39

Después de regresar a su barrio, desde la lejana zona de Madrid donde había sido liberada tras su secuestro, Victoria se había encontrado la casa vacía. Como su marido no respondía en el teléfono móvil, había decidido llamar a Gastón Garcelán, pero en su casa de Toledo no contestaba nadie. Fueron unos momentos de angustia indecibles.

La policía no sabía nada del asunto, no había ninguna denuncia por desaparición que concordara con los datos de Pascual Alcover y Nico. Un padre que se marcha de casa unos días con su hijo, una esposa que regresa al hogar tras una cana al aire y no los encuentra donde los dejó… Bah, desavenencias conyugales, había concluido enseguida la policía, y había descartado cualquier otro motivo funesto que motivara ninguna investigación.

Era horrible. La incertidumbre la había carcomido toda ella como si fuese una gangrena, cuando por fin la había llamado su marido desde Toledo, recién liberado de la cripta del Astrario. Se lo había contado todo. Victoria escuchaba entre la desolación y la paciencia perpleja por oír tal cúmulo de sandeces que tan a punto habían estado de acabar en tragedia. Luego ella le había contado a él su secuestro, y al final había determinado:

—O tu estúpido juego y tu amigo Gastón o yo.

Todo eso es lo que de forma atropellada, como un mero trámite que hay que cumplir antes de proseguir viaje, le había contado Pascual Alcover a Gastón Garcelán en su casa de Toledo, después de que Nico le hubiera comunicado que él y su padre habían sido liberados. Pero a pesar de todo, Gastón había decidido seguir jugando.

—Haz lo que quieras, esto te matará; pero a mí no me llames más, ¿entendido? —amonestó Pascual Alcover, mientras Nico recogía sus cosas y hacía el equipaje para regresar a Madrid con su papá—. Te agradezco mucho lo que has hecho por mi hijo todas estas semanas, pero por favor, Gastón, olvídate de mí para siempre.

—De acuerdo —concedió Gastón—, pero me gustaría al menos que me contaras antes de irte qué pasó en la cripta, qué querían de ti Pierre Rakosky y ese tal Vicenzo Fumo.

Alcover entonces había mirado a su amigo con una expresión mezcla de lástima y afecto, y suspirando con resignación le había contestado:

—Está bien —se encogió de hombros, como diciendo, tú sabrás lo que haces—. La conjunción planetaria que ese ruso y su socio el delegado apostólico esperan es una realidad. Viene formándose en el cielo desde el año pasado, y alcanzará su apogeo con el eclipse de sol, el último del milenio, el próximo 11 de agosto. No sé muy bien con qué finalidad, pero por lo visto, esos dos tipos tenían la esperanza de que el Astrario les sirviese para determinar con exactitud ese momento y lugar preciso que alcanzará la máxima influencia gravitacional del Sol y la Luna sobre la Tierra, porque Vicenzo Furno estaba convencido de que el Astrario era la máquina aristotélica o Apparatus de los Compagnons.

—¿Y oíste alguna vez qué era exactamente ese artilugio?

—Creo que el ruso no estaba muy convencido de que el Astrario fuese el tal Apparatus, pero había decidido probar suerte. Recuerdo que Rakosky insistía en que el Apparatus era el emisor de chispas de Eugéne Ducretet, el científico francés que había experimentado junto con el ruso Aleksandr Popov emitiendo señales radioeléctricas desde la Torre Eiffel al Pantheón de París.

—¿Has dicho señales radioeléctricas?

—Sí, emisiones de radiofrecuencia.

—De radio… ¿pero para qué? —inquirió muy interesado Gastón.

—Impulsos radioeléctricos para emitir a través de ellos señales horarias. Al parecer Ducretet y Popov construyeron un aparato que estaba especialmente diseñado para avisar de la fecha, la hora y el lugar de un importante eclipse de sol, diferente a todos los demás, y similar al que ocurrió hace casi dos mil años durante la crucifixión de Jesucristo. Y para realizar ese artefacto se habrían basado en los esquemas perdidos de la máquina aristotélica original.

—¿Les oíste alguna vez decir qué papel jugaba Volta en todo esto?

—Sí, según el ruso, Alessandro Volta no había hecho más que dotar de autonomía eléctrica al Apparatus, por medio de su pila, pero los inventores, o al menos, los constructores de ese artilugio eran Popov y Ducretet.

—¿Y por qué habían realizado sus experimentos desde la Torre al Pantheón?

—Muy sencillo, en el Pantheón estaba instalado el péndulo, con el que Foucault había hecho en 1851 su experimento para determinar la rotación de la Tierra.

