Capítulo 8
Todos estaban ocupados y nadie tenía tiempo. Mis padres aprestaban burros y literas. Nefertiti sólo aparecía en mi habitación, siempre dando gritos, cuando me necesitaba para algo. ¿Debía llevar sus pelucas o mandar a que le hicieran unas nuevas? ¿Qué se pondría para el viaje a Menfis? ¿Irían Ipu y Merit con nosotras? Nadie estaba quieto en el palacio. Hasta en el ejército imperaba el desorden, porque el Grande elegía los hombres que se quedarían con él y los que se irían. Los generales decidían por sí mismos.
Salí a los jardines del palacio, donde no había conmoción. Caminé por la avenida de sicomoros, cuyo follaje resplandeciente daba sombra al camino adoquinado. Salí del sendero. Me detuve para admirar los mirtos florecidos que se apiñaban cerca de los olivares. Sus capullos, blancos y gruesos, eran utilizados para tratar la tos, el mal aliento y los resfriados. En todo el ámbito del palacio crecían plantas con propiedades curativas o dañinas. Me pregunté si el jardinero real sabría que el jazmín es bueno para el cansancio, si plantaba las vides cerca de las flores blancas y amarillas de manzanilla por casualidad, o si sabría que la camomila era utilizada por los médicos de la corte para aliviar la tensión.
Podía pasarme todo el día sentada en los jardines sin que nadie lo advirtiera, hasta que Nefertiti necesitase algo. Cogí un guijarro y lo arrojé a un estanque. Oí el sonido del agua. De repente escuché un fuerte gemido. De entre los arbustos surgió, primero, un gato pequeño, y luego otro. Parecían asombrados por el ruido que había hecho el guijarro. Uno de los felinos del palacio acababa de tener crías. Los pequeños gatos iban en pos de su lustrosa madre negra, mordiéndose los rabos y tropezando en el suelo herboso. Llamé a una de aquellas criaturas, que parecía un pompón de ojos verdes. Me miró como a su señora y se enroscó en mi regazo, gimiendo para que le diese comida.
—Seguro que te gustan los jardines —le dije, melancólica, mientras le rascaba la barbilla—, nadie te molesta ni te pregunta qué falda tiene que llevar. —La pequeña gata me ignoró y trepó por mi falda, apoyando su pequeña cabeza en mi cuello. Me reí y la alejé. Extendió sus pequeñas patas, en busca de algo estable. Me guardé la gatita en el recodo del brazo y ella se sentó allí, mirando a su alrededor, fascinada.
—¿Estás ahí, Mutni? —Nefertiti llamaba desde el otro extremo del jardín. Como era habitual, su voz estaba llena de urgencia—. Mutni, ¿dónde estás?
Surgió de los árboles. Rodeó el perímetro del estanque de lotos para acercarse. Sus ojos estaban húmedos, pero no lloraba. Nunca lloraba.
—¿Qué sucede? —Me incorporé de un salto, dejando a la pequeña gata a un lado—. ¿Qué ha pasado?
Se colgó de mi brazo y me llevó hasta un banco de piedra.
—He sangrado —me confió.
La miré, inquisitiva.
—Pero si sólo eres su esposa desde…
Me clavó las uñas en el brazo.
—¡Kiya está embarazada de casi cuatro meses! —gritó—. ¡Cuatro! Debe de haber algo que puedas darme, Mutni. Estudiaste las hierbas con Ranofer.
Negué con la cabeza.
—Nefertiti…
—Por favor, piensa en lo que te enseñó. Siempre prestabas atención a lo que él te decía.
Ranofer estaba enamorado de Nefertiti. Con ella hablaba de lo divino y lo humano, y yo había sido la que había escuchado, pacientemente, cuando él recitaba, al pasar, los nombres de las hierbas medicinales. Me dieron ganas de sonreír, pero en sus ojos había miedo y me di cuenta de lo grave que sería que Kiya tuviese un hijo mientras Nefertiti ni siquiera se quedaba embarazada.
