Capítulo 30
En los juegos y los libros de historia y en las conferencias sobre ciencia militar, los profesores y los veteranos del mundo intelectual hacen diagramas y colocan modelos en filas y líneas bien definidas. Te muestran metódicamente cómo una división provocó una escisión en una línea determinada o cómo aquellas tropas se mantuvieron firmes mientras otras se disolvieron.
Pero eso es irreal. Una pelea real entre combatientes, ya sea de docenas o miles de ellos, es algo intrínsecamente desordenado, fluido, difícil de seguir. Las presentaciones teóricas pueden mostrarte el resultado, pero no te impresionan la fuerza y la presión de los cuerpos, los gritos, el miedo, los empujones titubeantes hacia delante o hacia atrás para apartarse. Dentro de la batalla, todo es movimiento desenfrenado y ruido y una mezcla de impresiones que ocurren antes de que te puedas dar cuenta. El instinto y el reflejo lo llenan todo, no hay tiempo de pensar y si hay un segundo o dos de sobra, lo único que te pasa por la cabeza es mantenerte con vida. Eres totalmente consciente de lo que pasa a tu alrededor. Es un tipo de tortura oscuro, un infierno temporal y profundo, porque de una forma u otra, no se prolonga mucho tiempo.
Una marea de vampiros se acercó a nosotros. Vinieron a la carrera, con la velocidad de un animal, una masa de caras crispadas y con ojos saltones oscuros que miraban fijamente. Tenían las mandíbulas caídas demasiado abiertas, se les veían las fauces, iban bufando y aullando. Uno de ellos llevaba una espada larga y arremetió contra la tripa pálida de Thomas. Justine gritó. Thomas interpuso la espada cristalina que llevaba en forma de arco, esquivando la punta de la lanza y cortándola por el mango.
Impertérrito, el vampiro siguió con la lanza, y hundió sus mandíbulas en el antebrazo de Thomas. Thomas empujó al vampiro pero estaba bien agarrado. Thomas cambió de táctica, levantando de repente al vampiro del suelo y después pasó la hoja de la espada por la tripa, abriéndola y formando un mar de sangre. El vampiro cayó al suelo, un grito subió de su garganta que en parte era furia y en parte dolor.
—¡Los estómagos! —gritó Thomas—. ¡Sin sangre no tienen fuerza para luchar!
Michael cogió la hoja de un machete encajada en la funda de metal sobre su antebrazo y le dio con uno de los cuchillos al vampiro que le había agarrado. De la tripa del vampiro saltó la sangre y cayó convulsionándose.
—Lo sé —respondió Michael mirando a Thomas enfadado.
Y entonces se vio envuelto en un océano de cuerpos vestidos de rojo.
—¡Michael! —grité. Intenté llegar a él pero me encontré apartado. Vi como luchaba y caía sobre una rodilla, vi como los vampiros le lanzaban cuchillos y abrían las fauces, mostrando los dientes y no pude ver si alguno de ellos salía ardiendo como antes.
Apareció Kyle Hamilton, al otro lado del montón de perros caídos sobre el caballero vencido. Me enseñó las fauces y levantó una semiautomàtica, uno de los modelos caros. Bañada en plata.
—Adiós, Dresden.
Levanté el bastón, sus runas despedían un brillo azul y blanco y grité.
—¡Venteferro!
La magia surgió de las runas del bastón, en silencio. La magia terrenal no es mi fuerte pero me gusta contar con ella. Las runas y el poder que envié a mi bastón salieron y rodearon el arma de ondas magnéticas invisibles. Me preocupaba que los conjuros que había hecho sobre el bastón se hubieran quedado obsoletos pero todavía estaban bien. El arma voló de las manos de Kyle.
La cogí del aire y disparé a un vampiro que iba detrás de Justine. Impacto con algo a la velocidad del sonido y lo lanzó por los aires hacia la oscuridad. Justine giró cuando un segundo vampiro se acercó a ella, y en ese momento la hoja de Thomas le segó las piernas literalmente.