—Yo estuve allí y no lo vi —contestó Gastón.

—Claro, ahora el péndulo está en el Conservatoire. De todas formas, no necesitas ir a París para ver un péndulo de Foucault, los hay repartidos por todo el mundo.

—¿Pero por qué es tan importante el péndulo?

—Porque el péndulo, si te das cuenta, es el corazón que mueve el reloj que debía detener al Astrario en el momento justo. Popov y Ducretet emitían señales horarias desde la Torre Eiffel, utilizándola como antena, a los lugares que poseían relojes de péndulo (que entonces eran prácticamente todos) con receptores Popov o Marconi.

—¡Dios santo, ahora que lo dices…! —exclamó Gastón como si una nueva luz penetrara en su mente.

—¿Qué pasa?

—¡Ahora entiendo el accidente del Titanic!

—¿De qué me estás hablando? —preguntó Pascual sin entender.

—¡Claro!, ocurrió una interferencia entre ambos sistemas de emisión y recepción, que dejó al buque a oscuras radiofónicamente y no pudo recibir las emisiones de radio-frecuencia que le avisaban de la existencia de grandes masas de hielo en su ruta. Pero me pregunto si fue una interferencia fortuita o una conspiración… que formaría parte de una trama oculta de los Compagnons para controlar los puntos clave de la Tierra. ¡Eso es, ahora lo comprendo!, los Compañeros buscan el lugar del planeta donde tendrá su máxima influencia el efecto de ese eclipse. Pero lo que no entiendo es para qué.

—Bueno, Gastón, yo me voy. Te agradezco que me salvaras la vida allí abajo deteniendo el péndulo, pero lo siento, yo no pienso seguir por ese camino que vas. ¿Vamos, Nico?

—No, espera; una cosa más. ¿Qué hay de esa hora y ese lugar que les dijiste a Rakosky y a su socio?

—Les indiqué el país de Europa y la hora de máxima visibilidad del eclipse, tal como saben los astrónomos.

—Entiendo. Solo el Apparatus puede detener el péndulo del reloj astral en el momento preciso. La hora cero de la humanidad…

—No comprendo nada de lo que estás hablando —dijo confuso Pascual.

—Ahora yo sí lo comprendo. El artefacto de Popov y Ducretet, equipado con la pila de Volta y conectado a un péndulo, funciona lanzando la chispa con la señal horaria oportuna que detiene el reloj en el momento preciso. Si dicho reloj está conectado al Astrario, los planetas cesan su giro mostrando el que será su momento de máxima influencia sobre la Tierra. Luego, estudiando esa configuración determinada, se calcula adónde se proyectará la influencia cósmica del eclipse sobre nuestro planeta, y así se descubre el secreto que todos andan buscando, el lugar concreto donde la gran sombra gravitatoria que supuestamente ejercerían los planetas afectará a la Tierra. Una fuerza que sería capaz incluso de curar una grave enfermedad —dijo Garcelán recordando lo revelado por María Salón y su antiguo compañero de la biblioteca masónica de Barcelona—…, y de resucitar a los muertos —añadió.

—¿Y tú crees realmente en esas cosas? —le recriminó compasivo Pascual.

—Sí, pero Rakosky tenía razón, el Astrario no es la máquina aristotélica, solo es el medio para conocer la configuración final de los planetas. Para detenerlo en el momento exacto que muestra el lugar preciso de la sombra lunar sobre la superficie de la Tierra hace falta el Apparatus.

Pascual Alcover miró con sincera preocupación a su amigo.

—Pues vaya —suspiró—, si eso es así, lo siento. Tanto ellos como tú estáis listos, porque nadie sabe dónde está ese dichoso Apparatus. Y yo casi me alegro, ¿sabes? Quizá es que no soy un intelectual existencialista como tú, pero ya he tenido bastante con todo lo que he visto. Que tengas mucha suerte, adiós.

Pascual Alcover se giró y comenzó a andar hacia la puerta de salida acompañado de su hijo, como si quisiese dejar atrás cuanto antes la mala influencia de su enajenado amigo.

—¡Te equivocas, Pascual, yo sí sé dónde está el Apparatus! —gritó Garcelán lanzándose de pronto hacia su mesa de trabajo. Alcover se detuvo, mientras su amigo removía como un poseso los montones de papeles del escritorio, los cajones y las estanterías de la desordenada habitación, lanzando notas, cuadernos y libros por los aires como un pirado.

—¡Aquí están! —gritó alzando entre las manos una vieja caja de zapatos.

—¿El qué? —suspiró paciente su amigo.