—Está la mandrágora —dije.
—Bien. —Se enderezó en el asiento. El color regresaba a sus mejillas—. ¿Qué más?
—Miel y aceite.
Asintió, rápidamente.
—Puedo conseguirlos. Claro que la mandrágora es más difícil.
—Prueba con la miel. —Me di cuenta de que era inútil recordarle que a Kiya le había costado casi un año concebir. Sólo su propio embarazo podía satisfacerla.
El 28 de Farmuthi todos los patios del palacio estaban llenos de literas. Los burros, cargados con mucho peso, rebuznaban con fuerza, mientras numerosos esclavos iban y venían, tropezaban unos con otros y maldecían entre dientes. Como estábamos cerca de Shemu, las aguas estaban bajas y nuestro viaje a Menfis llevaría casi un mes. Sería un largo mes, así que le había pedido a Ipu que mirase en las ferias en busca de tratados sobre hierbas, para leerlos mientras navegábamos.
—¿En el barco? ¿Quieres leer en el barco, señora?
Se quedó en la puerta de mi habitación y casi dejó caer la canasta vacía que tenía en las manos. Por la tarde, esa cesta estaría llena con todos mis encargos. Debíamos llevar cuanto pudiéramos de Tebas, porque ignorábamos cómo serían las ferias y mercados en Menfis. Todos estaban asustados. Corrían a la ciudad en busca de lotos, kohol y bálsamo de coco.
—¿Cómo puedes leer en el barco? ¿No te mareas?
—Comeré jengibre.
Salí de la cama y deposité algunas monedas, unos pocos deben de cobre, en su mano. Fuimos juntas hacia fuera. Quería reunirme con mi hermana.
—Busca escritos encuadernados en cuero o buenos rollos de papiro sobre cualquier cosa relacionada con las hierbas.
El Grande había ido a nuestro patio para supervisar la mudanza de las pertenencias de Amenhotep. Miraba, suspicaz, cómo guardaban los objetos. En dos ocasiones vio algo que quería para él y les dijo a los sirvientes que se lo dieran.
—La vasija de oro con turquesa fue un tributo que me dieron los nubios. Se quedará en Malkata.
Los sirvientes cargaban con la preciada vasija y la devolvían al lugar que había ocupado en las habitaciones de Amenhotep. Cuando el Grande vio a una esclava en la que estaba particularmente interesado —una joven nubia, de cabello largo y pechos pequeños— también ordenó que la devolvieran al palacio. La reina miraba todo aquello con desprecio.
—Nunca toleraré a un marido lujurioso —Nefertiti hablaba muy bajo. Nos quedamos juntas bajo un toldo, contemplando el espectáculo.
—Ella se lo permite porque eso lo mantiene ocupado. —Advertí la verdad que encerraban mis palabras mientras las pronunciaba—. Si está en la habitación con cualquier concubina, no puede estar, al mismo tiempo, en la Sala de Audiencias.
Mi madre se nos unió. Buscamos unas sillas y miramos los caóticos preparativos. Los que portaban los abanicos nos ventilaban en medio del sofocante calor, que no parecía molestar a Nefertiti. Dejó nuestro puesto a la sombra para supervisar cómo cargaban todas las cosas que le pertenecerían en breve, cuando llegáramos a Menfis. Impartía órdenes a los sirvientes, que la miraban, a veces hechizados. Todavía no se habían habituado a su extraña belleza, a sus ojos almendrados y a sus pestañas largas y curvas. Confundían su belleza con autocomplacencia y no se daban cuenta de que poseía una energía ilimitada y que necesitaba mantenerse continuamente en movimiento.
