otra vez en el prado, la hierba, olor a boñiga, bosquecillos de hayas, arroyos rumorosos y cercanos, florecillas, abejas, dulce solicitud veraniega, benignidad solar, brisa ligera, suave trabazón de colinas, campiña fértil, tintineo de esquilas, sincopadas voces, ladridos tenues, sereno verdor de alamedas y frondas ribereñas
nada permitía adivinar la luminosa aparición de los ungidos en sus lides campestres, el intenso y excitante olor de sus cuerpos untados de aceite, escudos pectorales y omóplatos lúbricos, sonrisa abierta y confiada, mostachos rústicos, ojos de honda y sutil liquidez
era pura ilusión de la droga inyectada por el doctor? o estaban proyectando un vídeo sobre las justas en la pared frontera de su habitación?
(por qué?)
(con qué fines?)
querían ponerle a prueba, como le había prevenido Ben Sida, para descubrir sus preferencias íntimas e incluirle en el bando de las apestadas?, se proponían avivar sus moribundos sentidos a fin de hacerle apurar la vida de un trago antes de ejecutar su probable sentencia?, espejismo, visión o fatamorgana, la imagen se imponía y avasallaba, sarmientos, nudos, brazos, tendones, calzones rudos, cabos de cuerda usada, bragaduras combadas y opulentas, estampas de robustez y fiereza, irradiación emblemática
registraban en los gráficos, con sus instrumentos detectores, la rauda fluidez de su sangre, palpitaciones bruscas de su corazón, el deleite y nostalgia ligados a aquella oferta de amistad tardía, pechos hospitalarios, rostros cordiales, mirada comprensiva tocante a sus deseos, al casi extinto y ya imposible amor?