Capítulo 19

Nuestra casa nueva estaba a orillas del Nilo, enclavada en un acantilado, como si fuera un nido de garzas. En medio de la noche, el edificio tenía un aspecto muerto, vacío. Cuando llegamos a su puerta e hicimos las gestiones pertinentes para comprarla, el dueño no hizo preguntas.

—Fue construida para la hija de un dignatario —explicó—, pero ella dijo que era demasiado pequeña para sus gustos regios.

Observó mis joyas y el corte de mis trajes, preguntándose si no sería pequeña para mí también. Luego añadió:

—Qué extraña hora de la noche para comprar una casa.

—Nos la quedaremos aunque sea una hora tan rara —respondió Nakhtmin.

El dueño nos miró y arrugó la frente.

—¿Cómo supisteis que estaba en venta?

Nakhtmin extrajo un rollo y el hombre lo levantó para iluminarlo con la lámpara. Entonces nos miró de nuevo.

—¿La hija del visir? —Miró de nuevo—. ¿Tú eres la hermana de la esposa principal del faraón?

Enderecé los hombros.

—Sí.

Levantó la vela para mirarme mejor.

—Sí que tienes ojos de gato.

Nakhtmin frunció el entrecejo y el dueño se rió.

—¿No sabéis que fui a la escuela con Ay? —Enrolló el papiro y me lo devolvió—. Crecimos juntos en el palacio, en Tebas.

—No lo sabía —dije.

—¿Nunca os habló de Udjai —comentó—, el hijo de Shalam?

Abrí y cerré los ojos, sin responder. No sabía nada.

—¿Nunca os contó nada de nuestras aventuras de la infancia? Gastábamos bromas a los sirvientes del Grande, corríamos desnudos por los jardines de lotos, nadábamos en la alberca de Isis, ¿no os lo contó? —Vio mi rostro escandalizado y dijo—: Veo que Ay ha cambiado.

—No puedo imaginarme al visir Ay corriendo sin falda por los jardines de loto —dijo Nakhtmin, observando al anciano.

—Claro —Udjai se dio palmadas en la barriga y rió—, pero eran los días de nuestra juventud. Tenía menos pelos en el estómago y más en la cabeza.

Nakhtmin se rió.

—Es bueno saber que eres amigo, Udjai.

—De las hijas del visir Ay, siempre.

Nos miró como si quisiese decir algo más, pero giró sobre sus talones y nos hizo una seña con la mano para que lo siguiéramos. Lo hicimos, por un vestíbulo donde había un perro que levantó una oreja cuando nos acercamos, aunque ni se tomó la molestia de levantarse.

—Me doy cuenta de que necesitáis discreción —dijo Udjai—. A esta hora de la noche, que vengáis sin equipaje ni criados… sólo puede querer decir que habéis hecho enfadar al faraón. —Miró la falda de Nakhtmin, que tenía un león dorado—. ¿Qué general eres?

—El general Nakhtmin.

Udjai se detuvo de inmediato. En su voz había un profundo respeto.

—De ti es de lo único que habla la gente —dijo—. Pero ¿no te hicieron prisionero?

Me puse tensa.

—Mi hermana lo liberó.

El entendimiento iluminó el rostro de Udjai: comprendió por qué estábamos allí en plena noche, por qué no teníamos equipaje, ni siquiera comida para un día.

—Entonces, ¿es cierto que el faraón ejecutará al gran general Horemheb? —susurró.

Nakhtmin se puso muy serio.

—Sí. Si estoy aquí, es sólo por la señora Mut-Najmat. Horemheb no ha tenido esa suerte.

—A menos que los dioses lo acompañen —respondió Udjai, mientras levantaba la vista para mirar un mural de Amón. Vio mi mirada y dio un paso—. La gente no olvida al dios que dio la vida e hizo grande a Egipto. —Se aclaró la garganta, como si le hubiese costado gran trabajo hablar a la hija del visir Ay—. ¿Pensáis esconderos del faraón? —preguntó.

—Nadie puede esconderse del faraón —dijo Nakhtmin, sombrío—. Hemos venido a formar una familia y hacer una vida nueva, lejos de la corte. Mañana sabrán adonde hemos ido. Pero el faraón no es tan imprudente. No enviará a sus hombres a por nosotros. Le teme demasiado a la rebelión.

«Y Nefertiti también», pensé.

Udjai extrajo una llave de una caja dorada.

—Podéis pagarme en varios plazos o podéis pagarlo todo ya mismo.

—Te pagaremos ahora —dijo Nakhtmin, de inmediato.

Udjai hizo una reverencia.

—Es un honor hacer negocios con un general que hubiera sido el orgullo del Grande.

Caminamos por el pasadizo de piedra. Yo temblaba por el frío que se había cernido sobre el desierto. Pero en la mano de Nakhtmin había calor y yo no la soltaba. Dentro de la casa vacía, encendió el hogar. Las sombras se movían en el techo.