«Reina Nefertiti —pensé—. Gobernadora del Bajo Egipto y algún día también del Alto Egipto». Y temblé. No me hacía a la idea, que me producía un íntimo rechazo. Una voz grave me sacó de mi ensueño. Advertí que Amenhotep estaba de pie, cerca de nuestro toldo. Llevaba una falda larga, con un cinturón de oro y brazaletes de plata. El kohol que le rodeaba los ojos estaba fresco. El general Horemheb estaba de pie frente a él, a una distancia de un brazo, pero había un abismo entre ambos. «El general no respeta al nuevo rey», me dije, pero la idea no me sorprendió.
—Setenta hombres habrán de seguirme los pasos. Cincuenta irán por delante. No me arriesgaré. Podrían intentar asesinarme. Si un campesino se desliza, sin que lo adviertan, en los botes, debe pagar su falta con la muerte instantánea.
A veces, los esclavos fugitivos se unían a una caravana del rey con el fin de escapar al palacio, donde podían ser sirvientes de lujo.
El general no dijo nada.
—Viajaremos desde la mañana hasta el ocaso, hasta que esté tan oscuro que no puedan verse las corrientes —ordenó—. Iremos directamente a Menfis, sin detenernos en ningún puerto.
El primer signo de emoción atravesó el rostro de Horemheb.
—Majestad —interrumpió con voz firme el inquietante general—, los hombres necesitan descansar.
—Entonces pueden turnarse en los remos.
—Los hombres podrían morir si se les fuerza a llevar ese ritmo al calor del día. El coste sería muy alto.
—¡Se hará así, cualquiera que sea el coste! —gritó Amenhotep.
El bullicio del patio quedó en silencio. Amenhotep tomó conciencia de que tenía público y enrojeció. Dio un paso hacia Horemheb, que no se acobardó.
—¿Cuestionas al faraón? —preguntó, amenazante.
Horemheb le sostenía la mirada.
—Nunca, majestad.
Amenhotep entornó los ojos.
—¿Eso es todo lo que tienes que decir?
Por un momento, pensé que no iba a responder. Pero lo hizo:
—Eso es todo.
El general se acercó a grandes zancadas a sus hombres y Amenhotep tomó la dirección contraria. Nefertiti miró primero a mi madre y luego me miró a mí.
—¿Qué sucedió?
—Amenhotep se enfadó con el general —dije—. Iremos a Menfis directamente, sin detenernos. El general dice que los hombres pueden morir por el calor.
—Entonces pueden turnarse en los remos —respondió ella, y mi madre y yo nos miramos.
No hubo fiesta de despedida antes de que viajáramos hacia Menfis. El sol se elevaba en el cielo y se acercaba la hora de nuestra partida. Panahesi se presentó en el patio. Mi hermana y yo le vimos susurrar algo al oído de Amenhotep. Permanecieron juntos, a un lado, al margen de la conmoción general del viaje, alejados de los rebuznos de los burros y el jaleo de los sirvientes. Nefertiti cruzó el patio, arrastrándome con ella. Panahesi se inclinó y luego emprendió una veloz retirada. Al vernos, Amenhotep giró, incómodo, sobre sus talones.
—¿Qué quería? —preguntó Nefertiti.
Amenhotep seguía incómodo.
—Una litera.
Mi hermana fue rápida.
—¿Para Kiya?
—Está embarazada. Necesitará seis porteadores.
Nefertiti me apretó el brazo.
—¿Ha engordado tanto que necesita seis hombres?
Me sonrojé. Le levantaba la voz al rey de Egipto.
—Tengo que acomodar a Panahesi…
—¿Quién va a ir en la litera, Panahesi o ella? ¡Sólo las reinas son transportadas por seis sirvientes! ¿He sido reemplazada?
Vi que el ajetreo del patio se detenía de nuevo. De reojo, vi también al general Nakhtmin.
—Le… le diré a Panahesi que ella debe conformarse con cinco. —Amenhotep pareció temblar.
