… Entonces llegó aquel día, por lo demás corriente, de finales de agosto. Yo había terminado de trabajar y había pasado por casa para recoger a los chicos y llevármelos a Dundrum a fin de equiparlos para el nuevo curso escolar, que empezaba la semana siguiente.
—Daos prisa, chicos —dije desde la puerta sacudiendo las llaves.
—¿Has visto esto? —me preguntó Betsy con cautela.
—¿Qué?
—Esto. —La foto de Annabeth Browning, la esposa drogadicta del vicepresidente de Estados Unidos, escondiéndose en un convento y leyendo el libro que yo había escrito.
Una breve llamada telefónica determinó que la hermana de tío Peter, la monja de manos largas, era con toda probabilidad la razón de que el libro hubiera aparecido en Washington capital. El pánico se apoderó de mí y aumentó de manera exponencial cuando sonó el teléfono y era Phyllis Teerlinck ofreciéndose como mi agente. En cuanto colgó empezó a sonar de nuevo. Dejé que saltara el contestador; esta vez era una periodista. En cuanto terminó de hablar, el teléfono volvió a sonar. Y así una vez, y otra, y otra.
Era como estar bajo un asedio. Sentados en el sofá, contemplamos el teléfono con su incesante timbre hasta que Betsy se levantó de un salto y arrancó el cable de la pared.
—Necesitamos a tía Karen —dijo.
—No —repuso Jeffrey—, necesitamos al doctor Taylor.
Lo miré atónita. Después de cuatro meses, Jeffrey seguía rezumando hostilidad con solo escuchar el nombre de Mannix.
—Llámale, mamá. Él sabrá qué hacer.
Y eso hice.
—Mannix, te necesito.
—Mmm —susurró—. Espera, voy a echar la llave…
Pensaba que le llamaba para sexo telefónico. Nuestros encuentros eran tan breves e impredecibles que aprovechábamos cualquier oportunidad.
—No me refiero a eso. ¿Cuánto tardarías en llegar a mi casa? Te lo explicaré mientras conduces.
Le hice pasar.
—Hay fotógrafos en la calle —dijo Mannix.
—¡Oh, no! —Asomé la cabeza por la puerta y volví a meterla—. ¿Qué quieren?
—Tres Happy Meals y un McFlurry.
Lo fulminé con la mirada y rio.
—Fotos, supongo.
—Mannix, esto no tiene ninguna gracia.
—Lo siento. Hola, Betsy, hola, Jeffrey. ¿Os importa que corra las cortinas? Solo hasta que esa gente se largue. Bien, enseñadme esa revista.
Jeffrey se la puso delante.
—La mujer que telefoneó se llama Phyllis Teerlinck —dijo—. Quiere ser la agente literaria de mamá. La he buscado en Google y es real. Representa a muchos escritores. Mamá conoce a algunos. Mira. —Buscó la página web de Phyllis Teerlinck para enseñársela.
—Buen trabajo —le felicitó Mannix. Jeffrey se sonrojó ligeramente—. ¿Sabes qué pienso? Que si un agente está interesado…
—Otros podrían estarlo también. Yo he pensado lo mismo —exclamó Jeffrey.
—¿En serio? —Me sorprendí—. ¿Y por qué no me lo has dicho?
—Primero quería hablar con el doctor… con Mannix.
—¿Quieres que lo averigüemos? —me preguntó Mannix.
Me embargó una mezcla de emoción, miedo y curiosidad.
—Sí.
Mannix se puso a cliquear en su iPad.
—Probaremos con cinco de las agencias estadounidenses más importantes.
—¡Las más importantes no! Prueba con las pequeñas, son más agradecidas.
—¡No! —dijo Jeffrey.
—Tu hijo tiene razón. ¿Por qué no las mejores? No tienes nada que perder. Veamos, hay una en William Morris que promociona escritores de autoayuda. Jeffrey, anota las agencias de los libros que aparecen en la lista de los más vendidos del New York Times. Limítate a los escritores de autoayuda. ¿Y mi móvil? —Mannix pulsó unos cuantos botones y esperó—. Buzón de voz —me comunicó con los labios antes de empezar a hablar—. Llamo en nombre de Stella Sweeney, la autora del libro que Annabeth Browning aparece leyendo en el People de esta semana. Tiene media hora para ponerse en contacto conmigo.
Colgó y me miró.
—¿Qué?
—¿Media hora? —exclamé, sorprendida.
—En estos momentos tienes mucho poder. Podemos jugar fuerte.
—¿Fuerte?
—Sí, fuerte.
Empezamos a reír de una forma casi descontrolada.
—He encontrado otra agencia —señaló Jeffrey—. Curtis Brown. Es grande y tiene algunos escritores de autoayuda.
—Buen trabajo —dijo Mannix—. ¿Quieres llamar tú?
—No, no —repuso tímidamente Jeffrey—. Hazlo tú. Yo seguiré buscando agentes.
Así que Jeffrey se dedicó a consultar la lista de libros más vendidos del New York Times en busca de autores de autoayuda y a rastrearlos en Google hasta dar con el nombre y el número de teléfono de los agentes, y Mannix a hacer llamadas y dejar ultimátums: póngase en contacto conmigo en la próxima media hora o perderá usted la oportunidad de ser el agente de Stella Sweeney.
