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Gastón Garcelán se había mostrado muy inquieto en su nueva visita a casa de la anticuaría sefardí. Estaba empachado de coincidencias. Había acudido de nuevo a casa de la vieja con la esperanza de que ella pudiese revelarle qué estaba pasando, qué fuerza o entidad omnisciente estaba manejando su vida de aquella manera subliminal. Pero María Salón había escuchado toda aquella súplica en silencio, y después, suspirando hondo, se había levantado y se había dirigido a su abigarrado taller. Después de rebuscar un buen rato, había aparecido cargada con un manojo de papeles, mapas y diversos instrumentos antiguos, astrolabios, sextantes, una brújula de latón, cuadrantes, compases y una esfera armilar de cobre y peana de madera. Extendió el montón de objetos sobre la mesa. Gastón se sorprendió al ver el material, aquello parecía realmente antiguo, valiosas piezas de museo, no las imitaciones para turistas que vendía la bruja en su tienducha. ¿Cómo había ido a parar semejante lote de museo naval o astronómico a manos de aquella sefardí?
—Ya veo que se dedica usted a otro tipo de antigüedades, no solo a los viejos cachivaches y falsificaciones para engañar turistas… —indicó asombrado Garcelán.
—¿Le sorprende? Mire esto —dijo ella desenrollando ante su invitado un viejísimo grabado en pergamino, de un metro de largo, que reproducía extraños círculos, tangentes, cifras, palabras ilegibles, seguramente en hebreo, y otros signos desconocidos—. A los antiguos les gustaba adornarlo todo con estas alegorías mágicas y cosmológicas; en el siglo XVII todavía existía demasiada superstición y poca ciencia. Pero seguramente usaban toda esta hojarasca para ocultar sus mensajes cifrados. El dato es la Palabra y el Número. El Nombre, numen y palabra unidos…
—Ya empieza con sus «cabalismos»… —reprochó Gastón.
—No, escuche, esto que tenemos aquí es un mapa móvil del cielo, la versión estática plasmada en pergamino del Astrario perdido.
—¿El Astrario perdido?
La sefardí afirmó:
—Un artilugio curioso que supuestamente ofrecía por adelantado la fecha de los eclipses y las conjunciones astrológicas más importantes; ¿entiende ahora?
—¡La conjunción astral del eclipse!, entonces…
—El Astrario era una máquina antigua ideada para conocer con anticipación las conjunciones planetarias, los eclipses y otros fenómenos cósmicos.
—¿Quiere decir que esa es la máquina aristotélica, el Organon, el Apparatus que todos intentan fabricar o encontrar? —preguntó Garcelán excitado, clavando sus ojos en aquel pergamino.
—Podría ser…
—El Astrario… —Gastón pasó su mano trémula sobre las confusas anotaciones de signos cabalísticos, zodiacales y planetarios de la ajada y amarillenta lámina ilustrada—. ¿Quién lo inventó?
—¿El Astrario? Lo construyó en 1380, al cabo de dieciséis años de trabajo, el astrónomo italiano Giovanni Dondi. Era como un mapa permanente de cielo que funcionaba con un reloj de péndulo.
—¿Un péndulo, dice?
—Sí, Dondi ideó el primer mecanismo de relojería aplicado a la astrología, que consistía en un peso suspendido de un cable, que al caer por su masa accionaba un volante metálico, y este un engranaje que transformaba el movimiento circular en paso del tiempo, y todos esos engranajes, ejes y círculos concéntricos y excéntricos de latón accionaban la reproducción, mediante pequeñas esferas, del Sol, la Luna y los planetas. El reloj transmitía directamente su movimiento al Sol, y este giraba transmitiendo a su vez rotación al ciclo, epiciclo y deferentes de los demás planetas, excepto a la Tierra, que permanecía en el centro del Astrario, porque Giovanni Dondi todavía creía en el geocentrismo de Ptolomeo.
—¿Y qué pasó con ese artilugio? —preguntó Gastón, ahora algo más calmado ante los nuevos datos que irrumpían en escena.
—Desapareció. En París se conserva un manuscrito de varias páginas donde Giovanni Dondi explicaba cómo funcionaba, aunque no cómo se fabricaba, así que por eso algunos, que intentaron montar uno igual, al no lograrlo, determinaron que el invento no funcionó nunca, debido a su extrema complicación.
—¿Pero el original desapareció, así, sin más; se lo tragó la tierra?
—Hay una versión apócrifa que pocos conocen… El caso es que parece que Dondi le regaló su cachivache astrológico a cierto duque italiano llamado Gian Galeazzo Visconti, que era su mecenas, y este lo guardó sin darle demasiada importancia. Pero algún heredero suyo, por congraciarse quizá, se lo regaló en 1529 al rey Carlos V, con motivo de su coronación en Bolonia como emperador del Sacro Imperio Romano. Y parece que el Astrario fue traído a España. Carlos se lo entregó a su relojero personal para que lo pusiera en marcha, pues a esas alturas estaría parado y estropeado. Y por entonces el relojero del rey tenía su taller aquí, en Toledo.