—¡Iesu domine! —La voz de Michael salió por debajo de los vampiros como una corneta dorada del ejército y tras una repentina explosión de presión y fuerza ocultas, los cuerpos empezaron a volar, apartándose de él, la carne saltó por los aires, y colgaba a tiras como si fueran trapos, sin sangre mostrando el brillo de la carne oscura y grasienta—. ¡Domine! —gritó Michael, levantándose y esquivando a los vampiros con las tripas fuera igual que un perro se sacude el agua—. ¡Lava quod est sordium!
—¡Vamos! —grité y me lancé hacia delante, hacia las escaleras que llevaban al escenario. Michael había dividido el mar escarlata, había vampiros aturdidos que se reunían desde el suelo o aminoraban su ataque, dando unos pasos atrás, bufando. Susan y Justine cogieron a uno de ellos que empezaba a acercarse y desanimaron a otros que seguían su ejemplo echando agua bendita de la cesta de Susan. Aquel ser se puso a dar alaridos y cayó, tratando de frotarse los ojos, dejándose caer y estremeciéndose como un bicho medio aplastado.
—¡Bianca! —gritó Thomas—. ¡Nuestra única oportunidad es coger a su líder! —Un cuchillo salió de la oscuridad, demasiado rápido para que pudiera verlo. Pero Thomas sí lo hizo, alargó la mano y desvió la hoja con su espada de su trayectoria con un golpe despectivo, desviándolo.
Llegamos al pie de la escalera.
—¡Thomas, espera aquí! ¡Michael, vamos! —No quería esperar para ver quien escuchaba, simplemente me di la vuelta y subí por las escaleras, con la espada y el bastón preparados, y el estómago encogido. No había forma de llegar a tiempo de salvar a Lydia.
Pero sí, llegamos. La carnicería había atraído la atención de Mavra y estaba mirando fijamente la sangre con los labios retraídos dejando ver sus dientes amarillos. Me miró, con la cara desfigurada por su maldad. Se giró hacia Lydia con la espada en alto.
—Michael —grité y estiré mi bastón—. ¡Venteferro!
Amoracchius estalló despidiendo sombras contradictorias de luz azul y dorada, a medida que mi poder la iba envolviendo, una llamarada con chispas que hicieron que Mavra aullase de sorpresa y dolor. El vampiro se echó hacia atrás, pero siguió agarrando la espada con sus pálidas manos.
—Haz lo que quieras —murmuré. Apreté los dientes mientras el bastón humeaba y temblaba en mi mano—. ¡Vente! ¡Venteferro! —agité el bastón formando un amplio arco y al dar un bufido, la vampira se levantó del suelo al estar agarrada a la espada y saltó como una pelota de balonvolea de playa impulsada hacia el patio que había debajo. Cayó golpeándose con las piedras, rompiéndose como un frágil caramelo y gritando de forma horripilante. La espada estalló formando otra nube de chispas doradas de venganza y salió volando del cuerpo de Mavra, la hoja centelleó cuando tocó el suelo.
Una ola de agotamiento y mareo recorrió mi cuerpo y casi me caigo. A pesar de haber usado un foco, el bastón con runas grabadas, ese esfuerzo había sido superior a mis fuerzas. Tuve que apretar los dientes y confiar en que no iba a salir catapultado hacia un lado. Ya no me quedaban más recursos en lo que se refiere a la magia.
—¡Harry! —gritó Michael—. ¡Cuidado!
Miré y vi que Mavra estaba otra vez en el escenario, sin molestarse en utilizar las escaleras, aterrizando a solo unos metros de donde yo estaba. Michael dio un paso adelante, llevaba una daga cogida del revés, con la punta hacia abajo, en una mano; en la otra, una cruz extendida hacia Mavra. El vampiro lanzó sus manos hacia Michael y la oscuridad se derramó como el aceite salpicando al caballero. Chisporroteó y saltó hacia él, subiendo en ráfagas de humo, y Michael continuó atravesándolo, con el fuego rodeando la cruz que llevaba en alto. Mavra dejó escapar un grito sibilante ahuyentador y se apartó de él, apartándose de mí también.
—Harry —gritó Thomas en lo alto de las escaleras—. ¡Date prisa! ¡No aguantaremos mucho más!
