Capítulo 5

A la mañana siguiente, Nefertiti fue a mi cama. Me sacudió y para despertarme de un sueño profundo o, más que un sueño, un abismo de extenuación. Me senté deprisa, temerosa de que algo hubiese ido mal.

—¿Qué pasa? ¿Qué sucedió?

—Le hice el amor al rey.

Me restregué los ojos. Miré a su lado de la cama. Estaba sin deshacer.

—¡Y has pasado con él la noche entera! —Eché las sábanas a un lado—. ¿Cómo fue?

Se sentó. Encogió sus hombros morenos.

—Doloroso, pero luego te acostumbras.

Ahogué un grito.

—¿Cuántas veces lo has hecho? —grité.

Sonrió de forma perversa.

—Varias. —Echó un vistazo a la habitación—. Tendríamos que mudarnos de habitación de inmediato. La reina de Egipto no duerme en una cama con su hermana. De hoy en adelante, dormiré con Amenhotep.

Salí de la cama dando un salto.

—Pero si sólo hace cuatro días que estamos en Tebas. Y mañana Tiy anunciará cuándo nos vamos. Podría ser de aquí a un mes.

Nefertiti ignoró mis argumentos. Para ella no había objeciones que valieran.

—Haz que las sirvientas preparen tus hierbas y lo empaqueten todo. Crecerán igual de bien a la luz del sol, a unas pocas salas de distancia.

Nefertiti no le habló a nadie de nuestra mudanza. No iba a ser yo la que se lo dijera a mi padre. Me había dicho que acudiera a él ante el más mínimo signo de problemas, pero, según mi parecer, no había ningún problema en trasladarse un patio más allá. Por otro lado, en poco tiempo lo sabría todo el palacio.

—Kiya va a ponerse como loca. —Nefertiti reía, casi bailando, en nuestras habitaciones nuevas. Señalaba los tapices que quería cambiar de sitio o reemplazar por otros.

—Ten cuidado con Kiya —le respondí—. Su padre es poderoso y puede traernos problemas. Y si Kiya tiene un hijo, Panahesi será el abuelo del heredero de Egipto.

—Estoy segura de que estaré embarazada a fines de Shemu. —Las dos miramos su vientre. Era delgado y esbelto. Sin embargo, al llegar a la estación de Pashons ya podría llevar en su seno al heredero de Egipto—. Y mis hijos siempre tendrán prioridad para ocupar el trono. Si puedo tener cinco hijos de Amenhotep, nuestra familia tendrá cinco oportunidades.

Sólo si todos sus hijos morían, podría aspirar al trono un hijo de Kiya.

La vi levantar un hermoso peine y comenzar a pasárselo por la cabeza. La negrura profunda y sedosa del cabello enmarcaba su rostro. Se abrió la puerta de la antecámara y entró Amenhotep.

—Reina de Egipto y reina de mi… —Se detuvo, de pronto, cuando me vio en su habitación. Su humor se ensombreció—. ¿De qué hablan las dos hermanas?

—De ti, por supuesto. —Nefertiti abrió los brazos, restándole importancia a sus sospechas, y lo abrazó.

—Cuéntame —dijo, en tono íntimo—, ¿qué novedades me traes?

El rostro de Amenhotep se iluminó.

—Mañana, mi madre anunciará cuándo nos iremos a Menfis, donde construiremos templos nunca vistos.

—Deberíamos comenzar de inmediato —dijo mi hermana—. Serás conocido como Amenhotep el Constructor.

—Amenhotep el Constructor. —Una mirada soñadora asomó a los ojos de Amenhotep—. Se olvidarán de Tutmosis en cuanto vean mi obra. Cuando vayamos a Menfis —siguió Amenhotep, decidido—, el arquitecto de mi padre tendrá que venir con nosotros. —Se soltó del abrazo de mi hermana—. Escribiré a Maya para asegurarme de que comprenda la magnitud de la elección que debe hacer —dijo, mientras se encaminaba, deprisa, a su habitación—. Afrontar el futuro o enterrarse en el pasado.

