Capítulo 26
Un día, unos meses después, los dolores llegaron con el amanecer. Fue el trabajo de parto más largo de mi hermana. En un rincón, las comadronas se miraban, inquietas, hablando del ruibarbo y de la ruda y otras plantas adecuadas al caso.
—¿Qué dicen? —gritó Nefertiti.
—Que nunca has tenido tantos dolores —le conté, con sinceridad.
—Si algo fuese mal, me lo dirías —dijo, jadeando—. Si ellas saben algo…
—No pasa nada —la interrumpí, mientras le ponía la mano en la frente para calmarla.
Se aferró a los brazos de la silla de parto.
—¡Mawat! —gritó—. ¿Dónde está mi padre? Me duele mucho.
—¡Empuja! —gritaron, a la vez, las comadronas.
Nefertiti se apoyó contra la silla mullida. Sus gritos podían despertar a Anubis. Y entonces llegaron.
Eran dos.
Las comadronas gritaron.
—¡Son dos!
Y Nefertiti preguntó:
—¿Qué son? —Se inclinó para mirar—. ¿Qué son?
Las parteras se miraron, preocupadas. Luego, una de ellas dio un paso adelante y respondió:
—Hijas, alteza.
Los gemidos agudos de las criaturas recién nacidas perforaron el aire. Nefertiti se desplomó en la silla de parto. Lo había intentado cinco veces. Cinco veces y seis niñas. En la sala se oyeron gritos y llantos de alegría. Mi madre sostuvo en alto a una de las pequeñas.
—Llevadme a la cama. —En cuanto estuvo lavada y vestida, en cama, Akenatón entró en la sala de partos.
—¡Nefertiti! —Miró a su esposa y al ver que estaba viva, buscó a sus criaturas.
—¡Son dos! —Las comadronas fingían alegría.
La mirada de Akenatón era triunfal. Después su paz se alteró.
—¿Hijos? —preguntó con ansia.
—No, dos hijas hermosas —dijo la partera mayor, y la reacción fue extraña, porque ningún hombre se hubiese mostrado más contento.
Akenatón corrió de inmediato al lado de Nefertiti.
—¿Cómo las llamaremos?
Ella le sonrió, pero yo sabía que era presa de una amarga desilusión.
—Stepenre —respondió Nefertiti—. Y…
—Neferneferuatón —apuntó el faraón.
—No. Neferneferure.
Miré a Nefertiti. Supe, por la dureza de su mirada, que no iba a darle a ninguna de sus nuevas hijas el nombre de un dios que le había dado seis princesas. Me pregunté si Amón le hubiese dado un príncipe.
Akenatón tomó la mano de mi hermana y se la llevó a su pecho.
—Neferneferure —concedió—. Por ser la hija de la mujer más bella del mundo.
Cuando se enteró, mi padre se sentó fuera de la sala de partos y pidió algo para beber.
—Seis niñas —dijo, anonadado; no podía creerlo—. Le da un hijo a Kiya y tu hermana tiene seis niñas.
—Pero él las quiere. Hasta es posesivo con ellas.
Me miró.
—Puede quererlas más que Atón, pero la gente pensará otra cosa.
La voz se corría por toda Amarna. Fui a buscar a mi esposo al jardín.
—¿Te has enterado? —le pregunté, mientras me cubría los hombros con la capa.
—Dos.
—No sólo dos —dije, suavemente, y mi aliento dibujó una nube de vaho en el jardín—. Dos niñas.
—¿Cómo se lo tomó él? —preguntó Nakhtmin.
Me senté junto a él en un banco, cerca del estanque de lotos, y me pregunté cómo podían nadar allí los peces con tanto frío.
—¿Te refieres a Akenatón o a mi padre?
—A tu padre. Me imagino cómo se siente el faraón. En realidad no quiere varones. No hay hijo con el que competir por el afecto de Nefertiti. No hay príncipe del que cuidarse cuando se convierta en un anciano. Panahesi cree que maneja todos los hilos. No sabe cuánto teme el faraón a Nebnefer.
—Pero si Nebnefer sólo tiene diez años…
—¿Y cuando tenga catorce o quince? —preguntó mi marido.
Miré cómo los peces salían a la superficie del estanque, con sus bocas redondas buscando comida.
—¿Tendrías celos de un hijo?
—¿Celos? —se rió—. No habría mayor bendición —dijo, con tono serio—. Claro que si nunca llega…
Tomé su mano y la apreté con suavidad.
—Pero ¿y si sucediera?
Me miró, intrigado, y sonreí. Saltó del banco.
—¿Estás…?
Asentí, con una gran sonrisa.
