Capítulo 18

Todos los días, las mujeres del pueblo me encargaban hierbas y a veces se las llevaba en persona. Me abría paso entre las calles estrechas de la ciudad que se desplegaba bajo los blancos pilares del palacio. Iba a parar, con frecuencia, a casas donde las mujeres acababan de dar a luz y no había esperanzas de que la madre sobreviviera. Me inclinaba sobre el lecho de la enferma para explorar su vientre y luego hacía un té especial, con aceite de ortigas. Las mujeres frotaban sus prohibidos amuletos de Hathor y susurraban plegarias a la diosa de la maternidad. La primera vez que vi esos amuletos prohibidos me sorprendí. Una sirvienta de la casa me explicó, de inmediato:

—Ha protegido a Egipto durante miles de años.

—¿Y Atón? —pregunté, con curiosidad.

La sirvienta se puso tensa.

—Atón es el sol. No puedes tocar el sol, pero puedes abrazar a Hathor y rendirle homenaje.

Yo tenía diecisiete años y me llamaban Sekem-Miw. Llegué a conocer mejor que el faraón todos los poblados de Amarna.

—¿Adonde vamos hoy, señora?

Era el cochero del palacio. No era su día de trabajo. Yo había llegado al final de un largo camino que salía de mi villa. Me sonrió y me esforcé para dejar de pensar en Nakhtmin.

—A recolectar semillas —respondí, mientras apuraba el paso, sin prestar atención a los rápidos latidos de mi corazón.

—Tu canasta parece pesada. ¿No prefieres ir en carro? —Comenzó a andar más lento y yo lo pensé un poco.

No tenía guardias. Había insistido en no tener ninguno cuando dejé a Nefertiti y me fui del palacio. Pero como no tenía guardias, tampoco tenía a nadie para que me llevara en el carro y el camino hasta el muelle era largo. El cochero se dio cuenta de que dudaba.

—Ven. —Estiró la mano y le di la mía para subirme al carro—. Soy Djedefhor. —Se inclinó.

Djedefhor comenzó a ir todas las mañanas.

—¿Me esperas aquí fuera todas las mañanas, por si vengo? —pregunté.

Djedefhor se rió.

—No, todos los días no.

—No deberías hacer eso —dije, con tono serio.

—¿Por qué no? —Me ofreció su brazo y nos encaminamos hacia el muelle, donde regularmente buscaba nuevas hierbas entre los vendedores extranjeros.

—Porque soy la hermana de la esposa principal del rey. Para ti es peligroso que te vean conmigo. No estoy entre las preferidas del faraón.

—Pero eres una de las preferidas de la reina.

«Cuando quiere algo de mí», pensé, y mis labios se tensaron hasta formar una línea.

—Si valoras tu puesto en la casa del faraón —le dije, firmemente—, no han de verte conmigo. No soy buena para ti.

—Eso está muy bien, porque no pretendo que lo sea. Sólo quiero acompañarte cuando vas al bazar y cuando regresas.

Me sonrojé.

—Tienes que saber que el hombre que amo está en Kadesh.

Era la primera vez que le hablaba de Nakhtmin a alguien que no fuera de mi familia.

Djedefhor inclinó la cabeza.

—Como te dije antes, no pretendo nada de ti, señora. Sólo el placer de acompañarte a la ida y a la vuelta.

La primera vez que me vio con Djedefhor, Ipu abrió mucho los ojos. Me siguió por la casa como si fuese Bastet y trató de hacerme hablar de él.

—¿Dónde lo conociste? ¿Te lleva todos los días en su carro? ¿Está casado?

—Ipu, él no es Nakhtmin. La sonrisa de Ipu se desdibujó. —Pero es buen mozo.

—Sí, es un soldado buen mozo y amable. Eso es todo.

Ipu dejó caer su cabeza.

—Eres demasiado joven para estar sola —susurró.

—Pero esto es lo que mi hermana quiere —respondí.

—El régimen hitita gana fuerza en el norte. El gobernador de Lakisa mandó a pedir ayuda esta mañana. —Mi padre extrajo un rollo de su cinturón y Tiy extendió la mano para leerlo.

Mi casa se había convertido en el lugar habitual de reunión. Tiy y mi padre me dejaban estar presente cuando discutían sobre cómo gobernar el reino de Egipto. Mientras Suppiluliumas, el rey de los hititas, avanzaba por Palestina y se acercaba a Egipto, Akenatón y Nefertiti encargaban estatuas y paseaban por las calles, ataviados como dioses, arrojando cobre a la gente desde sus carros.

Mi tía dejó el rollo sobre su falda.

—Otro territorio egipcio en peligro.

Me di cuenta de que pensaba que el Grande hubiese sido capaz de encomendar su ka a Ammit con tal de no ver a los hititas en tierra egipcia.

—Igual que Qatna. —Miró a mi padre—. Pero no podemos enviar ayuda.

—No. —Mi padre guardó el rollo de papiro—. Tarde o temprano, Akenatón va a descubrir que se retira oro para defender Kadesh y…

—¿Estáis retirando oro para defender Kadesh? —interrumpí.