La puerta se cerró tras él. Miré a Nefertiti. No quería mirarme a los ojos. Cuando alguien llamó a la puerta, se puso de pie rápidamente.

—¡Visir Panahesi! —dijo, encantada—. ¿Quieres entrar?

Panahesi dio un paso atrás. Estaba claramente conmocionado por haberla hallado en la antecámara privada del rey. Pasó, con recelo, como si pensara que estaba entrando en una pesadilla. La voz de mi hermana no fue demasiado dulce al preguntarle:

—¿Qué quieres?

—He venido a ver al faraón.

—El faraón está ocupado.

—No juegues conmigo, niña. Voy a verlo. Soy el visir de Egipto y tú sólo eres una entre muchas esposas. Harás bien en recordarlo. Ahora puede mostrarse apasionado contigo, pero su pasión va a enfriarse a fines de Shemu.

Contuve la respiración. Me preguntaba qué pensaba hacer Nefertiti. Luego, ella giró sobre sus talones y fue a buscar a Amenhotep, dejándome sola. El visir señaló la segunda habitación con la cabeza.

—¿Es esa ahora tu habitación?

—Sí.

—Qué interesante.

Amenhotep reapareció con mi hermana. Panahesi se inclinó, de inmediato, haciendo una reverencia.

—Lo hiciste todo muy bien ayer, majestad. —Fue deprisa al lado del rey y agregó—: Lo único que te falta, señor, es zarpar hacia Menfis y ascender a tu trono.

—Y esperar a que muera el Grande —añadió Amenhotep, con brutal franqueza—. No se da cuenta de la codicia de los sacerdotes de Amón.

Panahesi nos miró a las dos.

—¿Podríamos hablar de esto en otro lado?

Nefertiti fue rápida.

—Mi esposo confía en mí, visir. Puedes decir lo que tengas que decir en presencia de quienes nos hallamos aquí. —Sonrió dulcemente a Amenhotep, pero sus ojos estaban colmados de advertencias: «Si dejo de amarte, y puedo hacerlo, la adoración de la gente se desvanecerá». Le tocó muy suavemente el hombro—. ¿No es cierto lo que digo, amado?

El asintió.

—Por supuesto. Confío en mi esposa tanto como en Atón.

Panahesi se enfureció.

—Pero puede que su majestad no quiera que la información delicada, la más secreta, sea oída por otras mujeres jóvenes e impresionables.

—Mi hermana es joven, pero no impresionable —dijo Nefertiti, con dulzura—. ¿Quizá lo dices porque recuerdas cómo era tu hija cuando tenía la misma edad?

Amenhotep rió.

—Adelante, visir, habla. ¿Qué es lo que quieres decir?

Pero Panahesi había cambiado de rumbo.

—Sólo vine a felicitar a su majestad. —Se dio la vuelta para irse, y entonces, como si lo hubiese pensado de nuevo, habló—: Aunque muchos hubiesen querido ver ayer a tu hermano en el puesto que ocupaba su majestad, estoy seguro de que sabrás gobernar con más sabiduría y fuerza.

—¿Quién hubiese querido ver a mi hermano en mi lugar? ¿Quién hubiese querido a Tutmosis en el trono?

Panahesi había encontrado la manera de derrotar a Nefertiti.

—Hay ciertas facciones, señor, que hubiesen preferido a Tutmosis. Su majestad los conoce, con seguridad. Unos te han felicitado, y otros no. Claro que, una vez que lleguemos a Menfis, quedará en evidencia quiénes son. Se verá quién elige quedarse con nosotros y quién prefiere quedarse atrás.

—¿Vendrá Maya, el arquitecto, con nosotros? —preguntó Amenhotep.

—Es posible —Panahesi abrió las manos—, si lo convencemos.

—¿Y el ejército?

—Se dividirá en dos.

Amenhotep guardó silencio. Después dijo, venenoso:

—Asegúrate de que la corte se entere de que, cuando vaya a Menfis, estarán conmigo o en mi contra. ¡Y que es mejor que recuerden cuál de los faraones vivirá más tiempo!

