Capítulo 34

Tengo muy pocos recuerdos de mi padre. Cuando él murió, yo tenía seis años. Lo que sí recuerdo es que estaba agobiado por las preocupaciones, era un hombre cargado de hombros, con ojos amables y manos fuertes. Era prestidigitador, no mago, un prestidigitador de los que actúan en el escenario. Era bueno. Sin embargo, nunca consiguió nada excepcional. Pasó demasiado tiempo haciendo actuaciones en los hospitales y orfanatos para niños para sacar un poco de dinero. Él, yo y su pequeño espectáculo recorrimos el país. En los primeros años de mi vida, recuerdo mi capa en el asiento trasero de la camioneta, cuando me iba a dormir con el rumor del roce de los neumáticos con el asfalto, confiado porque sabía que mi padre estaba despierto, conduciendo y cuidando de mí.

Las pesadillas no me habían sobresaltado hasta justo antes de su muerte. No recuerdo cuáles eran concretamente pero recuerdo que me despertaba dando un grito agudo de terror. Gritaba en la oscuridad, poniéndome de pie para meterme en la esquina más pequeña que pudiera encontrar. Mi padre venía a buscarme, me encontraba y me ponía en su regazo. Me cogía, y me daba calor y enseguida me quedaba dormido, al sentirme sano y salvo.

—Aquí los monstruos no pueden cogerte, Harry —solía decir—. No pueden.

Tenía razón.

Hasta ahora. Hasta esta noche.

Los monstruos me cogieron.

No sé donde empezaba la vida real y comenzaban las pesadillas, pero me desperté de golpe gritando, era un grito vacío, brusco que hacía un poco más de ruido que un gemido. Grité hasta que me quedé sin aliento y entonces lo único que pude hacer fue sollozar.

Me quedé allí, tumbado, desnudo, deshecho. Nadie vino a abrazarme. Nadie me consoló. En realidad, desde que murió mi padre, nadie había hecho nada parecido por mí.

Lo primero era respirar. Me obligué a controlar la respiración, a parar los sollozos incontrolables y a respirar lentamente, de forma constante. Después llegó el horror. El dolor, la humillación. Solo quería meterme gateando en un agujero y tirar de él para taparme. Quería desaparecer.

Pero no fue así. Dolía mucho. Era muy doloroso, muy nítido, estaba muy vivo.

La quemadura era lo que más dolía pero las náuseas que sentía en mi interior llegaron en un abrir y cerrar de ojos. Las manos me decían que estaba en el suelo pero el resto de mi cuerpo me decía que había sido atado a un giroscopio gigante. Me dolía todo. Notaba que la garganta estaba tensa y me ardía, como si algún líquido caliente o algún producto químico me la hubiera abrasado. No quería pensar demasiado en ello.

Me toqué las extremidades para comprobar que estaban intactas y respondían a mis movimientos. Tenía el estómago revuelto, y sentí un espasmo que hizo que me doblara de dolor.

El sudor de mi cuerpo desnudo se quedó frío. La seta. El veneno. De seis a dieciocho horas. Puede que un poco más.

Me sentí pesado, con la boca seca, mareado, tenía los mismos efectos secundarios que los provocados por el veneno del vampiro que ya había experimentado.

Dejé de luchar por un instante. Me quedé ahí, débil, sediento, dolorido y enfermo, encogido, hecho una bola. Habría empezado a llorar otra vez si me hubiera quedado algún sentimiento en mi interior. Habría empezado a llorar esperando la muerte.

Pero ocurrió de forma completamente distinta, una voz incesante en mi cabeza me impulsaba a abrir los ojos. Temeroso, dudé. No quería abrir los ojos y comprobar que no veía nada. No quería encontrarme en la misma oscuridad: esa oscuridad en la que estaba rodeado de seres que bufaban. Puede que allí, tranquilos esperando a que me despertara para poder…

Por un instante, el pánico se apoderó de mí, lo cual me dio la fuerza suficiente para sentarme. Di un profundo suspiro y abrí los ojos.

Podía ver. La luz me abrasaba los ojos, veía una fina línea de luz que rodeaba un rectángulo alto, era una puerta. Tuve que entrecerrar los ojos un momento porque estaban completamente acostumbrados a la oscuridad.