—Sería peligroso retirar más oro del tesoro para defender Lakisa —convino Tiy, ignorando mi exclamación.

Mi padre asintió. Me pregunté de qué sería capaz Akenatón si descubría que el visir más importante desviaba oro del tesoro para defender la fortaleza más importante de Egipto contra los hititas. Se arriesgaba al gobernar Egipto tal como creía que el Grande hubiese querido que fuera gobernado el reino más poderoso del mundo, pero se trataba de la corona de Akenatón, no la suya. Ni siquiera era la de Nefertiti. Cuando el Grande había formado su ejército, Egipto se había expandido desde el Eufrates hasta Sudán. Ahora la tierra conquistada era invadida y Akenatón lo permitía. Mi hermana lo permitía. Si no se hubiera tratado de Nefertiti, si hubiera sido Kiya u otra esposa del harén, Tiy y Ay hubieran acabado con ella —un asesinato, un envenenamiento, una caída desafortunada—, pero Nefertiti era la hija de Ay. Era la sobrina de Tiy y era mi única hermana, y se suponía que teníamos que perdonárselo todo.

Tiy se acomodó la túnica.

—Entonces, ¿qué haremos con Kadesh? —preguntó.

—Confiar en que los dioses estén con Horemheb y que vencerá —dijo mi padre—. Si Kadesh cae, caerán el resto de las ciudades y nada detendrá a los hititas en su camino hacia el sur.

A la mañana siguiente, cuando fui a la feria, Djedefhor insistió en acompañarme por los puestos atestados que estaban junto al muelle.

—No es seguro que la hermana de la esposa principal camine sola —dijo.

—¿En serio? —sonreí, con ironía—. Sin embargo, es lo que hago casi todos los días, desde hace meses.

Pensé que quería adularme, pero dio un paso adelante y me habló con tono grave:

—No. No es seguro que andes sola ahora.

Miré a ambos lados. Miré el mercado bullicioso, con sus mercaderías extranjeras, ardiendo bajo el calor. Todo estaba como de costumbre. Sólo los niños me prestaban atención, miraban mis sandalias y las pulseras de oro que llevaba en los brazos. Empecé a reírme, pero me detuve al ver su expresión. Me agarró del brazo y me llevó entre la gente.

—Hoy el faraón ha hecho una estupidez —me dijo.

Lo miré, inquisitiva.

—¿Mi familia está en peligro?

Me llevó a la sombra, donde dos vendedores de cerámica habían armado una tienda.

—Ha respondido a la petición de ayuda de Lakisa enviando monos vestidos con trajes de soldados.

Lo miré para ver si bromeaba.

—No lo dices en serio.

—Lo digo muy en serio, señora.

Negué con la cabeza.

—¡No! No, mi padre no lo permitiría.

—No creo que tu padre lo sepa, pero lo sabrá en cuanto los lakisanos de aquí, enojados, marchen al palacio.

Miré alrededor y me di cuenta de que ninguno de los vendedores de piel oscura de Lakisa estaba en sus puestos. De pronto, el calor se volvió insoportable. Sentí vértigo. Me tambaleé.

—¡Señora! —Djedefhor alargó la mano para sostenerme, pero al ver que me recuperaba la retiró enseguida.

—Llévame a mi villa —dije de inmediato.

Mientras cruzábamos Amarna, caí en la cuenta de la cantidad de albañiles que había en las calles, cerca de los templos de Akenatón a medio construir. Todos eran soldados. Todos eran hombres que en tiempos del Grande habían defendido nuestros estados vasallos, alejando a los hititas de Qatna, Lakisa y Kadesh. En cuanto llegamos a la entrada de mi villa, Ipu se acercó corriendo y el corazón me latió con fuerza. Algo ocurría.

—¡El visir Ay acaba de irse! —gritó.

Salté del carro.

—¿Qué dijo?

—Hoy habrá problemas. Envió soldados a buscarte al mercado.

Miré a Djedefhor. Mi pánico iba en aumento.

—No te preocupes, señora —aseguró mi admirador—. No harán daño a tu hermana. ¡Los soldados detendrán a quien lo intente!

No había ido al palacio desde el nacimiento de la princesa Meketatón, hacía once meses. El ruido de mis pisadas sobre las piedras del palacio llamó la atención de los sirvientes, que se acercaron a mirar. Esa noche había rumores en las salas, en las cocinas, en todas partes.

Hasta los niños me espiaban, ocultos tras las columnas. Mi madre me apretó el brazo, como si tuviese miedo de que girase sobre mis talones y echase a correr.

—Tu hermana ha tomado decisiones estúpidas, pero estamos unidos a Nefertiti. Sus actos hablarán sobre todos nosotros, en la vida y en la muerte.

Dos guardias nubios abrieron las puertas de la habitación de mi padre. Vi a Nefertiti, que ya estaba allí. Caminaba sobre el suelo embaldosado y apretaba con fuerza el cetro del reino. Cuando se dio la vuelta para mirarme, los guardias se apresuraron a cerrar las puertas a nuestras espaldas. Dirigió una mirada acusadora a nuestro padre.

—Pregúntale a Mut-Najmat qué es lo que piensa la gente —dijo él.