Mis ojos se llenaron de lágrimas. Habíamos atravesado juntos el umbral de una casa vacía y eso significaba lo mismo en todas las familias de Egipto. Contuve las lágrimas.

—Ahora estamos casados —dije—. Hace apenas unos días pensaba que estabas muerto y de pronto estamos juntos como marido y mujer, en la oscuridad de la noche.

Nakhtmin me estrechó, acariciando mi pelo negro.

—Los dioses nos protegieron, Mut-Najmat. Estar juntos es nuestro destino. Amón ha escuchado mis plegarias.

Me besó y me pregunté si habría estado con otra mujer. En Kadesh podía haber elegido a la mujer que quisiera. Pero lo miré a los ojos y su arrebatador deseo me dijo lo contrario. Me quitó la túnica. Hicimos el amor cerca del calor del fuego, una y otra vez. Cuando amanecía, Nakhtmin se hizo a un lado para mirarme.

—¿Por qué lloras?

—Porque soy feliz. —Me reí, pero en mi risa también había tristeza y amargura.

—¿Pensabas que no iba a volver? —me preguntó, seriamente.

Mi túnica de lino estaba tirada a los pies del hogar, y por eso me abrigó con su capa. Apreté la mejilla contra el calor de su capa y asentí.

—Me dijeron que te olvidara —susurré. Se me hizo un nudo en la garganta al recordar la noche en que perdimos a nuestro hijo—. Y supe lo del veneno…

Mi esposo apretó los labios. Quería decir algo violento, pero ganó la ternura.

—Habrá otros niños —me prometió, apoyando la mano en mi estómago—. Ni la fuerza de los hititas, por numerosos y fuertes que sean, pudo alejarme de ti.

—¿Pero cómo los derrotaste?

Me contó la historia de la noche en que los guardias nubios de Akenatón lo metieron en una barca con siete hombres que también eran enviados al frente en Kadesh.

—No tengo la menor duda. El faraón estaba seguro de que equivalía a una sentencia de muerte; pero sobrestimó la fuerza de los hititas. Están repartidos por el norte y no tenían hombres suficientes para romper una defensa organizada. Eligieron la ciudad porque apostaban a que Akenatón no enviaría soldados para defenderla, pero estaban equivocados.

—Sólo porque pensó que enviaba a esas personas a la muerte.

—Pero los hititas no lo sabían. El gobernador de Kadesh no lo sabía. Salvamos a Egipto de una invasión hitita; pero van a volver a intentarlo.

—Y la próxima vez no habrá nadie para salvar Kadesh. Cuando Kadesh caiga, nada podrá detenerlos en su marcha hacia Mitanni, y luego a Egipto.

—Podríamos combatirlos —dijo, seguro de sí, recordando el miedo que había impuesto el ejército egipcio en tiempos del Grande—. Ahora podríamos detenerlos.

—Pero el faraón nunca lo hará. —Evoqué la imagen de Akenatón, sus sandalias de cuero blanco, su prístina capa que nunca vería el campo de batalla—. Akenatón el Constructor —dije, despectiva—. Cuando los hititas marchen hacia el sur, los soldados estarán ocupados blanqueando piedras para la ciudad eterna de Atón.

Nakhtmin hizo una pausa para pensar en lo que iba a decir:

—Cuando entramos en la ciudad, a los soldados les impresionó ver a tu hermana en todos los templos —me contó—. Su imagen está en todos lados.

—Le recuerda a la gente quién reina en Egipto —dije, a la defensiva.

Nakhtmin me miró con cautela.

—Hay quienes dicen que hasta se ha puesto por encima de Amón.

Me quedé en silencio. Cuando vio que yo no iba a decir nada en contra de ella, suspiró.

—Sea como sea, me alegra pensar que nuestros hijos sabrán cómo trabajar la tierra y pescar en el Nilo, lo que es caminar por las calles sin que la gente se arrodille ante ellos como si fueran dioses. Serán humildes.

—Si tengo un hijo —medí mis palabras—, Nefertiti nunca va a perdonarme.

Nakhtmin negó con la cabeza.

—Eso ya ha quedado atrás.

—No, nunca quedará atrás. Mientras Nefertiti siga viva y seamos hermanas, nunca quedará atrás.

A la mañana siguiente, el sol se había levantado antes de que dejáramos la esterilla y saliéramos a echar un vistazo. Afuera había mucha conmoción.

—¿Soldados? —Me sentía inquieta.

El oído de Nakhtmin era más agudo que el mío.

—Djedefhor. Y por lo que oigo, también Ipu.

Entonces yo también pude oír el parloteo incesante de mi doncella. Nos vestimos deprisa y abrí la puerta.

—¡Ipu! —exclamé.