Receloso, miré por la habitación. No era grande, probablemente midiera tres metros por tres, o poco más. Yo estaba en una esquina. Apestaba a podrido. Mis carceleros no tenían al parecer ningún problema en dejarme enterrado en mi propia porquería, parte de la cual estaba pegada a mi cuerpo, a las piernas y los brazos. Supuse que eran vómitos. Había sangre. Era un síntoma del envenenamiento por setas.

Había otras formas en la oscuridad. Un montón de ropa en una esquina, como ropa sucia para lavar y también varias cestas. En la pared de enfrente de la puerta había una lavadora y una secadora.

Y Justine, vestida con tan poca ropa como yo, hecha un ovillo y sentada con la espalda pegada a la pared, tenía cogidas las piernas con los brazos cruzados sobre las rodillas y me miraba con los ojos febriles, profundos.

—Estás despierto —dijo Justine—. No creía que volvieras a levantarte nunca.

La chica que había visto en la fiesta había perdido todo su encanto. Su pelo estaba lacio y grasiento. Su cuerpo pálido parecía delgado, casi demacrado y sus miembros, al menos lo que podía ver, estaban manchados y sucios al igual que su cara.

Sus ojos me sorprendieron. Había algo salvaje en ellos, algo inquietante. Durante un buen rato no volví a mirarla. A pesar de lo mal que me encontraba, tuve el aplomo suficiente para no querer mirarla a los ojos.

—No estoy loca —dijo con la voz cortante—. Sé lo que estás pensando.

Tuve que toser antes de poder hablar, y eso hizo que me volviera a doler la tripa.

—No estaba pensando en eso.

—Por supuesto que no —gruñó la chica. Se levantó y con esa elegancia y tensión propia de ella se acercó a mí—. Sé lo que piensas. Que te han dejado aquí tirado con esta pequeña y estúpida puta.

—No —dije—. Yo… no es eso…

Bufó como un gato, y me pasó las uñas por la cara, dejándome tres señales que ardían. Grité y me eché hacia atrás pero me di contra la pared.

—Siempre sé cuando voy a encontrarme así —dijo Justine—. Me dedicó una mirada despreocupada, se dio la vuelta sobre la parte anterior de la planta del pie y se alejó varios pasos antes de estirarse y ponerse a cuatro patas, mirándome como ausente.

Me quedé mirándola un momento, sintiendo como el calor de la sangre se acumulaba en las heridas. Me toqué con un dedo y me di cuenta de que estaba manchado de color rojo. Levanté la vista para mirarla y negué con la cabeza.

—Lo siento —dije—. Dios, ¿pero qué te han hecho?

—Eso —dijo de manera despreocupada, extendiendo una mano. Tenía pinchazos redondos con hematomas alrededor de la muñeca—. Y eso —extendió su otra muñeca para que viera más marcas—, y esto —estiró el muslo a un lado del cuerpo, paralelo al suelo, para enseñarme más señales que lo recorrían de arriba abajo—. Todos querían probar y lo hicieron.

—No lo entiendo —dijo.

Me sonrió mostrándome gran parte de sus dientes y eso me hizo sentirme incómodo.

—No hicieron nada. Soy así. Así soy siempre.

—Esto… —dije—. Anoche no eras así.

—Anoche —dijo—. Hace dos noches por lo menos. Es porque él estuvo aquí.

—¿Thomas?

Su labio inferior empezó a temblar de repente, y parecía que iba a llorar.

—Sí, sí, Thomas. Él me tranquiliza. Hay tanto en mi interior que tiene que salir, como cuando estuve en el hospital. Dijeron que era una cuestión de control. No tengo el tipo de control que otros tienen. Son las hormonas, pero las medicinas me ponen enferma y él no. Solo estoy un poco cansada.

—Pero…

Su cara volvió a ponerse seria.

—Calla —dijo—. Pero, pero, pero. Un imbécil que siempre hace preguntas tontas. Un tonto que no quiso poseerme cuando me ofrecí. Ninguno lo hace. Ninguno porque todos quieren más.

Asentí y no dije nada mientras ella se ponía más nerviosa. Seguramente fuera poco correcto pero la palabra «chiflada» aparecía en una señal de neón gigante en la cabeza de Justine.

—Vale —dije—. Vamos a tranquilizarnos, ¿de acuerdo?