—¡En Toledo!
—Así es.
—¿Pero dónde?
Gastón se encontraba de nuevo feliz, se había despejado de sus funestas preocupaciones y pensamientos sobre manos negras que manejaban su vida desde la sombras. Y todo porque ahora, después de lo del Astrario, creía estar a un paso de desmadejar toda la trama que ocultaba el secreto de la alineación planetaria y el eclipse del milenio, hasta el punto de que si no fuese por Nico, que de cuando en cuando le recordaba si todo aquello que estaban haciendo les devolvería a su papá y su mamá, Garcelán habría olvidado la inquietante desaparición de sus amigos, que a él también le implicaba. Aunque, por cierto, Pierre Rakosky no había vuelto a llamar ni a dar signos de vida.
Sin embargo, ahora estaba exultante, y como un general vencedor de regreso a su patria, quería compartir la alegría con aquella chica, Blanca, a la que consideraba un complemento para los ratos de aburrimiento: el descanso del guerrero. Ella, en cambio, acosada de un lado por los extraños requerimientos informativos del seminarista don Balduino Letto, a los que se veía obligada a ceder por su alto sentido religioso, y de otro por el sentimiento de cariño que en su interior crecía sin que ella quisiera hacia aquel raro muchacho bibliotecario, se encontraba cada vez más consumida por las dudas, y ya no bastaba para calmarla la confesión y la comunión a las que se aplicaba devota cada domingo en la iglesia de San Andrés.
¿Por qué Gastón no culminaba aquel cortejo y terminaba de amarla como merecía? Ella, para su propia sorpresa, notaba desaforada en su interior un nuevo fuego, el creciente deseo de entregarse a él, dárselo todo en un fragoroso sentimiento de generosidad y desapego por su propio cuerpo y su propio ser que nunca había experimentado. Quería que él la poseyera, que la hiciera suya por completo y para siempre, quería anularse y deshacerse, morir entre sus brazos. Quería un hombre que por primera vez en su existencia la hiciese sentir mujer. Pero él solo la rondaba cuando le venía bien; por un lado le insinuaba que le gustaba, y por otro mantenía la distancia sin tocarla. Y a ella, aquella tortura la estaba acabando por romper.
Gastón, más interesado en tentar aquella alma virgen, que en poseer el también virgen cuerpo de la chica, continuaba su enfermiza relación con ella, ajeno sin embargo a que todo lo que le contaba a Blanca, ella lo trasladaba inmediatamente a Balduino Letto, quien a su vez, en secreto, se había dejado arrastrar por la encantadora inocencia de esa ingenua y bella muchacha, cayendo en pecado mortal a los ojos de Dios.
Aquella tarde la decepción había alcanzado un nivel insoportable para Blanca. Se habían citado para pasar la velada, y como de costumbre, Gastón había iniciado su cruel ritual de seducción a lo Kierkegaard sin llegar nunca a ese éxtasis final de hacer el amor en que debe culminar antes o después toda relación de pareja. Todavía no… parecía decirle él con sus gestos y su actitud distante. Ella había preparado primorosamente su habitación y su cama, con sábanas limpísimas y fragantes para el primer encuentro amoroso de su vida; era un ascua de pasión. Sin embargo, él acentuaba la impetuosidad sexual casi irrefrenable de la muchacha con frases dulces y cautivadoras hasta que la llevaba casi a la cúspide del deseo. Entonces, cuando él notaba su respiración azarosa de anhelo voraz, cuando las palpitaciones del corazón de Blanca se percibían en la belleza rotunda de su pecho que pugnaba por ser liberado y entregado, Gastón, daba un giro y cambiaba de tema y de registros, como diciéndole: no es lo que tú crees; y la dejaba con la vida pendiente de un hilo. Y entonces, ante la sorpresa incomprensible, ella se venía abajo sofocada por la vergüenza. Y así la abandonaba él consumiéndose ella en su propia debilidad, bajadas las defensas, roto su orgullo adolescente, y se alejaba de ella revestido de un aura premeditada de indiferencia.
Sin duda fue por todo eso que Blanca tomó la decisión de arrancar de cuajo de su vida aquella flor del mal que la conducía a una perdición sin remedio. Había pecado doblemente, pensó. Había traicionado, se había vendido a un seminarista corrupto y se había entregado no en cuerpo, sino en espíritu (lo que aún era peor), a un ser egoísta y enrevesado que no la merecía. Debía encontrar de nuevo la paz de Dios, pensó compungida la chica, purgar el pecado, cumplir la penitencia y al mismo tiempo castigar a aquel que había rechazado su entrega sin límites convirtiéndola en un harapo de humillación y vergüenza.
Incluso a los seres más inocentes y cándidos la naturaleza les dota en ocasiones de tal fuerza titánica. La moral y el coraje son una rara pero explosiva mezcla que a veces se incendia como la pólvora, y cuando eso sucede, puede convertir a una tímida muchacha en un ángel exterminador, capaz de enterrar en vida a quien ha traicionado sus sentimientos. Así es como Blanca planeó su venganza.