Nefertiti me miró y me sorprendió ver cuánto la había cambiado el nacimiento de Meketatón. Los ángulos de su rostro se habían redondeado, pero aún había una decisión férrea en sus ojos.

—Bueno —dijo—, ya has oído. Dinos qué piensa la gente.

Ya no temía su desaprobación.

—Creen que Atón es demasiado distante para venerarlo. Quieren dioses que puedan ver, tocar y sentir.

—¿No pueden sentir el sol?

—No pueden tocarlo.

—No debe tocarse a ningún dios —alegó.

Mi padre terció, de inmediato:

—Pero eso no es lo único que piensa la gente.

—Tienen miedo de los hititas —añadí, y me obligué a mí misma a no pensar en Nakhtmin—. Oyen las noticias de los mercaderes, que les cuentan que los hititas están entrando por el norte, que toman a las mujeres como esclavas y matan a los hombres. Se preguntan cuánto falta para que eso suceda aquí.

—¿En Egipto? —Ahora gritaba. Se dio la vuelta para ver si nuestro padre estaba de acuerdo—. ¿La gente de Amarna cree que los hititas nos invadirán? —Como vio que él la miraba con expresión seria, me habló a mí—. No tenemos por qué temer a los hititas —prosiguió, segura de sí misma—. Akenatón ha pactado con ellos.

Mi padre dejó caer los rollos que llevaba en las manos y Nefertiti se apresuró a explicarlo, a la defensiva:

—Creo que es una idea inteligente.

—¿Un pacto con los hititas? —rugió mi padre.

—¿Por qué no? ¿Qué nos importan Lakisa o Kadesh? ¿Por qué vamos a pagar para defenderlos si podemos gastar en…?

—Porque esos territorios fueron obtenidos al precio de sangre egipcia. —Mi padre la había interrumpido temblando de ira—. ¡Esto es lo más estúpido que has hecho! De todas las malas decisiones que le has dejado tomar a tu marido, esta es la más…

—Fue una decisión de los dos. —Estaba de pie, erguida. Sus ojos negros se mostraban orgullosos y desafiantes—. Hicimos lo que nos pareció mejor para Egipto. Pensé que tú lo entenderías.

Mi padre me miró para ver mi reacción.

—No miréis a Mut-Najmat —chilló Nefertiti.

Mi padre negó con la cabeza.

—Tu hermana nunca hubiera sido tan estúpida como para negociar con los hititas. ¡Entregarles Kadesh! —Los ojos de mis padres echaban chispas—. ¿Qué vendrá después de que se hayan apoderado de Kadesh? ¿Ugarit, Gazru, el reino de Mitanni?

Mi hermana perdió un poco de aplomo.

—No se atreverían.

—Una vez que haya caído Kadesh, ¿por qué no? El reino de Mitanni será suyo enseguida. Y cuando hayan arrasado la tierra de Mitanni, cuando hayan violado a sus mujeres y esclavizado a sus hombres, ¿por qué se detendrían en su camino a Egipto? Kadesh es la última fortaleza que protege a Mitanni. Cuando caiga… —Mi padre levantaba cada vez más la voz y me pregunté cuántos sirvientes podían oírlo al otro lado de la puerta—, entonces también caerá Egipto.

Nefertiti fue hasta la ventana y miró Amarna, la ciudad del sol y la luz. ¿Cuánto tiempo duraría? ¿Cuánto faltaba para que los hititas llegasen a las fronteras de Egipto y pensaran en atacar a la nación más poderosa del mundo?

—Arma al ejército —le rogó mi padre.

—No puedo. Hacer eso equivaldría a dejar de construir Amarna. Y este es nuestro hogar. Alcanzaremos la inmortalidad entre estas paredes.

—Seremos enterrados entre estas paredes si no detenemos el avance de los hititas.

Nefertiti abrió la ventana y salió al balcón. Un viento cálido le ceñía el lino de su traje al cuerpo.

—Hemos firmado un pacto —dijo ella, decidida.

A la mañana siguiente, los mercados estaban en calma, pero yo sentía la tensión reinante mientras caminaba entre los puestos. Era como si los ojos de un cocodrilo miraran, amenazantes, justo por debajo de la superficie de las aguas mansas.

—Todo el mundo habla del pacto con los hititas —me contó Ipu.

«Y de la barriga de Nefertiti», pensé, con amargura. Habían pasado sólo once meses desde el nacimiento de Meketatón y Nefertiti ya esperaba su tercer hijo.

Ipu dejó de caminar y miró la feria.

—Djedefhor no está aquí —observó.

Miré alrededor. Por lo general, Djedefhor patrullaba el muelle, pero ese día todos los soldados que había allí eran desconocidos. El vendedor de carne, que estaba al otro lado de la plaza, reconoció a Ipu y la llamó.

—¡Buenos días, señora! ¿La hermana de la esposa principal del rey ha venido a comprar gacela?

Nos abrimos paso hasta su puesto, que estaba lleno de gente. Los aprendices utilizaban hojas de palmera para ahuyentar a las moscas.

—Hoy no queremos gacela.

