Capítulo 1

Hay razones por las que odio conducir deprisa. En primer lugar, el Escarabajo azul, un vehículo fabricado por Volkswagen que no me pega nada pero con el que desempeño mi trabajo, que suena y cruje peligrosamente cuando supero los noventa kilómetros por hora. En segundo lugar, no me llevo demasiado bien con los avances tecnológicos. Cualquier producto fabricado después de la II Guerra Mundial parece ser susceptible de fallar en cuanto me acerco a él. Por regla general, cuando conduzco, lo hago con prudencia y sensatez.

Esta noche ha sido una excepción.

Al doblar una esquina, los neumáticos de mi Escarabajo rechinaron como si protestaran contra la señal de prohibido girar a la izquierda que allí había. El viejo coche gruñía, indomable, como si notara lo que estaba en juego, y seguía desempeñando su aguerrido trabajo, gimiendo y vibrando mientras bajábamos a toda velocidad por la calle.

—¿Podemos ir más deprisa? —dijo Michael con voz cansina. No era una queja, sino una pregunta formulada con voz tranquila.

—Solo si tenemos el viento a nuestro favor o vamos cuesta abajo —dije—. ¿Cuánto queda hasta el hospital?

El hombre corpulento encogió los hombros y negó con la cabeza. Su pelo era una mezcla de sal y pimienta, el negro destacaba sobre el color plata que algunos hombres tienen la suerte de heredar, aunque la barba era todavía muy oscura, casi negra. Tenía marcadas líneas de expresión que dejaban vislumbrar huellas de pena y tristeza. Sus manos grandes y llenas de arrugas descansaban sobre las rodillas, que iban aplastadas contra el salpicadero.

—No estoy seguro —me contestó—. ¿Unos tres kilómetros largos?

Por la ventana del Escarabajo vi la escasa luz que quedaba.

—El sol casi se ha puesto. Espero que no lleguemos tarde.

—Lo hacemos lo mejor que podemos —me aseguró Michael—. Si Dios quiere, llegaremos a tiempo. ¿Estás seguro de tu… —movió la boca expresando su disgusto— fuente de información?

—Bob es un pesado, pero raras veces se equivoca —contesté, dando un frenazo y esquivando un camión de basura—. Si dijo que el fantasma estaría allí, lo estará.

—Que el Señor nos acompañe —dijo Michael, y se santiguó. Yo sentí algo, como una corriente de energía apacible y tranquilizadora alrededor de él, el poder de la fe—. Harry, hay algo que quiero preguntarte desde hace tiempo.

—No me vuelvas a pedir que vaya a misa —le dije con una sensación de inquietud—. Ya sabes que voy a decirte que no. —Alguien con un Taurus rojo me cortó el paso y tuve que dar un viraje brusco para esquivarle; me metí en la isleta para girar y después adelantarle. Dos ruedas del Escarabajo se levantaron del suelo— ¡Gilipollas! —grité por la ventanilla del conductor.

—Eso no me impide seguírtelo pidiendo —aseguró Michael—. Pero no se trata de eso. Lo que yo quería saber es cuándo vas a casarte con la señorita Rodríguez.

—¡Madre mía, Michael! —Fruncí el ceño—. En las últimas dos semanas, tú y yo hemos estado recorriendo toda la ciudad, persiguiendo a todos los fantasmas y espíritus a quienes, de repente, les ha dado por aparecer. Todavía no sabemos cuál es la causa de que el mundo de los espíritus haya perdido la chaveta.

—Lo sé, Harry, pero…

—En este momento —le interrumpí—, vamos tras la pista de una horrible viejecita que está en Cook County, y que podría matarnos si no nos concentramos. Y tú vas y me preguntas por mi vida amorosa.

Michael frunció el ceño mirándome.

—Te acuestas con ella, ¿verdad? —dijo.

—No lo suficientemente a menudo —gruñí y cambié de carril, dando un volantazo al toparme con un autobús.

El caballero suspiró.

—¿La quieres? —preguntó.

—Michael —dije—. Dame un respiro. ¿Cómo me sales con preguntas como esa?