Me levantó del banco y me tomó entre sus brazos.
—¿Cuánto hace que lo sabes? ¿Estás segura? ¿No será…?
—Ya estoy de tres meses —dije, riéndome, en un feliz estado de delirio—. No se lo he dicho a nadie, ni siquiera a Ipu. Esperé hasta estar segura de que no era una falsa señal.
La dicha de su rostro era profunda y sobrecogedora.
—Miw-sher. —Me estrechó y me acarició el pelo—. Un hijo, miw-sher.
Asentí, riéndome.
—En Pashons.
—Un hijo de la cosecha —dijo, maravillado.
No había nada más auspicioso que un hijo de la cosecha. Nos quedamos allí, cogidos de la mano, mirando el estanque. El aire no parecía tan amargo.
—¿Se lo dirás a tu hermana?
—Primero se lo diré a mi madre.
—Tenemos que decírselo antes de irnos a Tebas. Querrá arreglarlo todo para estar allí contigo.
—Si es que mi hermana no ordena que tenga mi hijo aquí. —Eso hubiese sido típico de Nefertiti. Nakhtmin me miró—. Claro que le diré que no, pero de todas formas tendríamos que quedarnos unos pocos meses más. Ese tiempo extra calmaría a Nefertiti, sobre todo si es un varón.
—¿Siempre hay que calmar a Nefertiti? —preguntó él.
Miré a los peces hambrientos y le dije la verdad, tal como hacíamos siempre en mi familia.
—Sí.
Nakhtmin me acompañó a darle la noticia a mi madre. Estaba con mi padre en el Per Medjat, calentándose junto al brasero, mientras él escribía un borrador de la proclama que enviarían a los reyes extranjeros con la noticia de que el faraón de Egipto había sido bendecido con dos descendientes más.
Los guardias abrieron las pesadas puertas y mi madre se dio cuenta de todo en cuanto vio la expresión en el rostro de Nakhtmin.
—Ay —dijo, advirtiéndole de que sucedía algo grande, mientras se ponía de pie.
Mi padre, alarmado, dejó el rollo sobre la mesa.
—¿Qué? ¿Qué sucede?
—¡Lo sabía! —Mi madre aplaudió fuerte y corrió a abrazarme—. ¡Lo sabía!
Nakhtmin le sonrió a mi padre.
—En esta familia también habrá un descendiente.
Mi padre me miró.
—¿Embarazada?
—De tres meses.
Mi padre rió. Era un sonido infrecuente, precioso. Después se puso de pie y vino a abrazarme.
—Mi hija menor —dijo, mientras me sostenía la barbilla con la mano— a punto de ser madre. ¡Seré abuelo por séptima vez!
Por unos pocos, maravillosos instantes, fui la hija que había hecho algo que valía la pena. Iba a traer un hijo al mundo. Una parte de su sangre y de su carne, una parte de nosotros que duraría hasta que las arenas desaparecieran. Nos quedamos allí, como una familia feliz y sonriente. La puerta se abrió y allí apareció Meritatón, que nos miraba.
—¿Qué sucede?
—Tendrás un primo —le dije.
Con una seguridad impropia de su edad, dijo:
—¿Estás embarazada?
Sonreí.
—Sí, Meritatón.
—¿Pero no eres demasiado vieja?
Todos rieron y Meritatón se sonrojó.
Mi madre chasqueó la lengua con suavidad.
—Sólo tiene veinticuatro años. Tu madre tiene veintiséis.
—Pero este fue su quinto embarazo —explicó Meritatón, como si todos fuésemos demasiado tontos para entenderlo.
—Bueno, a mí tener un hijo me lleva más tiempo que a otras.
—¿Porque Nakhtmin se fue?
En la Sala de los Libros hubo un silencio incómodo.
—Sí —dijo mi padre finalmente—, porque Nakhtmin se fue.
Meritatón se dio cuenta de que había dicho algo que no tendría que haber dicho y me abrazó.
—Veinticuatro años no son tantos —dijo, con tono serio, dándome el visto bueno—. ¿Se lo dirás a mi madre ahora?
Respiré hondo.
—Sí, creo que se lo diré ahora.
Nefertiti seguía en la sala de partos. Yo estaba preparada para su reacción de furia, el llanto o el drama. Un hijo me apartaría de ella. No estaba preparada para su alegría.
—¡Ahora tendrás que quedarte en Amarna! —gritó, feliz.
Pero era una alegría calculada. Las damas que estaban en la sala de partos me miraron con interés. Podían oír lo que decíamos, por encima de la música suave de las liras.