Ipu sonrió y se inclinó por encima del mostrador, invitando al hombre a acercarse.

—El mercado está tranquilo.

El vendedor de carne arqueó sus tupidas cejas y asintió, mientras limpiaba el cuchillo.

—Hay rumores —dijo—. Rumores de…

Fue interrumpido por el grito de unos niños. Enseguida otros gritos llenaron las calles. Las mujeres comenzaron a salir corriendo de los puestos y el vendedor de carne dejó caer el cuchillo, impresionado.

—¿Qué sucede? —pregunté, alarmada.

Pero el vendedor de carne no escuchaba, pues había echado las cortinas y empezaba a cerrar su puesto, mientras buscaba a su aprendiz. Cuando lo encontró, le gritó, excitado:

—Cuida de todo. Iré a ver.

—¿A ver qué? —gritó Ipu.

Pero el carnicero desapareció. Surgían cientos de personas de todos lados. Ipu dejó caer la canasta y me agarró el brazo, pero fuimos arrastradas por la multitud. Nunca había presenciado una escena tan caótica. Los vendedores abandonaban sus puestos y dejaban a sus hijos a otros para que los cuidasen. Las mujeres rompían ramas de palmeras enanas y corrían hacia la calle, gritando alabanzas, como si los dioses hubieran descendido sobre Amarna.

—¿Qué sucede? —grité en medio del estruendo.

Una mujer que estaba cerca señaló en una dirección.

—¡Vienen Horemheb y sus hombres! ¡Han derrotado a los hititas en Kadesh!

Ipu me miró y sentí que mis ojos se abrían como platos. Me cogió la mano y me empujó hasta que nos colocamos al frente de la multitud. Allí estaban Horemheb y sus hombres, tal como había dicho la mujer, montados en sus carros de oro, aún con sus armaduras.

—¿Está él? —grité.

Ipu nos hizo llegar aún más adelante. Estábamos tan cerca que si tendía la mano podía tocar los caballos de los soldados. Y entonces lo vimos.

—¡Está ahí, señora! —Ipu gritaba, feliz, enloquecida—. ¡Está aquí!

El desfile pasó al lado de nosotras. Grité su nombre, pero la gente aclamaba demasiado fuerte. Sus hijos predilectos volvían a casa. Los soldados egipcios habían vencido. Eran héroes. Entonces pensé en Akenatón.

—Ipu, tenemos que irnos. ¡Tenemos que ir al palacio!

Pero la gente avanzaba y nos arrastraba. La multitud crecía. Los niños corrían detrás de los caballos y las mujeres arrojaban flores a los pies de Horemheb. Seguían a los soldados por el Camino Real.

—¡Tenemos que ir! ¡Akenatón va a matarlos!

Logramos salir de entre la gente. Allí vimos a Djedefhor, que nos buscaba, desesperado, con la mirada.

—¡Señora! —gritó.

—¡Djedefhor! —Me sentí infinitamente aliviada—. ¿Cómo lo lograron? ¿Cómo los vencieron?

—El general Nakhtmin es un gran estratega. Con eso y el arrojo de Horemheb, los hititas fueron aniquilados. Horemheb ha traído la cabeza del general enemigo.

Di un paso atrás, impresionada.

—¿La cabeza?

Djedefhor asintió.

—Para dejarla a los pies del faraón de Egipto.

Me imaginé a Horemheb entrando, triunfal, en el palacio, con los soldados detrás. Lo imaginé entrando en la Sala de Audiencias y arrojando la cabeza del general frente a las sandalias de Akenatón. Podía imaginarme la mirada horrorizada en el rostro de Akenatón, y la mirada sombría de Nefertiti, que no se inmutaría ni apartaría la vista. Luego imaginé la ira de Akenatón llenando las salas, los patios y los pasillos, lo imaginé ordenando dar muerte a todos los soldados que volvían del frente de Kadesh. Tenía miedo y por eso alcé la voz.

—Djedefhor, ¿puedes llevarme al palacio?

Me cogió del brazo y nos condujo entre la gente. Me recogí la falda y corrimos como ladrones por los callejones laterales de Amarna hasta que llegamos a las puertas del palacio, que estaban guardadas por dos docenas de nubios de Akenatón. El cortejo triunfal estaba sólo unos cientos de metros detrás de nosotros y el ruido alcanzaba el patio, donde los árboles de Akenatón crecían en hileras cuidadas.

—¡Abrid las puertas! —grité, mientras exhibía mi anillo con la insignia de Nefertiti en la cara de los guardias.

Los guardias se miraron y luego el más alto de todos gruñó, dando su aprobación. Los soldados abrieron las puertas a regañadientes.

—¡Venid! —les grité a Djedefhor y a Ipu, pero un nubio alto se plantó frente a mí.

—Ellos no pueden entrar.

Miré a Djedefhor y él asintió, mirando a Ipu.

—Ella puede regresar a la villa. Yo aguardaré aquí, en el patio —dijo.

—Volveré —prometí. Pero no sabía cómo ni con qué clase de noticias.