—¿La quieres? —siguió presionando.

—Ahora lo que me preocupa es conducir.

—Harry —preguntó sonriendo—. ¿Quieres a la chica o no? No es una pregunta muy difícil.

—Mira quien habla —refunfuñé. Pasé por delante de un coche de policía superando en unos treinta kilómetros por hora el límite de velocidad, y vi como el oficial que estaba junto a la rueda parpadeaba y derramaba su café al verme pasar. Miré por el retrovisor y comprobé que las luces azules del coche patrulla se habían encendido—. Maldita sea, eso lo va a estropear todo. Los policías van a venir pisándonos los talones.

—No te preocupes por ellos —me aseguró Michael—. Tú, responde la pregunta.

Le eché una mirada a Michael. Él me miró, con un gesto que denotaba sinceridad, la mandíbula era fuerte y sus ojos grises brillaban. Tenía el pelo muy corto, con la parte de arriba cortada como los marines pero lucía una barba rala de guerrero.

—Supongo que sí —dije, un segundo después—. Sí.

—Entonces ¿no te importa decirlo?

—¿Decir el qué? —Me quedé parado.

—Harry —me regañó Michael, mientras sufría el bote por el agujero que había en la calle—. No te comportes como un niño. Si quieres a esa mujer, dilo.

—¿Por qué? —pregunté.

—No se lo has dicho, ¿a qué no? No se lo has dicho nunca.

Le fulminé con la mirada.

—¿Y qué, si no lo he hecho? Ella lo sabe. ¿Qué problema hay?

—Harry Dresden —dijo—. Tú mejor que nadie deberías saber la importancia de las palabras.

—Verás, ella lo sabe —dije, frenando un poco y después volviendo a pisar el acelerador—. Le regalé una tarjeta.

—¿Una tarjeta? —preguntó Michael.

—Una con una dedicatoria.

Suspiró.

—Me gustaría escuchar las palabras pronunciadas por ti.

—¿Qué?

—Di las palabras —me pidió—. Si la amas, ¿por qué no puedes decírselo?

—Porque no voy por ahí diciéndoselo a todo el mundo, Michael. Por Dios bendito, es que… no podría, ¿vale?

—No la amas —dijo Michael—. Ahora me doy cuenta.

—Sabes que eso no…

—Dilo, Harry.

—Si con eso me vas a dejar en paz —dije y pisé a fondo el acelerador de mi Escarabajo. Veía que la policía estaba en alguna parte, entre los coches, detrás de mí—. De acuerdo —fulminé a Michael con la mirada, con cara de pocos amigos—, la quiero. ¿A ver que te parece esto?

Michael sonrió.

—¿Lo ves? Eso es lo único que nos separa. Harry, no eres el tipo de persona que dice lo que siente ni tampoco eres demasiado introspectivo. A veces basta con mirarse al espejo y estudiar lo que uno ve.

—No me gustan los espejos —refunfuñé.

—Dejando eso aparte, tendrías que darte cuenta de que realmente amas a esa mujer. Después de Elaine, creí que ibas a aislarte totalmente y que nunca más…

De repente, sentí un ataque de odio y locura.

—No hablo de Elaine, Michael. Nunca. Si no lo puedes soportar, sal de mi coche y déjame que haga solo mi trabajo.

Michael me miró frunciendo el ceño, probablemente más por las palabras que había elegido que por otra cosa.

—Estoy hablando de Susan, Harry. Si la quieres, deberías casarte con ella.

—Soy un mago. No tengo tiempo para casarme.

—Y yo soy un caballero —respondió Michael— y tengo tiempo. Merece la pena. Estás demasiado solo y eso se nota.

Volví a mirarle frunciendo el ceño.

—¿Qué quiere decir eso?

—Estás nervioso; gruñón. Y siempre estás aislado. Tienes que mantener el contacto humano, Harry. Sería tan fácil que entraras en un camino oscuro.

—Michael —dije bruscamente—. No necesito que me des la charla ni que me eches un discurso otra vez para que cambie. No necesito que me vuelvas a decir que me aparte de los poderes malignos antes de que acaben conmigo. Ni una vez más. Lo único que necesito ahora es que me apoyes mientras me ocupo de esto.

