Capítulo 22

Todas las puertas de emergencia del hospital tienen el mismo aspecto. Todas tienen los mismos tonos apagados, monótonos, y sus bordes son romos para que resulten más cómodos pero en realidad no lo son. También el mismo olor penetrante que despide un aroma mezcla de antisépticos, una fría calma, ansiedad y puro miedo.

Lo primero que hicieron fue llevarse a Charity en una silla de ruedas, con Michael a su lado. Por una cuestión de prioridades me pusieron en el principio de la fila. Sentía como si tuviera que pedir disculpas a una niña de cinco años que tuviera un brazo roto. Lo siento, cielo, pero los golpes en la cabeza van antes que los miembros rotos.

La doctora que me examinó llevaba una placa en la que se podía leer «Simmons». Tenía una fuerte complexión y aspecto de dura; el pelo se le estaba poniendo canoso, lo cual contrastaba mucho con su piel oscura y brillante. Se sentó en un taburete delante de mí y se inclinó poniendo sus manos a ambos lados de mi cabeza. Eran unas manos grandes, cálidas y fuertes. Cerré los ojos.

—¿Cómo se encuentra? —me preguntó, soltándome al instante y cogiendo lo que necesitaba de una mesa que tenía al lado.

—Como te sientes cuando un malo malísimo te estampa contra una pared.

Dejó escapar una ligera carcajada.

—Más concretamente, ¿le duele? ¿Se siente mareado? ¿Con náuseas?

—Sí, bueno no, bueno un poco.

—¿Se ha dado un golpe con la pared?

—Sí —noté que empezaba a embadurnarme la frente con un trapo frío; quitándome la mugre y la sangre aunque ya no quedaba mucha gracias a la lluvia.

—Esto… bueno. Aquí queda algo de sangre. ¿Está seguro de que es suya?

Abrí los ojos y la miré pestañeando.

—¿Mía? ¿Y de quien iba a ser si no?

La doctora arqueó una ceja mirándome con sus ojos oscuros que brillaban por debajo de las gafas.

—Señor… —Miró el informe— Dresden. —Frunció el ceño y después me espetó—. ¿Harry Dresden? ¿El mago?

Pestañeé. Realmente no soy famoso, a pesar de ser el único mago de la guía telefónica. Lo que tengo es más bien triste fama. La gente no suele reconocer mi nombre de forma espontánea.

—Sí. Soy yo.

Volvió a fruncir el ceño.

—Ya veo. He oído hablar de usted.

—¿Bien?

—En realidad no. —Dejó escapar un suspiro de enojo—. Aquí no hay ningún corte. No me gustan las bromas, señor Dresden. Hay gente que necesita atención.

Me quedé boquiabierto.

—¿Qué no hay herida? —Pero en algún momento he tenido un corte profundo en la cabeza del que me goteaba sangre en los ojos y la boca. Casi podía incluso notarlo todavía. ¿Cómo podía haber desaparecido?

Pensé en la respuesta y me estremecí. La madrina.

—No hay ningún corte —dijo—. Nada que pueda haber estado roto desde hace un par de meses.

—Eso es imposible —dije más para mis adentros que contestándole a ella—. No puede ser.

Me enfocó los ojos con una luz. Yo me eché hacia atrás. Me miró cada ojo (de forma mecánica y profesional, sin la intimidad que desencadena una mirada hacia el alma) y negó con la cabeza.

—Si usted ha tenido una conmoción cerebral, yo soy Winona Ryder. Bájese de esta cama y salga de aquí. Asegúrese de hablar con contabilidad al salir. —Me puso una toallita húmeda en la mano—. Le dejaré que se limpie usted solo esta porquería, señor Dresden. Tengo bastante trabajo.

—Pero…

—No se debe venir a urgencias a menos que sea absolutamente necesario.

—Pero yo no…

La doctora Simmons no se paró a escucharme. Se dio la vuelta y se fue a buscar al siguiente paciente, la niña del brazo roto.

Me levanté y me fui todo magullado hacia el baño. Tenía la cara llena de sangre seca. Se había quedado incrustada en las arrugas y las líneas de expresión, lo cual me hacía parecer un poco más viejo, era una mezcla de sangre y edad. Me estremecí y empecé a limpiarme, intentando evitar que mis manos temblaran.

Me sentía asustado, realmente asustado. Me habría sentido mucho más feliz si hubiera necesitado que me dieran puntos y analgésicos. Me quité la sangre y me miré la frente. Había una débil línea rosa que empezaba a unos dos centímetros por debajo del pelo y que se adentraba en él formando una esquina. Estaba muy sensible y cuando accidentalmente lo toqué con el trapo, me dolió tanto que casi gritó. Pero la herida se había cerrado y estaba curada.