Yo me quedé boquiabierta, pero Nefertiti asintió y miró a Amenhotep mientras se alejaba para decirle a Panahesi que su hija embarazada debía usar sólo cinco porteadores. Cuando el faraón se fue, el general Nakhtmin se abrió paso por el patio ajetreado.
—He venido a despedirme de la reina de Egipto —dijo— y para desearle un viaje seguro a la hermana de la esposa principal. Espero que en los jardines de Menfis encuentres tanta alegría como en los de Tebas, señora Mut-Najmat.
Nefertiti arqueó las cejas. Me di cuenta de que el general la intrigaba. Le gustaban sus ojos claros en contraste con la piel oscura. Él miró a Nefertiti y sentí una oleada repentina de celos.
—Pareces conocer bien a mi hermana, general. —Nefertiti sonrió y el general le devolvió la sonrisa.
—Nos hemos visto algunas veces. Una vez, en el jardín donde, de hecho, predije su futuro.
La sonrisa de Nefertiti se hizo más amplia.
—Entonces, además de general, ¿eres adivino?
Respiré hondo. Sólo los sacerdotes de Amón conocían los deseos de los dioses.
—Yo no diría tanto, alteza. Sólo soy un observador agudo.
Ella se le acercó, tanto que podría haberle rozado las mejillas con los labios. Parecían haber iniciado un juego que no me gustaba. Los ojos de él recorrieron el cuerpo pequeño y poderoso de ella y se detuvieron en el cabello oscuro que le rodeaba las mejillas. Mi hermana no hubiera permitido que otro cualquiera la mirase de esa manera. El general dio un paso atrás, embriagado por su perfume. Entonces apareció Amenhotep y el juego peligroso entre ambos llegó a su fin. Ella se enderezó.
—¿Entonces vendrás a Menfis, general?
—Desgraciadamente, no —respondió él, y me miró al decirlo—. Estaré aquí, aguardando, en cambio, vuestro regreso. Acompañaré la caravana de su alteza hasta el muelle.
Nefertiti, disgustada, hundió la cabeza entre los hombros.
—Entonces, te veremos en breve. —Se alejó para interrogar a Amenhotep sobre los porteadores. El general me miró.
—Hasta luego, general —dije con frialdad, y luego giré para ir con mi madre, bajo la marquesina.
La caravana estaba lista. Los animales se movían, inquietos, en el caluroso patio. Se respiraba un clima de nervios. Los caballos resoplaban, impacientes, y los sirvientes les acariciaban los lomos para calmarlos. Yo había guardado mis plantas en un cofre especialmente preparado para ello. Había colocado lino entre las macetas, para que no se golpearan en el breve trayecto del palacio al muelle. Una vez en el barco, podría desembalarlas y ponerlas donde les diera el sol. Pero sólo había una docena. Dejé el resto en el palacio. Sólo había sacado muestras de sus hojas y las había guardado en una caja con incrustaciones de marfil. Tenía docenas de esas muestras. En unas bolsas muy bien atadas, había almacenado algunas de las plantas más útiles. El general Horemheb pasó revista al ejército. Luego, Amenhotep se arrodilló frente a su padre, para recibir la bendición del Grande.
—Haré que te sientas orgulloso —juró Amenhotep—. En este día, los dioses están contentos.
Vi que el Grande miraba a Tiy y me imaginé que los dos pensaban en Tutmosis, que tendría que haber estado allí, de rodillas, en lugar de Amenhotep. Este también los vio mirarse y se puso de pie.
—Podéis preferir a Tutmosis —masculló, bruscamente—, pero el hijo que reina en el Bajo Egipto soy yo. Yo, y no él, he sido el elegido por los dioses.
La reina Tiy levantó los hombros.
—Que los dioses te protejan —dijo, fríamente. El faraón asintió, pero en sus ojos no había amor.
Amenhotep, avergonzado, se alisó la túnica. Cuando se dio cuenta de que los soldados y los sirvientes miraban, gritó, violentamente:
—¡Moveos!
