14
Salerno (Italia),
1999
Balduino Letto se apresuró esquivando los setos y los árboles del cuidado jardín; caminaba con celeridad por los senderos de la gran mansión palaciega campestre, entre las buganvillas, las rosaledas, las retamas y los laureles. Aquel hombre extraño le había mandado llamar por medio del personal de servicio. Y no quería hacerle esperar, le cautivaba la personalidad, la presencia, el carisma, los aires nebulosos que envolvían a aquel huésped, que se alojaba como él en la casa Ruffolo, una de las magníficas y antiguas villas de verano que pueblan esta bellísima comarca italiana de Positano, llamada por su habitantes la Divina Costiera.
Balduino Letto había gastado casi todos sus ahorros en estas vacaciones en los montes de Lattari, frente al golfo de Salerno, el famoso Sorrento italiano, considerado desde principios de siglo como uno de los lugares más exquisitos, caros y de moda de toda Europa, refugio de artistas, actores, millonarios y escritores. En villa Ruffolo planeaba reflexionar sobre su futuro y plantearse su fe. Había interrumpido hacía unos meses sus estudios en un seminario jesuita de Roma, y ahora quería darse un tiempo para pensar sobre si su abandono de la carrera eclesiástica se debía a una crisis de fe o a sus muchas obsesiones juveniles en torno al sexo, las dudas existenciales, el pecado, la culpa, la redención por el sacrificio cristiano, la obediencia ciega a sus superiores (perinde ac cadaver), sumisión absoluta, y la entrega espiritual a una causa cuyo jefe es presuntamente todopoderoso pero que jamás se ha dejado ver. Aquellas vacaciones iban a ser para él como unos ejercicios espirituales. Así se las había planteado.
Y así estaban transcurriendo hasta que una mañana temprano arribó a la lujosa villa un viejo automóvil BMW deportivo color crema. Un modelo anticuado, un clásico, pero perfectamente limpio y cuidado. Descendió de él un caballero de edad madura pero de excelente forma y estatura media. Miró alrededor satisfecho, y bajó algunas de sus cosas de viaje, pocas. Se registró en la casa-hotel, cuyos dueños, unos viejos nobles italianos, mantenían su posición gracias al exclusivo alquiler de su mansión solariega. El recién llegado parecía un hombre salido del pasado, con un traje de corte y material anticuado. Semejaba, con sus maletas de cuero marrón envejecido, uno de esos viajeros despreocupados debido a sus rentas, que recorren el gran mundo dedicados a contemplar lo mejor de la vida, olvidándose de todo lo demás.
Aquel mismo día, durante la cena con unos pocos huéspedes en la gran galería acristalada de la villa, Balduino Letto tuvo oportunidad de conocerle. El nuevo huésped había estado cenando solitario en su mesa, disfrutando de la bruschetta, los spaghetti alle vongole y la grigliata di frutti di mare, todo regado con un vino afrutado de Nápoles. Para la cena se había vestido con un traje ligero de lino en colores claros. Había llegado al tiramisú, glorioso postre de esta zona, y al café, cuando Letto se decidió a abordarle. Se presentó y fue invitado a sentarse.
Lucía una noche apacible y transparente. Olían el galán de noche, las rosas, las buganvillas, el espliego y el romero, en perfecta armonía con el ligero toque de incienso que los dueños siempre mantenían prendido de lujosos pebeteros por varios rincones de la mansión. Balduino Letto suspiró profundamente como si acabase de contemplar el rostro secreto de la existencia. En aquel instante la vida del exseminarista cambió de golpe, aunque él todavía no lo sabía. El hombre decía ser Dramatiker.
—Soy el Doktor Richard von Wagner —se presentó alargando una mano grande y roja como un cangrejo gigante.
