eso se llama, digo yo, pasar de guatemala a guatepeor, del dominio de una marquesa propietaria de vidas y haciendas a manos de aquella que no anuncia jamás la visita, el maldito adefesio de las dos sílabas que nos tiene aquí confinadas
se había levantado de la mesa después de encender un cigarrillo filipino en su larga boquilla de ámbar y fingía acodarse en la balaustrada, ensimismada en la contemplación del paisaje, la brisa sigue sin levantarse, como se prolongue esa calma chicha deberán aplazar las regatas, un comentario que provocaba la plática habitual sobre el tiempo, el atardecer agobiador y sin trazas de terminarse, la demora inexplicable del mozo en reponer los refrescos, la inmovilidad sospechosa de las hortensias plantadas en los macetones, ni siquiera se toman la molestia de regarlas, con la calor que hace acabarán marchitándose
nadie hablaba ya de tocar el timbre ni protestar a la dirección del balneario, las esperanzas de ver asomarse al personal de servicio se habían desvanecido, los clientes parecían escasos para la temporada y no se divisaba movimiento alguno a través de las ventanas y puertas que comunicaban el comedor y salones con la terraza
habían huido precipitadamente del lugar al descubrir la magnitud del desastre?
más allá del espacio configurado por los telones y bambalinas, los altavoces proseguían infatigablemente su exposición de normas higiénicas y medidas preventivas, ponían en guardia contra el pánico, anunciaban proyectos de evacuación general en caso de peligro, un litro de leche contiene 720 becquereles había dicho una, lo más importante de todo es cepillarse pero, pasada la primera fase de confusión y alarma, cuando algunas se habían quejado de náuseas y dolor de cabeza, no presentábamos señales de eritema ni síntomas clínicos, nuestro reducto artificial había sido misteriosamente indultado
si al menos pudiéramos oír una radio extranjera, acá todo está sometido a censura, te irradian un buen día con doscientos mil milirads y tú no te enteras como quien dice hasta que estiras la pata! pero, cómo conseguir un receptor sin franquear los límites de la terraza, ese espacio hermético y asfixiante en el que nos sentíamos sin embargo ingenuamente seguras?
luego, la del rincón, vestida como una lámpara de flecos con borlas y cordoncillos, empezaba a gritar, presa de sus habituales crisis de histeria, vamos, contad, abrid el pico, algo que os haya sucedido o hayáis visto, una agonía, una muerte, el fin horrible de la Seminarista!
y todas rompían a hablar de golpe con ademanes, contoneos y muecas, la Seminarista capsulada en su celdilla hermética, separada de las demás enfermas, cociéndose en la hediondez de su propia baba, visión de esperpento, demacrada, bubosa, toda uñas y pelo, arañaba furiosamente las paredes de su burbuja, quería salir y apestar el aire que respirábamos, los doctores habían puesto una cruz en sus organigramas y ya ni la atendían, sólo una enfermera con escafandra le servía la comida por un agujero
cuenta, cuenta!
la vimos descomponerse poco a poco como una papilla fungosa, al final la alimentaban con sondas y tenía el cuerpo, lo que le quedaba de cuerpo, conectado con docenas de tubitos de plástico, la muy maldita se aferraba a la vida como una lapa y nosotras le pedíamos a la enfermera que la prolongara para disfrutar del espectáculo, nos acercábamos a verla con nuestras mascarillas medio muertas de risa, cada vez más viscosa y deshidratada
sufría?
sí, claro que sí, se retorcía de dolor, los calmantes y drogas no servían de nada
gritaba?
las paredes de vidrio no dejaban pasar ningún sonido, únicamente la visión de sus contracciones y espasmos
y la del cigarrillo filipino se adelantaba al proscenio y representaba la escena para el público, construía la burbuja que aislaba a la Seminarista con ademanes precisos y gráficos, nítida, oval, transparente, círculo inviolable de yeso trazado con la sabiduría de un mago, cada movimiento de sus manos confirmaba la estrictez nodular de la separación, la diáfana esfericidad de la prisión en donde la venenosa criatura boqueaba, el rito hechiceresco alborozaba a las espectadoras, a voces la animaban a proseguir la ronda, la viperina recibía el castigo que merecía, la cotidiana figuración de su agonía les hacía olvidar las desgracias, anda, sigue, la jaleaban, multiplica sus bubas, hincha su faz de medusa, redúcela a una masa de gelatina, queremos ver cómo estalla!
hasta que el cansancio de la mímica, repetida a lo largo de los días, nos dejaba vacías y exhaustas, sentadas de nuevo como un grupo de nobles damas en tomo a la mesa con la bandeja de refrescos, absortas en la contemplación de aquel perenne atardecer cuya ficción coloreaba con burlona rubicundez el decorado yermo de la terraza