Capítulo 38

Levanté mi mano izquierda y la coloqué delante de mí, volcando toda la energía en el brazalete protector y grité:

¡Rifletum!

Las armas sonaron estrepitosamente. De una barrera que se formó a menos de quince centímetros de mi mano, saltaron chispas. El brazalete se calentó cuando los guardas me dispararon una ráfaga. Tan pronto como empezó se paró y las balas se fueron clavando en los laterales de la sala, destrozando el carísimo trabajo de carpintería y rebotando con furia por la habitación. Uno de los vampiros dejó escapar un alarido y cayó de la pared, estrellándose contra el suelo como si fuera un bicho gordo. De repente, una de las armas de los guardas saltó, se retorció y él gritó de dolor, retrocedió, la sangre le caía por las manos y por lo que le quedaba de la cara.

La tecnología no suele encajar demasiado bien con la magia. Incluidos los mecanismos de alimentación de las armas automáticas.

Dos armas se encasquillaron antes de soltar todo el cargador y las demás se quedaron sin munición. Me quedé de pie con una mano extendida. Las balas estaban dispersas por el suelo delante de mí, eran balas de plomo deformadas. Los miembros de seguridad miraron fijamente y se apartaron de mí, poniéndose detrás de Bianca y de los vampiros y luego salieron. No les culpo. Si lo único que hubiera tenido fuera un arma, y no hubiera servido de nada, yo también habría echado a correr.

Di un paso adelante, apartando las balas con los pies desnudos.

—Apartaos —dije—. Dejadnos salir. Nadie más tiene que resultar herido.

—Kyle —dijo Bianca mientras acariciaba el pelo de Susan—, Kelly. En todo caso, estaba loca. No todos quedan en buen estado después de sufrir el cambio. —Miró a Susan.

Mi sonrisa se desdibujó.

—Es tu última oportunidad, Bianca. Déjanos salir pacíficamente y saldrás con vida.

—¿Y si no? —preguntó en voz baja.

Gruñí, intentando controlarme. Levanté la varita, la giré alrededor de mi cabeza mientras concentraba todas mis fuerzas y grité.

¡Fuego! —La energía salió de ella, y después de despedir una llamarada circular, soltó una columna de energía roja sólida que se extendió hacia delante, hacia la cabeza del vampiro.

Bianca seguía sonriendo. Levantó su mano izquierda, murmuró algo incoherente y vi como quedaba envuelta por una fría oscuridad, un disco cóncavo contra el que se estrelló mi energía y la absorbió, la dispersó y envió relámpagos de fuego a diestro y siniestro que se estrellaron en el suelo formando pequeños charcos ardientes.

Me quedé mirándola fijamente un momento. Sabía que ella conocía algunos trucos, puede que supiera hacer uno o dos velos, uno o dos encantamientos, puede que incluso supiera fascinar. Pero ese tipo de reflejo inmediato no era algo fácil de hacer para cualquiera. Algunos miembros del Consejo Blanco podrían haberlo vencido sin ayuda.

Bianca me sonrió y bajó la mano. Los vampiros se rieron, emitiendo sonidos sibilantes, era una risa inhumana. Los pelos de la nuca se me erizaron y un estremecimiento frío recorrió mi columna.

—Bueno, señor Dresden —murmuró—. Parece que Mavra fue buena profesora y que yo aprendí bien. Parece que estamos ante algo parecido a un empate. Pero me queda una carta por sacar. —Dio una palmada y miró a un lado.

Uno de los vampiros abrió una puerta. De pie, detrás, con ambas manos colocadas sobre un elegante bastón, había un hombre de mediana estatura, de pelo y piel oscuros, de abundantes músculos en el pecho y los hombros. Llevaba un traje sastre gris oscuro de corte impecable. Me recordaba a los nativos sudamericanos, con una mandíbula robusta y unos rasgos anchos y fuertes.

—Bonito traje —le dije.

Me miró de arriba abajo.

—Bonitos… corazones.