Me fulminó con la mirada y se quedó en silencio. Después se retiró al espacio que había entre la pared y la lavadora y se acurrucó. Empezó a juguetear con el pelo y no me prestó atención.

Me levanté a pesar del esfuerzo que me costaba. Todo me daba vueltas. En el suelo, encontré una toalla llena de polvo. La utilicé para quitarme parte de la porquería que tenía pegada a la piel.

Me dirigí a la puerta y lo intenté. Estaba bien cerrada. Probé a arremeter contra ella, pero el esfuerzo me hizo sentir un fuerte dolor en el estómago y caí al suelo otra vez con convulsiones. Devolví allí en medio, y noté el sabor de la sangre en la boca.

Me quedé tumbado de puro agotamiento un momento después y pude dormirme otra vez. Miré hacia arriba y vi que Justine tenía la toalla y me estaba limpiando la piel del vómito reciente.

—¿Cuánto tiempo? —conseguí preguntarle—. ¿Cuánto tiempo he estado aquí?

Se encogió de hombros sin mirar hacia arriba.

—Te tuvieron un rato a la puerta. Oí que jugaban contigo durante dos horas más o menos. Y después te tiraron aquí. Me dormí. Me desperté. Puede que otras diez horas. O menos, o más, no sé.

Seguía sujetándome el abdomen con una mano, haciendo muecas y asintiendo.

—De acuerdo —dije—. Tenemos que salir de aquí.

Soltó una enorme risotada.

—No se puede salir. Esto es la despensa. Normalmente, el pavo de Navidad no se levanta y sale andando.

Negué con la cabeza.

—He sufrido una… intoxicación. Si no voy al hospital, moriré.

Sonrió otra vez y jugueteó con su pelo, tirando la toalla.

—Casi todo el mundo muere en un hospital. Tú estás en otro sitio. ¿No es mejor?

—Es una de esas cosas sin las que podría vivir —dije.

La expresión de Justine se relajado, los ojos distantes y se quedó quieta.

La miré fijamente, moví una mano delante de sus ojos. Chasqueé los dedos y no respondió.

Suspiré y me levanté, después volví a comprobar la puerta. Estaba bien cerrada con pestillo por el otro lado. No podía moverlo.

—Estupendo —suspiré—. Es magnífico. No voy a conseguir salir nunca de aquí.

Detrás de mí, algo susurró. Me giré, pegando la espalda a la puerta, para ver de dónde procedía el sonido.

Por la pared subía una ligera neblina, una masa humeante que se deslizaba y hacía remolinos en el suelo como si fuera algo etéreo. La niebla tocó ligeramente mi la sangre, la que había en el suelo donde había vomitado y después empezó a describir un remolino y a adoptar una forma vagamente humana.

—Estupendo —murmuré—. Ahora más fantasmas. Si salgo vivo de aquí, me cambio de trabajo.

El fantasma recobró la forma delante de mí, muy despacio, completamente translúcido. Adoptó la forma de una mujer joven, atractiva, vestida como una eficiente secretaria. Su pelo estaba recogido en un moño, pero por las mejillas le caían unos cuantos rizos. Su muñeca fantasma tenía una costra de sangre seca, junto a un par de pinchazos hechos con unas fauces. De repente, la reconocí, la chica de la que se había estado alimentando Bianca hasta que murió.

—Rachel —susurré—. Rachel, ¿eres tú?

Cuando pronuncié su nombre, se giró hacia mí, concentrando su mirada lentamente en mí, como si me estuviera contemplando a través de un velo neblinoso. Su expresión cambió, se tornó grave. Asintió mirándome.

—Madre mía —susurré—. No es extraño que Bianca se obsesionara con el placer de la venganza. Estaba literalmente obsesionada por tu muerte.

La cara del espíritu hizo una mueca de disgusto. Dijo algo que yo solo percibí como un ruido sordo, lejano que acompañó el movimiento de sus labios.

—No te entiendo —dije—, Rachel. No te oigo.

Parecía que casi lloraba. Se puso la mano en el pecho y me hizo una mueca.

—¿Te duele? —imaginé—. ¿Te duele?

Negó con la cabeza. Después se tocó la sien y se pasó los dedos lentamente por los ojos, cerrándolos.

—Ah —dije—. Estás cansada.

Ella asintió. Hizo un movimiento de súplica juntando ambas manos como si pidiera ayuda.

