro.

—Yo estaré en paz, aunque nunca tengamos un hijo, pero a ti no te sucede lo mismo, miw-sher. Me doy cuenta.

Me enjugué las lágrimas.

—¿No quieres un hijo?

—O una hija. Pero es un regalo de los dioses.

—¡Un regalo que en su día devolvimos!

—Un regalo que nos robaron —aclaró, y su voz era sombría.

—A veces sueño que tendremos un hijo —le dije. Le miré a la cara y me secó las lágrimas—. ¿Crees que ese sueño quiere decir algo?

—Los dioses nos dan los sueños por alguna razón.

Al otro día llegó la barca. Dejar Tebas fue más difícil que la vez anterior. Nos despedimos de Ipu y de Djedi en el muelle. Se pasaban a Kamoses dulcemente, llenos de orgullo. Cuidarían nuestra casa mientras no estuviéramos. Se ocuparían del jardín y alimentarían a Bastet. Ipu atendería a las mujeres que fueran en busca de miel y acacia. Me había visto trabajar con las hierbas durante nueve años y le había prometido una buena paga: «No tienes por qué hacer eso, señora». Pero yo respondí: «Es lo justo; pueden pasar varios meses hasta que regresemos».

Me quedé en la proa del barco, entornando los ojos ante la acariciante luz del sol. No tenía idea de por cuánto tiempo nos íbamos, ni de las circunstancias en que íbamos a regresar.

Llegamos a Amarna cuando el cálido sol del otoño se ocultaba. Nos quedamos en la cubierta del barco. Me sorprendí al ver cuánto había crecido la ciudad y lo hermosa que estaba. Habían enviado literas del palacio y nos llevaron a través de la ciudad hacia el Palacio de la Ribera, protegidos del sol menguante por los toldos de tela. Abrí las cortinas. En todos los templos nuevos y en todos los altares estaba la imagen de Nefertiti: en las puertas, en los muros, en los rostros de las esfinges inclinadas. Estaba grabada en todos los espacios públicos. Su rostro aparecía allí donde debían estar los de Isis y Hathor. Desde las macizas columnas que sostenían el palacio, el que nos miraba no era Amón sino Akenatón. Nakhtmin observó los pilares y después miró la ciudad.

—Se han proclamado dioses.

Me llevé un dedo a los labios, para que guardase silencio, al ver que se acercaba mi padre.

—Mut-Najmat. Nakhtmin. —Abrazó cálidamente a mi esposo. Cuando se acercó a mí bajó la voz—. Ha pasado demasiado tiempo.

—Casi un año desde que nos vimos en Tebas.

Sonrió.

—Tu madre espera en la sala de partos.

—¿Ya han llevado a Nefertiti a la sala de partos?

—Está enferma —dijo, con tranquilidad—. Esta vez la criatura pesa mucho.

—¿A los cuatro meses?

—Algunos médicos dicen que pueden ser seis.

Nos mostraron el Palacio de la Ribera, que estaba igual que cuando me había ido. Las blancas columnas de piedra se elevaban hacia el cielo. En todos los patios, los jardines, bañados por el sol, estaban en flor. Alguien había plantado mirto y jazmín. El jazmín estaba tomando todos los jardines acuáticos, sus ramas fragantes se bañaban en los estanques. Pasamos por el Gran Salón. Mi padre dijo:

—Aquí están vuestras habitaciones. —Señaló las estancias de huéspedes para los diplomáticos y mensajeros. Sentí cierto dolor, pero Nakhtmin asintió, agradecido—. Venid —sugirió—, voy a llevaros a la sala de partos.

Miré a Nakhtmin.

—Pero ¿y si…?

—Esto es Amarna —dijo mi padre, irónico—. Nefertiti deja entrar a todos. Hombres, mujeres y seres de cualquier clase…

Cuando entramos en la sala de partos, la escena me pareció extraña. Miré la cama donde estaba tendida Nefertiti, con Akenatón sentado, rígido, a un lado. Miraba a Nakhtmin con recelo. Al rato estábamos rodeados de niñas que saltaban y reían y querían conocer a su tía Mut-Najmat y su tío Nakhtmin. Hice cuentas y calculé que Meritatón ya tenía ocho años. Su sonrisa precoz me recordó a Nefertiti. «Nuestra madre dijo que traerías regalos», dijo, y puso la mano.

Miré a Nakhtmin, que alzó las cejas y abrió su bolso. Todos los regalos estaban envueltos en papiro. Ipu les había puesto etiquetas antes de irnos.

—¿Quién es Meritatón? —preguntó él.

—Soy yo —dijo la princesa mayor.

Cuando se metió el regalo bajo el brazo, le presentó sus hermanas a Nakhtmin.

—Esa es Meketatón. —Señaló a una gordita con cabello rizado—. Es sólo un año menor que yo. Y Ankhesenpaatón. —Meritatón señaló a una bella niña que estaba de pie detrás de sus hermanas, esperando, pacientemente, su regalo—. Tiene cuatro. Y esa es nuestra hermana menor: Neferuatón.

La más pequeña, todavía un bebé, hizo grandes aspavientos. Todas recibieron sus regalos. Hubo un ajetreo al desenvolver los paquetes. Mi madre se acercó, me abrazó y me besó las mejillas. Entonces se oyó la voz de Meritatón.

—Nunca había visto algo parecido —dijo con voz que correspondía a alguien diez años mayor de lo que era—. Mawat —fue hacia la cama de Nefertiti—, ¿habías visto algo parecido?

Nefertiti miró la tablilla de marfil para escribir que Nakhtmin había hecho con ayuda de un tallador de piedras que había trabajado en nuestra tumba. Los nombres de las princesas estaban grabados en caracteres jeroglíficos y ambas paletas tenían pinceles y un tintero. Mi hermana pasó el dedo por los bordes suaves y los largos pinceles. La expresión de sus ojos cambió cuando miró a Nakhtmin.

