había salido con el propósito de respirar, tomar unas bocanadas de aire nocturno, averiguar el destino y vicisitudes de las demás familias decentes, cuántas sobrevivían ocultas o habían logrado asilarse en el interior de alguna embajada, las turbas prendían fuego a las iglesias, santas imágenes eran destrozadas, cadáveres de sacerdotes fusilados yacían en las aceras, la atmósfera estaba llena de humo, el aire se había vuelto irrespirable, escondíamos en casa a dos monjitas de clausura y llevaba en el bolso, apretándola contra el pecho, una cajita de obleas consagradas que un alma piadosa había logrado salvar del tabernáculo antes de que la chusma irrumpiera en la parroquia, arrojara la santa custodia al suelo y la pisoteara con saña, el barrio ofrecía un aspecto hostil y fantasmagórico, un olor áspero, pegajoso, tenaz a pesticida o carne quemada flotaba alrededor de capillas y templos, los milicianos habían establecido puestos de control y sometían a la población decorosa a un rudo y humillante cacheo, el descubrimiento de un devocionario o misal, de un rosario o estampa religiosa podía ser causa de una condena brutal e inapelable, yo avanzaba con precaución, disimulada en la sombra y temerosa de ser detectada, estrechando en mi pecho, mezquina de mí, la cajita de Sagradas Formas cuyo hallazgo habría azuzado el furor de aquella horda desaforada, las personas pudientes y dignas parecían haberse esfumado sustituidas por mujerucas e individuos de facha patibularia, eh, señora, adonde va con tanto misterio y prisa?, no llevará usté por casualidad en el bolso un divino copón de oro repleto de hostias consagradas?, se reían de mí a carcajadas con ademanes crasos y gestos groseros, ridiculizaban la exquisitez señorial de mi atuendo, traje de organdí de color lila con vuelos de encaje y grandes lazos, collares de abalorios, medallas y camafeos, medias blancas de seda, zapatos de tacón alto abrochados en el empeine con joyas y diamantes falsos, me escurría entre ellos con esquivez furtiva, mis movimientos eran los de una sonámbula, pese a la esmerada protección del maquillaje tenía el rostro perlado de sudor y me lo enjugaba con un pañuelo, mi figura se destacaba en el fondo lívido de la bruma crepuscular y patética, una anticuada señora de derechas inflamada por la inmediatez a Aquel que resguardaba en mi pecho, devota del enardecimiento y fusión de las almas sensibles y puras, afán de trascendencia y unión, misterios de gozo y dolor, extática travesía fecunda, incapaz de reaccionar frente a la gravedad del peligro que se cernía, ronda callejera de vecinos al acecho de las apestadas, redada general de sospechosas, clausura inmediata de cámaras negras y antros de dicha, obligación de presentarnos a las autoridades sanitarias para ser sometidas a tests sanguíneos y descubrir a las portadoras de virus, conducción de las enfermas en carretas y jaulas al estadio en donde debían perecer abrasadas, había logrado sobornar al director de un hospital para que me extendiera un certificado de sangre limpia, libre de toda mala mezcla o mancha, ejecutoria de cristiana vieja ranciosa por los cuatro costados de mi linaje, pero el engaño había sido desvelado por los vicarios del Inquisidor General y los controladores procedían a verificaciones in situ mediante ordenadores directamente conectados al archivo de datos del banco de sangre, mi costosa garantía resultaba ilusoria y me hallaba expuesta a ser denunciada por los malsines que rastreaban el barrio, era judía?, era alumbrada?, pertenecía al gremio de las anegadas en el divino amor?, de las devotas del rayo de tinieblas y abismos de deleite del santo?, los transeúntes con quienes me cruzaba se alejaban velozmente con el odio y temor pintado en las caras, eh, tú, la del plumero, por qué caminas a oscuras rozando las paredes?, acércate a la luz a que te veamos!, has pasado los análisis serológicos que ordena la ley?, muéstranos, si lo tienes, el certificado!, me había rodeado un grupo de cuatro, con uniforme y botas del Partido, llevaban antorchas en las manos y escudriñaban los síntomas delatores del mal en mi cuello, rostro y extremidades
ellos: por qué te cubres el escote y garganta con tanto lazo y puntilla?, nos permites tomarte la fiebre y palpar la ingle y axilas?
yo: mi salud es absolutamente perfecta!, tengo un impreso con el sello y firma del médico del hospital, tengo, tengo aún
ellos: si tantas pruebas de limpieza tienes, por qué intentabas escabullirte y tiemblas como azogada?
yo: llevaba un socorro a casa de una amiga, una obra de caridad a una persona desvalida, vieja y necesitada
ellos: apestada como tú!
yo: les juro que
ellos: tienes el certificado de seronegatividad o no lo tienes?
yo: con el apremio de salir me lo he dejado en casa pero les prometo que
ellos: no sabes que su presentación es obligatoria a todo requerimiento de las autoridades?
yo: lo sé, lo sé, se me olvidó, permítanme ir a casa e inmediatamente se lo traigo
ellos: podríamos hacerte ahora mismo el test en nuestra unidad móvil, pero mis camaradas y yo andamos de buen humor y te autorizaremos a seguir a casa de tu amiga si te muestras simpática con nosotros
yo: qué quieren ustedes de mí?
ellos: el dinero que guardas en el bolso, mañana es fiesta y un poco de fiesta con mujeres de verdad no nos vendría mal, justo para alternar y beber unas copas, un favor que te hacemos, guapa! yo: cojan ustedes lo que quieran!
ellos: quítate el susto, nena, y en adelante ve con más tiento, dos manzanas de casas después hay otra patrulla y corres el riesgo de pillarles de mala uva, así que si quieres seguir un buen consejo lo mejor que pues hacer es poner tierra por medio y salir arreando
yo: gracias, muchísimas gracias!
se repartían los fajos de billetes a la luz de las antorchas y caminé de nuevo sin rumbo, alucinada por las escenas de pillaje e incendio, carteles acusadores, locales cerrados, consignas vomitadas a través de los altavoces por la Asociación de Vecinos Honrados, una multitud excitada parecía correr detrás de mí, órdenes voces ladridos arreciaban, los chivatos habían cumplido tal vez su misión y la jauría acudía a cobrar su víctima por las travesías muertas del barrio, mis perseguidores, según pude advertir, usaban guantes de goma y mascarillas para prevenirse del contagio, yo huía de ellos contra la furia desatada del viento que agitaba el plumaje y velos de mi sombrero y sentía cada vez más cerca sus gritos, exclamaciones, jadeos, qué iban a hacer conmigo?, enjaularme?, pasearme por las calles como un trofeo?, aniquilarme de una vez con una ráfaga de sus pesticidas?, apriscarme en el estadio con las demás irradiadas?, rostros herméticos, oxidados por la salina corrosividad del aire se sucedían a mi paso como en un travelling interminable, todo contribuía a obstaculizar la desigual carrera, el talón agudo de mis zapatos se torcía, había perdido el sentido de orientación y no sabía adonde me llevaban mis pasos
(las damas agrupadas en el semicírculo de meridianas y sillones de mimbre de ostentoso respaldo guardan un grave y atento silencio, las hojas de las hortensias se mantienen en engañosa quietud, ninguna avecilla pía en la copa de las acacias)
asida a mi bolso, con la cajita de Sagradas Formas, conseguí refugiarme en casa de una familia católica en donde un sacerdote fugitivo de la horda nos administró a todas la comunión