—Las cartas del coronel Ambrosio Grimau. Tengo una corazonada… —Gastón había volcado las amarillentas misivas sobre la mesa y rebuscaba nervioso entre ellas—. Ahora que lo recuerdo, hay algunas que no miré con atención en su día, porque no contenían narraciones de campaña ni del exilio; las descarté sin leerlas porque solo contenían asuntos domésticos, correspondencia con su mujer…

—No sé qué importa ahora todo eso ahora, pero me da igual, nos vamos… —se despidió de nuevo Pascual.

—¡Aquí están! —Gastón eligió uno de los sobres y sacó la cuartilla del interior—. ¡Aquí lo dice!, pero… no es posible…

—¿El qué?

—¡Ahora lo entiendo! —gritaba Gastón fuera de sí.

—¿Ah, sí; y qué entiendes? —preguntó Alcover sin convicción ni interés, tan solo por pena hacia la locura que había hecho tal estrago en su amigo de la infancia.

—Sí, sé quién lo tiene… ¡el auténtico Apparatus! Hace tiempo que lo vengo meditando, contrastando datos, analizando conexiones… Y he comprendido al fin qué buscaba el coronel Ambrosio Grimau en su exilio en Francia persiguiendo a ese conventículo de los Compagnons.

—Me voy, Gastón.

—¡Un momento!… Escucha, el coronel buscaba a los Compañeros porque quería saber más sobre el método y el medio con que le había curado en campaña de su extraña enfermedad el médico catalán Salvá i Campillo, que, evidentemente, era uno de ellos.

—Eso es sorprendente, pero yo he de marcharme, Victoria…

—¡No, espera! —ordenó brusco Gastón, presa de la euforia por sus propias deducciones—. El zar Nicolás II había llamado a Papus a su corte porque sabía que el esoterista y médico francés era uno de esos Compañeros que investigaban las fuentes de la eterna juventud… Quería que le ayudara a recuperar la salud de su enfermizo hijo el zarevich Alexei. Está claro. ¡Aquí lo pone! El coronel ordenó que a su muerte enviaran el féretro con su cadáver a cierta persona en Francia, que se haría cargo de enterrar el cuerpo.

—¿Y qué?

—Que yo conozco el nombre y la dirección de esa persona. Aquí lo pone —repitió Garcelán excitado con la carta en la mano—: se trata de Israel Absalon, el judío muerto, el dueño de los libros del viejo caserón de París. Y la criada del coronel… ¡Oh Dios!, mira lo que pone aquí… La vieja criada del coronel Ambrosio Grimau se llamaba María Salón, ¡como la vieja anticuaría! ¡Son la misma persona! ¡Son Nos Feratu!

—Pero Gastón, tú estás loco. ¿Te das cuenta de que el coronel murió a principios de siglo y que esas personas que dices son contemporáneas nuestras? ¿Tan ofuscado estás que no comprendes que no pueden ser los mismos?

Pero Gastón no escuchaba. Tras leer aquellos nuevos datos en las viejas cartas del coronel su cabeza anudaba nuevas hipótesis a toda velocidad, reabriendo la vieja herida de las concordancias.

—¡Ahora me cuadra todo! —insistía Gastón borracho de euforia—. El coronel ordenó que le enterraran en el más estricto secreto en un nicho anónimo lejos de su lugar de residencia, mientras mandaba que se fingiera su funeral en el templete funerario de mármol que se había hecho edificar en el jardín de su caserón. ¿No lo entiendes?, fue una maniobra de despiste para que nadie supiese su verdadero lugar de enterramiento.

—¿Pero por qué? —Alcover había comenzado a sudar. Quería y no quería escuchar, como quien teme involucrarse en algo que es tan apasionante como peligroso.

—¿No te das cuenta? Ambrosio Grimau debió hacerse con el Apparatus de Ducretet…

—Ahora que lo dices…, es cierto —dijo Pascual pensativo—. Pero yo… he de irme… —agregó antes de echar de nuevo a andar hasta la calle, con Nico cogido de la manita.

—¡Aguarda!… Y Ambrosio Grimau mandó que a su muerte le enterraran en secreto con el Apparatus, para que nadie lo descubriera nunca…

—Pero… —Pascual dudaba con una mano en la de Nico y otra en la manilla de la puerta de la calle.

—Papá, vámonos —suplicaba el chico asustado ante la actitud de su tío.

—… porque planeaba resucitar gracias a ese artefacto durante la futura conjunción planetaria de eclipse, cuando el Apparatus recibiera la señal horaria adecuada y se pusiera en marcha… dentro de su tumba —sentenció Gastón como quien resuelve un complejo problema.