Percibió Balduino el inocultable acento alemán del recién conocido, amén de la palabra Doktor empleada en Alemania como sinónimo de doctorado en cualquier ciencia o arte, no solo en medicina. El dramaturgo pensaba pasar una buena temporada en aquella hermosa villa rodeada de olivos, viñas y pinos marítimos de copas redondeadas, y debajo de las lomas, la luminosidad restallante que alcanza en esta zona de villas y pueblecitos el mar Mediterráneo. Una comarca privilegiada, un paraíso. Sin ir más lejos, la villa Ruffolo había sido residencia veraniega de algunos papas. El lugar perfecto para unos ejercicios espirituales.
Herr Doktor Wagner se presentó como una vaga mezcla de viajero e investigador.
—Un interesado en el género humano. Ahora ando tomando notas sobre ciertos acontecimientos ocurridos en el siglo pasado —le confesó jovial el Ritter, mientras Letto, un muchacho tímido, anclado a su pasado pueblerino y modesto, lleno de complejos y con poco mundo en su equipaje, se sentía cada vez más impresionado por su nueva amistad. Hasta entonces, desde que había salido de su pequeño pueblo, había permanecido recluido en el seminario. Quizá por eso se estaba dejando admirar cada vez más por aquel personaje anacrónico, elegantemente despreocupado, campechano pero mundano y sofisticado a la vez, que le invitó a café y luego a champaña.
Fue una magnífica velada. Al otro día, temprano, mientras Balduino Letto, todavía en pijama, trataba de quitarse de los ojos la gasa del sueño, descubrió al Doktor desayunado, ya perfectamente vestido y repeinado, oliendo discretamente a jabón perfumado, y con igual buen apetito que durante la cena. Allí y entonces nació una relación, que podría llamarse de amistad, sino fuese porque Letto, a falta de su acostumbrado director espiritual asignado en el seminario, adoptó unilateralmente a aquel hombre, quizá diez años mayor que él, como director, tutor, jefe y guía. Fausto entregado a Mefistófeles.
El seminarista dio dos golpes sobre la puerta de nogal entreabierta de la habitación del dramaturgo. Nadie contestó, él abrió y entró en la rica y espaciosa habitación que le había sido asignada al recién llegado.
—¿Ritter?
No había nadie. Sobre una mesa vio algunos objetos personales de su admirado viajero. Había un periódico, Il Corriere della Sera, del día anterior abierto, con uno de los artículos de opinión señalado con un trazo ovalado por la tinta azul de una Montblanc lacada que reposaba junto al diario. Balduino se acercó, encendió un cigarrillo y leyó. El artículo, escrito por un tal Vicenzo Fumo, hablaba sobre la conveniencia de que el Papa dimitiera y dejara paso a su sucesor. Comentaba con ironía el último empeño del Pontífice en pedir perdón de todos los crímenes cometidos por la Iglesia en el pasado. Y terminaba diciendo que la Iglesia Católica estaba perdiendo su influencia en la nueva Europa y en Rusia.
—Ah, mein Freund Balduino, ya has llegado —saludó el Doktor Wagner entrando en la habitación.
El seminarista aún estaba de pie aguardando respetuoso.
—Pero siéntate, hombre. ¿Quieres un té? —ofreció el siempre jovial viajero.
Letto, abrumado de satisfacción por haber sido calificado de amigo, y de ser recibido en aquel templo privado, apenas pudo contestar a la invitación.
—Te he mandado llamar porque quiero saber tu opinión sobre lo que está ocurriendo en el Vaticano.
—¿Mi opinión? —preguntó lleno de gozo el seminarista.
—Ja. ¿Qué opinas tú del Papa, Balduino?
Letto se sorprendió por la directa pregunta. Tras unos segundos de reflexión, respondió:
—Que está muy enfermo.
El dramaturgo sonrió mirando el periódico abierto.
—¿Crees que Su Santidad debe dimitir por ello? —preguntó el viajero mientras servía el té.
Balduino se rascó la cabeza.
—Bueno —contestó—, he oído que eso es lo que piensan algunos. ¿Pero es que Dios puede presentar su dimisión?