—Son hermosas. En el palacio no hay nada semejante —admitió—. ¿De dónde son?

—Quiero verlas —ordenó Akenatón. Las niñas le llevaron a su padre las tablillas para escribir. Las miró con cierta prevención—. Nuestros trabajadores podrían hacerlas mejor.

Nakhtmin bajó la cabeza, con respeto.

—Las trabajé con un tallador de piedras de Tebas.

—Son exquisitas —afirmó amablemente Nefertiti.

Akenatón se puso de pie. Su rostro estaba congestionado.

—Meritatón, Meketatón. Vamos a montar en carro en el estadio.

—¿El general también vendrá? —preguntó Meritatón.

Akenatón se detuvo en la puerta y todos nos quedamos paralizados. Giró sobre sus talones, y luego miró a Meritatón.

—¿Quién dijo que este hombre es un general?

—Nadie. —Meritatón debió percibir algo peligroso en la voz de su padre, porque tomó la precaución de no responder con la verdad, que era, seguramente, que el visir Ay aún lo llamaba general—. Vi sus músculos y pensé que debe de trabajar al aire libre, como los generales.

Akenatón entornó los ojos.

—¿Por qué no podía ser un pescador o un pintor?

Nunca olvidaré la respuesta que dio Meritatón, porque demostró lo astuta que era, ya a los ocho años.

—Porque nuestra tía nunca se hubiera casado con un pescador.

Hubo un momento de tensión. Luego Akenatón rió, tomando a Meritatón en brazos.

—Vamos al estadio y voy a enseñarte cómo monta un guerrero. ¡Con un escudo!

—¿Y yo? —lloró Ankhesenpaatón.

—Sólo tienes cuatro años —dijo Meritatón, bruscamente.

—Vendrás también —proclamó Akenatón.

Cuando los cuatro se fueron, mi padre le preguntó a Nakhtmin:

—¿Te enseño tu habitación?

—Creo que sería lo mejor —respondió mi marido.

—Hay que disponer lo necesario para que tengan doncellas mientras están aquí.

Mi madre se puso de pie para ir con ellos y Nefertiti, desesperada, nos dijo:

—¿Pero regresaréis para la cena?

—Por supuesto —dijo mi padre, como si no pudiese ser de otra manera.

Llevé una banqueta al lado de la cama de Nefertiti.

—Tu esposo es un hombre apuesto —admitió mi hermana—. Con razón prefieres estar con él y no conmigo.

—Nefertiti —protesté, pero ella levantó la mano.

—Las hermanas no pueden estar unidas para siempre. No estoy ya tan sola, Merit y yo nos hemos hecho amigas. Este año he nombrado visir a su padre. Malgastaba su talento como escriba.

Eché un vistazo a la habitación.

—Fue a buscar zumo, los hace maravillosamente. Y no quiere casarse —agregó, intencionadamente.

Suspiré.

—¿Cómo te sientes?

Mi hermana hundió la cabeza entre los hombros.

—No muy mal. Lo mejor posible. Dicen que por el peso podría ser un varón. —Le brillaron los ojos—. Pero otros dicen que pueden ser mellizos. ¿Alguna vez has oído hablar de alguna mujer que haya sobrevivido a un parto de mellizos?

Apreté los labios para no tener que mentir.

—¿Nunca? —preguntó, con miedo.

—Los mellizos son raros. Debe de haber mujeres que sobrevivieron.

Se miró el estómago.

—Cuatro princesas, Mut-Najmat. Creo que Nekhbet me ha abandonado.

Su voz era grave y me pregunté si era la primera vez que le confiaba a alguien sus verdaderos miedos desde mi última visita a Amarna. ¿En quién más podía confiar? ¿En mi madre, que en cualquier circunstancia le aseguraría que todo iba a ir bien? ¿En nuestro padre, que le diría que pensara en el reino? ¿En Merit, que no sabía nada del parto y sus dolores? Tomó mi mano y de pronto sentí la terrible pérdida de vivir en Tebas, la terrible culpa por dejarla sola con sus miedos y ambiciones. Tenía remordimientos, a pesar de que la que me había echado había sido ella.

—Mut-Najmat, si muero en este parto, prométeme que convertirás a Meritatón en reina. Prométeme que Kiya no se convertirá en esposa principal.

—Nefertiti, no hables así…

Me apretó la mano.

—Tengo que sobrevivir a este parto. —Tembló—. Tengo que sobrevivir para ver reinar a mi hijo.

Miró, esperanzada, mi rostro. No le prometí que pudiera hacerlo. Sólo Nekhbet podía saberlo. Sólo Tawaret podía decirlo.

Le pregunté, en cambio:

—¿Cuántos meses faltan?

Miró su vientre hinchado. Estaba bien formado, como las otras veces. En esta ocasión se veía más redondo.

—Tres. Faltan tres meses para que todo se termine. Antes nunca había estado tan ansiosa por que todo terminase. Pero tú me ayudarás, ¿no?

—Por supuesto.

Asintió lentamente, dándose valor.

—Porque pensé —sus ojos se llenaron de lágrimas— que me habías abandonado.

Se había olvidado por completo de que era ella quien me había echado. Había encerrado su recuerdo en un lugar apartado, donde no la acosara, para poder sentir que la que había sido herida era ella.

—No te he desamparado, Nefertiti. Puedes amar a dos personas a la vez, como tú amas a Meritatón y a nuestro padre.

Me miró con una profunda desconfianza.

—Me quedaré hasta que tengas el niño o los niños —le prometí.