—Nefertiti —la interrumpí, bruscamente—, me iré a casa a tener a mi hijo.
Mi hermana me miró como si la hubiera traicionado, con una mirada tan bien lograda que yo quedaba ante todos como si estuviera loca.
—Esta es tu casa.
La miré detenidamente.
—¿Y crees que si tengo un hijo, ese hijo estaría a salvo en Amarna?
Se sentó, tiesa, en su cama.
—Por supuesto que estará a salvo. Si es que es un niño.
—Me quedaré dos meses más —le prometí.
—¿Y luego, qué? ¿Te irás y te llevarás a nuestra madre contigo?
—No te preocupes, nuestra madre no te dejará sola —respondí de inmediato—. Ni siquiera para verme tener a mi primer hijo.
Se rió, avergonzada, delante de tantas mujeres.
—¡Mutni! No me refería a eso. —Se movió entre los almohadones, que se expandían, grandes y pesados, alrededor de su pequeña figura—. Ven, siéntate.
«Ahora quiere arreglar las cosas conmigo», pensé.
—¿Sabes que mañana habrá una fiesta? —preguntó—. Durará tres noches. Tutmose esculpirá un nuevo retrato de la familia para el templo. Para que Panahesi recuerde.
Tendría que soportar su visión cada vez que pasara por el altar de Atón. Nefertiti con el áspid y la corona. Nefertiti y sus seis hermosas hijas.
Bajó la voz.
—Panahesi cree que porque ahora he tenido dos niñas nunca habrá un hijo. Cree que la corona de Egipto será para Nebnefer. Pero yo modificaré eso, Mutni.
Miré hacia atrás.
—¿Cómo?
—No lo sé —admitió—, pero encontraré la forma.
El tercer día de fiesta, Nefertiti cerró la puerta de su habitación, cegada por una furia incontrolable. Antes de que pudiera calmarla, arrojó el pesado cepillo contra la pared y las baldosas en que se estrelló se hicieron añicos.
—¿Le doy dos hijas y se va con Kiya?
Mi padre ordenó a una sirvienta que recogiera los destrozos y agregó, con tono adusto:
—Bárrelos y cierra la puerta cuando te vayas.
Esperamos a que la joven cumpliera con las instrucciones. Nefertiti echaba humo. Cuando la joven cerró la puerta, mi padre se puso de pie.
—Contrólate —le ordenó.
—¿Que me controle? Acabo de darle dos hijas, dos, y eso no es suficiente…
—Le has dado seis niñas.
—Tenemos que ir otra vez a donde está ella…
—De ninguna manera —dijo mi padre—, ahora es demasiado peligroso.
—¡Esta vez Mutni puede hacerlo!
Mi padre la miró con expresión seria.
—No meterás a tu hermana en esto.
Traté de convencerme de que lo que decían no tenía que ver con la pérdida del segundo hijo de Kiya.
—Dejaremos el asunto en manos de los dioses —dijo mi padre.
—Pero antes de un mes estará embarazada —susurró mi hermana—. ¿Y si tiene otro heredero para la corona? —Su pánico aumentó—. Un hijo puede morir, pero dos…
—Entonces tendremos que encontrar otra manera de retener el trono. Con o sin seis niñas.
Siete días después, el primero de Famenoth, dos sacerdotes se presentaron en la Sala de Audiencias y le anunciaron a la corte:
—Alteza, nuestros sacerdotes han tenido una gran visión.
Mi padre y Nefertiti se miraron. Estaba claro que no era una de sus tramas.
Akenatón se adelantó en el asiento.
—¿Una visión? —preguntó—. ¿Qué tipo de visión?
—Una visión sobre el futuro de Egipto —susurró, de manera mística, el sacerdote de más edad.
Panahesi se puso de pie, muy interesado, y supimos de inmediato qué era lo que tenía entre manos. Esperaba aquel momento desde que Nefertiti había utilizado el truco del sueño para convencer a Akenatón de que tenía que convertirlo en sumo sacerdote en vez de tesorero. Gritó, con afectación:
—¿Cómo es posible que no me hayan informado de esta visión?
El sacerdote anciano se inclinó, haciendo un ademán teatral con la mano.
—Es que ha sobrevenido esta mañana, gran sacerdote. Dos sacerdotes fueron bendecidos con una aparición de Atón.
Miré a Panahesi y al otro sacerdote, que tenía un rostro redondo y amable. No se trataba de un sacerdote, sino de dos. Panahesi había elegido sus marionetas a la perfección.
—Ten cuidado con los falsos profetas —advirtió Nefertiti desde su trono.
La corte irrumpió en un susurro expectante.