—Nein. No es lo mismo, el Papa es solo un hombre —indicó el Doktor Wagner, se diría que divertido.
—Es un hombre-Dios, sine ulla intermissione in perpetuitate temporum, sin interrupción hasta el fin de los tiempos. En el seminario estudiamos que en estricto derecho canónico, un papa no puede dimitir, ya que no tiene a nadie a quien presentarle su renuncia, nada más que a Dios mismo. Pero el canon 332 del Código de la Iglesia contempla no obstante la «renuncia del Romano Pontífice».
—Ja. ¿Y tú qué crees?
—Bueno, yo no… —al seminarista le incomodaba aquel tema de conversación. ¿Para hablar de eso le había citado el Dramatiker?
—Quizá el Papa deba dejar el cargo… La profecía ha de cumplirse —indicó entonces el aventurero.
El seminarista, extrañado, evitó decir nada sobre aquella enigmática sentencia que su jefe acababa de pronunciar. Pero viendo que pasados unos segundos, Herr Doktor seguía mirando absorto hacia el jardín, mientras tomaba su té, se atrevió a preguntar:
—¿Ha dicho usted la profecía, Ritter?
—Ja. ¿Tú crees en Dios, Balduino? —espetó de pronto el dramaturgo, regresando de su viaje al limbo. Había formulado la pregunta con indiferencia, como si en el hecho de creer o no creer, dada la situación de inminente ordenación sacerdotal de aquel muchacho, fuese posible la elección.
El seminarista no supo qué contestar.
—¿Callas, mein Freund Balduino? Tu silencio es un clamor.
—Ritter, yo…
—Tú… Tú no puedes creer si no ves; eres hijo de tu tiempo… Dichosos los que creen sin ver —sentenció, y luego, volviendo bruscamente al tema, agregó—: Sí, Balduino, se acerca el día… la fecha del Prophezeiung, ¿sabes?
—¿La profecía?
—Ja. ¿No has oído hablar del tercer secreto de Fátima?
—El tercer secreto… —repitió asombrado Balduino. No pensaba que el mundano viajero del BMW clásico y aspecto de bon vivant creyera en aquellas rancias supersticiones milagreras.
Herr Wagner suspiró y guardó silencio unos segundos antes de volverse hacia el muchacho, que fumaba con delectación, envolviéndose en humo como un sacerdote en sacro incienso.
—Ja, Balduino, ¿dirías que ando mal de la cabeza?
—Yo no digo eso —se excusó Letto apresurado.
—Nein. Pero lo piensas, ¿eh? —insistió malicioso el viajero.
—Yo…
—Pues por si no lo sabías, el Papa piensa revelar pronto el tercer secreto de Fátima, coincidiendo con el aniversario de la aparición de la Virgen.
La inesperada información dejó boquiabierto al seminarista. Claro está que había oído hablar en el seminario de aquel famoso milagro portugués ocurrido en Fátima en 1917, pero nada sabía de que el Vaticano tuviese pensado revelar uno de los mayores enigmas religiosos contemporáneos.
—Ja, ha llegado la hora de hacerlo; los enemigos de la Iglesia acechan como carroñeros en torno al Papa. Si él no se muere solo le matarán, y la única forma de detenerlos es revelar lo que sabe sobre las presuntas revelaciones de la Virgen María en Fátima.
—¿Usted cree que quieren matar al Papa? —preguntó Letto escandalizado.
—Recuerda que ya lo intentaron en una ocasión. Hace tiempo que ya no solo intentan influir en él aprovechando sus debilidades físicas, ahora incluso se inventan lo que nunca ha dicho, y luego lo proclaman a los cuatro vientos, pues para eso dominan la oficina de prensa del Vaticano. Sí, Balduino, el Papa está secuestrado en la Santa Sede, pero el tercer secreto de Fátima le rescatará ante Roma y el mundo.