—¡Señora! —Dejó la canasta que llevaba en el suelo—. ¡Qué lugar! Es tan grande. El jardín no es tan bonito, pero qué hermosa vista.

La cesta se tambaleó y Bastet, enojado, salió de ella con aire ofendido. Al verme, saltó a mis brazos.

—Ah, querido Bastet, ¿fue tan malo el viaje por el río? —Le di un golpecito en la boca.

—No sé de qué se queja. Djedefhor pescó dos peces y se los dio.

Miré a Djedefhor. Se inclinó.

—Señora.

Nakhtmin lo abrazó con cariño.

—Nunca he tenido la oportunidad de darte las gracias —le dijo mi esposo. Luego me miró—. Le pedí a Djedefhor que te cuidara mientras yo no estaba —explicó.

Me tapé la boca con la mano. Ipu soltó una carcajada.

Djedefhor hundió la cabeza entre los hombros.

—No fue difícil. Unos pocos viajes al pueblo.

—¿Unos pocos? ¡Venías todos los días!

Miré a Nakhtmin y sentí que mi corazón se colmaba de un amor renovado y avasallador. Cuando lo echaron lejos de su familia, se preocupó de dejarme al cuidado de alguien. Me acerqué a Djedefhor y tomé sus manos.

—Gracias —le dije.

Djedefhor se sonrojó.

—De nada, señora. —Miró la casa y dijo, admirado—: Habéis encontrado un lugar hermoso. —Pasó las manos por las paredes—. Un buen edificio. Nada de ladrillos de barro y talatat —agregó.

—Sí, una auténtica ciudad sólida, de piedra caliza y granito —dije.

Vaciamos las canastas que habían traído en la barca y nos pasamos toda la tarde tendiendo alfombras y lavando sábanas. Los vecinos espiaban por las ventanas. Querían ver quién se había mudado a la casa antes destinada a la engolada hija del dignatario.

Ipu movió la cabeza, a la vez con fastidio e ironía.

—Es la tercera persona que viene a buscar una res perdida. ¿Todos perdieron su vaca hoy en Tebas?

Me reí de la curiosidad de las gentes, mientras colocaba los almohadones. Cuando llegó la hora de que Djedefhor se fuera, nos quedamos en la orilla despidiéndolo con la mano. Rodeé a Nakhtmin con mi brazo y le pregunté si creía que volveríamos a verlo.

—¿A Djedefhor? —preguntó—. Por supuesto.

Dudé.

—Ya no eres parte del ejército del faraón, Nakhtmin.

—Pero los vientos soplarán y las arenas se moverán. Akenatón no será faraón para siempre.

Me puse tensa entre sus brazos.

—No tengo nada contra tu hermana, miw-sher; pero nadie es inmortal.

—Mi familia siempre ha estado en el trono de Egipto.

Nakhtmin apretó los labios.

—Lo sé, y eso me preocupa.

Regresamos a la casa y fui detrás de él hasta la sala.

—¿A qué te refieres?

—A que si su alteza real muere, ¿qué hilo sucesorio quedará en el trono? Akenatón no tiene hermanos legítimos. —Me miró—. Sólo estás tú, miw-sher.

Sólo yo. Me di cuenta de que era cierto, y temblé. Si algo le sucedía a Nefertiti, si Akenatón moría, el nuevo faraón necesitaría un lazo con el trono para que su aspiración fuese legítima. Tendría que casarse con quien proporcionara ese lazo. ¿Y qué mujer de la familia real estaría en edad de casarse si algo sucedía en ese momento? Ninguna de las niñas de Nefertiti. Sólo yo.

—¿Nunca lo habías pensado? —me preguntó.

—Por supuesto que sí. Pero en realidad no… —dudé—. No seriamente.

—Si Akenatón muere sin tener un hijo, uno de sus generales estará en condiciones de tomar el reino de Egipto —explicó Nakhtmin—. Por eso hay gente que ahora anda diciendo que me he casado contigo para reclamar el trono de Egipto.

Lo miré con recelo.

—¿Eso hiciste?

Me abrazó.

—¿Tú qué crees?

Sus besos comenzaron a descender por mi cuerpo y cerré los ojos.

—Creo que fue por amor.

Detuve sus manos y nos retiramos a la habitación. Ipu sabía que no tenía que molestarnos.

Durante el primer mes en Tebas no hicimos más que disfrutar de nuestra vida apacible junto al agua. Oíamos las grullas que buscaban comida en la arena, y las campanas de bronce que los campesinos ataban al cuello de las vacas que pastaban a orillas del Nilo. íbamos al mercado a elegir las cosas para nuestro nuevo hogar, disfrutando del anonimato. Aunque me vestía de lino y tenía alhajas de oro, no era distinta de las hijas de los sacerdotes y escribas, cuyas muñecas relucían con sus brazaletes de plata y otros ricos metales.

