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Balduino Letto había escuchado de su nuevo jefe una increíble narración: según le había revelado, una familia de Madrid era descendiente directa del último zar de todas las Rusias, Nicolás II Romanov, asesinado por los bolcheviques tras la revolución soviética. Resultaba, según Vicenzo Furno, que aquella mujer pelirroja llamada Victoria, era el familiar vivo más directo de los Romanov, y por ello, su hijo, aquel chaval que él había secuestrado hacía unas semanas para llevarlo a la cripta del Astrario, y que luego había sido liberado junto a su padre, era nada menos que el actual heredero del imperio ruso, el zarevich, el príncipe heredero legítimo de sangre.
—¿Pero ellos lo saben? —preguntó Balduino asombrado por aquella alucinante historia.
—No. Hará unos diez años, y sin que Victoria se percatase de quiénes éramos y cuáles eran nuestras intenciones, nosotros la rescatamos de su vida ociosa y crápula de Ibiza y, digámoslo así, conspiramos para que se casara con una buena persona, para legitimar su descendencia. Nadie más que nosotros estaba al tanto de la genealogía imperial de la familia. Mi antiguo socio, el representante de la Iglesia Rusa en el Exilio, Pierre Rakosky, seguía una pista equivocada. Raptó primero a una niña que suponía heredera del zarevich Alexei, arrancándosela a sus padres el día de su confirmación en la catedral de San Pedro y San Pablo de Rusia. Y luego secuestró a Victoria hace unos meses.
—¿Por qué?
—Por aquel entonces había entrado en escena ese Gastón Garcelán, mantenían ciertas conversaciones que llamaron la atención a Pierre Rakosky, comenzó a indagar y terminó por sospechar de quién era descendiente esta mujer. Quería comprobarlo y que le dijese dónde estaba su hijo, evidentemente para matarlo y eliminar esa línea dinástica que le estorbaba para defender la suya propia. Pero por entonces ni Victoria ni su marido sabían aún nada de todo este asunto. No sé cómo ella convenció a Rakosky, pero el caso es que el ruso terminó por admitir que Victoria y su hijo no eran los descendientes legítimos de los Romanov, y la liberó.
—¿Y usted para qué los quiere ahora?
—Los jesuitas necesitan expandir su influencia fuera del Vaticano. Ya lo intentaron en China, Japón, Sudamérica…, pero la verdadera gran misión de la Compañía de Jesús está en Rusia, la Tercera Roma…
—¡La Tercera Roma! —exclamó Balduino.
—Veo que te suena el concepto. Sí, hace años los jesuitas decidieron trasladar el peso de la Iglesia Católica desde Roma a Rusia.
—Pero el papa Juan Pablo no lo consentiría… —adujo el seminarista.
—A Su Santidad le queda poca vida, hijo. Ya estamos preparando en la Curia a su sucesor, que será por supuesto, jesuita. Pero al mismo tiempo hemos de evitar que resucite en Rusia la fe ortodoxa a través de la figura de una zarina, la que anuncia la profecía del icono de Kazan, lo que frenaría o incluso impediría la expansión católica. Ya sabes que en el antiguo imperio ruso el zar representaba la máxima autoridad política y religiosa. Si queremos inocular nuestro poder en Rusia hemos de eliminar toda posibilidad de resurgimiento imperialista y ortodoxo.
—¿Pero quién va a atreverse a proclamar un zar en las actuales circunstancias políticas?
—Precisamente por las actuales circunstancias políticas —aclaró Furno—: hoy Rusia es un país sin identidad, amenazado por los convulsos Estados balcánicos, desmembrado por las guerras civiles con las minorías musulmanas, el hambre en las calles, con la Duma infectada por las mafias, con sus servicios secretos conspirando contra el propio Estado… ¿Que a quién le interesaría la restauración del zar? —se preguntó Furno con aire de experto—: ¡A todos!, empezando por el pueblo llano que añora la grandeza del imperio. Y en este sentido, a la Iglesia Rusa en el Exilio. Por eso Pierre Rakosky secuestró a la presunta descendiente del zarevich Alexei, que según una leyenda escapó de la muerte en 1918, pero nosotros sabemos que eso no es cierto, y además, esa chica, Natacha Mijailovsky, está gravemente enferma, no puede ser proclamada zarina. Sin embargo, de otro lado está ese Nico, el hijo Victoria, cuya rama genealógica sí es verosímil y legítima. No podemos arriesgarnos a que proclame a su zarina antes que los jesuitas proclamen a un zar católico impuesto por la Compañía, según y cuando convenga. Hemos de adelantarnos a su jugada.
—¿Cuándo ocurrirá ese nombramiento?
—El día del eclipse —sentenció Furno.
—Dios mío… Eso es mañana.
—Así es, he de darme prisa. Voy a Rumanía. Y ahora, escúchame, este es tu cometido.