Luego, el extravagante viajero dejó transcurrir unos momentos de silencio, y agregó finalmente:
—Las profecías están para cumplirse.
Después de aquella extraña conversación en los aposentos de Richard von Wagner, Balduino Letto estaba definitivamente satisfecho por la reciente relación establecida con tan interesante personaje. Pensaba el seminarista que iba a tener el privilegio de enterarse por medio del Doktor Wagner nada menos que del enigmático tercer secreto de Fátima. No le cabían dudas de que su nuevo amigo estaba al tanto de todo, incluso de los mejor guardados secretos eclesiásticos. Aquel sí era un hombre de mundo. Sin embargo, poco sospechaba el joven Balduino Letto que con ello, el misterioso aventurero y dramaturgo le iba a hacer partícipe, por algún motivo premeditado, de un intrincado laberinto de hechos que más le hubieran valido seguir ignorando.
—Balduino, mein Freund —le abordó una tarde el caballero alemán—, tengo un asunto, una especie de misión, que proponerte respecto a lo que te comenté el otro día sobre el tercer secreto de Fátima.
—Lo que usted diga, Ritter —aceptó el seminarista.
La costumbre de obedecer, impresa durante los años de educación jesuita, era bien patente en Balduino Letto. Además, él, un simple estudiante de Teología en vía muerta, indagando en los sacros misterios del milagro de Fátima… La propuesta, aunque extraña, era irresistible.
—Pero antes he de ponerte al día de ciertos datos —agregó Herr Wagner.
—Le escucho.
—Como supongo que sabes, tras aparecérsele la Virgen a Lucía en Fátima, la muchacha ingresó en un convento y allí, después de nuevas visiones, aconsejada por su confesor, decidió escribir el mensaje que le había revelado la Virgen. El texto, lacrado para que nadie tuviera acceso a él, llegó finalmente al Vaticano, donde ni los papas Pablo VI, Juan XXIII, ni Juan Pablo I quisieron aventurarse a revelar su contenido. Juan XXIII se negó a hacer público el texto; «no quiero ser profeta de tantos males», dijo. En cuanto a Pablo VI se sabe que había declarado en privado sobre el mensaje de Fátima que «un castigo vendrá sobre el género humano. Los grandes y poderosos perecerán del mismo modo que los débiles y pequeños. También serán duros tiempos para la Iglesia; cardenales contra cardenales y obispos contra obispos…».
—Eso ya está ocurriendo, Herr Doktor —interrumpió Balduino.
—Ja, es cierto. Y cada vez que el Papa se convierte en instrumento de la profecía de la Virgen de Fátima, las fuerzas antagónicas quieren impedírselo. No es la primera vez. Recuerda, como te dije el otro día, el atentado que sufrió en 1981, justo en el aniversario de la aparición de la Virgen en Fátima. ¿Quién puede dudar de que la coincidencia de fechas estaba planificada?
—¡Es verdad! —exclamó asombrado Balduino, que hasta entonces no había reparado en aquel detalle.
—Ja, pero hay más: el tercer secreto de Fátima coincide con la Centuria X, cuarteta 72 de Nostradamus, que dice así: «En el año 1999 y siete meses, del cielo vendrá un gran Rey del Terror. Él resucitará al gran Rey de Angolmois, ante el cual Marte reina». No necesito recordarte que estamos en 1999 —deslizó adrede Herr Wagner.
—La verdad, me parece poco formal recurrir a Nostradamus, no somos unos visionarios…
—Escucha —propuso el Dramatiker—, porque Nostradamus añade que ese gran Rey de Angolmois vendrá precedido por un Verfinsterung, un eclipse de sol. Y justamente este año, en agosto, se espera un gran eclipse de sol.
—¡El eclipse! —exclamó el seminarista. El Doktor Wagner asintió.