Magia. La magia de mi madrina. Ese beso en la frente había curado la herida.

Si creéis que debería haberme hecho feliz que se me cerrara una herida tan desagradable, probablemente no seáis conscientes de las consecuencias. Hacer magia directamente sobre un cuerpo humano es difícil. Es muy difícil. Invocar a los poderes, como mi escudo protector, o manifestaciones de elementos como el fuego o el viento, es facilísimo comparado con la complejidad y la energía necesarias para cambiar de color el pelo de alguien o hacer que las células de cada lado de una herida vuelvan a juntarse, cerrándola.

La herida curada era un mensaje para mí. Ahora mi madrina tenía tanto poder sobre mí en la tierra como en el Más Allá. Había hecho un trato con alguien del mundo de las hadas y lo había roto. Eso le daba poder a ella sobre mí, lo cual, por cierto, demostraba que había realizado un trabajo tan complejo y de tal magnitud en mí que ni siquiera me había dado cuenta de que había ocurrido.

Eso era lo que me asustaba. Siempre había sabido que Lea me superaba, era una criatura con una experiencia y conocimientos de más de mil años, había nacido para la magia como yo había nacido para respirar. Sin embargo, durante el tiempo que yo permaneciera en el mundo real, ella estaría en desventaja. Nuestro mundo era un lugar extraño para ella, como el suyo lo era para mí. Yo tenía la ventaja de jugar en mi campo.

«Tenía» era la palabra clave. Tenía.

Madre mía.

Me di por vencido y dejé que mis manos temblaran mientras me limpiaba. Tenía una buena razón para tener miedo. Además, mis ropas estaban empapadas por la lluvia y sentía un frío atroz. Terminé de limpiarme la sangre y me puse delante del secador de manos eléctrico. Tuve que golpear el botón una docena de veces para que se pusiera en marcha.

Conseguí poner hacia arriba la boquilla del aparato dirigiendo el aire caliente hacia mi camisa, cuando llegó Stallings, por primera vez sin Rudolph. Parecía como si no hubiera dormido nada. Su traje estaba arrugado, su pelo gris un poco más gris, y su bigote era casi del mismo color que las bolsas de debajo de sus ojos. Fue al lavabo y se echó agua fría en la cara sin mirarme.

—Dresden —dijo—. Oímos que estabas en el hospital.

—Eh, John, ¿cómo está Murphy?

—Está dormida, acabamos de traerla.

Le miré pestañeando.

—Dios, ¿ya ha amanecido?

—Hace unos veinte minutos. —Se puso junto al secador a mi lado. Empezó a darle al botón—. Todavía duerme. Los médicos están planteándose si está en coma o bajo el efecto de algún tipo de droga.

—¿Les has dicho lo que pasó? —pregunté.

Gruñó.

—Sí, claro. Les digo que un mago le hizo una maldición y que está adormilada —me miró—. ¿Cuándo se va a despertar?

Negué con la cabeza.

—Mi hechizo no le durará mucho. Puede que como mucho un par de días. Cada vez que salga el sol, lo irá destruyendo un poco más.

—Entonces, ¿qué ocurrirá?

—Empezará a gritar. A menos que encuentre al ser que se lo hizo y averigüe cómo deshacerlo.

—Es por eso por lo que quieres el libro de Kravos —dijo Stallings.

Asentí.

—Sí.

Buscó en el bolsillo y sacó un libro, un pequeño diario, grueso pero estrecho, encuadernado en piel oscura. Estaba sellado en una bolsa de plástico para pruebas. Intenté cogerlo pero Stallings lo retiró.

—Dresden. Si lo tocas, si lo abres, vas a dejar tus huellas. Células epiteliales, todo tipo de cosas. A menos que desaparezca.

Fruncí el ceño mirándole.

—¿Y qué hacemos con esto? Kravos está bien encerrado. ¿No? Entonces, le cogimos con el arma homicida, y había un cuerpo. No hay nada en el diario que pueda superar eso, ¿no?

Hizo una mueca.

—Si se tratara solo de su juicio, no habría problema.

—¿Qué quieres decir?

Negó con la cabeza.

—Tonterías de orden interno. No puedo hablar de ello. Pero si coges este libro, Dresden, tiene que desaparecer.

—Vale —dije al extender la mano para cogerlo—. Ya no está.

Volvió a apartarlo.

—Lo digo en serio —dijo—. Promételo.

Algo en su forma de hablar me impactó.

—Vale —dije—. Lo prometo.