—No sé lo que puedo hacer por ti. No sé si te puedo ayudar a descansar o no.

Volvió a negar con la cabeza. Después asintió, mirando a la puerta e hizo un gesto como del cuello de una botella con las manos.

—Bianca —pregunté. Cuando asintió continué—. Crees que Bianca puede dejarte descansar. —Negó con la cabeza—. ¿Te tiene presa aquí?

Rachel asintió, su bonita y fantasmagórica cara mostraba preocupación.

—Tiene sentido —murmuré—. Bianca se obsesiona contigo porque encontraste la muerte en circunstancias trágicas. Tiene a tu fantasma aquí. El fantasma se le aparece y la lleva a vengarse y ella me echa la culpa de todo a mí.

El fantasma de Rachel asintió.

—Yo no te maté —dije—. Lo sabes.

Asintió de nuevo.

—Pero lo siento. Lamento que el hecho de haber estado en el lugar erróneo en el momento equivocado hiciera que tú murieras.

Me miró con amabilidad, lo cual se transformó en una repentina expresión de horror. Miró más allá de donde estaba, a Justine, y entonces su imagen empezó a difuminarse, a fusionarse con la pared.

—¡Eh! —dije— ¡Espera un momento!

La neblina desapareció y Justine empezó a moverse. Se levantó con indiferencia y se estiró. Después se miró a sí misma y se pasó las manos con dulzura por el pecho y el estómago.

—Muy bonito —dijo con la voz algo distinta, alterada—. Bastante parecida a Lydia en muchos aspectos, ¿verdad?, señor Dresden.

Me puse tenso.

—Kravos —susurré.

Los ojos de Justine se llenaron de sangre hasta el blanco de los ojos.

—Ah, sí —dijo—. Sí, claro.

—Tío, tienes que acabar con una vida de la forma más horrible posible. Eras tú, ¿verdad? La llamada de teléfono en la que Agatha Hagglethorn se volvió loca.

—Mi última llamada —dijo Kravos en boca de Justine—. Quería disfrutar de lo que iba a ocurrir. Como ahora. Bianca ha ordenado que no recibas visitas pero yo no pude resistir la oportunidad de echarte un vistazo.

—¿Quieres echarme un vistazo? —pregunté. Me toqué la cabeza—. Venga entra. Aquí hay unas cuantas cosas que me gustaría mostrarte.

Justine sonrió y negó con la cabeza.

—Eso supondría un gran esfuerzo y ningún beneficio. A pesar de no tener la protección de un umbral, con una mente tan débil como la de una niña, el esfuerzo es considerable. Esfuerzo —añadió—, que se hizo posible por una beca de la Fundación del Espíritu de Harry Dresden.

Le enseñé los dientes.

—Deja en paz a la chica.

—Ah, pero si está bien —dijo Kravos con los labios de Justine—. Así está más contenta. No puede hacer daño a nadie, ni a sí misma. Las emociones que siente no pueden obligarla a actuar. Por eso los Blancos la quieren tanto. Se alimentan de la emoción, y esta querida niña está loca por ello. —El cuerpo de Justine se estremeció y se movió con sensualidad—. En realidad, la locura es bastante excitante.

—A mi no me gustaría saberlo —dije—. Mira. Si vamos a luchar, luchemos. Si no, dispara. Tengo cosas que hacer.

—Lo sé —dijo Justine—. Estás muy ocupado en morirte a causa de un envenenamiento. Los vampiros intentaron beber tu sangre, pero algunos se han puesto malos, así que te dejaron casi intacto. Bianca estaba muy molesta. Quería que murieras para que sirvieras de comida a sus nuevos chicos.

—Qué pena.

—Venga, Dresden. Tú y yo somos del grupo de los listos. Ambos sabemos que no querrías morir a manos de un ser inferior.

—Puede que yo sea uno de los listos —dije— pero tú, Kravos, solo eres un alborotador de tres al cuarto. Eres el matón estúpido de la tierra de los magos y que hayas conseguido vivir como lo has hecho sin suicidarte es todo un milagro.

Justine gruñó y me atacó. Me inmovilizó contra la puerta con una mano y una fuerza sobrenatural que me decía que podía haberme atravesado perfectamente si hubiera querido.