Antes de que los guardias abrieran las pesadas puertas de la Sala de Audiencias, oí la voz de mi padre. Dentro estaba Nefertiti con las princesas Meritatón y Meketatón. Akenatón estaba en pie frente a los tronos de Horus. Tenía una armadura de oro y llevaba una lanza. Abrió las puertas del balcón y se oyó el atronador clamor de la multitud.

«¡Ho-rem-heb! ¡Ho-rem-heb!»

El viento elevaba los gritos hasta la Sala de Audiencias y las venas se marcaban en el cuello de Akenatón.

—¡Arrestadlos! —ordenó. La túnica blanca se enroscó en sus tobillos—. ¡Arrestadlos y aseguraos de que ninguno de ellos vea la luz del día! —Salió del balcón, con la mirada dura y sombría como el carbón. Creo que cuando pasó a mi lado ni me vio. Creo que no veía a nadie—. ¿La gente quiere héroes? —Akenatón se rió, sarcástico—. ¡Visir Ay! —gritó—. Tráeme una coraza pectoral de oro del tesoro.

—Alteza…

—¡Ahora!

Mi padre se inclinó y se fue para cumplir la orden del faraón.

Akenatón se dirigió a mi hermana. Sus ojos brillaban, fríos como los de una víbora. Agarró los hombros de Nefertiti con tanta fuerza que temí por ella y ahogué un grito.

—Cuando tu padre regrese, iremos a la Ventana Pública. Entonces el pueblo recordará quién lo ama. Recordará quién construyó una ciudad para la gloria de Atón donde sólo había arena.

Fuera había una gran conmoción. Vi que Horemheb estaba de pie sobre un bloque de granito, bajo el balcón. Los guardias nubios lo rodeaban, atentos a lo que iba a hacer. La gente comenzó a vitorearle y Horemheb levantó la cabeza ensangrentada del general hitita que había matado. Me estremecí. Nefertiti se acercó al balcón.

—Ha traído la cabeza —dijo, en un susurro lleno de espanto—. ¡Ha traído la cabeza del general!

Akenatón se apresuró a salir al balcón. En el patio, Horemheb levantaba la cabeza para que la multitud enardecida pudiese verla. El general giró sobre sus talones y reconoció a Akenatón. Arrojó, por encima de la baranda, el trofeo sangriento, que rodó hasta dar contra las sandalias blancas de Akenatón. Era lo más cerca que había estado de una batalla. Era también lo más cerca que yo había estado de una muerte espantosa. Me tapé la boca. La sangre reseca había salpicado las piernas de Akenatón. Panahesi se apresuró a alejar a Akenatón y se abrieron las puertas de la Sala de Audiencias. Mi padre había regresado con siete hombres. Seis de ellos portaban un pectoral cargado de oro.

Akenatón tomó el brazo de Nefertiti.

—¡A la Ventana Pública!

Atravesó el palacio, con toda la corte pisándole los talones. Mi padre miró la sangre en los pies de Akenatón y me dijo:

—Quédate cerca y no digas nada.

Cruzamos los salones hacia el puente que comunicaba el palacio con el templo de Atón. Desde allí, la Ventana Pública daba al mismo patio en el que estaban Horemheb y sus hombres. Pero, a diferencia de la del balcón de la Sala de Audiencias, la Ventana Pública era la oficial. Cuando se abría, todo Egipto se detenía para escuchar. Entramos a la sala. Panahesi corrió a abrir la ventana. Al instante, el clamor cesó. Akenatón miró a Nefertiti en busca de guía, de apoyo. Ella dio un paso adelante, levantando los brazos.

Mil egipcios cayeron de rodillas.

—Pueblo de Egipto —tronó ella—, hoy es un día de fiesta. Hoy, Atón le ha dado al faraón poderoso la victoria sobre los hititas.

La alegría recorrió la multitud.

Nefertiti continuó.

—Atón mira al faraón con orgullo. Atón nos bendice.

Akenatón hundió las manos en el pectoral, y extrajo monedas que arrojó a la multitud. Las mujeres comenzaron a chillar y los niños reían y gritaban. Los hombres saltaban. Nadie reparó en los guardias que rodeaban a los soldados, llevándoselos a los calabozos de Amarna.

Di un paso adelante, pero mi padre me retuvo, asiéndome con fuerza.

—No puedes hacer nada por Nakhtmin. —Luché para soltarme.

De pronto, Tiy estaba allí. Hablaba con calma pero con firmeza.

—No seas tonta. Este no es el momento.

—¿Pero qué va a pasarle?

—La gente se sublevará —predijo, con una sequedad brutal—. Si no, ejecutarán a todos los soldados.

Nos quedamos atrás, viendo cómo Akenatón arrojaba puñados de monedas desde el balcón. La gente, desesperada por hacerse con una moneda resplandeciente, se había olvidado de los soldados. Los guardias ordenaban a los hombres de Horemheb que entregaran las armas y los apartaban de la multitud para llevarlos dentro del palacio. Todos obedecieron.

Hasta Horemheb. Hasta Nakhtmin.

—¿Por qué no se resisten? —grité, acercándome más a la Ventana Pública.

—Ellos son cien y los guardias nubios son quinientos —explicó Tiy.

