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El lunes se celebró la acordada reunión de trabajo entre la vieja sefardí y Gastón en casa de la anticuaría.

—Pase; como le prometí, he estado trabajando toda la noche sobre estos viejos esquemas.

—Y bien… —preguntó Gastón ansioso por conocer cuanto antes aquella nueva línea de investigación.

—El Astrario —indicó María Salón— explicaría la posibilidad de que en determinadas condiciones astronómicas, como las de una concreta alineación de los planetas del sistema solar, puedan producirse ciertos efectos que influirían sobre las células del cuerpo, transformándolas o alterándolas…

—Eso tiene mucho que ver con lo que me dijo hace años mi compañero de la biblioteca Arús.

—¿Quién? —preguntó extrañada la sefardí.

—Ehh…, no, nadie; continúe, por favor. ¿Y cómo puede saber usted eso? —preguntó Gastón al cabo de las complejas explicaciones técnicas y la síntesis realizada por la sefardí. A pesar de su predisposición, no lograba creer del todo en la posibilidad de que el Astrario pudiese relacionarse con las anomalías que presuntamente causaban ciertos eclipses.

—Debería saber que Jacobo Bernoulli, un científico en toda regla al que no cabe acusar de místico ni de gnóstico, ordenó que en la lápida de su tumba figurase la inscripción Eadem mutata resurgo, aunque cambiado resurgiré. ¿No parece que se esté refiriendo a una mutación celular?

—¡Una resurrección! —exclamó Gastón al encontrarle de golpe sentido a las extrañas palabras que le había dicho su compañero de la biblioteca Arús, referentes a la lápida de Antonio Gaudí.

—La resurrección —había afirmado el bibliotecario—, sí, eso es lo que trataban de descubrir los antiguos en la Grecia de Aristóteles, Platón, Pitágoras…, Ramón Llull en la Edad Media, Leonardo da Vinci en el Renacimiento. Y los científicos de hoy día con los avanzados medios para escrutar el universo y el átomo; adónde crees que miran las sondas espaciales, los telescopios, los microscopios: ¡indagan la clave cósmica que gobierna el orden universal! La clave perdida, ¡el nombre oculto de Dios! Y seréis como dioses… lo dicen las Sagradas Escrituras. ¿Está claro, no? Eso es lo que buscan todos con sus inventos, sus máquinas aristotélicas, sus organones, sus pilas eléctricas, sus esferas, astrolabios, tábulas, epactas, péndulos, astrarios, electrómetros, calendarios… El momento propicio para recibir la máxima influencia de los astros alineados, la sombra del eclipse, umbrae teluris; su extraño influjo del cosmos sobre la carne… Pero hay fallos, ¿sabes? Los que no aciertan con el momento o con el lugar del experimento enferman. Hay enfermedades extrañas, casi desconocidas, mutaciones genéticas, enfermedades degenerativas…

—¡Las enfermedades porfirias! —Había deducido entonces Gastón.

—Así es —asintió el funcionario—, qué son sino el cáncer o el sida. Alteraciones en la sangre, en el sistema nervioso, en el inmunológico, en la mente… porque lo mismo que da la vida también la puede quitar si no se usa correctamente.

—¿Pero me está usted escuchando? —La vieja sefardí le trajo de vuelta de aquellos recuerdos.

—Eh, sí, sí.

—Le estaba comentando qué sucedería si se manipula el secreto del eclipse pero no se conocen sus terribles claves para dominarlo. Recuerde que Rasputín había llegado a la corte rusa exhibiendo extraños conocimientos esotéricos, prometiendo al zar y a la zarina que curaría a su hijo. El zarevich Alexei sufría una extraña enfermedad en la sangre, ¿por qué? ¿Qué había intentado el zar Nicolás con su corte de nigromantes rusos? ¿Había afectado la salud de su hijo algún experimento de los llevados a cabo en secreto en sus conventículos ocultistas?

—Insinúa que por eso los nobles rusos ordenan matar a Rasputín, para que no cure al zarevich y así se hunda la dinastía Romanov —indicó Gastón.

—No se sabe nada con certeza, pero es entonces cuando Nicolás II manda a buscar a Francia a Gerard Encausse Papus. Pero él mismo muere de tuberculosis a los pocos años de estar en la corte imperial. ¿Y Volta?: murió de una extraña enfermedad. Por cierto, Volta no es un apellido, sino como el de Papus, un sobrenombre ocultista, tal como estaba de moda adoptar entonces.

—¿Ah, sí?

—Alessandro Giuseppe era el verdadero nombre del inventor. El seudónimo Volta que adoptó al convertirse en un iniciado deriva de Volt, el monstruo mitológico de varias cabezas que fue muerto por un héroe romano enfocando sobre él los rayos del sol con un enorme espejo.

—¡Un espejo! ¡Como los vampiros! —Cayó en la cuenta Gastón.

—Sí, pero es que además, Volta no era italiano, sino polaco —añadió María Salón.

—¿Polaco?

—Lo mismo que Marie Curie, cuyo nombre real era Manya Sklodowska.

—No lo sabía…

—Curie era el sobrenombre ocultista. Y por cierto, ella también murió manipulando el secreto. Como Léon Foucault.

—¿También él? —preguntó Gastón alucinado.

—Murió de una rara enfermedad desconocida. Pero —agregó la vieja de pronto zanjando la conversación— se ha hecho muy tarde, debe usted marcharse. Yo me quedaré revisando estos esquemas un rato más. He de encontrar el momento y el lugar exacto en que se produce el efecto máximo de la conjunción planetaria.

—¿Por qué, qué interés tiene usted en ello? —le había preguntado Gastón.

—Este es un secreto judío; es responsabilidad mía conocerlo a mayor gloria de Dios, bendito sea el Santo de los Santos.