—¡Santo Dios, el coronel carlista planeó entonces su propia resurrección! —exclamó tembloroso Pascual Alcover.

—Así es. Y yo sé dónde está enterrado —concluyó Gastón.

Gastón decidió dejar su trabajo en la biblioteca del Alcázar. Todos los que le conocían le pidieron una razón convincente y le dijeron que aquello era una locura. El director le preguntó si era cuestión de dinero, el administrador le advirtió de que perdería la antigüedad y todos los derechos laborales, incluida la prestación por desempleo, pero a él no le importaba nada todo eso. Tenía en mente una obsesión que cumplir.

Pasaron algunos días. A veces los sentimientos incomodaban a Gastón, alejándole de sus frenéticas deducciones en las que se hallaba embargado para resolver de una vez por todas aquel caso. Los sentimientos y los afectos no podían escribirse ni razonarse, así que Gastón los arrancaba de cuajo de su cabeza nada más aflorar. No eran propios de un intelectual. Pero de cuando en cuando llegaban de improviso y le arrebataban la paz. De pronto le apetecía volver a charlar con alguna chica corriente en una cafetería cualquiera, como una pareja de enamorados, sin más pretensiones, con los planes simples de una boda inminente y un futuro normal por delante. Pero el caso es que no había vuelto a ver ni a Colette, ni a Blanca, ni a nadie del pasado que formase parte de la historia que se había tejido a su alrededor. Todos los que había mezclado en su juego de casualidades y coincidencias habían desaparecido.

En el piso de Pascual, en Madrid, vivían otras personas, y don Alfonso, el portero, ya no trabajaba en el edificio. La tienducha de antigüedades y la casa de María Salón estaban cerradas como si hubiesen sido abandonadas hacía siglos. Ningún vecino supo decirle dónde encontrar a la vieja sefardí, muchos ni la conocían. Pero lo peor es que no encontraba a Colette por teléfono. Una tarde sintió un ataque de nostalgia. Hubiera querido oír su dulce voz, sincerarse con ella, quizá decirle que la… En fin, dejémoslo.

Tampoco encontró a Blanca. Fue a buscarla a la iglesia, pero vio que la habían sustituido como directora del coro. Subió hasta su casa varias veces, la esperó debajo del olmo, quería decirle que la perdonaba… o pedirle que le perdonara ella… Que quizá podían comenzar de nuevo como amigos. Pero allí parecía no vivir nadie; ni tampoco se la encontró más en la panadería o en el trayecto a casa. Volvió a la iglesia de San Andrés; el viejo párroco le dio la noticia. Gastón notó que se le nublaba la vista y perdía el equilibrio. Se agarró mareado al respaldo de un banco.

—¿No lo sabe?

—¿El qué?

—Blanca ha muerto.

—¿Cómo?

—Se suicidó hace unos días.

«¿Y su abuelo?», le preguntó Gastón al entristecido cura. «¿Qué abuelo?, Blanca vivía sola, no tenía familiares en Toledo», le respondió el sacerdote.

Para suplir el hondo y crudo vacío que había dejado la noticia de la muerte de Blanca en su compungida alma, Gastón llamó reiteradas veces a su novia barcelonesa, pero nadie contestó nunca al teléfono. En la biblioteca de París le dijeron que Louis, desde que se había casado, ya no trabajaba allí; no, no sabían dónde podía encontrarle. Viajó al sur, donde los padres de Rebeca Boronad vivían en su caserón campestre. Pero la gran casona rural había sido vendida hacía unos meses, según le informaron los lugareños, y la familia se había trasladado a otra provincia. ¿A cuál? Encogieron los hombros; nadie sabía nada.

Ahora que no tenía que acudir cada día al trabajo, debido a eso que erróneamente se llama deformación profesional, Gastón seguía buscando en tiendas y puestos de libros viejos en el Rastro de Madrid, seguro de que de un momento a otro encontraría una señal, un mensaje cifrado entre los polvorientos montones y anaqueles de aquellos cuchitriles y tenderetes de cultura de saldo porque, como le había dicho un día María Salón, la clave de un secreto oculto llega por revelación, no por deducción lógica. Si encontraba algún libro que le parecía ser interesante y no llevaba dinero suficiente, a veces lo robaba, por temor a que cuando regresase a comprarlo ya no estuviese allí.

Una noche de exceso de alcohol y Gitanes se armó de valor y tomó la decisión. Volvería a París para comprobar la corazonada que acababa de asaltarle. Tenía que averiguar si todo aquello era cierto o realmente se estaba volviendo loco. Si no lo hacía, jamás tendría paz.