Panahesi hizo una reverencia para salir de la habitación.

—Haré lo que se me ordene, majestad.

Nefertiti cerró la puerta detrás de él. Amenhotep se dejó caer en una silla de oro y cuero.

—¿Por qué no vino tu padre a felicitarme en la coronación?

—Mi padre no ofrece felicitaciones cuando no son necesarias. Todos saben que has sido elegido por los dioses para gobernar como faraón.

Amenhotep levantó la vista debajo de sus gruesas pestañas. Era como un niño. Una criatura enfurruñada e insegura. Peligroso.

—Entonces, ¿por qué dijo Panahesi que…?

—Miente —exclamó Nefertiti—. ¿Quién va a ser tan idiota como para preferir el gobierno de tu hermano, cuando puede servir a un faraón como tú?

Pero una inquietante luz había centelleado en los ojos de Amenhotep. Miró hacia otro lado.

—Si mi hermano no hubiese muerto, serías su esposa.

—Nunca hubiera sido la esposa de Tutmosis —dijo Nefertiti de inmediato.

El rumbo que tomaban los pensamientos del rey era peligroso. Amenhotep me miró.

—Dicen que la hermana de Nefertiti nunca miente. ¿Tu padre mencionó alguna vez a Tutmosis en tu casa?

Nefertiti se puso pálida. Asentí, lentamente.

Tuve la inteligencia de darme cuenta de que si no mentía en ese momento, Kiya se convertiría en la favorita en Menfis y mi hermana sólo sería una de tantas esposas del rey. Amenhotep se inclinó hacia delante. Su rostro se veía sombrío. Sólo se necesitaba una mentira para cambiar la eternidad, para asegurarme de que nuestros nombres vivieran para siempre en los gloriosos monumentos de Tebas. Miré a Nefertiti, que aguardaba mi respuesta. Miré luego a Amenhotep a los ojos y respondí como a mi padre le hubiese gustado que lo hiciera, de la manera que quería Nefertiti.

—El visir Ay siempre creyó que tú serías el que ocuparía el trono de Egipto. Mi hermana estaba destinada a ti, incluso cuando eras un niño.

Amenhotep me miró.

—El destino —susurró, y se reclinó en la silla—. ¡Era el destino! ¡Tu padre sabía que yo iba a ocupar el trono de Egipto!

—Sí —susurró ella, mirándome.

Yo tenía un nudo en la garganta. Tragué saliva. Había mentido por ella. Había ido contra mi conciencia para proteger a mi familia.

El faraón de Egipto, de diecisiete años, se puso de pie.

—¡Ay será el visir principal en todas las tierras! —proclamó—. ¡Será el Supervisor de Asuntos Exteriores en Menfis, y lo pondré por encima de los demás visires! —Amenhotep me miró de nuevo—. Puedes irte. La reina y yo tenemos que hacer planes a solas.

Nefertiti alargó la mano para detenerme, pero negué, firmemente, con la cabeza. Pasé a su lado deprisa para llegar a la puerta.

Las lágrimas manaban de mis ojos sin que pudiera contenerlas, y las sequé con la palma de la mano. Le había mentido a un rey de Egipto, el más alto representante de Amón en nuestra tierra. «Ma’at se avergonzará», me dije, en voz alta. Pero en los pasillos rodeados de columnas no había nadie que pudiera oírme.

Pensé en ir a ver a mi madre, pero sabía que ella diría que había hecho lo correcto. Fui a los jardines y me senté en el banco de piedra más apartado. Los dioses me castigarían por lo que había hecho. Ma’at querría venganza.

—No es frecuente que una hermana de la reina venga sola a los jardines.

Era el general Nakhtmin.

Me sequé las lágrimas.

—Al faraón no le gustaría verte conmigo —dije, seria, mientras recuperaba la compostura.

—No importa. Dentro de poco, el nuevo faraón se irá a Menfis.

Alcé la vista, preocupada.