—Vale —dije—. Ahora me toca a mí. ¿Quién es ese?

—Me llamo —dijo el hombre— Ortega. Don Paolo Ortega, de la Corte Roja.

—¿Qué hay, Don? —dije—. Me gustaría elevar una queja.

Sonrió mostrando sus grandes y blancos dientes.

—Estoy seguro de que lo hará, señor Dresden. Pero he estado supervisando lo que ha ocurrido aquí. Y la baronesa —señaló a Bianca—, no ha roto ninguno de los acuerdos ni ha violado las leyes de la hospitalidad, ni su propia palabra.

—Venga ya —dijo—. ¡Ha roto el espíritu de todos ellos!

Ortega exclamó:

—¡Ay!, en los acuerdos se estipuló que no hay ninguna ley entre nuestra gente, señor Dresden. Solo su carta. Y la baronesa Bianca ha cumplido fielmente esa carta. Usted ha instigado varios combates en su casa, ha asesinado a su más acérrimo siervo, ha infligido daño a su propiedad y a su reputación. Y ahora está usted aquí preparado para continuar con sus agravios, de una forma bastante ilegal y displicente. Creo que lo que usted hace se denomina a veces «justicia de salvajes».

—Si quiere decir algo —dije—, dígalo.

Los ojos de Ortega brillaron:

—Estoy aquí como testigo del rey Rojo y de las cortes de vampiros y en representación suya. Eso es todo. Soy un mero testigo.

Bianca volvió a mirarme.

—Un testigo que contará en los tribunales tu ataque a traición y tu intrusión —dijo—. Ello hará que se produzca una guerra entre nuestros parientes y el Consejo Blanco.

La guerra.

Entre los vampiros y el Consejo Blanco.

Hija de puta. Era impensable. Un conflicto de esas características no había tenido lugar desde hacía miles de años. Al menos, que se recuerde y la memoria de los magos se remonta bastante lejos porque algunos viven muchísimo tiempo.

Tuve que tragar saliva y no dejar que se notara.

—Bueno. Dado que no va a ir a chivarse en este momento, entiendo que estás a punto de ofrecerme un trato.

—Nunca pensé que fuera tan lento de reflejos, señor Dresden —dijo Bianca—. ¿Va a escuchar mi oferta?

Cada vez me dolía más. Mi cuerpo estaba debilitándose. Había sentido el impulso de la magia en los últimos momentos pero había bastante energía. La recuperaría pero se me estaban agotando las pilas, y cuanto más lo hacía, menos podía hacer caso omiso de mi debilidad, mi mareo.

Hablando en términos legales, los vampiros me tenían entre la espada y la pared. Necesitaba un plan. Necesitaba un plan por si las cosas se ponían mal, necesitaba tiempo.

—Claro —dije—. Estoy dispuesto a escuchar.

Bianca enrolló los dedos en el pelo de Susan.

—Primero. Le perdonarán sus… excesos de mal gusto en los últimos días. Pero respecto a los dos muertos, nada se puede evitar para siempre, y esos dos habrían muerto enseguida en cualquier caso. Le perdono, señor Dresden.

—Qué amable.

—Esto mejora. Cuando se vaya, debe llevarse consigo su equipo, su calavera, y a la puta del cabrón Blanco. Intacto y libre de un futuro rencor. Todas las cuentas quedan saldadas.

Dejé que se notase la seriedad en mi tono de voz.

—¿Cómo podría decir no?

Sonrió.

—Ha matado a alguien muy querido para mí, señor Dresden, por supuesto no directamente, pero su actuación provocó su muerte. Por eso también le perdono.

Fruncí el ceño.

Bianca le pasó la mano por el pelo a Susan.

—Esta se queda conmigo. Me robó algo muy querido, señor Dresden y yo voy a quedarme algo muy querido por usted. Después de eso, estaremos empatados. —Le sonrió a Ortega y después me miró a mí y me preguntó—. ¿Y bien? ¿Qué dices? Si prefieres quedarte con ella, seguro que se te podría hacer un hueco. Después de asegurarnos convenientemente de tu lealtad.