Barrí el escenario con la mirada pero no veía ni rastro de Bianca ni de sus ayudantes en las sombras que despedía el brillo halógeno de la cruz ardiente de Michael. Salí corriendo hacia Lydia, envainando mi delgada hoja antes de recogerla.
—¿Más tiempo? ¡Me sorprende que todavía estemos vivos!
—¡La luz brilla más en la oscuridad total! —gritó Michael, con expresión de alegría, sus ojos estaban llenos de una pasión y venganza que nunca había visto en él. Siguió obligando a Mavra a retirarse ante el fuego paralizante de la cruz, hasta que se cayó del escenario—. ¡Qué vengan las fuerzas de la noche! ¡Resistiremos!
—Lo que vamos a hacer es salir de aquí —susurré, pero en voz alta dije—: Bajemos por las escaleras. ¡Vamos!
Me di la vuelta y vi a Thomas, Susan y Justine reduciendo a un círculo de vampiros, a los pies de la escalera que conducía al escenario, entre el par de focos. De los vampiros solo quedaban restos de piel y trapos. Algunos de la Corte Roja todavía tenían caras humanas pero la mayor parte estaban desnudos, libres de las máscaras de carne que llevaban. Criaturas negras, endebles, retorcidas, con caras horrorosas y con los vientres hinchados, en su mayor parte por la sangre fresca. Los ojos, negros, estaban vacíos, pero llenos de hambre, y brillaban con la luz. Los dedos largos y huesudos acababan en garras negras igual que los dedos de sus pies. Entre los brazos y los costados había membranas que estaban cubiertas de cieno, y sus hermosos cuerpos de antes se habían transformado en algo horrible.
Un vampiro dio un bandazo hacia Thomas, mientras que otro se lanzó a coger a Susan. Le puso la cruz en la cara pero a diferencia de lo que había ocurrido con Mavra, la madera no se iluminó. No es fácil que funcione la magia de la fe, incluso con los vampiros y a los de la Corte Roja, que eran criaturas que poseían un control más férreo de la realidad que los de la Negra que son más mágicos y no se les repelía con facilidad. El vampiro aulló, con la boca abierta, y babeó espuma que cayó sobre la capucha roja de Susan.
Ella se retorció y forcejeó, y con la otra mano le echó otro frasco de agua bendita no al vampiro sino al faro, que había detrás de ellos. El agua produjo un sonido sibilante al caer y se evaporó al contacto con la luz, haciendo una nube de vapor que envolvió por completo al vampiro. Dejó escapar un chillido que superó la capacidad auditiva humana, desapareciendo y al mismo tiempo alejándose de Susan mientras mudaba su piel, lo cual permitió ver los músculos fibrosos y huesos que tenía debajo.
Susan buscó a tientas en la cesta y sacó el arma. Disparó en el vientre del vampiro, el impacto del miedo, y el abdomen quedó destrozado, la sangre dispersa en una nube. El vampiro cayó al suelo y recuerdo que pensé que le acababa de matar, que había acabado de verdad con uno de ellos. Tuve una sensación intensa de orgullo y bajé las escaleras.
Y en ese momento nuestra racha de buena suerte acabó.
Justine se apartó demasiado y Bianca surgió de la nada cogiendo a la chica por el pelo y tirando de ella para apartarla de Thomas. Thomas se dio la vuelta pero ya era tarde. Bianca sujetaba a la chica por la espalda y la tenía pegada a su pecho, sus dedos estaban enrollados con una aparente suavidad alrededor de la garganta de Justine. Con la otra mano, Bianca, todavía con aspecto humano y tranquilo, acarició el vientre de la chica. Justine luchaba, pero Bianca le puso la cabeza a un lado y pasó la lengua lentamente, con sensualidad por la garganta. Los ojos de la chica se abrieron de terror. Entonces miró con una inmensa profundidad. Se estremeció, su cuerpo se relajó, se arqueó lentamente. Su dulce boca se retorció y le murmuró algo al oído de Justine que hizo que la chica gimiese.
—Ya está bien —dijo Bianca e inmediatamente todo se quedó en silencio, Michael y yo estábamos en las escaleras un poco por encima de Thomas y Susan. Los vampiros los rodearon, fuera del alcance de la espada de Thomas.
Yo tenía a Lydia, inmóvil en mis brazos. Bianca me miró y dijo:
—El juego ha terminado, mago.