En dos ocasiones llegaron soldados con las armaduras puestas. Habían viajado desde Amarna y buscaban a Nakhtmin para hablarle en secreto. Siempre se inclinaban ante él, a pesar de que ya no era general.

—Él es el teniente Nebut —dijo Nakhtmin la segunda vez que se nos acercaron. El teniente se llevó una mano a la frente para darse sombra y sonrió.

—¿Sabes que de lo único que hablan en Amarna es de tu esposo?

—Espero que no hablen en voz muy alta —le dije—, o pondrán en peligro nuestras vidas.

El teniente asintió.

—Por supuesto, señora. Ninguno de los hombres ha olvidado lo que le sucedió a Horemheb. —Bajó la voz—. Pero dicen que, después de todo, a lo mejor el faraón no lo ejecuta.

Miré a Nakhtmin de inmediato.

—¿Qué hará, entonces?

—Dejar a los hombres en prisión —respondió mi marido.

—Sí. Hasta que la gente se olvide. Pero hace un mes que muchos se plantan a la entrada de la cárcel. Los guardias del faraón los hacen retroceder, pero la multitud regresa una y otra vez. Su propia ciudad se le ha vuelto en su contra. —Su voz se convirtió en poco más que un murmullo—. La noche en que me fui, declararon que todos los hombres que protestaran en su contra eran traidores. Ya habían mandado matar a varios hombres.

Nakhtmin negaba con la cabeza.

—Ahora la gente se queda en la puerta sin decir nada, es una multitud silenciosa.

Me imaginé la furia de Akenatón al ver a la multitud que protestaba desde la Ventana Pública, con Panahesi al lado de él, diciéndole mentiras para halagarlo.

—Tendrá que resolverlo pronto —predijo Nakhtmin.

—Lo hará —aseguré—. El faraón anunciará un festival de Atón. Arrojará oro desde sus carros y la gente olvidará.

Al otro día anunciaron el festival de Atón.

Al darme cuenta de que un hombre como Nebut pensaría que yo era astuta y ambiciosa como mi familia, me sentí muy mal. Estaba segura de que en los recintos de la eternidad mi nombre resonaría junto al de Nefertiti. Sabía que si los dioses borraban su nombre de los papiros de la vida, también borrarían el mío.

Todo Tebas había salido a la calle. Caminábamos por la ciudad para ver las celebraciones. Los bailarines y los acróbatas atestaban el muelle junto a los comerciantes que vendían pescado horneado y faisán. Vi a hombres que adoraban una imagen del sol tallada en una columna.

—Sólo me pregunto qué pensarán los dioses en este momento. —Nakhtmin me había leído el pensamiento, mientras miraba a las mujeres que hacían ofrendas al sol.

Las celebraciones siguieron durante toda la noche. Desde nuestra villa enclavada por encima del Nilo podíamos oír las canciones y el musical tañir de las campanas festivas. Nos fuimos a dormir con los cantos de la disipación y la borrachera en los oídos. «Así haces que la gente olvide. Vino para todos, pan para todos, un día sin trabajar, y de pronto Horemheb se convierte en un nombre enterrado en la arena».

Al otro día llegó un mensajero de Amarna.

—De parte del visir Ay —dijo el niño que traía el recado, y se quedó expectante.

Leí el rollo. Luego fui al jardín para leérselo en voz alta a Nakhtmin.

—Noticias de Amarna. —Desenrollé el papiro y se lo leí.

Espero que cuando recibas esta carta estés bien, Mut-Najmat, que hayas tenido la sabiduría de protegerte y de proteger a tu marido de las habladurías del pueblo y de las mujeres en el pozo de agua. No hace falta que te diga cuánto te añora tu madre. Pero en la ciudad hay una rebelión, una rebelión silenciosa que corroe al faraón, que sólo se calma ante la influencia de la reina NeferNeferuatón-Nefertiti.

—¿Reina NeferNeferuatón-Nefertiti? —preguntó Nakhtmin.

—Las Bellezas de Atón son Perfectas —traduje, incrédula.

Si los hititas nos invaden, ni tú ni Nakhtmin estaréis a salvo. Akenatón no es estúpido. Ante el primer signo de un verdadero levantamiento, ejecutará a Horemheb y luego enviará a sus hombres a Tebas. No creas que estás a salvo porque vives alejada de la corte. Si hay una rebelión, Udjai te pondrá sobre aviso y huirás a Akhmim. No nos escribas ni envíes nada a la ciudad del faraón hasta que el descontento se haya aplacado en Amarna. Sólo son precauciones, pequeña gata. Tu corazón le pertenece a tu marido, pero si Akenatón cae, te debes a tu familia.

Nakhtmin quiso ver el rollo.

—Tu padre no se anda con rodeos.

Dejé el rollo sobre mi falda.

—Sólo es sincero.