Me quedé un momento en silencio, aturdido.

—¿Y bien, mago? —dijo con más brusquedad—. ¿Qué respondes? Aceptas mi oferta. O aceptas mi trato o te declaro la guerra. Y tú serás la primera víctima.

Miré a Susan. Ella miraba fijamente sin pestañear con la boca medio abierta, como si estuviera en trance. Probablemente pudiera sacarla de él, si no fuera porque había un buen puñado de vampiros que estaban dispuestos a arrancarme las extremidades en el intento. Miré a Bianca, a Ortega, a los vampiros compinches. Estaban babeando por el suelo encerado.

Me dolía todo y me sentía realmente cansado.

—La quiero —dije. No lo dije muy alto.

—¿Qué? —Bianca se me quedó mirando fijamente—. ¿Qué has dicho?

—He dicho que la quiero.

—Ya es casi mía.

—¿Y? Sigo queriéndola.

—Su forma ya no es del todo humana, Dresden. No pasará mucho antes de que se convierta en mi compañera.

—Puede que sí, o puede que no —dije—. Quítale las manos de encima a mi novia.

Los ojos de Bianca se abrieron del todo.

—Estás loco —dijo—. ¿Tontearías con el caos, la destrucción y la guerra, solo por el bien de este alma herida?

Golpeé con mi bastón en el suelo, en busca de poder. Más profundamente de lo que nunca había buscado. Afuera estaba amaneciendo y en el aire restalló un relámpago.

Bianca, incluso Ortega, parecieron inseguros de repente, mirando hacia arriba y a su alrededor antes de volver a mirarme.

—Por el bien de un alma. Por un amado. Por una vida. —Invoqué el poder hacia mi varita y su punta despidió un brillo incandescente—. Conforme a mi punto de vista, no hay nada más por lo que merezca la pena hacer una guerra.

La cara de Bianca se encrespó de rabia. Había perdido. Se echó atrás la piel como si fuera una horripilante oruga, la bestia negra salía de su máscara de carne humana, enseñando las garras, con los ojos encendidos de furia salvaje.

—¡Matadle! —gritó—. ¡Matadle, matadle, matadle!

Los vampiros vinieron a por mí, por el suelo, por las paredes, escabullándose como cucarachas o arañas, demasiado rápido para que fuera verdad. Bianca recogió sombras en sus manos y me las lanzó.

Yo di un paso atrás y las cogí y se las lancé a uno de sus esbirros. La oscuridad envolvió al vampiro y gritó desde dentro. Cuando la niebla de alrededor desapareció, no quedaba de él nada excepto polvo. Respondí con otra gota de fuego con la varita, barriendo de un plumazo como si fuera una guadaña a los vampiros que acudían haciéndoles saltar en llamas. Se retorcieron y gritaron.

Las babas venían hacia mí por arriba y por los lados y casi no conseguía esquivarlas a tiempo. El vampiro que estaba colgando del techo escupió su veneno hacia abajo pero se encontró con el extremo de mi bastón en la tripa y el otro en el suelo. El vampiro rebotó haciendo un ruido como un eructo y aterrizó; levanté el bastón y golpeé la cabeza de aquel ser, mientras afuera resonaban los truenos. Del bastón salió una ráfaga de energía que hizo que el cráneo del vampiro se estrellara como un huevo. Del techo caía polvo y las garras del vampiro resonaron emitiendo un frenético staccato mientras moría.

De momento iba todo bien, los vampiros que estaban más cerca de mí iban cayendo enseñando los dientes. Pero venían más detrás de ellos. Bianca me lanzó otro ataque y aunque interpuse mi bastón y el escudo, el frío mortal me dejó los dedos entumecidos.

Me estaba quedando sin fuerzas, resollando, mi cansancio y debilidad empezaban a pasar factura. Vencí el mareo, lo suficiente para lanzar otra ráfaga de fuego a un vampiro que venía, pero resbaló a un lado y lo único que conseguí fue abrir un surco ardiente en las tablas del suelo.