—¿No vendrás?

—Sólo se mudarán aquellos que elijan hacerlo. La mayor parte del ejército permanecerá en Tebas. —El general se sentó cerca de mí sin pedirme permiso—. ¿Por que estás aquí, entre los sauces, sola?

Mis ojos se empaparon otra vez. Había avergonzado a los dioses.

—¿Qué sucede? ¿Algún joven rompió tu corazón? —preguntó—. ¿He de desterrarlo por ti?

Me reí a mi pesar.

—Ningún joven está interesado en mí —dije.

Nos quedamos en silencio un momento.

—Entonces, ¿por qué lloras?

—He mentido —susurré.

El general me miró con atención y una sonrisa comenzó a dibujarse en la comisura de sus labios.

—¿Eso es todo?

—Para ti puede ser poca cosa, pero para mí es muy importante. Nunca había mentido.

—¿Nunca? ¿Ni siquiera por un plato roto o por quedarte con el collar perdido de alguien que hayas encontrado?

—No, desde que tuve edad para entender las leyes de Ma’at.

El general no dijo nada. Me di cuenta de que debía de parecerle una niña. Era un hombre lleno de experiencia, que había visto la guerra y el derramamiento de sangre.

—No tiene importancia —mascullé.

—Tiene importancia —dijo con tono serio—, valoras la verdad. Es la primera vez que mientes.

No dije nada.

—No te preocupes, tu secreto está a salvo conmigo.

Me puse de pie, furiosa. ¿Se burlaba de mí?

—¡Nunca tendría que haberte contado esto!

—¿Crees que perderás mi respeto por una mentira? —se rió, con gentileza—. La corte de Egipto está hecha de mentiras, ya lo verás en Menfis.

—Si es así, entonces cerraré los ojos —respondí, de forma pueril.

—Si quieres correr ese riesgo… Es mejor mantenerlos abiertos, señora. Tu padre depende de eso.

—¿Cómo sabes de qué depende mi padre?

—Bueno, si tú no mantienes la mente fría, ¿quién lo hará? ¿El faraón Amenhotep el Joven? Estarán demasiado ocupados construyendo tumbas y templos —respondió—. Hasta puede que desmantelen la hermandad de sacerdotes para controlar todo el oro que ingresa en ella —agregó, suspicaz. Debí de parecer escandalizada, porque el general preguntó—: ¿Crees que tu familia es la única que se da cuenta de eso? El nuevo faraón tiene a todos con el corazón en la boca. Si caen los sacerdotes de Amón, también caerán muchos hombres ricos.

—Mi hermana no tiene nada que ver con eso —dije, firmemente, y comencé a caminar de regreso al palacio: no me gustaba la manera en que había implicado a mi familia en los planes de Amenhotep. Pero él vino detrás de mí y acompasó su paso al mío.

—¿Te he ofendido, señora?

—Sí, lo has hecho.

—Lo siento, en el futuro seré más cuidadoso. Después de todo, serás una de las mujeres más poderosas, y por lo tanto peligrosas, de la corte.

Me detuve.

—Estoy al tanto de que los visires y los sacerdotes pagan muy bien a sus espías —añadió.

—No sé a qué te refieres —dije.

—A lo valiosa que es la información, señora Mut-Najmat. —Y seguimos caminando juntos hacia las caballerizas.

—¿Y qué crees que se puede obtener con esa información? —le pregunté.

—Si no hay escrúpulos y cae en manos equivocadas, cualquier cosa.

Esa noche me preparé para acostarme en la habitación contigua a la recámara privada del rey. Sabía que mi hermana estaba en la puerta de al lado, pero no podía llamarla. Miré el marco de la ventana. Allí estaban mis hierbas, en sus macetas. Me habían acompañado en el viaje desde Akhmim y luego desde una habitación a otra. Al día siguiente, la reina anunciaría nuestra mudanza a Menfis y las plantas tendrían que soportar otro traslado.

Ipu llegó para ayudarme a desvestirme. Vio mi cara larga y chasqueó la lengua, disgustada.