Mi padre me habló:

—Vete ahora —dijo de pronto—. Ve a la habitación de Nefertiti y espérala allí.

La luz de las dos docenas de lámparas iluminaba las pinturas de las paredes. Un artista había retratado a Akenatón y Nefertiti con los brazos alzados para abrazar a Atón. Los rayos del sol terminaban en pequeñas manos con dedos que acariciaban el rostro de mi hermana. Ella y el faraón eran representados como reyes, mientras que Atón era incognoscible e intocable: un disco de fuego que desaparecía todas las noches y reaparecía al amanecer. Miré la habitación. Allí no homenajeaban a ninguno de los dioses que habían hecho de Egipto una gran nación. Ni siquiera a la diosa Sekhmet, que le había otorgado a Egipto la victoria en la tierra de Kadesh.

Tomé una de las pequeñas imágenes de Nefertiti en la mano y sentí que alguien respiraba, profundamente, a mis espaldas. Mi mirada de advertencia hizo callar a los guardias, pero seguían observándome, preguntándose qué hacía yo en la habitación del faraón. Miré la talla diminuta que tenía en la mano. La levanté para que le diera la luz de las lámparas de aceite. Ahogué un grito cuando la luz iluminó su rostro felino. En esas habitaciones no le habían hecho sitio a ningún dios que no fuese Atón, pero allí estaba la diosa gata, la Dama del Cielo, el contrapeso de Amón, la gran madre Mut. Apreté los labios. «He sido cruel con Nefertiti. La he acusado sin saber con seguridad si estaba al tanto de los planes de Akenatón».

Se abrió la puerta. Una figura alta apareció, como una silueta, en la luz del pasillo. ¿Sería el faraón? El corazón me latía con fuerza. Los guardias se inclinaron, en signo de obediencia.

—Alteza.

Suspiré, de inmediato. La corona la hacía parecer más alta a la luz del atardecer.

—¿Mut-Najmat? —Me vio y se acercó, vacilante.

Dejé la estatuilla sobre un arcón. Ella entró en la habitación.

—¿Qué pasa con Nakhtmin?

Sus ojos se posaron en la estatua de ébano. Señaló a la diosa Mut.

—La sustituta.

—¿Sustituta de quién? —No me gustaba el tono amargo que empleaba.

—De ti. —Nefertiti se dirigió bruscamente a los guardias—: ¡Fuera!

Salieron. Cuando cerraron la puerta, me habló de nuevo:

—Estoy en mi tercer embarazo. Ninguno de mis hijos conoce a su tía. Y ahora me pregunto si alguna vez lo harán.

Mis ojos se llenaron de lágrimas. Estaba embarazada de nuevo, ciertamente, y me dolían sus palabras, pero no quería dejarme arrastrar por sus quejas.

—Nefertiti, ¿dónde está Nakhtmin?

Tomó la estatua de Mut y la colocó en la mesa.

—¿Recuerdas cuando éramos niñas —dijo— y nos reíamos al pensar que algún día criaríamos juntas a nuestros hijos y tú serías la estricta mientras que yo sería la que les consintiera todo? —Recorrió la habitación con la mirada, deteniéndose en las pinturas y los murales—. Echo de menos aquellos días.

Insistí, sin dejarme engatusar:

—Nefertiti, ¿dónde está Nakhtmin?

Mi hermana apartó la vista.

—En prisión.

Le cogí las manos. Estaban frías.

—Tienes que sacarlo de allí. Tienes que hacerlo.

Me miró con tristeza.

—Ya he hecho todo lo necesario para que lo liberen. Los otros serán ejecutados. El único que va a salvarse es Nakhtmin.

Cerré y abrí los ojos, trastornada por la sorpresa.

—¿Cómo?

—¿Cómo? —repitió ácidamente—. Le dije a Akenatón que lo deje libre. No me niega nada, Mut-Najmat. Cierto es que se fue corriendo a la habitación de Kiya. ¿Y qué? La que está embarazada soy yo. La reina de Egipto soy yo, no ella.

Parecía una niña pequeña que canta en voz alta en la oscuridad para convencerse de que no tiene miedo. La tomé entre mis brazos con fuerza. Estábamos de pie, a la luz de las lámparas de aceite, abrazadas.

—Voy a extrañarte —susurró—. Quería ser la única persona importante para ti. —Dio un paso atrás y me miró—. Pero nunca hubiera envenenado a tu hijo —susurró—. Nunca…

Le apreté la mano. Miré la pequeña diosa felina.

—Lo sé —le dije. Apoyé la cabeza sobre su hombro y la estreché de nuevo.

Ella asintió.

—Vete. Vete esta noche.

—¿No hay otro camino, Djedefhor?

—Este es el único camino hacia arriba, señora.

Las calles estaban atestadas de gente. Los carros compartían el camino con carretas que saltaban y traqueteaban y había cientos de soldados yendo de un lado a otro.

—¿Qué están haciendo? —le pregunté.

—Hablan —me respondió—. Se han enterado de que el gran general Nakhtmin se ha escapado.

—¿Escapado? Pero no es cierto. Mi hermana…

Djedefhor levantó su mano enfundada en un guante y bajó la voz.