Se retiraron un momento separados de mí por una gran extensión de llamas y lo aproveché para intentar respirar.

Venían. Los vampiros venían a por mí. Mi cerebro seguía hablándome, frenético, muerto de miedo. Venían. Justine, Susan y yo podríamos acabar muertos. Muertos como los demás. Muertos como las demás víctimas.

Me apoyé en la pared junto a las escaleras, jadeando, intentando pensar con claridad. Muertos. Víctimas. Las víctimas de abajo. Los muertos.

Dejé caer la varita. Caí de rodillas.

Con el bastón hice un círculo en torno a mí en el polvo. Aquello bastó. El círculo se cerró al lanzarle energía. La magia circulaba por doquier en esa casa, era el mar de la energía sobrenatural removido hasta formar espuma.

No sabía cómo funcionaría este conjuro. No tenía foco, ni objetivo y no era el tipo de magia con el que trabajaba. Empujé mis sentidos hacia abajo, hacia la tierra, como si fueran dedos que buscaran. Borré el vestíbulo en llamas, mis enemigos, los gritos de Bianca. Aparté el fuego, el humo, el dolor, la náusea. Me concentré y busqué debajo de mí.

Y los encontré. Encontré a los muertos, las víctimas, los que había cogido. No solo los que había amontonados como basura.

Encontré más, docenas de ellos. Una veintena. Cientos. Huesos ocultos, que no se sabía que estaban allí, que nunca se habían buscado. Figuras impacientes, atrapadas en la tierra, demasiado débiles para actuar, para vengarse, para encontrar la paz. De otra forma es probable que no me hubiera salido, pero ellos me lo habían puesto en bandeja, Bianca y los suyos. Pensaban debilitar la frontera entre la vida y la muerte, utilizar a los muertos en mi contra.

Pero esa hoja tenía dos filos.

Encontré a esos espíritus, alargué la mano y los toqué uno por uno.

Memorium —susurré—. Memoratum. Memortius.

La energía salió de mí. La empujé todo lo rápido que pude y se la entregué a los perdidos, los seducidos, los traicionados, la gente sin hogar, los desvalidos. Todos esos de los que se habían alimentado los vampiros a lo largo del tiempo, todos los muertos a los que pude llegar. Busqué en la confusión que Bianca y sus aliados habían creado y les otorgué mi energía a esas almas errantes.

La casa empezó a temblar.

Procedente del sótano salió un estruendo que empezó siendo un gemido y se transformó en un lamento. Y entonces llegó una muchedumbre gritando, un rugido que estremecía los sentidos, que hizo que mi corazón y mi vientre se estremecieran por la fuerza que contenía.

Vinieron los muertos. Salieron del suelo, y adoptaron formas de humo, llamas y ceniza. Los vi mientras yo empezaba a tambalearme, a debilitarme al terminar el esfuerzo del conjuro. Les vi las caras. Vi vendedores de periódicos de los ruidosos años veinte y moteros de los cincuenta y punkis de los ochenta. Vi como salían repartidores y gente sin hogar y niños perdidos que iban a por todas manifestando su enfado. Los fantasmas extendían sus manos ardientes para quemar y chamuscar; metían sus cuerpos humeantes en las narices y las gargantas. Gritaban sus nombres y los nombres de los que los habían matado, los nombres de los que querían, y su venganza estremeció esa enorme y grandiosa casa como una tormenta eléctrica, como un terremoto.

El techo empezó a caer. Vi como los vampiros eran arrastrados a las llamas, hacia el sótano, mientras había zonas del suelo que estaban ardiendo y comenzaban a ceder. Algunos intentaron huir pero los espíritus de los muertos no tenían más piedad que los demás. Golpeaban a los vampiros, los arrastraban, con manos y cuerpos fantasmagóricos que casi eran tangibles por el poder que yo les había otorgado.