—¿Qué sucede, señora?

Me encogí de hombros, como si el asunto no tuviera importancia.

—Extrañas tu hogar —adivinó, y yo asentí.

Sacó la túnica por mi cabeza y me puso una limpia. Me senté, obediente, en la cama, para que pudiese peinarme.

—¿Nunca echas de menos tu hogar? —le pregunté, con calma.

—Sólo cuando pienso en mis hermanos. —Sonrió—. Crecí con siete hermanos. Por eso me llevo tan bien con los hombres. Los conozco.

Me reí.

—Te llevas bien con todo el mundo. Te vi en la fiesta: conoces a todo Tebas.

Levantó los hombros, quitándose importancia, pero no lo negó.

—Así somos en la ciudad de Fayyum. Siempre sociables y amables.

—¿Naciste cerca del lago Moeris?

Asintió.

—En un pequeño pueblo, entre el lago y el río Nilo.

Describió las vastas extensiones de suelo arcilloso que se hundía entre colinas verdes y evocó, encantada, los viñedos que salpicaban el Nilo verde y azul.

—No hay mejor lugar para la jardinería, ni para sembrar granos o cosechar papiros, en todo Egipto.

—¿Y qué hacía tu familia? —le pregunté.

—Mi padre era el vinatero personal del faraón.

—¿Su vinatero personal? ¿Y dejaste aquellos jardines para trabajar en el palacio?

—Sólo cuando él murió. Yo tenía doce años, era la más joven de todos los hermanos. Mi madre no me necesitaba y yo había heredado su maravillosa destreza con el maquillaje. —Miré sus ojos, muy maquillados, en el espejo que estaba más arriba. Los rastros de malaquita nunca se borraban con el sol—. El Grande me encontró un lugar junto a las mujeres de la reina. Con el tiempo, me convertí en la favorita de ella.

Y la reina la había dejado ir para que estuviese conmigo. Pensé en mi tía. Me imagine todos sus actos generosos que habrían pasado inadvertidos. Su hijo malgastaba la bondad materna, era egoísta y sólo pensaba en sí mismo.

—La vida en el palacio es mejor que la vida en los viñedos —prosiguió—. Es preferible estar en una ciudad donde las mujeres pueden conseguir todo lo que necesitan… —suspiró, pensativa—. Kohol, perfume, auténticas pelucas, comida exótica. Los barcos llegan por el Nilo y se detienen en Tebas. Pero ningún barco atracaba en Fayyum.

Suspiré. Me trajo mi bata y las medias de lino. Sin barcos. Sin gente. Sin política. Sólo jardines. Me calcé las pantuflas y me senté cerca del brasero. Ipu seguía de pie. Señalé una banqueta.

—Dime, Ipu —bajé la voz, aunque nadie pudiese oírme—. ¿Qué rumores circulan por el palacio?

Ipu resplandeció. Ahora estaba en su elemento.

—¿Sobre ti, señora?

Me sonrojé.

—Sobre mi hermana y el rey.

Alzó las cejas y dijo, con cautela:

—Ah…, he oído que el faraón es terco.

Me incliné en el asiento.

—¿Y qué más?

Miró, de pronto, a la puerta que daba a la antecámara y, más allá, a las habitaciones privadas del rey.

—Y se dice que la nueva reina es hermosa. Las demás sirvientas la llaman Neferet, «La mujer hermosa».

—¿Y qué se dice de Menfis? —pregunté—. ¿Les han dicho a los sirvientes cuándo tienen que prepararse para el viaje?

—Ah —sus hoyuelos se sonrojaron—, eso es lo que quieres saber. —Se inclinó hacia mí. Su cabello largo le caía sobre los hombros. Era una mujer hermosa, llena de curvas, con párpados maquillados con malaquita brillante—. La reina Tiy ha encargado hoy tres nuevas literas, y el jefe de la Caballeriza dijo que ya han comprado seis caballos nuevos.

Me recliné en el asiento.