—Siempre con tantas pretensiones morales —gruñó—. Siempre seguro de que tienes razón. De que tienes todo a tus pies. Que tienes el poder y las respuestas.

Hice una mueca. Me sobrevino otra vez el dolor de estómago y eso fue lo único que pude hacer para no gritar.

—Bueno, Dresden. Date por muerto. Está escrito que vas a morir. En unas pocas horas morirás. E incluso, aunque no ocurriera así, si sobrevives a lo que tengo pensado, el veneno te matará poco a poco. Y antes de que te vayas a dormir; Bianca no me parará esta vez. Te dormirás y yo estaré allí. Me apareceré en tus sueños y haré que tus últimos momentos en la tierra sean una pesadilla que dure años. —Se puso de puntillas y me escupió a la cara. Después la sangre desapareció de los ojos de Justine y su cabeza cayó hacia delante como si fuera un caballo luchando contra las riendas y que se quedaba sin fuerza. Justine dejó escapar un gemido y se pegó a mí.

Hice todo lo que pude para sujetarla. Nos caímos entrelazados al suelo, ninguno de los dos estábamos en condiciones de movernos. Justine gimió, dio un grito lastimero como un niño pequeño, en voz baja.

—Lo siento —dijo—. Lo siento. Quiero ayudar pero hay tantas cosas por medio. No puedo pensar…

Ssss —dije e intenté acariciarle el pelo para tranquilizarla antes de que volviera a ponerse nerviosa—. Todo va a salir bien.

—Vamos a morir —susurró—. Nunca volveré a verle.

Lloró un rato mientras las náuseas y el dolor en mi vientre aumentaban. La luz de fuera de la puerta nunca desaparecía. No sabía si era de día o de noche. O si Thomas y Michael seguían con vida y vendrían a buscarme. Si habían muerto era culpa mía. Nunca podría soportar ese peso sobre mi conciencia.

Pensé que debía de ser de noche. Debía de ser totalmente de noche. Ningún otro momento del día podía encajar con lo mal que lo estaba pasando.

Puse mi cabeza sobre la de Justine, después de que se quedara tranquila, relajada como si se fuera a quedarse dormida después de llorar. Cerré los ojos e intenté elaborar un plan. Pero no tenía nada. Nada. Todo había acabado.

Algo se movió en las sombras en las que estaba acumulada la ropa.

Ambos levantamos la vista. Empecé a apartar a Justine pero ella dijo.

—No. No vayas allí.

—¿Por qué no? —pregunté.

—No te gustará.

Miré a la chica. Y después me levanté y me abrí paso, vacilante, hasta el montón de ropa. Agarré la toalla en mi mano, a falta de otra arma. Había alguien en el montón de ropa. Alguien con una camisa, blanca, una falda oscura y una capa roja.

—Por Dios bendito —juré—, Susan.

Gruñó débilmente como si hubiera dormido mucho o estuviera drogada. Me agaché y quité la ropa de encima de ella.

—Madre mía, Susan, no intentes sentarte. No te muevas. Déjame ver si estás herida, ¿vale?

Pasé mis manos por su cuerpo en la oscuridad. Parecía estar entera, no sangraba pero su piel estaba ardiendo por la fiebre.

—Estoy mareada, tengo sed —dijo.

—Tienes fiebre. ¿Puedes venir conmigo?

—La luz me hace daño en los ojos.

—También me hacía daño a mí cuando me levanté. Pasará.

—No —susurró Justine. Se puso sobre los talones y se acunó lentamente—. No te va a gustar. No te va a gustar.

Miré a Justine mientras Susan se volvía hacia mí y después bajé la vista hacia mi novia. Me miró, con cara de agotamiento, confundida. Entreabrió los ojos al contacto con la luz, y levantó una mano delgada y oscura para protegerse la cara.

Le cogí la mano y la miré fijamente.

Sus ojos eran negros. Totalmente negros y me miraban fijamente, brillaban, más negros que la brea, sin ninguna parte blanca que los hiciera parecer humanos. El corazón me dio un vuelco y las cosas empezaron a girar más deprisa a mi alrededor.

—No te va a gustar —dijo Justine—. La han cambiado. La Corte Roja la ha cambiado. Bianca la ha cambiado.

—¿Dresden? —susurró Susan.

Dios bendito, pensé. Esto no puede estar pasando.

—¿Señor Dresden? Tengo tanta sed.