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El Kremlin. Krasnaya Ploshad

Plaza Roja, Moscú

miércoles, 11 de agosto, 6 A.M. hora local

Tres vehículos militares irrumpen de pronto en la plaza Roja a gran velocidad, atraviesan la explanada y se detienen chirriando los neumáticos junto al mausoleo funerario de granito rojo de Lenin, pegado a las murallas del Kremlin. A esa temprana hora de la mañana todavía no han comenzado a afluir los centenares de visitantes de todo el mundo que forman una cola de más de trescientos metros frente al túmulo en forma de pirámide truncada donde reposan embalsamados los restos de Lenin.

Las puertas de los vehículos militares se abren de golpe y salen en tromba un grupo de hombres vestidos con uniforme de campaña en tonos ocres y verde oscuro. Sobre la parte superior de sus guerreras, a la altura del brazo izquierdo, portan la escarapela con el murciélago negro y la leyenda Boñcka, distintivo de las Spentsnaz, las fuerzas especiales rusas bajo mando directo del FSB. La unidad especial, enmascarada con pasamontañas verde oscuro y portando modernas armas automáticas de fabricación alemana, penetra con movimientos coordinados en el mausoleo de Lenin. En total, quince hombres. El asalto por sorpresa es seguido a través de los intercomunicadores personales que lleva cada soldado por el director de operaciones especiales del FSB, Derechev Bartok, que espera tenso y expectante el desarrollo de la operación en las oficinas centrales del servicio de inteligencia y espionaje ruso, cerca del Kremlin.

—Grupo uno en posición, listo y despejado.

—Grupo dos en posición, listo y despejado.

Derechev Bartok se siente cada vez peor. ¿Llegará a tiempo? Su salud declina por momentos. Al igual que la vieja patria rusa que él tanto ha apuntalado en estos últimos años frente a la invasión occidental.

—Grupo tres, listo y despejado.

—Atención a todos los grupos, aquí máster-uno, pónganse las máscaras, repito, pónganse las máscaras antigás.

El comando obedece las órdenes.

—Máster-uno a grupo delta, lancen gas, repito, lancen gas.

Tres hombres portando granadas de gas paralizante no identificado arrojan los explosivos dentro de la cámara mortuoria donde en una urna de cristal reposa la momia de Lenin. Un humo amarillo y denso se extiende rápidamente por la cámara al estallar los explosivos con un ruido opaco y seco.

—Atención, aquí máster-uno a grupo delta, ¡adelante!

Los cinco hombres de vanguardia encienden las linternas adosadas a sus armas automáticas germanas con visores infrarrojos y guía láser, y penetran como rayos en la cámara funeraria con movimientos precisos y sincronizados para evitar ser alcanzados por el posible fuego enemigo. El resto de la unidad especial, incluido el jefe, permanece de guardia vigilando la tumba desde fuera.

Bartok bebe un largo trago de vodka.

—Grupo delta a máster-uno, cambio.

—Aquí máster-uno, adelante delta.

—Hemos tomado la cámara funeraria, todo despejado, cambio.

—Bien, grupo delta, ¿no han encontrado resistencia?

—Negativo, máster-uno. Creo que tendría que ver esto.

El jefe del comando se dirige a la cámara flanqueado por dos de sus hombres. Antes de entrar en el interior se coloca la máscara para protegerse del gas paralizante. A través de la densa niebla amarilla se abre camino con el foco de su linterna. Distingue las siluetas de sus hombres repartidos por el perímetro de la estancia mortuoria, y en medio de ella, la sombra cuadrilátera del túmulo sepulcral de Lenin en su catafalco de mármol rojo. Se acerca a la tumba y mira dentro del féretro transparente. Retrocede dos pasos. No puede ser… No puede creerlo…

Máster-uno sale de la cámara fúnebre. Se quita la máscara de gas y el pasamontañas. Aún quedan restos de coquetería en esta fiera mujer. Nadeza Löbl, jefe de la unidad militar asalto, se apoya sobre la pared, se atusa el cabello castaño apretujado por la tela y la goma de la máscara. Respira hondo. No puede creerlo… Sin embargo, lo ha visto con sus propios ojos.

Una vez repuesta, se ajusta el micrófono a la boca y entabla comunicación con su superior:

—Máster-uno a Base Roja, cambio.

Derechev Bartok escucha el aviso y se lanza sobre el aparato de comunicaciones que tiene sobre su mesa en línea abierta con la operación.

—Aquí Base Roja, adelante máster-uno, cambio.

—Jefe, no va a creerlo…

—¿Qué sucede camarada Löbl? —El jefe de operaciones del FSB sabe que acaba de incumplir el protocolo de seguridad de emisiones radiofónicas militares al pronunciar el apellido de su subordinada, pero a esas alturas y en su estado, todo le da igual.

—Señor, la momia de Lenin… no está en la urna, repito, la momia no está en la urna.

—¡Maldita sea, esa secta cosmista se nos ha adelantado! —estalla Bartok golpeando sobre la mesa. Luego siente cómo se tambalea mareado.

—¿Qué hacemos, señor? —pregunta la agente Löbl.

—…

—Señor, ¿sigue ahí?, cambio.

—Eh…, sí, máster-uno —Bartok se recupera del vahído, da un nuevo trago al vodka y ordena—: Trasládese de inmediato con tres equipos Alpha a San Petersburgo. ¡Ahora mismo! La operación Cosmos sigue abierta.

—¿A San Petersburgo, señor?

—Sí, máster-uno, y recójame antes de partir. Vamos a tomar al asalto la catedral de San Isaac.