—Todavía no nos has vencido —le contesté—. Sería inteligente que tú y tu gente os quitarais de en medio antes de que me enfade.
Bianca se rió, arrancando como distraída uno de los pétalos del top de Justine, descubriendo un poco más de su pecho.
—Seguro que no crees que soy tan estúpida como para asustarme ahora, Dresden. Ya sabes la fuerza con la que cuentas. Con lo que te queda, a duras penas puedes mantenerte en pie. Si hubieras podido salir ya lo habrías hecho. —En ese punto miró a Michael—. Y tú, caballero. Tendrás una muerte gloriosa y contigo también morirán muchas criaturas de la noche. Pero os superamos y estáis solos, y sin la espada. Moriréis.
Miré a Thomas y a Susan y dije.
—Bueno, entonces. Supongo que estaría bien que trajéramos ayuda. Toda tu Corte, Bianca, y así no podrás vencernos. —Miré a los vampiros que había abajo y dije—: Todos tus pequeños subalternos tienen ante sí el poder de la eternidad. Es malo perder la eternidad. Y puede que al final nos cojáis. Pero el primero de vosotros que quiera perder la eternidad, por favor, que de un paso adelante y suba.
El silencio reinó un momento en el patio. Eso me dio un poco de esperanza para darle un respiro a mi corazón que latía a toda velocidad. Prepárate, Kenny Rogers, que si este engaño funciona, seré el mejor jugador con el que hayas soñado nunca.
Bianca se limitó a sonreír y le dijo a Thomas.
—Mi prima del Consejo Blanco es tan hermosa. Desde el primer momento en que la vi, la quise. —Bianca se humedeció los labios—. ¿Qué te parece si hacemos un trato?
Dije con desdén:
—¿Crees que vamos a negociar contigo?
Thomas me miró. Por increíble que parezca, estaba limpio excepto unas pequeñas gotas de color escarlata en su carne pálida, inmaculada, el taparrabos, las alas y todo.
—Adelante —dijo—. Soy todo oídos.
—Entréganoslos, Thomas Raithe —dijo Bianca—. Danos a esos tres y te doy a la chica sin más. Ahora podré disponer de tantos jóvenes como quiera. ¿Qué más da uno menos?
—Thomas —dije—. Sé que acabamos de conocernos, pero no la escuches. Lo ha preparado todo para matarte.
Thomas miró hacia delante y atrás. Se encontró con mis ojos, casi me da tiempo para mirar en su interior pero apartó la vista. Tuve la impresión de que estaba tratando de decirme algo, pero no sabía qué. Quizá su expresión fuese de disculpa.
—Lo sé, señor Dresden —dijo—, pero… me da miedo que la situación haya cambiado. —No dio una patada a Susan, en realidad la empujó hacia la nube de vampiros. Ella dejó escapar un grito que demostraba lo asustada que estaba, la cogieron y se la llevaron a la oscuridad.
Thomas bajó su espada y se giró hacia mí de espaldas a los vampiros. Mirándonos lascivamente y bufando se acercaron a Michael y a mí, rodearon a Thomas, uno de ellos se frotó contra mis piernas. Gesticuló mostrando desagrado y se apartó a un lado.
—Lo siento, señor Dresden, Harry. Me caes muy bien pero me temo que me caigo mejor yo a mí mismo.
Thomas se fue apartando, mientras los vampiros se arremolinaban a los pies de las escaleras. En algún lugar, en la oscuridad, Susan dejó escapar un grito aterrorizado, corto. Después un gemido, y luego silencio.
Bianca me miró sonriendo con dulzura, por encima de la cabeza de Justine que estaba colgando.
—Y así, mago, así termina. Vosotros dos moriréis, pero no os preocupéis, Nadie encontrará vuestros cuerpos. —Miró hacia atrás a donde Thomas había desaparecido al fondo y dijo, aparte—. Kyle, Mavra. Matad también al pequeño cabrón de vientre blanco.
La cabeza de Thomas se giró hacia Bianca y gruñó.
—¡Serás puta!