Los vampiros morían. Los fantasmas se arremolinaban y gritaban por todas partes, horribles y hermosos, desgarradores y ridículos como la propia humanidad. Aquel ruido hizo que se me quitaran las ganas de hablar, empecé a recibir golpes en mi cuerpo que eran como puñetazos reales.

Estaba más aterrorizado de lo que lo había estado en toda mi vida. Intenté ponerme de pie y bajé las escaleras. Justine subía tambaleándose. Las órbitas de los ojos de Bob brillaban con un naranja fuerte, era como un faro en medio del humo. La agarré por la muñeca e intenté abrirme paso por la casa que estaba temblando, el agujero que había en el suelo que conducía al infierno.

Vi como un espíritu saltaba a por Bianca con las manos extendidas en llamas y ella le golpeaba con una ráfaga de viento helado y oscuro. Cogió a Susan por la muñeca y empezó a tirar de ella hacia la puerta delantera.

Se acercaron más espíritus a por ella. El asesino de mayor edad que había en esta casa, eran fuego, humo y astillas, incluso uno que había conseguido formar un cuerpo falso con las balas gastadas que había en el suelo.

Me los quité a todos de encima. Con la garra y la magia, me abrí paso entre ellos hacia la puerta de entrada. Susan empezó a despertarse, a mirar alrededor con cara de terror.

—¡Susan! —grité—. ¡Susan!

Empezó a forcejear para escaparse de Bianca quien bufó y se dio la vuelta hacia Susan. Intentó tirar de mi novia para acercarse a la puerta delantera, pero uno de los fantasmas enganchó la pierna del vampiro haciendo que empezara a arder.

Bianca gritó como loca, fuera de control. Levantó en alto una mano, sus garras brillaban, oscuras y las bajó hacia la garganta de Susan.

Envié un conjuro con el nombre de Susan, era el último esfuerzo que me quedaba en el cuerpo y la mente.

Vi como se levantaba. Era el fantasma de Rachel. Apareció, sencilla, traslúcida y hermosa, y se puso entre las garras de Bianca y la garganta de Susan. La sangre brotó del fantasma, era roja y espantosa. Susan se tambaleó hacia un lado. Bianca empezó a gritar, tan fuerte que podría haber roto un cristal mientras la sangre del fantasma presionaba contra ella, enrollando sus brazos alrededor de la monstruosa forma negra.

Mi conjuro siguió animando al fantasma de Rachel y le dio a Bianca en toda la cara, una columna de viento casi sólida que la cogió, lanzándola a toda velocidad y después la estrelló contra el suelo. Las tablas, que habían estado sometidas a presión, se abrieron bajo sus pies, crujieron y sonaron y las llamas vinieron hacia mí en una oleada de humo negro maloliente. Sentí que perdía el equilibrio e intenté llegar a la salida pero me caí al suelo.

Los espíritus fueron corriendo detrás de Bianca, el fuego y el humo, persiguieron a la bruja vampiro por el agujero. La casa gritó, era un sonido que parecía proceder de la madera torturada y las vigas retorcidas y entonces empezaron a caer.

No podía mantener el equilibrio. Sentí unas manos pequeñas y fuertes bajo uno de mis brazos. Y entonces sentí que Susan estaba bajo el otro, rebosante de energía y aterrorizada. Me levantaron. Justine estaba al otro lado y juntos salimos tambaleándonos de la casa.

No habíamos dado más de una docena de pasos cuando se derrumbó después de crujir. Nos dimos la vuelta y vimos como la casa se estaba encogiendo, atrapada hacia la tierra a un infierno de llamas. Más tarde, el Departamento de bomberos dijo que era algo parecido a una explosión invertida, pero yo sé lo que vi. Vi como los fantasmas que los muertos habían dejado atrás arreglaron las cuentas.

—Te quiero —dije, o intenté decirle a Susan—. Te quiero.

Pegó su boca a la mía. Creo que estaba llorando.

—Calla —dijo—. Harry, calla, yo también te quiero.

Ya estaba dicho.

No había razón alguna para seguir esperando.