—¿Cuándo estarán listos?

—Dentro de siete días.

A la mañana siguiente, fui convocada a la Sala de Audiencias. Tenía que ir antes de que se llenara de damas y cortesanos que acudirían para enterarse de la fecha de la partida de Amenhotep a Menfis. Crucé la puerta doble y miré las columnas con brotes de papiros que culminaban en una plataforma elevada y pintada. Me acerqué a los tronos dorados. Los brotes tallados en las columnas parecían abrirse poco a poco. Las últimas dos columnas ya estaban labradas con flores completas, pintadas. Pensé que simbolizaban al faraón, con los brazos abiertos para abrazar todo Egipto.

Debajo de la plataforma, en donde estaban sentados mi tía y mi padre, había imágenes de cautivos atados, hititas y nubios, de manera que el faraón pisoteaba a sus enemigos cada vez que subía al trono. No había nadie en la Sala de Audiencias excepto nosotros tres. Mi padre estaba sentado, con su hermana, en un banco de ébano. Había rollos de papiro abiertos delante de ellos.

—Majestad —me incliné—, padre.

La reina Tiy no esperó a que me sentara.

—Tu hermana se ha mudado a las habitaciones privadas de mi hijo. —Su rostro era inescrutable.

Fui cuidadosa con la respuesta.

—Sí, tiene encantado al nuevo rey, majestad.

—Tiene encantado a todo el palacio —me corrigió la reina Tiy—, los sirvientes sólo hablan de ella.

Recordé a Ipu llamando Neferet a mi hermana, y también lo que había dicho el general Nakhtmin.

—Es muy audaz, majestad, pero también es muy leal.

La reina Tiy me miró con atención.

—¿Leal a quién?

Mi padre carraspeó.

—Queremos saber qué se dijo esta mañana durante el desayuno.

Me di cuenta de lo que sucedía y de que me usaban como espía. Di unos pasos, incómoda, y respondí:

—No tomaron el desayuno. Los sirvientes dejaron bandejas con comida en la antecámara. Yo comí, ellos no. Al rato, ordenaron que se llevaran la comida.

—Entonces, ¿qué hicieron? —preguntó la reina.

Dudé. Mi padre dijo, bruscamente:

—Para nosotros es importante saber estas cosas, Mut-Najmat. Si no nos enteramos nosotros, lo sabrá alguien más, y estaremos en desventaja.

Quería decir que lo sabría alguien como Panahesi.

—Hacen planes para construir templos en honor a Atón —les dije.

—¿Dibujos? ¿Hacen planos? —quiso saber mi padre, de inmediato.

Asentí.

Se dirigió a su hermana con tono ansioso:

—Amenhotep no puede hacer nada hasta que muera el Grande. No tiene el oro ni los recursos necesarios para construir templos. Sólo son fantasías…

La reina estalló.

—¡Fantasías peligrosas! Fantasías que proseguirán hasta que se convierta en faraón del Alto Egipto.

—Pero entonces comprenderá que no es fácil gobernar sin el apoyo de los sacerdotes. Ni siquiera podrá formar un ejército sin el oro de ellos. Ningún faraón puede gobernar por su cuenta.

—Mi hijo cree que puede. Cree que derrotará a los dioses y que elevará a Atón por encima de todos ellos, aun de Osiris. Incluso de Ra. Se suponía que tu hija iba a cambiar esto.

—Lo hará.

—Es demasiado rebelde y ambiciosa —gritó la reina. Salió al balcón y agarró la baranda con los dedos—. Quizá me equivoqué al elegir la hija que debía ser esposa principal.

Mi padre miró por encima del hombro, hacia donde yo estaba, pero no pude comprender su expresión.

—Envíalo ya a Menfis —la alentó mi padre—, allí se dará cuenta de que no es fácil interferir en los asuntos de Ma’at.

Ese mediodía, en la Sala de Audiencias, la reina anunció nuestra partida hacia Menfis. Debíamos irnos el 28 de Farmuthi. Teníamos seis días para hacer los preparativos.