Se quedó mirando el libro fijamente un momento y después me lo puso en la palma de la mano.

—Que le den —dijo—. Si puedes ayudar a Murph, hazlo.

—John —dije—. Eh, tío. Si no creyera que lo necesito… ¿Qué está pasando aquí?

—Asuntos internos —dijo Stallings.

—¿Otra vez pensando en el Departamento de Investigaciones Especiales? ¿No tienen nada mejor que hacer? ¿En qué están trabajando ahora?

—Nada. —Stallings mentía. Se dio la vuelta para irse.

—John —dije—. ¿Qué es lo que no me estás diciendo?

Se detuvo en la puerta e hizo una mueca.

—Están interesados en el caso Kravos. Eso es lo único que te puedo decir. Sabrás algo en un día más o menos. Lo sabrás cuando lo oigas.

—Espera —dije—. ¿Le ha pasado algo a Kravos?

—Tengo que irme, Harry. Buena suerte.

—Espera, Stallings…

Se dirigió hacia la puerta. Yo eché unas cuantas maldiciones y fui detrás de él pero lo perdí. Acabé en el pasillo, temblando como un cachorro empapado.

Maldita sea. Los policías son duros, forman una especie de hermandad. Pueden trabajar contigo pero si no eres policía, consideran que estás fuera de mil y una formas, una de las cuales es que no te cuentan los secretos del departamento. ¿Qué le podía haber pasado a Kravos? Algo grave. Maldita sea, puede que la Pesadilla se hubiera vengado de él también si estaba por ahí fuera merodeando. Sin embargo, si hubiera sido así, le habría dado su merecido.

Me quedé ahí un minuto, intentando ver qué podía hacer. No tenía dinero, ni coche, ni forma de irme.

Necesitaba a Michael.

Le pregunté a alguien y me dirigí a maternidad. Di una vuelta bastante grande para mantenerme apartado de todo lo que parecía tecnología o de un precio elevado. Lo último que quería era hacer saltar por los aires el pulmón de hierro de algún abuelo.

Encontré a Michael esperando en un pasillo. El pelo se le había secado y lo tenía todo rizado y despeinado. Parecía que tenía más canas de lo habitual. Su barba tenía aspecto de necesitar un buen corte. Los ojos hundidos. Las botas y los pantalones estaban manchados de barro hasta las rodillas. La funda negra de Amoracchius le colgaba del hombro, vacía.

Michael estaba delante de un gran ventanal. Detrás de él había filas de pequeñas criaturas en cunas, encima de los cuales había unas lámparas de calor para evitar que cogieran frío. Me quedé allí en silencio un momento junto a él, mirando a los bebés. Una enfermera levantó la vista y entonces reaccionó mirándonos fijamente antes de salir corriendo de la sala.

—Ajá —dije—. La enfermera nos ha reconocido. No me di cuenta de que estábamos otra vez en el Cook County. No me acordaba del sitio ahora que no había nada ardiendo.

—El médico de Charity está aquí.

—Uf —dije—. Entonces, ¿cuál es el nuevo Carpenter?

Michael se quedó en silencio.

Me sentí un poco mal y le miré.

—¿Michael?

Cuando habló, su voz era de agotamiento, adormecida.

—Ha sido complicado. Tenía frío, y es posible que se haya puesto mala por algo. Rompió aguas, pero en la tumba. Supongo que eso hace que el niño lo esté pasando peor.

Me limité a escucharle y cada vez me sentía peor.

—Tuvieron que hacer un corte en forma de C, pero… creen que es posible que haya habido daños. Creen que recibió un golpe en el estómago en un momento dado. No saben si podrá volver a tener niños.

—¿Y el niño?

Silencio.

—¿Michael?

Se quedó mirando a los niños y dijo:

—El médico dice que si dura treinta y seis horas, podría tener alguna posibilidad, pero está cada vez más débil. Están haciendo todo lo que pueden. —Las lágrimas empezaron a aflorar a sus ojos y cayeron por sus mejillas—. Hubo complicaciones. Complicaciones.

Intenté buscar algo que decir, y no pude. Maldita sea. La frustración que sentía se reflejaba en mi estómago. Esto no debería haber ocurrido. Si me hubiera dado más prisa, o si hubiera sido más inteligente, o hubiera tomado una decisión mejor, puede que hubiera evitado que Charity se hubiera hecho daño. O el niño, puse la mano en el hombro de Michael y apreté con fuerza. Solo quería que supiera que estaba ahí. Por todo lo que había hecho.

Suspiró.

—El médico cree que yo la golpeé, que se hizo así los hematomas. No lo ha dicho pero…

—Eso es absurdo —dije—. Por Dios, Michael, eso es lo más estúpido que nunca he oído.

