43
París,
10 de agosto de 1999
Había anochecido. Espesos nubarrones de un amenazador violáceo aparecieron de pronto por el horizonte y fueron cubriendo París. Llegaban como fantasmas hambrientos y se cernían sobre los edificios y las avenidas como si absorbieran la poca luz del ambiente. Comenzaron a caer algunas gotas tibias. Gastón Garcelán acababa de llegar al templo gótico donde había conocido a Jules Never. La oscuridad iba en aumento, pero pudo ver que el reloj de la esfera de zinc seguía detenido.
El portón de entrada parecía cerrado, pero al empujar, la recia puerta polvorienta cedió. De pronto un relámpago se filtró entre las gruesas capas de nubes, y Gastón divisó el lóbrego interior del templo a oscuras, como un panteón gigante dispuesto a engullirle vivo.
A la luz de otro relámpago había visto el cenotafio de mármol gris veteado de negro, a la derecha del altar mayor, con las iniciales en latón oxidado: AG (del vértice interno de la A bajaba una línea vertical atravesando la horizontal, rematada por un punto). Y la frase… Esa frase igual al epitafio de Bernoulli: Eadem mutata resurgo. La misma extraña frase lapidaria que según el funcionario de la biblioteca Arús debía figurar en la lápida del arquitecto Antonio Gaudí. ¿Había mayor prueba de la interrelación? AG: Ambrosio Grimau. Estaba bien claro: allí dentro debía encontrarse el cuerpo del coronel carlista.
Gastón llevaba en su mano una bolsa de plástico con todo lo necesario. ¿Todo? ¡Mierda, no!; con la emoción había olvidado la linterna. Daba igual, ya se arreglaría con la luz de los relámpagos. Metió la mano en la bolsa y sacó una gruesa palanca de hierro. Comenzó a hurgar y golpear contra la lápida mortuoria. Trozos de mármol saltaban del cenotafio, mientras la palanca seguía hiriendo en el silencio de la tumba. No tardó en aparecer el hueco oscuro del nicho. Un aire de escalofrío exhaló hacia afuera. ¡Allí estaba!, como un bajel fantasma varado en el sepulcro de mármol, el féretro del coronel, casi descompuesto por la humedad de los humores corporales. Acercó hasta el agujero un banco de madera para auparse un poco. De la bolsa extrajo unos guantes de tela. Se los colocó y, reprimiendo la aprensión, introdujo sus brazos, su cabeza, casi todo el busto dentro de la negra boca del nicho. Hacía un frío mortal allí dentro. Era una exhumación sacrílega… Lo sabía. Pero no podía detenerse.
La caja de madera apenas pesaba. Tiró de ella hacia afuera. Al hacerlo casi se desarma de puro carcomida. La sacó hasta la mitad por la boca del nicho y con la palanca arrancó los últimos restos de la tapa. El horror de la muerte le saltó a los ojos. Un cuerpo reseco y acartonado le miraba desde el fondo del ataúd con sus cavidades oculares vacías y una sardónica sonrisa de esqueleto. Evitando la mirada acusadora del muerto, Gastón metió la palanca entre los restos y comenzó a hurgar sin piedad. El cadáver se desmembró con un sonido hueco deshaciéndose en mil trozos informes. Debajo del detritus, la palanca tropezó con un objeto más sólido que los astillados huesos. Pesaba un poco. Lo sacó trémulo entre las manos. Era una especie de cofrecillo metálico corroído del tamaño de una caja de zapatos. Lo abrió. Pequeñas obleas de metal se resquebrajaron oxidadas entre sus dedos. En su interior, el envoltorio metálico contenía, en aceptable estado de conservación, una caja de madera barnizada con el aspecto de aquellas radios de galena antiguas. ¡El Apparatus!