Mi doncella se presentó y el príncipe gritó:
—¡A la litera!
Me metí dentro. La caravana avanzaba. Yo marchaba detrás de Nefertiti y de Amenhotep, que iban juntos. Abrí las cortinas y saludé a mi tía. Ella me devolvió el saludo. Me di cuenta de que el Grande se mostraba solemne. Partimos en medio de una nube de polvo, para atravesar la corta distancia que nos separaba de la bahía que rodeaba el palacio. El resplandor que despedía el agua podía verse entre las cintas de lino que me protegían del sol. La caravana se detuvo donde habían amarrado unos imponentes barcos egipcios. Bajaron nuestras literas. La familia real fue conducida a las barcas. Mi madre, mi padre y yo ya éramos miembros de la familia real, y yo viajaría en la barca del faraón, con los banderines dorados flameando en el mástil. Panahesi y su familia tenían su barco privado. Yo estaba de acuerdo con la separación. Ninguna nave podía llevar a la vez a Nefertiti y a Kiya.
Las barcas podían albergar a cincuenta y dos soldados en los remos, y a otros veinte pasajeros arriba o debajo de la cubierta. En el centro de los barcos había cabinas con dos camarotes. Las cabinas estaban hechas de madera y recubiertas de lino: «Para protegerlas contra el calor», dijo mi padre.
—¿Y dónde dormirán los soldados? —le pregunté.
—En cubierta. Ahora hace bastante calor, de noche no.
Los barcos se veían espléndidos al balancearse en el agua. Los remos de ébano, que tenían incrustaciones de plata, atrapaban la luz y brillaban, formidables. Los gritos de los ibis, que buscaban pareja, resonaban por toda la bahía. Miré, desde los escalones, cómo embarcaban los tesoros del Grande: recipientes de cobre, arcones para pelucas hechos de cedro, estatuas de alabastro y un altar de granito con incrustaciones de perlas. Los esclavos se esforzaban bajo el peso de las enormes cestas, cargaban las mejores joyas de Egipto en las naves en el último momento, para que los guardias pudieran tenerlas a la vista.
Los barcos zarparon. Fui a buscar a mis padres en nuestra cabina. Mi madre jugaba al senet con la esposa del más honorable arquitecto de Egipto. «Así que Amenhotep lo convenció para que dejara Tebas», pensé.
—¿Dónde está mi padre? —le pregunté a mi madre.
Me señaló la popa del barco alzando el mentón, sin apartar los ojos de la partida que estaba jugando. Se le daba bien el senet, como a Nefertiti. Fui hacia la popa. Oí la voz de mi padre antes de verlo.
—¿Por qué no me has dicho esto antes? —preguntaba.
—Porque sabía que ibas a enojarte. Pero Horemheb está de nuestro lado. Él entiende lo que hacemos.
Miré por la puerta entreabierta de la cabina y vi a mi padre negando con la cabeza.
—Consigues que esta familia se gane enemigos con más rapidez que la necesaria para conseguir aliados. Las arenas de Menfis van a devorarnos por completo, y si el pueblo se levanta en tu contra…
—¡Pero el pueblo va a amarnos! —prometió Nefertiti—. Levantaremos los templos más grandes que hayan visto. Tendremos más días de fiesta. Le daremos cosas al pueblo. Es el sueño de Amenhotep.
—¿Y cuál es el tuyo?
Dudó.
—¿No quieres ser recordado?
—¿Recordado por qué? ¿Por gravar los templos con impuestos?
Entre los dos se hizo un breve silencio.
—Serás el hombre más poderoso del reino —le prometió ella—. Yo me ocuparé de eso. Mientras él construya templos, tú gobernarás el reino. A él no le interesa la política. Te dejaremos todo el mando auténtico a ti y, comparado contigo, Panahesi será como el bronce al lado del oro.