Mi boca se movía pero no salían palabras. ¿Cómo podían? Las palabras probablemente no podían contener toda la frustración, rabia y miedo que había en mi interior. Vencí el cansancio, que dolía tanto como las espinas y el alambre. No era justo. Habíamos hecho todo lo que habíamos podido. Habíamos arriesgado todo.
No, no nosotros. Las decisiones fueron mías.
Lo había arriesgado todo.
Y había perdido.
Era probable que Michael y yo no pudiéramos luchar contra ellos solos. Se habían llevado a Susan. La ayuda que creíamos que habíamos encontrado se había vuelto contra nosotros.
Se habían llevado a Susan.
Y era culpa mía. No la había escuchado cuando debía. No la había protegido. Y ahora iba a morir por mi culpa.
No sé como aquello iba a hacer sentirse a los demás. No sé si por la desesperanza y el propio odio y por la furia inútil se derrumbarían como el hormigón frágil, o se derretirían como el plomo viejo o se resquebrajarían como el cristal barato.
Solo sabía el efecto que había tenido sobre mí.
Me hizo ponerme colérico.
Sentía ira. El corazón, la cabeza y los ojos me ardían. Sentía como fuego en mi interior, un fuego que ardía en zonas internas que no sabía que podían doler.
No recuerdo el conjuro ni las palabras que pronuncié, pero sí que buscaba ese dolor. Recuerdo que lo conseguí y pensé que si teníamos que irnos, entonces con la ayuda de Dios o sin ella, con o sin fuerzas, y con o sin esperanza, me iba a llevar por delante a esos hijos de puta asesinos chupadores de sangre. Les enseñaría que no podían jugar alegremente con las fuerzas de la creación de la vida. Que no era muy inteligente contrariar a un mago del Consejo Blanco cuando alguien le ha robado a su chica.
Creo que Michael debió de notar algo y me quitó a la chica de los brazos porque lo siguiente que recuerdo es que elevé mis manos hacia el cielo nocturno y grité.
—¡Fuego! ¡Pyrofuego!
¡Arded, cabrones grasientos con cara de murciélago! ¡Arded!
Busqué el fuego, y el fuego me respondió.
Las torres del castillo hechas con árboles podados dándoles forma estallaron formando nubes de luz, y los muros de los setos, llenos de puntas almenadas también. El fuego se extendió por el aire, eran columnas de entre un metro y un metro y medio y la repentina explosión levantó todo por los aires excepto a mí. Una vez levantados del suelo, el viento sopló a nuestro alrededor formando un vendaval.
Yo estaba en el medio, con una lucidez plena procedente de todo el poder con el que contaba. Me quemé y una parte de mí gritaba de alegría al notarlo. Mi capa se movía y se agitaba con el vendaval, extendida formando una nube de color escarlata y negro azabache. El resplandor repentino cayó sobre la escena del jolgorio de los vampiros, iluminándolo todo. Los jóvenes del principio estaban dispersos, tumbados a oscuras cerca de los setos, cerca de los fuegos, como pequeños bultos patéticos. Algunos se movían, otros respiraban. Unos cuantos gemían e intentaban apartarse del calor pero la mayoría estaban aterrorizados, inmóviles.
Pálidos. Hermosos.
Muertos.
La furia en mí creció. Aumentó y ardió, y volví a invocar al fuego. Las llamas salieron, cogieron a uno de los vampiros más cobardes, que se acurrucó en la parte trasera, escarbando para deslizar su máscara de carne y volver a ponérsela sobre la cara de murciélago aplastada. El fuego le alcanzó y lo enroscó, chamuscando y ennegreciendo su piel y después tirando de él, retorciéndole y llevándole hacia el fuego.
La magia bailaba en mis ojos, mi cabeza, mi pecho, se movía fuera de control. No podía seguir todo lo que ocurría. Se acercaron más vampiros a las llamas y empezaron a gritar. Del suelo salieron aros de fuego que empezaron a deslizarse por el patio como serpientes. Todo se puso en movimiento, había sombras que se deslizaban por el resplandor, intentando escapar, gritando.
Noté como mi corazón se encogió y dejó de latir. Me tambaleé, respiraba entrecortadamente. Michael se acercó a mí, con Lydia desplomada sobre su hombro como si fuera un bombero. Se quitó la capa que quedó a un lado, ardiendo. Se pasó mi brazo por el hombro y prácticamente me llevó en volandas escaleras abajo.