De pronto, se escuchó a sus espaldas un fuerte crujido, que provenía desde allá atrás, hacia la entrada del templo. Gastón comprendió con sorpresa y pánico que el ruido lo había causado la puerta de la iglesia al abrirse en el silencio de la noche. ¡Me han descubierto!, se dijo. ¿Sería Jules Never? Se volvió sobresaltado esperando encontrarse con el anciano de la levita y el bastón. Pero cuando intentó ver quién acababa de entrar, una cegadora luz le abrasó el rostro enfocándole con su imprevisto fulgor doloroso en medio de la oscuridad reinante.
—Vaya, vaya, si es Gastón Garcelán —exclamó una voz parapetada al otro lado de la luz.
Gastón, haciendo visera con la mano, intentaba ver quién había hablado. Aquella voz ronca le había sonado vagamente familiar, pero con la sorpresa del sobresalto al ser sorprendido in fraganti y la reverberación del eco que había producido, no conseguía rescatar de su memoria a quién pertenecía.
—¿Quién eres? —Acertó a decir Gastón, más en tono de temor que de pregunta.
—¿No me conoce? Yo a usted sí. Permítame que me presente. Me llamo Vicenzo Furno, cavaliere de Italia, delegado apostólico de la Santa Sede en Toledo.
El corazón de Gastón sufrió un vuelco. Aquel espectro se había adelantado ahora cuatro o cinco pasos, suficiente para atisbarle siquiera al reluz un poco del perfil y el elegante traje de color gris, la camisa negra… Gastón lo reconoció entonces: era el socio de Pierre Rakosky, el hombre de mediana edad con doradas gafas de cristales oscuros que había visto junto al ruso en la cripta del Astrario en Toledo.
—No esperaba encontrarle en París. ¿Qué busca aquí? —preguntó Gastón amedrentado, procurando fingir calma.
—Lo mismo que usted. El Apparatus que según veo acaba de encontrar.
—Un momento, deje que lo adivine. Ese socio suyo, Rakosky, le ha mandado que se haga con el Apparatus —indicó Gastón autosuficiente, balanceando amenazador la palanca metálica.
—Yo no recibo órdenes. Y ahora, basta de tonterías, se acabaron las bromas y los juegos —replicó severo Vicenzo Furno, y diciéndolo había extraído de su bolsillo un revólver con el que apuntaba a Gastón.
—Le aconsejo, señor Garcelán, que no haga tonterías. Fie venido a llevarme lo que es mío. Deje esa palanca en el suelo. ¡Ahora!
Gastón obedeció asustado al ver el arma.
—¿Pero cómo ha sabido que yo…? —balbuceó.
—Desde que Rakosky y yo soltamos a su amigo Pascual Alcover he estado siguiéndole. Yo estaba en un error. Me di cuenta en Toledo de que el Astrario que encontramos enterrado en las mazmorras de la Inquisición no era la máquina aristotélica. Comprendí que el señor Alcover no sabía nada del asunto, así que le liberé. Hasta ahora Rakosky y yo desconocíamos dónde podía encontrarse el verdadero Apparatus de Volta, pero usted acaba de encontrarlo. No sé muy bien quién es usted, ni cómo ha entrado en toda esta trama, pero debo admitir que es tan obstinado como eficiente.
—El Apparatus no le servirá de nada, porque desconoce usted el Año Cero de la humanidad —reaccionó Gastón.
—¿Eso cree? —Sonrió el cavaliere—. Olvida que fue la Iglesia Católica la que realizó el cambio de fechas del calendario. Si hay alguien que conozca el Año Cero de la humanidad somos nosotros, porque fuimos quienes se los escamoteamos al mundo. Y ahora, gracias a usted, tenemos también el Apparatus de Volta. Pero basta ya de charla. ¡Vamos, démelo! —ordenó Furno amartillando el revólver en dirección a Garcelán.
Gastón le tendió sumiso la caja del Apparatus, qué otra cosa podía hacer.
—Y ahora —añadió el delegado apostólico de la Santa Sede mientras tomaba el cofrecillo con la mano libre— prepárese, viene usted conmigo.