El hombre de William Morris fue el primero en llamar. Mannix conectó el altavoz.
—Le agradezco su llamada —dijo el agente—, pero me temo que paso. No me hace gracia que me relacionen con Annabeth Browning en estos momentos.
—Gracias por su tiempo.
Por absurdo que fuera, me llevé una decepción. Una hora antes ni se me había pasado por la cabeza que quería un agente literario y ahora me sentía rechazada.
—Él se lo pierde —dijo Jeffrey.
—Sí —ratificó Betsy—. Cretino.
El agente de Curtis Brown tampoco me quería.
—El mercado está saturado de libros de autoayuda.
Gelfman Schneider también pasó, de nuevo por la conexión con Annabeth Browning. Page Inc. no aceptaba actualmente nuevos clientes. Y Tiffany Blitzer prefería «no complicarse la existencia con Annabeth Browning».
Para cuando Betsy volvió a conectar el teléfono fijo y Phyllis Teerlinck llamó de nuevo, me sentía tan humillada que estaba dispuesta a aceptar lo que fuera.
—Me he enterado de que ha llamado a todos los agentes de la ciudad —dijo Phyllis.
—Eeeh…
Mannix me arrebató el teléfono.
—¿Señora Teerlinck? Stella hablará con usted dentro de quince minutos.
Y colgó. Lo miré boquiabierta.
—¡Mannix!
—He echado un vistazo al contrato estándar que ofrece a sus clientes: sus porcentajes son más altos que los de las demás agencias, su definición de «Propiedad intelectual» es tan larga que te cabría la lista de la compra, quiere el treinta por ciento de todos los formatos para cine, televisión y audiovisuales y tiene una cláusula de «perpetuidad», lo que quiere decir que si cambias de agente tendrás que seguir pagándole una comisión.
—Señor.
No entendía del todo lo que Mannix me estaba explicando, pero sí lo suficiente para empezar a angustiarme. Esto no estaba pasando de verdad. No había una agente literaria interesada en mí. Todo esta situación era como uno de esos correos spam que te aseguraban que habías ganado un millón de euros cuando lo único que querían eran tus datos bancarios.
—¿Es una mala agente? —preguntó Betsy.
—Al contrario —dijo Mannix—. Está claro que es muy buena, sobre todo si va tan fuerte con las editoriales como con sus clientes. Pero —añadió volviéndose hacia mí— puedo conseguirte mejores condiciones.
—Puedo hacerlo yo —dije.
Pero todos sabían que era una negociadora pésima: era famosa por ello. En el salón de belleza, Karen se ocupaba de todas las compras porque yo no tenía valor para regatear.
—Deja que lo haga yo —me insistió Mannix.
—¿Por qué crees que a ti se te dará bien?
—Tengo mucha práctica en esto. He llegado a muchos acuerdos para sacar de apuros a Roland.
—Yo digo que lo haga Mannix —opinó Jeffrey.
—Absolutamente —le secundó Betsy.
—¿Confías en mí? —me preguntó Mannix.
Buena pregunta. No siempre. No en todo.
—No te comprometeré a nada —aseguró—. No haré promesas en tu nombre. Pero si decides trabajar con Phyllis, las condiciones serán más justas.
—Deja que lo haga, mamá —dijo Jeffrey.
—Por favor —insistió Betsy.
—Está bien.
Me encerré con Betsy y Jeffrey en la sala de estar y vimos Modern Families mientras Mannix montaba un centro de operaciones en la mesa de la cocina. Entre episodio y episodio, le oía decir cosas como: «¡El diecisiete por ciento es imposible! Como mucho el diez».
Nunca lo había visto tan involucrado en algo.
En un momento dado Betsy se acercó de puntillas a la ventana y echó un vistazo.
—Los fotógrafos se han ido.
—Gracias a Dios. —Pero una pequeña parte de mí se sintió decepcionada. No podía creer lo corruptible que era.
Tras cuatro episodios de Modern Families, lo que significaba que Mannix llevaba al teléfono más de hora y media, colgó y apareció en la sala con una sonrisa triunfal.
—Felicidades, ya tienes agente.
—¿En serio?
—Si tú quieres…
—¿Qué ha dicho?
—Ha bajado de un treinta a un diecisiete por ciento en los derechos audiovisuales, lo que quiere decir que le interesas de verdad. Es una rebaja considerable. Y en los derechos de impresión ha bajado del veinticinco al trece por ciento. Yo estaba dispuesto a aceptar un quince.
—Qué… qué bien.
—Todavía hay detalles que pulir, pero son poca cosa. ¿Qué te parecería si Phyllis viniera mañana?
—¿Adónde?
—Aquí, a Dublín, a Irlanda, a esta casa.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Para que puedas firmar el contrato.
—Sí que tiene prisa.
—Ha recibido una oferta preferente de una editorial estadounidense. Phyllis debe tener un contrato firmado contigo antes de que puedas cerrar un acuerdo con ellos.
—¿Me estás diciendo que alguien está ofreciendo dinero por el libro? —pregunté con un hilo de voz.
—Sí.
—¿Cuánto? —preguntó Jeffrey.
—Mucho.