Su voz sonó dura, amarga. Se quedó mirando su propio reflejo en el cristal.

—También podría haber sido yo, Harry. Si no me hubiera metido, este demonio no habría ido detrás de ella. —Oí como sus nudillos crujían al cerrar los puños—. Debería haber venido a por mí.

—Tienes razón —dije—. Diablos, Michael, tienes razón.

Me lanzó una mirada.

—¿De qué hablas?

Me froté las manos intentando que las ideas brillaran en mi cabeza como si fueran luces de neón.

—Este ser al que perseguimos es un demonio, ¿verdad? Es el fantasma de un demonio. —Un ordenanza que pasaba por allí empujando una bandeja me lanzó una mirada rara. Le sonreí, me sentía algo frenético. El pasó rápidamente.

—Sí —dijo Michael.

—Los demonios son fuertes, Michael. Son peligrosos y dan miedo pero son bastante negados para un montón de cosas.

—¿Y eso?

—Es que no entienden a la gente. Entienden cosas como la lujuria, la codicia y el ansia de poder, pero no entienden cosas como el sacrificio y el amor. Para la mayoría es algo ajeno, no tiene ningún sentido para ellos.

—No sé a donde quieres llegar.

—¿Te acuerdas de lo que te dije, sobre que yo sabía que la mejor forma de llegar a ti era tu familia?

Frunció todavía más el ceño pero asintió.

—Sé esto porque soy humano. Sé lo que supone preocuparse por alguien que no soy yo. Los demonios no lo saben, sobre todo los demonios matones que hacen pactos con brujos de tres al cuarto como Kravos. A pesar de saber que yo creía que la mejor forma de llegar a ti sería alguien cercano, no creo que el demonio haya entendido el contexto de esa información.

—Entonces lo que dices es que este demonio no habría tenido ninguna razón para perseguir a mi mujer y mi hijo.

—Digo que es inconsecuente. Si era un tema de que el fantasma de un demonio persigue a la gente que lo ha matado, entonces nos habría pegado una paliza hasta que hubiéramos muerto y con eso habría sido suficiente. No creo que nunca se le haya ocurrido dispararle a alguien que nos importe, aunque supiera que tú y yo nos conocemos. Tiene que haber algo más.

Los ojos de Michael se abrieron un poco más.

—La Pesadilla es un mero instrumento —dijo—. Algo más está utilizándolo para atacarnos.

—El que lanzó esas crueles maldiciones del alambre de espino —dije—. Y hemos estado persiguiendo a la herramienta en lugar de ir a por la mano que la maneja.

—Por la Sangre de Cristo —juró Michael. Era el segundo juramento más fuerte que había utilizado—. ¿Quién podría ser?

Negué con la cabeza.

—No sé. Alguien que ambos tengamos en común, supongo. ¿Cuántos enemigos tenemos?

Se limpió los ojos con la manga y puso cara de concentración.

—No estoy seguro. Nos hemos granjeado enemigos por todo el país.

Ditto —dije con aire taciturno—. Incluso a algunos magos no les importaría verme caer unos cuantos peldaños. Sin embargo no me molesta tanto no saber la identidad de nuestro agresor como otra cosa.

—¿El qué?

—¿Por qué todavía no ha acabado con nosotros?

—Primero quiere herirnos, por venganza —dijo con la ceja caída—. ¿Podría estar tu madrina detrás de esto?

Negué con la cabeza.

—No lo creo. Es un hada. Normalmente no son tan metódicas ni organizadas. Y tampoco son impacientes. Este ser ha estado actuando todas las noches como si no pudiera esperar a ponerse en marcha.

Michael me miró un momento y después dijo.

—Harry, sabes que no me gusta juzgar a los demás.

—Me parece que vas a soltar un «pero».

Asintió.

—Pero ¿cómo te relacionaste con los esbirros de ese hada? Es malvada, Harry. Algunos están alienados, pero ella es… malévola. Disfruta haciendo daño.

—Sí —dije—. Realmente yo no la escogí.

—¿Quién lo hizo?

Me encogí de hombros.

—Creo que mi madre. Era la que tenía poder. Mi padre no era mago. No estaba en su mundo.

—No entiendo por qué le haría eso a su hijo.

Algo en mi interior se quebró y noté que las lágrimas afloraban a mis ojos. Fruncí el ceño. Eran lágrimas de un niño acorde con el dolor que siente un niño.

—No sé —dije—. Sé que conocía a gente bastante malvada, seres malos. Sea lo que sea. Puede que Lea sea uno de sus aliados.