—¿Cuál fue la visión? —inquirió Akenatón.
El sacerdote más joven dio un paso hacia delante.
—Alteza, hoy hemos recibido una revelación en el templo de Atón.
—¿Dónde, exactamente? —preguntó Nefertiti y Akenatón frunció el ceño ante la dureza de su voz.
—En el patio, bajo el sol, majestad.
El lugar ideal.
—Honrábamos a Atón con incienso cuando una luz brillante se posó ante nosotros y vimos…
El sacerdote mayor lo interrumpió.
—¡Tuvimos una visión!
Akenatón estaba entregado.
—Eso ya lo habéis dicho, pero una visión ¿de qué?
—De Nebnefer con la doble corona.
Panahesi, entusiasmado, dio un paso hacia delante.
—¿Nebnefer? ¿Se refieren al hijo de su alteza?
—Sí —confirmó el sacerdote mayor.
Toda la corte se puso tensa, a la espera de la reacción de Akenatón.
—Una visión muy interesante —dijo mi padre—. Nebnefer —arqueó las cejas, suspicaz— con la corona de Egipto.
—Las visiones de Atón nunca se equivocan —dijo Panahesi bruscamente.
—No —coincidió mi padre—, Atón nunca miente. Y además había dos testigos. Dos sacerdotes tuvieron la visión.
Panahesi se removió dentro de su manto de piel de leopardo. La conformidad de mi padre no lo convencía.
—Un hijo para gobernar en el trono de Egipto —prosiguió mi padre—, con la corona que alguna vez estuvo en la cabeza de su padre. ¿No tuvo el Grande la misma visión?
La gente de la corte se dio cuenta de lo que estaba haciendo: alimentaba el temor del faraón por su heredero. Akenatón se puso pálido.
Mi padre agregó deprisa:
—Pero Nebnefer es leal, por supuesto. Estoy seguro de que es un hijo que servirá bien a su majestad.
Era un giro que Panahesi no había previsto.
—Por supuesto que Nebnefer es leal —tartamudeó—, claro que sí.
Akenatón miró a mi padre, que hundió la cabeza entre los hombros, con astucia.
—Es un riesgo que corren todos los faraones con los hijos.
¿Y quién mejor que Akenatón para saberlo? Sentí un estremecimiento triunfal, sin duda el mismo sentimiento que experimentaba mi padre cada vez que derrotaba a un oponente con su inteligencia.
Kiya se puso roja de furia.
—Nadie puede probar que el príncipe sea desleal —chilló.
Akenatón miró a los sacerdotes.
—¿Cómo era el resto de la visión? —quiso saber.
—¡Sí! —Nefertiti se puso de pie, para regar la semilla que nuestro padre había plantado—. ¿Había derramamiento de sangre?
Toda la corte miró a los sacerdotes. El más joven respondió:
—No, alteza. No había derramamiento de sangre, no había traición, sólo una brillante luz dorada.
Akenatón miró al sacerdote mayor en busca de confirmación.
—Sí —se apresuró a decir el anciano—. Nada de violencia.
Panahesi hizo una profunda reverencia.
—Alteza, puedo traer ahora al príncipe Nebnefer. Puede probar su lealtad.
—¡No! —Akenatón miró a sus princesas, sentadas en sus pequeños tronos—. Meritatón, ven aquí.
Meritatón se puso de pie y se sentó en las rodillas de su padre. La corte, expectante, miraba.
—Siempre serás leal a tu padre, ¿no es cierto? —le preguntó.
Meritatón asintió.
—¿Y enseñas a tus hermanas a ser leales a tu padre?
Meritatón asintió de nuevo y Akenatón sonrió como un padre afectuoso.
—¿Lo ha oído la corte? —preguntó, en voz alta. Se puso de pie, dejando a Meritatón a un lado—. Las princesas de Egipto son leales —juró—, ninguna de mis hijas ambicionará mi corona.
Kiya miró, desesperada, a Panahesi.
Panahesi comenzó a decir:
—Alteza, el príncipe Nebnefer nunca…
—Muy bien —anunció Nefertiti, interrumpiendo el lamento del visir—, ya hemos oído la visión de Atón… y hemos tenido bastante.
Despidió a los sacerdotes con la mano y la corte entera se puso de pie.
Kiya se apresuró a correr junto a Akenatón.
—Lo que vieron los sacerdotes fue sólo eso, una visión —dijo atropelladamente—. Le he enseñado a nuestro hijo a ser leal, tal como lo soy yo contigo y con Atón.
La mirada de Akenatón no tenía piedad.
—Por supuesto que eres leal. No serlo sería una estupidez.