—La gente quiere que sea una fuga. No pasará mucho tiempo antes de que los soldados acudan a él para pedirle que lidere el ejército contra el faraón y tome el trono de Horus.

—Él nunca haría eso —dije, firmemente.

Djedefhor no dijo nada. El carro siguió su camino hacia las colinas donde estaba mi villa.

—Él nunca haría eso —repetí.

—Quizá no, pero el faraón enviará a sus hombres a buscarlo esta noche.

¡Asesinos! Era por eso por lo que Nefertiti había dicho que sus hijos nunca conocerían a su tía. Era por eso por lo que me había forzado a salir de su habitación y me había dicho que me apresurara.

—¿En serio crees que lo buscarán esta noche? —Me acerqué lo suficiente para que Djedefhor pudiera oírme pese al rugido del viento.

Asintió.

—Sé que lo harán, señora.

Contuve la respiración. El carro se acercaba a la villa que había convertido en mi hogar. Nos detuvimos en el patio que había visto tantas veces bajo el sol, pero en la luz menguante parecía, de pronto, amenazador y oscuro. Djedefhor tomó mi mano, y corrimos hacia la terraza. Cuando abrió la puerta de entrada a la villa, di un paso atrás. Había docenas de soldados en mi salón. Nakhtmin estaba allí. Se dio la vuelta y toda la habitación quedó en silencio.

—Mut-Najmat.

Mis ojos se llenaron de lágrimas mientras me estrechaba en sus brazos. En aquella habitación repleta de extraños, nos abrazamos con fuerza. Olía a sudor, tierra y batalla. Di un paso atrás para observar su rostro. Estaba bronceado por el sol y una cicatriz, que aún no se había curado del todo, le cruzaba la mejilla. Pensé en la espada que lo había cortado y las lágrimas acudieron de nuevo a mis ojos.

—No hay un hijo —lloré.

Me miró a la cara, mientras me secaba las lágrimas.

—Lo sé.

Akenatón nos había robado a nuestro hijo y había hecho prisionero a Nakhtmin. Y lo sabía. Sus ojos se cruzaron con los de Djedefhor. Su mirada era amenazante. Me asusté.

—¿Qué harás?

—Nada.

—Mi hermana es la reina. ¿No te rebelarás contra ella?

—Por supuesto que no. Nadie lo hará —afirmó en voz alta, y los soldados se movieron, incómodos, con sus armaduras—. Los dioses han puesto a Akenatón en el trono de Horus y ahí permanecerá.

—¿Hasta cuándo? —gritó uno de los soldados—. ¿Hasta que los hititas conquisten Egipto?

—Hasta que el faraón se dé cuenta de sus errores.

Mi padre entró por detrás, desde el atrio. Su capa blanca barría los azulejos del suelo.

—Hija. —Me tomó la mano.

Miré mi villa. Me di cuenta de que los hombres estaban vestidos para la batalla.

—¿Qué hacen todos estos hombres aquí, en mi casa?

—Vinieron a convencer a Nakhtmin para que tome el trono de Horus —dijo mi padre—. Hice traer a Nakhtmin aquí para que estuviese a salvo, y estos hombres vinieron a buscarlo. Si ellos saben dónde está, el faraón también lo sabe. —Mi padre se me acercó—. Ha llegado el momento de que tomes una decisión, Mut-Najmat.

Mi madre entró y se colocó al lado de mi padre. Sentí que se me hacía un nudo en la garganta. Vi a Ipu en la entrada de la cocina, y a Bastet, que escrutaba la sala desde su puesto, en un pilar. Miré a Nakhtmin.

—Tendré que irme de Amarna —me advirtió—. Y nunca retornaré, a menos que el faraón garantice que estoy a salvo.

—Pero Nefertiti te ha liberado. Ella podría garantizarlo.

Mi padre negó con la cabeza.

—Esta noche tu hermana ha hecho todo lo que puede hacer. Ahora tu destino está en tus manos. Si eliges esta vida, si eliges casarte con Nakhtmin, debes irte de Amarna.

Primero miré a Ipu, luego a Bastet y después a mi jardín hermoso, cuidado.

—Tiy lo cuidará hasta que puedas regresar —me prometió él.

Sentí el miedo en mi pecho al imaginarme una vida sin mis padres.

—¿Pero cuándo sucederá eso? ¿Cuándo podré volver?

Los ojos de mi padre brillaron con el color del lapislázuli pulido al imaginarse un tiempo en que su hija sería faraona de Egipto en todos los aspectos, menos en el nombre. Quizá hasta de nombre. Sería el último gran ascenso de nuestra familia.

—Cuando Nefertiti sea lo suficientemente poderosa como para ordenar que regreses, con o sin el consentimiento de su esposo.

—Pero debo decirlo una vez más: quizá no suceda nunca —advirtió Nakhtmin.

Miré a mis padres y a Nakhtmin. Después deslicé mi mano entre las de este. Sus hombros se relajaron. Le hablé a mi madre:

—¿Vendrás a visitarme? —susurré.

Mi madre asintió pero sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Por supuesto.