Era cierto que todo el mundo estaba pendiente del eclipse de sol, el último del milenio, porque no pocos lunáticos veían en ello la señal del fin de los tiempos y todas aquellas paparruchas de exaltados apocalípticos que nada le gustaban al seminarista dada su educación estrictamente teológica. Precisamente por eso, no le había prestado mucha atención a aquel acontecimiento astronómico, por lo demás, tan natural como el llover.
—Ja, el eclipse de sol del día 11 de agosto es para la profecía de Nostradamus la señal de los tiempos. Según ese visionario francés, tras el fenómeno celeste un Rey del Terror vendrá o se manifestará proclamándose emperador o Papa, suprimiendo todas las religiones, incluida la Iglesia Católica de Roma, y levantando un nuevo trono que unificará todos los poderes de la Tierra; un rey, un emperador…, o un Papa hereje.
—Bueno, Ritter, si me lo permite —opinó Balduino esgrimiendo su escepticismo místico—, tal como yo la interpreto, la profecía de Nostradamus no anuncia nada así, lo que dice sobre el Rey del Terror supongo que no es más que una metáfora del eclipse, porque como usted sabe, antiguamente el oscurecimiento del sol atemorizaba a la gente, como si fuese a ocurrir un cataclismo.
—Nein, la profecía dice claramente que el Rey del Terror vendrá después del eclipse.
—¿El Rey del Terror? Parece el título de una película de serie B —bromeó Letto.
—La profecía de Nostradamus y el secreto de Fátima anuncian que tras el eclipse de sol del día 11 de agosto de este año, el gobierno mundial de un rey de la Europa más oriental intentará unir su corona con la del antiguo imperio ruso para oprobio de la Iglesia Católica.
—Pero un momento, Herr Doktor… —Balduino comenzaba a perder el hilo abrumado por todo aquello—, ¿no estará hablando en serio?
—Ja, totalmente.
—Pues a mí se me ha enseñado en el seminario a pensar con lógica, y esto que me está usted contando no tiene ninguna.
—¿Ah, no? —El Dramatiker se estaba divirtiendo visiblemente de lo lindo con aquella polémica.
—No —argumentó el seminarista—, porque lo primero es que la profecía no coincide en su fecha. Nostradamus se refiere claramente al año 1999, pero añade «y siete meses», es decir, que según eso la llegada de ese rey será en julio, que es el séptimo mes.
—Ah, mein Freund, esa discordancia se debe al cambio del calendario juliano por el gregoriano, impuesto por la Iglesia —aclaró Herr Wagner—. Si las fechas no coinciden es porque Nostradamus escribió su profecía antes del cambio del calendario.
—Vaya por Dios…
—Ja. ¿Ves ahora como todo es cierto? Pues bien, la profecía de Nostradamus hace referencia al resurgir de la Iglesia Ortodoxa de Rusia. ¡Estoy hablándote de un emperador-papa ruso!
Balduino Letto no sabía ya si creer o no en lo que estaba escuchando.
—Sin embargo, con el fin de frenar esa ofensiva —continuó el Doktor Wagner—, el papa Juan Pablo, mediante el tercer secreto de Fátima, se propone sostener la fe católica hasta el final y extender a la Santa y Apostólica Iglesia de Roma hasta las tierras de Rusia. Pero algunos quieren impedirlo de manera tajante y por no muy buenos modos.
—No entiendo que…
El Dramatiker levantó la palma de su mano derecha reclamando silencio y atención.
—Ahora es cuando voy a explicarte tu cometido —dijo el viajero alemán con cierta solemnidad, y añadió enseguida—. Por supuesto, tendrías todos los gastos cubiertos.
—Estoy a sus órdenes —ofreció de nuevo Balduino. ¿Por qué no iba a aceptar?, después de todo, aquello era más divertido que estudiar aburridos tratados teológicos en el seminario.
—Bien, quisiera que fueras a Spanien.
—A España… —repitió sorprendido Letto.
—Ja, a la imperial Toledo, ya sabes, sede de la Primacía de la Iglesia en ese país. ¿Crees que podrás hacerlo, mein Freund?