—Lea es la abreviatura de Leanandsidhe, ¿verdad?

—Sí. No sé su nombre verdadero. Coge sangre de los muertos y a cambio les otorga la inspiración. Artistas, poetas y otros seres. Así es como consiguió gran parte de su poder.

Michael asintió.

—Lo he oído. Este acuerdo que tienes con ella, ¿qué es?

Negué con la cabeza.

—No es importante.

Algo cambió dentro de Michael, se puso más serio.

—Para mí es importante, Harry, dímelo.

Me quedé mirando fijamente a los bebés un instante antes de decir.

—Era un chaval. Me peleé con mi viejo profesor. Justin. Envió un demonio a matarme y escapé. Hice un trato con Lea. Ella me daría el poder suficiente para vencer a Justin a cambio de servirle a ella. Mi lealtad.

—Y fuiste desleal.

—Más o menos. —Negué con la cabeza—. Nunca me ha presionado hasta ahora, y yo me he cuidado mucho de apartarme de ella. Normalmente no se mete tanto con los mortales.

Michael movió su mano para tocar la funda vacía de Amoracchius.

—Sin embargo, se llevó la espada.

Hice un gesto de dolor.

—Sí, supongo que fue culpa mía. Si no la hubiera usado para escabullirme del trato…

—No lo sabías —dijo Michael.

—Debería haberlo sabido —dije—. No debería haberme costado averiguarlo.

Michael se encogió de hombros aunque su expresión era más superficial que su gesto.

—Eso no se puede cambiar. Pero no sé si puedo servirte de ayuda sin esa espada.

—La recuperaremos —dije—. Lea no puede evitarlo, hace tratos. Encontraremos una forma de recuperarla.

—Pero lo haremos en su momento —dijo Michael. Movió la cabeza con tono serio—. La espada no se quedará en sus manos para siempre. El Señor no lo permitirá. Pero puede que el momento de empuñarla haya pasado.

—¿De qué hablas? —pregunté.

—Puede que sea una señal. Quizá ya no merezca la pena servir a Dios de esta forma. O quizá su poder haya pasado a otro. —Hizo una mueca mirando a los niños a través del cristal—. Mi familia, Harry. Quizá sea el momento de que me convierta en padre las veinticuatro horas del día.

Ah, magnífico. Eso es lo que necesitaba ahora, una crisis de fe y un caso de duda del puño de Dios. Necesitaba a Michael. Necesitaba que alguien vigilase mi retaguardia, alguien que estuviera acostumbrado a tratar con el mundo sobrenatural. Con espada o sin espada, tenía la cabeza bien amueblada y su fe era una sutil energía en sí misma. Él era la diferencia entre que el ser que andaba por ahí me matara o lo venciera yo. Además, tenía ruedas.

—Vamos. Estamos perdiendo el tiempo.

Frunció el ceño.

—No puedo, me necesitan aquí.

—Mira Michael. ¿Hay alguien con tus hijos en casa?

—Sí, llamé a la hermana de Charity anoche y fue. El padre Forthill se iba a dormir y después volvería.

—¿Hay algo más que puedas hacer aquí por Charity?

Negó con la cabeza.

—Solo rezar. Ahora está descansando y su madre viene hacia aquí.

—Entonces, tenemos trabajo que hacer.

—¿Quieres que me vuelva a ir?

—No, no, dejarles no. Pero tenemos que encontrar a la persona que está detrás de la Pesadilla para cuidar de ellos.

—Harry ¿Qué vamos a hacer? ¿Matar a alguien?

—Si es necesario, pues sí. Madre mía, Michael, podrían haber asesinado a tu hijo.

Su cara se tornó seria y supe entonces que contaba con él, que me seguiría hasta el infierno para encontrar al que hubiera hecho daño a su mujer y su hijo. Contaba con él y me odiaba a mí mismo por ello. Vamos Harry. Tira de todas esas fibras sensibles como si fueras un maldito titiritero.

Sostuve en alto el libro.

—Creo que tenemos una pista sobre el nombre de la Pesadilla. Te apuesto lo que quieras a que Kravos lo grabó en este libro de las sombras. Si estoy en lo cierto, podría utilizarlo para ponerme en contacto con la Pesadilla y después tirar de la cuerda para saber quién está manejándola.

Michael se quedó mirando por el cristal a los niños que había al otro lado.

—Necesito que me lleves a casa. Desde mi laboratorio, podría averiguar qué está pasando antes de que algo más se nos escape de las manos. Y después vamos a por ella.

No dijo nada.

—Michael.

—Vale —dijo en voz baja—. Vamos.