A lo lejos, se divisaba el hospital de Cook County. Hice un cambio de dirección ilegal para ponerme con el Escarabajo azul en el carril de entrada de Emergencias.

Michael se desabrochó el cinturón mucho antes de que el coche se hubiera parado, y buscó en el asiento trasero una espada enorme, de metro y medio que estaba dentro de su funda. Salió del coche y se puso manos a la obra. Después, cogió una capa blanca que tenía una cruz roja en la parte izquierda del pecho, se la echó por los hombros con un movimiento estudiado. Se la abrochó en el cuello con otra cruz, ésta última de plata. Desentonaba con su camisa de franela de obrero, los vaqueros azules y las botas de trabajo con la punta de acero.

—¿Puedes quitarte la capa, por lo menos? —me quejé—. Abrí la puerta y salí del Escarabajo por el lado del conductor, estirando mis largas piernas. Me acerqué al asiento trasero para coger mi equipo, mi nuevo bastón mágico y la varita, que estaban recién tallados y todavía un poco verdes por el borde.

Michael, dolido, levantó la vista para mirarme.

—La capa es tan importante como la espada para mi trabajo, Harry. Además, no es más ridícula que tu abrigo.

Eché un vistazo a mi abrigo negro de piel, era como una túnica que bajaba desde los hombros con una buena caída y en la zona de las piernas tenía un aspecto algo más moderno. Mis vaqueros negros y la camisa oscura del oeste eran mucho más elegantes que el traje de Michael.

—¿Qué tiene de malo?

—Parece un conjunto de El Dorado —dijo Michael—. ¿Estás preparado?

Le lancé una mirada fulminante, ante la cual, él me dio la otra mejilla y me sonrió, y ambos nos dirigimos hacia la puerta. Escuché las sirenas de la policía que se acercaban, debían de estar a dos o tres manzanas.

—Vamos a ir un poco apurados.

—Entonces será mejor que nos demos prisa. —Se recogió la capa blanca con su brazo derecho, y puso la mano en la empuñadura de la gran espada. Después inclinó la cabeza, se santiguó y murmuró—: Señor misericordioso, guíanos y protégenos en nuestra batalla contra las tinieblas. —Una vez más, en torno a él circuló ese flujo de energía, como la vibración de la música que se escucha a través de una pared gruesa.

Moví la cabeza en señal de negación y cogí del bolsillo de mi abrigo una bolsa de piel del tamaño de la palma de mi mano. Tuve que probar un momento el bastón, la varita y la bolsa y como era habitual, acabé cogiendo el bastón en mi mano izquierda, la varita en la derecha y la bolsa con los dientes.

—Ya ha anochecido. —Eché un vistazo—. Pongámonos en marcha.

Y echamos a correr, caballero y mago, para entrar por la puerta de emergencia del hospital de Cook County. Cuando entramos, todo el mundo se nos quedó mirando fijamente. Mi abrigo estaba abombado por el aire y por la velocidad que llevábamos y formaba una nube negra detrás de mí, y la capa blanca de Michael se abría como si fueran las alas de un ángel vengador de quien él era su homónimo. Entramos a toda velocidad, y de repente nos detuvimos en la primera intersección de pasillos fríos y esterilizados en los que había mucho movimiento.

Agarré por el brazo al primer ordenanza que vi. Este pestañeó y después se me quedó mirando boquiabierto, desde la punta de mis típicas botas tejanas hasta mi pelo oscuro. Miró mi bastón y la varita y el amuleto plateado en forma de pentágono que colgaba de mi pecho con bastante nerviosismo y tragó saliva. Después miró a Michael, alto y corpulento, cuya expresión era bastante relajada, que desentonaba completamente con la capa blanca y el sable que llevaba en la cadera. Dio un paso nervioso hacia atrás.

—¿Pu…edo ayudarle?

Le lancé una mirada despiadada con mis ojos oscuros y dije, con la bolsa de piel cogida entre los dientes:

—Hola, ¿me podría decir donde está la sección de neonatos?