El humo nos rodeaba, era espeso y asfixiante. Tosí y me dieron arcadas. Ahora la magia me corría por el cuerpo más lentamente, era como un hilo, no porque las compuertas se hubieran cerrado sino porque no quedaba nada por salir. Me dolía. El fuego se extendió por mi corazón, mis brazos y piernas, aferrándose y retorciéndose. No podía respirar, no podía pensar y sabía que en algún lugar entre todo aquel dolor, estaba a punto de morir.
—¡Señor! —dijo Michael—. ¡Señor, sé que Harry no siempre ha hecho lo que Tú habrías hecho! —Se tambaleó hacia delante, tirando de mí y de la chica—. ¡Pero él es un buen hombre! Luchó contra tus enemigos. Se merece algo mejor que morir aquí. ¡Señor! Si fueras tan amable de mostrarme el camino, te lo agradecería mucho.
Y entonces, de repente, el humo se abrió y un aire puro, sin contaminar, nos impactó en la cara como un cubo de agua helada.
Me caí al suelo y Michael dejó a la chica en algún lugar junto a mí y rompió el esmoquin. Me puso la mano en el corazón y soltó un pequeño grito. Después de eso, no recuerdo mucho más que dolor y unos golpes fuertes en mi pecho.
Y entonces mi corazón dio una sacudida y se puso a latir otra vez. La neblina roja de dolor cesó.
Miré hacia arriba.
El humo se había disipado formando un túnel como si alguien hubiera colocado una tubería de cristal con aire limpio a nuestro alrededor. En el otro extremo del túnel había una figura esbelta, delgada, alta, femenina. De aquella figura salía algo parecido a unas alas extendidas, aunque podría ser una alucinación, la luz caía de muchos ángulos, de forma que era todo sombra y color.
—Pensaba que Él no se tomaba las cosas al pie de la letra —dije casi sin aire.
Michael se apartó de mí, con la cara manchada de hollín y sonrió.
—¿Te estás quejando?
—Caray, no. ¿Dónde está Susan?
—Iré a por ella, vamos. —Demasiado cansado para discutir, le dejé que me levantara. Recogió a Lydia y avanzamos tambaleándonos hacia la figura que estaba en el otro extremo del túnel.
Lea. Mi madrina.
Ambos nos quedamos helados. Michael buscó su cuchillo pero no estaba.
Lea frunció el ceño con delicadeza, mirándonos. Su vestido, todavía azul, inmaculado, se cimbreaba y su melena sedosa era del mismo color que los fuegos que ardían en el patio. Parecía casi como si fuera a brindar, y todavía llevaba la caja negra que Bianca le había puesto bajo su delgado brazo.
—Madrina —dije, sorprendido.
—¿Y bien, tonto? A qué esperas. Me tomé la molestia de mostrarte un camino para escapar. Hazlo.
—¿Nos has salvado tú? —Tosí.
Suspiró y puso los ojos en blanco.
—Aunque siento tanto dolor que me sería difícil explicarlo, sí he sido yo, niño. ¿Cómo voy a dejar que este Corte Roja te mate con esa desfachatez? Por favor, mago, creía que tenías más sentido común.
—Me has salvado para tenerme.
—No es así —dijo Lea, tapándose la nariz con un pañuelo de seda—. Eres solo la piel y yo quiero la fruta entera. Ve a descansar, muchacho. Hablaremos enseguida.
Y entonces se retiró y desapareció.
Michael me sacó de la casa. Recuerdo el olor de su viejo camión, a serrín, sudor y piel. Sentí el crujido de su asiento gastado.
—Susan —dije—. ¿Dónde está Susan?
—Voy a por ella.
Entonces me desplacé un momento por la oscuridad, levemente consciente del dolor persistente que sentía en el pecho y de la piel cálida de Lydia que estaba pegada a mi mano. Intenté moverme, asegurarme de que la chica estaba bien, pero eso suponía demasiado esfuerzo.
La puerta del camión se abrió y se cerró de golpe. Entonces empezó el ruido del motor.
Y después todo se volvió negro.