—No hay problema, tengo contactos en Roma, no me costará mucho que me envíen allí con la excusa de algún cursillo o cualquier otra cosa en el seminario.
—Bien, wunderbar. Escucha con atención: he tenido noticia de ciertas maquinaciones de alguien cercano a una de las facciones más conservadoras de la Curia romana actual. Se trata de Vicenzo Fumo, un hombre sin escrúpulos, una especie de abogado del diablo, encomendado por algunos poderosos integrantes del Vaticano para que investigue en Toledo la crucifixión de Jesucristo, pues parece que los enemigos de la Iglesia se proponen demostrar que Cristo no resucitó, y por tanto, no era hijo de Dios, con lo que su doctrina se convertiría en papel mojado. Y eso justamente cuando el año que viene la Iglesia Católica pretende celebrar el segundo milenio del cristianismo.
—¿Por qué investiga la crucifixión de Cristo en Toledo, no sería más apropiado en Palestina? —inquirió Balduino con razón.
—No lo sé con certeza, pero parece ser que han detectado en Madrid o en Toledo a alguien desconocido hasta ahora que parece conocer ciertas informaciones al respecto. Es una persona que sabe demasiado, incluso parece manejar determinados datos que desconocen todas las facciones interesadas y enfrentadas en el Vaticano y fuera de él, donde amenaza con desencadenarse una guerra civil por estos motivos.
—Pero esa persona… ¿Cómo saben que está allí? ¿Quién es?
—Balduino, no seas ingenuo, el servicio secreto de la Iglesia es el mejor del mundo. Tienen sicarios y espías por todas partes, y a la mínima pista saltan las alarmas. Estamos hablando al parecer de un hombre, una persona joven, quizá dependa de alguna poderosa organización política o económica europea, no sé… Creo que no lo sabe ni Vicenzo Furno. Por eso supongo que su sistema es ir y remover la inmundicia para ver qué encuentra.
—Pero esa persona, ¿no será alguien que introduce por diversión informaciones falsas?
—¿Un intoxicador? Ja. Puede ser… Pero sea como sea, tú has de encontrarle e investigar lo que sabe, antes de que caiga en las garras de Furno.
—¿Pero está en Madrid o en Toledo?
—Quizá en los dos sitios, ambas ciudades están muy cerca la una de la otra. Sin embargo, sé que esa persona ha sido localizada últimamente en Toledo.
—¿Y no pueden ser dos personas distintas?
—Nein, no lo creo, lo que pasa es que ese hombre se ha trasladado de ciudad.
—¿Y cómo le encontraré? —preguntó un poco preocupado Balduino; no esperaba que su misión fuese tan rara.
—Las últimas averiguaciones apuntan a que trabaja en la biblioteca pública que existe en el Alcázar.
—De acuerdo, dígame entonces qué tengo que hacer.
—Irás allí y te enterarás de todo lo que puedas sobre ese bibliotecario o lo que sea. Quizá él pueda conducirnos a esa otra persona de Madrid que tanto sabe; o, como te digo, puede que ambos sean el mismo… Ese es tu cometido, Balduino; me mantendrás informado de todo vía teléfono celular; en todo caso, no has de llamar nunca aquí a la villa.
—¿Pero cómo voy a…?
—No te preocupes —le tranquilizó Herr Wagner—. Sé que sabrás hacerlo. Aprovecharás tu buen dominio del español y tu condición de estudiante de Teología para localizar, seguir y entrar discretamente en contacto, si es conveniente, con esa persona de la biblioteca; y sin que lo note, averiguarás todo lo que puedas sobre lo que sabe y cómo lo sabe.
—Está bien —admitió Balduino resoplando por la responsabilidad que acababa de aceptar.
—Un último consejo: no reveles a nadie tu verdadera misión. Y ten cuidado, ese Vicenzo Furno es muy peligroso.