—¿Y Nakhtmin estará a salvo?

—Akenatón se olvidará de él —predijo mi padre—. No va a arriesgarse a que Nefertiti se enoje con él por perseguirlo con saña. Nefertiti es la preferida de la gente. Y Akenatón no querrá correr el riesgo de que se enoje.

Ipu metía montones de telas en las cestas y los sirvientes se apresuraban con los preparativos. Los soldados se habían ido y mi madre y mi padre se llevaron a Nakhtmin a un lado para hablar con él, en voz baja, sobre Tebas. El miedo y la excitación crecían en mi interior. Desde el jardín, Tiy miraba cómo cargaban los burros con mis pertenencias. Después entró y me dio una flor de loto para que la llevara conmigo.

—¡La hermana que tendría que haber sido reina! —dijo, no sin dolor.

—No, yo no podría hacer lo que ha hecho Nefertiti.

—¿Hacer un pacto con los hititas, dar a luz a dos niñas en sucesión y erigir estatuas de sí misma en todos los cruces de caminos? —Mi tía le habló a Nakhtmin. En la falda de él aún había signos de la batalla, de la sangre de los enemigos que había matado—. Tu destino ha sido afortunado —le dijo Tiy, finalmente—. Quizás —me dijo a mí— seas la hermana afortunada. La que tendrá una vida pacífica.

La tensión se cernía como una nube sobre la ciudad que estaba a nuestros pies. El calor se asentaba en los poblados, las mujeres abrían las persianas y los hombres recorrían el Camino Real.

—Los hombres están saliendo a la calle. —Me asusté al mirar desde el balcón.

—Se han enterado de que mi hijo planea ejecutar a Horemheb y a sus hombres. Claro que toman la calle.

—Pero ¿por qué regresó, entonces, Horemheb? Debió saber que el faraón iba a encarcelarlo.

Tiy miró a Nakhtmin y adivinó:

—Quizá quería provocar una rebelión.

—No sé —admitió Nakhtmin, cuya voz se suavizó—, tal vez fue por orgullo. Horemheb tiene grandes ambiciones. Sólo sé por qué he venido yo.

Sentí que el calor subía a mis mejillas. Desde el balcón podía ver cómo se llenaban las calles de gente. Mi tía vio lo que yo miraba y levantó las cejas.

—Está comenzando la revuelta.

La miré.

—¿No tienes miedo?

Tiy irguió la cabeza. Era un gesto que le había visto hacer cientos de veces a Nefertiti. De inmediato me invadió un profundo arrepentimiento por fugarme de esa manera en la noche, dejando a mi hermana para siempre.

—Es el precio del poder, Mut-Najmat. Algún día lo comprenderás.

—No. Yo nunca querría ser reina.

Cuando el sol descendió, Nakhtmin y yo montamos en los caballos. Djedefhor zarparía, detrás de nosotros, con una barca llena de sirvientes.

—Te visitaremos cuando podamos —juró mi madre, de pie a la salida de la villa.

Ipu se acercó. Sus ojos estaban rojos. Abrazaba a mi personal: al cocinero, al jardinero, al niño que limpiaba los estanques de nenúfares. Después se unió a Djedefhor, porque iría en la barca con él.

—No tienes obligación de venir con nosotros —le dije de nuevo a Ipu—. Puedes quedarte aquí, con Bastet.

—No, señora, mi vida está contigo.

Nakhtmin se aprestó para la marcha.

—Tenemos que irnos —dijo, tenso—. Se avecina una noche peligrosa.

Mi padre me estrechó la mano.

—¿Qué sucederá si los revoltosos se meten en el palacio? —le pregunté.

—Los soldados los harán retroceder.

—Pero los soldados no están del lado de Akenatón.

—Están del lado de la plata y el oro —afirmó, y de golpe entendí por qué mi padre no se había opuesto a mi boda con Nakhtmin. Con el general de nuestro lado, los soldados no tendrían a nadie que los uniera. Mientras Horemheb siguiera en prisión, nuestra familia tenía asegurado su puesto en el trono de Egipto.

Galopamos con nuestros caballos bajo el manto de oscuridad. Detrás de nosotros venía la caravana que portaba nuestros bienes. Nos apresuramos entre las calles, donde vimos los inicios de la rebelión. Los hombres, armados con palos y piedras, exigían la liberación de los soldados que habían frustrado al rey Suppiluliumas y habían derrotado a los hititas. Cantaban y gritaban cada vez más fuerte mientras atravesábamos la ciudad. Luego oímos el choque de las armas. El fuego ascendía por la ladera de la montaña donde estaban mi villa y mi jardín. Me di la vuelta sobre el caballo, y miré hacia atrás, en medio de la noche.

—El fuego no nos alcanzará —dijo Nakhtmin, mientras comenzaba a trotar porque nos acercábamos a las puertas de la ciudad—. No digas nada —me ordenó.

Extrajo el rollo que mi padre le había entregado. Pude ver el sello del visir Ay a la luz de las antorchas, oscuro como la sangre seca, con la esfinge y el ojo de Horus. El guardia nos miró y asintió para que abrieran las puertas.

De pronto éramos libres.